Es importante para Papu
Antes que nada, empiezo por lo importante: gracias muchachos. En serio, gracias a todos. A los que pifiaron un pase fácil, a los que perdieron la espalda contra atacantes medio pelo, a los que tiraron centros horribles, a los que patearon penales como mi mamá que tiene artritis deformante desde hace veinte años, a los que fueron displicentes cuando había que poner, a los que pusieron cuando había que tocar, a los que diseñaron un planteo que no sirvió ni acá ni allá, a los que negociaron tarde y mal, a los que boquearon hasta avivar a medio mundo de vendernos todo más caro. Bueno, yo que sé, a todos los que deciden algo sobre lo que pasa ahí dentro de la cancha, gracias de corazón. En serio eh, no hay ironía.
Una sola vez llevé a la cancha a Lola. Antes de ese partido puse un tweet que decía algo así como: “Si los muchachos del plantel me están leyendo, ojo hoy que llevo a Lola. Hay que ganar”. Un par de jugadores me lo favearon y todo. Y sí, ganamos, tres a cero en una tarde de domingo soleada en la que yo le mostré lo lindo que era ser de Independiente y ella me miraba un poco raro, como no entendiendo del todo qué era eso que me gustaba tanto. Lo que más se acuerda son los Patys, le encantaron.
Lola no es futbolera, le importa poco y nada. Lo que hace es por mí, porque le hincho y porque casi que la obligo. Algo le divierte que le pida que se ponga la camiseta cuando estamos jugando pero la verdad, más de una vez me mira con cara de “sos un pesado”. Ayer no fue la excepción.
Cerca de la hora del partido, cuando estaba al aire la previa, entré a su cuarto. La encontré tirada en la cama con la compu abierta en YouTube, el Ipod con los auriculares a todo volumen, Rasta a sus pies, Pancho caminándole por encima. La escena era tan linda que daban ganas de quedarse mirando un rato y después irse en silencio para no romper la magia. En vez de eso, agité las manos para que me viera y cuando logré su atención, le recordé que tenía que ponerse su casaca roja último modelo. No fue fácil encontrarla. Viví momentos de zozobra porque una vez la llevó a lo de una amiga. ¿Y sí se la había olvidado ahí? Ella revolvía cajones y a mí me subía la presión. Apareció una con cordones en el cuello, esa no era, volvió a buscar y al fin la encontró. Se la puso, me dijo un “¿ahora está bien?” y siguió en la suya. Estaba bien, finalmente era todo lo que yo precisaba. Entonces le dije el consabido “gracias, es importante para Papu” y la dejé en su planeta de youtubers que no conozco, mascotas y recortes de moda.
MIré el primer tiempo en el mismo televisor y en la misma soledad en la que vi toda la Sudamericana del 2010 en la que no fui a ni un sólo partido. En la primera llave estaba de viaje, pasamos sin mí en el estadio y a partir de ese momento supe que me tocaba vivirla de afuera. Los goles de Parra los grité contra una pared del living. El penal de Tuzzio lo vi arrodillado y llorando como un nene, besando el escudo de una vieja reliquia con el MITA impreso y una firma de Burru medio borroneada.
En el entretiempo saqué a pasear a la perra -hizo caca dos veces, raro, no me gustó la anomalía-, cambié un par de mensajes de preocupación por WhatsApp, abrí una cerveza.
Al empezar el complemento, escuché unos pasos. Era Lola, con la camiseta casi como pijama y esa pinta indolente que me gusta y me exaspera a la vez. Miró el tanteador y me dijo: “me quedo un rato para darte suerte”. Eso sí le agrada, que le diga que es nuestro talismán. Se sentó bien pegada a mi lado en el sillón blanco que quedó de un programa que hice hace añares y nunca cambié aunque es incomodísimo. Al principio me molestaron un poco sus preguntas. La pelota se iba por el fondo, el Bambino Pons decía “hay tiro de esquina”, Latorre acotaba “en los corners Rigoni le puede pegar con las dos” y Lola me preguntaba qué era un córner, quién era Rigoni y con qué dos cosas le podía pegar a quién. Inventaba cantitos con los nombres de ellos, se reía de uno que se llamaba Canela, cosas así. Rasta y Pancho -que la habían seguido desde el cuarto- jugaban a pelearse como hacen siempre, pero ahora entre mi sillón y el Torito Rodríguez. Estaba a segundos de mandarlos a todos a hacer sus cosas cuando justo vino un tiro libre para ellos y Lola: “vos no te preocupes, yo hago fuerza y no entra”. Miró fijo el televisor, estiró las dos manos para adelante tipo Yoda levantando la nave de Luke, el remate del hombre de verde rozó en la barrera y se fue. Ni córner dio el ecuatoriano. La miré con agradecimiento, chocamos los cinco. Mejor quedate.
