Un descuido y su teléfono celular había caído algunos metros por debajo de él. La única manera de llegar a él era saltar hacia una roca que estaba a una distancia notable del límite del terreno en el que se encontraba, y bajar por algunas más hasta encontrar el aparato que se encontraba a salvo entre tierra y gramilla.— Tengo que bajar hasta allá —señaló, pero si bien bajar parecía sencillo, volver a subir no parecía serlo tanto.— Pero voy a necesitar ayuda para subir otra vez. ¿Crees que podrás, literalmente, tenderme una mano y ayudarme a subir? —inquirió, esperando que el campista juzgase por sus propios medios si contaría con la fuerza suficiente para impulsarlo a subir otra vez.— La otra opción es que bajes por mí y luego yo te ayudo a subir.
Siguió el dedo índice del guardia, logrando ver el aparato del que hablaba ¿Cómo diablos se le fue a caer? Aunque había sido toda una suerte que todavía fuera rescatable. Chasqueó la lengua, analizando la idea del contrario. Le miró de pies a cabeza, pensativo. “Mira, estoy casi seguro que tú tienes más fuerza, y además yo soy bastante alto...” comentó, ladeando ligeramente la cabeza hacia un lado. “Sip. Acepto la opción dos. De hace tiempo que no hago nada interesante.”













