Es curioso, cada vez que dentro de esta historia de "El Otro Lado de la Magia" necesito utilizar una palabra para describir a alguien a quien normalmente llamaríamos "monstruo", termino recurriendo a otros términos.
La razón es simple... En este mundo, la palabra "monstruo" no tiene un significado negativo. Se utiliza para describir a las numerosas especies que habitan el Reino de los Monstruos, por lo que emplearla como un insulto o como sinónimo de maldad sería inapropiado. No después de la firma del Tratado de Paz entre los reinos. Los monstruos merecen el mismo respeto que cualquier otra especie, ya sean humanos, elementales, fantasmas, etc.
Por ello, la mayoría de las veces debo recurrir a palabras como "bestia" o "demonio".
El término "bestia" hace una referencia directa a La Bestia, una figura recordada como una criatura sádica, cruel y completamente corrompida. Al menos, así la describen quienes aún conservan memoria de ella. Debido a esa asociación, la palabra terminó convirtiéndose en una forma de señalar a individuos particularmente despiadados o carentes de empatía.
Con "demonio", la situación es diferente.
En el mundo donde se desarrolla esta historia existe el Infierno, el reino gobernado por Lucifer. Se trata de uno de los pocos reinos que nunca se unieron al Tratado de Paz, junto con el Reino de las Sirenas. Allí habitan los "demonios", criaturas antiguas condenadas a un castigo eterno. A diferencia de otras almas, ni siquiera poseen la posibilidad de explorar el mundo astral, no conocen la libertad en ninguna de sus formas.
Las entidades enviadas a ese reino son seres profundamente corruptos, más crueles que cualquier engendro nacido sobre la tierra. Los demonios tuvieron un papel importante en la historia, pues de ellos descienden muchas de las especies que actualmente conforman el Reino de los Monstruos.
Por supuesto, la historia de cómo los demonios engendraron descendencia con las criaturas de la tierra para dar origen a los monstruos no es precisamente agradable de contar. De hecho, ese episodio por sí solo basta para comprender que los demonios operan en una escala de crueldad completamente distinta a la de cualquier otra criatura de este mundo.