Al rato, en el lío de la tribuna, se puso a gritar que por qué no los dejaban en paz “a los chicos”, que no estaban haciendo nada malo. Entró el goleador de ellos y me dijo “ese no la va a meter, lo odio”. Cuando el tipo quedó frente al arco con Campaña vencido y la mandó a Barra da Lagoa, soltó una carcajada y dijo “¡¡¡VES, QUÉ VAS A SER VOS GOLEADOR DE QUÉ JAJA!!!”. La miré de reojo, todavía asustado, y me sonreí con su reacción de tribuna.
Cuando El Mariscal empezó con los cambios me preguntó quién era el mejor nuestro. Pensé un poco y le dije “y, ahora el 27, Barco”. Bastó para que empezara a seguirlo, a hablarle a los compañeros para que se la dieran, a enojarse si le pegaban y a pedirle que “fuera para adelante”. En un momento preguntó al aire “¿pero por qué no se la dieron al 9 si estaba solo?” y la verdad que sí, el 9 estaba solo. En un lateral le rogó a Toledo “por favor apunta bien eh, a un compañero, eso nada más te pido”.
Llegaron los penales, me paré, empecé a caminar como un loco. Ella hizo lo mismo sobre la cuerina del sillón. Nos chocamos las manos cuando el primero la estrelló contra el travesaño pero enseguida vio la carrera de Benítez y opinó que estaba muy lejos. Mufó a varios, le hizo manos de suerte a Campaña, gritó el de Vera, el de Cuesta, el de Figal, el de Toledo. Cuando fue Sánchez Miño me preguntó qué pasaba si lo metía, le dije que ganábamos. No quiso mirar, se tapó con un almohadón. Escuchó mi insulto. Se sentó, se volvió a parar, me dijo “no doy más de los nervios”. Pidió de nuevo a Barco. Le dije “es chico, no hay que darle esa responsabilidad” y me contestó “¡qué importa que sea chico, si es el mejor que vaya él!”.
Cuando se lo atajaron a Tagliafico apagué la tele enseguida. Nos dimos un abrazo y fuimos a la mesa a comer en silencio. Entre bocados y miradas perdidas sentí que tenía que dejarle una enseñanza. Me puse un poco ceremonioso y le dije “gracias Lola, fue muy importante para mí. No te preocupes, a veces se gana, a veces no. Es un partido de fútbol, nada más” mientras por dentro quería ser el dueño del mundo y obligar a que ese penal de mierda se pateara de nuevo, tantas veces como fuese necesario hasta que entrara.
Me fui a la cama a leer. Como la novela tuvo el buen gusto de atraparme, al rato estaba yo más en el Montevideo de “La Uruguaya” de Mairal que en Chapecó. Por ahí andaba, entre 18 de Julio y la playa cuando entró Lola al cuarto, se paró al lado de la cama, me dio un beso en la frente, me dijo “tenés razón, no es tan importante, pero a mí me gustó mucho ver el partido con vos” y se fue dando saltitos, con su iPod en las orejas a todo volumen.
Entonces muchachos, vuelvo a lo del principio. Déjenme decirles gracias. Gracias porque por ahí, si ustedes la metían y todo salía bien, yo no hubiese reparado en todo esto. Claro que nos hubiéramos abrazado y saltado y cantado, pero los triunfos suelen tapar el cómo. Nos acordamos del resultado y no mucho más. En cambio los golpes nos ponen detallistas. Al menos a mí. Analizo mil veces por qué mierda tal le pegó con una pierna y no con la otra, qué carajo pasó en la cabeza del que pudiendo meter un fierrazo la tocó con miedo a las manos del arquero y por qué no se la dieron a Barco y al 9 que estaba solo como pedían Lola y el sentido común más común del mundo. Capaz se la daban y no pasaba nada, pero bueno, ahora ya está y mi hija tuvo razón.
Y sobre todo gracias porque al haber quedado afuera en octavos de final de una copa de segundo orden contra un rival inexistente, me hicieron descubrir una Lola que no conocía. Tiene superpoderes (no totales, contra algunas cosas ni Superman chicos, ni Superman), entiende rápido lo que a veces ustedes no, se pone nerviosa cuando corresponde y le sale un compañerismo que es re importante para Papu y me parece que para ella también.
No creo que Lola vaya a ser una enferma de fútbol. Es más, me parece que no quiero. Pero anoche, mientras dábamos lástima en esa cancha de morondanga, la vi crecer un poquito más y fui, como pude, inmensamente feliz.
Gracias de nuevo muchachos. Comisión Directiva, Cuerpo Técnico, jugadores.
Una cosa: para la próxima traten de hacerlo mejor, así les cuento cómo es Lola cuando ganamos algo importante.
Saludos para todos.









