3 El año de la ansiedad
Columna Escribo desde acá
Vieron qué lindo resultó el 2020, ¿no?
Este año descubrí que tengo ansiedad, con la que convivo hace mucho tiempo, y se volvió tratable. Resultó ser un problema de salud.
Este año íbamos a publicar por primera vez, también. Pude hacer el libro que condensaba los objetivos que me había trazado en mi tesina de licenciatura en la facultad de Filosofía y Letras, de la UNT, cuando fui alumna. Preparé durante casi un año las obras que reunimos del poeta tucumano José Augusto Moreno, que ya no está entre nosotros. Muy pocas cosas suyas se conocían por estar inédito, entre las que sí, sus letras que después florecieron entre los músicos de la provincia como canciones de folklore y llenan del color del norte peñas, juntadas, guitarreadas. Lo íbamos a presentar en la Feria del Libro de Buenos Aires con la editorial de Filo y Letras, con todas las ilusiones cargadas en la mochila.
Este año había planificado con tanta felicidad mis actividades profesionales prácticamente hasta diciembre, había armado un plan de laburo como hace mi amiga M, con cronograma y todo, con colores y prioridades, por primera vez.
Con mi amigo S, con el que compartimos la militancia, la amistad y gran parte de las filosofías de vida, también nos decimos las verdades, aunque duelan, y muchas veces, créanme que nos duelen. Con él discutimos durante horas, y a veces días, sobre el amor, la vida, la profesión, las injusticias. Hemos compartido más de una vez el dulzor de ser ansioses y no saber bien cómo pilotearla. Medio en chiste, medio en serio, le digo que, de tan ansioso, junta dos palabras en una sola para no perder tiempo.
Incluso mientras escribo esto, las piernas se me tensan, la espalda se me congela de sólo pensar en todo lo que hay por delante, y quiero avanzar, avanzar, avanzar. Intento todos los días la medicina del yoga, que pretende hacer de mí una persona más amorosa, más paciente, más centrada en el presente. Les dejo sacar sus conclusiones sobre si puede o no conseguirlo.
Nos pasa a los que adelantamos las páginas de un libro para saber cómo termina, los que no podemos esperar a ver la cara de un ser querido cuando le llevamos un regalo, los que amamos las sorpresas solo por trasladar la ansiedad a otro ser que no seamos nosotros.
Nos pasa a los que queremos ver el final de todo esto, pero que, mientras tanto, disfrutamos el proceso de hacer el café y llenar la casa de ese perfume adictivo, único. Mientras leemos los libros que no pudimos agarrar hasta ahora, nos sumergimos, nos imaginamos cada escenario, nos volvemos a encariñar con los personajes, hasta el punto de no querer abandonarlos, como nos pasaba en la adolescencia con Mujercitas, con Sueño de una noche de verano, con el Quijote. Mientras vemos las temporadas de Vikingos que habíamos dejado colgadas, o por fin tenemos el tiempo para ver El gran pez, sin castigarnos por no haber visto esa peli antes, por favor. Mientras logramos, de una vez por todas, armar la huerta que queríamos, reordenar la biblioteca, cuidar las plantitas, cambiar esas macetas, dibujar mandalas, pintar las paredes, hablar por teléfono con la abuela, escuchar la musiquita recomendada. Escribir. Afuera hay demasiado ruido y no todo lo que pasa, pasa por Instagram. Somos todo eso, ansiedad y tiempo, luz y sombras.
Qué mal año para ser ansiosos, escribí al comienzo de la cuarentena en mi Twitter.
No voy a dar consejos, eso me sale pésimo. Ni yo hago caso a mis propias palabras. Sé que siempre vivo las crisis con todo el dramatismo que puedo y que no paro de repetir que estoy harta de todo. Pero acá me dicen al oído por cucaracha que tendrá que ser más adelante. Porque ahora la vida nos cuenta que hay que esperar, que a veces nosotros no marcamos el ritmo. Que todo tiene su lugar y su momento. Y a no desesperar: si no es ahora, será después.
Esta es una tucumana en Buenos Aires. Esta es la primera cuarentena de mi vida. Ya les contaré.
Escribe y deja escribir.
•CharLize•















