Me senté con uno de mis libros favoritos entre las manos, intentando perderme entre sus páginas como tantas otras veces. Leer siempre había sido mi manera favorita de viajar sin moverme de donde estaba.
Pero aquella tarde apenas conseguía concentrarme.
Casi por reflejo tomé el teléfono y abrí WhatsApp. Pasé algunos estados sin prestarles demasiada atención hasta que apareció el suyo.
Era solo una fotografía, pero mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera convencer a mi mente de seguir leyendo.
Llevaba años sintiendo algo por él. Al principio había querido llamarlo simple atracción, quizá porque resultaba más fácil. Pero hacía tiempo que esa palabra se había quedado pequeña.
Había algo en su rostro, en su manera de sonreír y, sobre todo, en esos ojos capaces de sostener los míos durante unos segundos de más que conseguía desarmarme.
Él era mi fisioterapeuta y venía a casa todas las tardes para mis sesiones. Con el tiempo habíamos desarrollado nuestro pequeño juego.
Una provocación disfrazada de inocencia.
Una sonrisa que ninguno retiraba demasiado rápido.
A veces nuestras miradas se encontraban mientras estaba cerca de mí y todo lo demás parecía perder importancia. Podía sentir perfectamente la distancia entre los dos. Apenas unos centímetros. Tan pocos que bastaría un movimiento para cambiar por completo aquello que llevábamos tanto tiempo fingiendo que solo era un juego.
Entonces mis ojos traicionaban mis intenciones.
Descendían hacia su boca.
Siempre intentaba evitarlo, pero había momentos en que simplemente no podía.
Me preguntaba cómo se sentirían sus labios contra los míos. Si serían suaves. Si aquel primer beso sería tímido o si todos esos meses de miradas contenidas desaparecerían en el instante en que finalmente dejáramos de resistirnos.
La imaginación comenzaba a jugar conmigo.
Su respiración mezclándose con la mía.
Una mano recorriendo lentamente mi cintura, con esa precaución que vuelve cada centímetro de cercanía todavía más intenso.
Y yo permitiéndole acercarse.
Quizá incluso siendo yo quien terminara con la distancia.
Solo imaginarlo conseguía despertar ese calor familiar bajo mi piel.
Entonces él decía algo y yo regresaba de golpe a la habitación, intentando que mi expresión no revelara exactamente dónde había estado mi mente durante los últimos segundos.
—¿Qué? —preguntaba, fingiendo no haber escuchado.
A veces me preguntaba si realmente no sabía lo que provocaba en mí o si disfrutaba fingiendo que no lo sabía.
Porque había momentos en que también lo sorprendía mirándome.
Y entonces comenzaba a preguntarme cosas que probablemente no debería.
Qué ocurriría si una tarde, en lugar de apartar la mirada, la mantuviera.
Si cuando sus ojos descendieran hacia mis labios yo hiciera lo mismo.
Si dejara de esconder mis intenciones detrás de una sonrisa.
Tal vez no necesitaba decirle nada.
Tal vez bastaría con acercarme lentamente, dándole todo el espacio para decidir también acercarse, hasta que entre nosotros ya no quedara lugar para otra broma.
Llevaba demasiado tiempo deseándolo en silencio.
Deseando sentir su cercanía de una manera diferente.
Descubrir cómo cambiaría su respiración al tenerme tan cerca. Sentir sus manos sobre mí sin que aquella vez hubiera ejercicios, repeticiones ni terapia de por medio.
Mi cuerpo podía tener límites y ritmos distintos, pero seguía siendo mío.
Seguía sintiendo cada roce.
Y quizá lo que más miedo me daba ya no era atreverme a besarlo.
Era descubrir cuánto había deseado que él me besara primero.
Re escrito de @autentica-y-profunda