El Contrato del Dibujante
Cuando vi El contrato del dibujante por primera vez, me pareció una película extraña, casi teatral, con esos diálogos tan formales y esa fotografía tan cuidada. Pero cuanto más la pienso, más me doy cuenta de que Peter Greenaway construyó una historia que funciona como una radiografía perfecta de la Inglaterra de finales del siglo XVII. No es solo un drama de misterio, sino un retrato de cómo funcionaba realmente la sociedad en ese momento histórico tan concreto.
La acción transcurre en 1694, un año que no es casual. Inglaterra acababa de atravesar la Revolución Gloriosa de 1688, que había limitado definitivamente el poder del rey y había consolidado el dominio de una clase social concreta: la aristocracia terrateniente. Esa gente, los propietarios de las grandes fincas rurales, eran quienes realmente mandaban en el país. Y la película nos mete de lleno en su mundo a través de la propiedad de los Herbert, una familia acomodada que vive en una mansión rodeada de jardines perfectamente cuidados. Desde el primer momento, se respira esa atmósfera de privilegio y de reglas no escritas que todos, desde los señores hasta el último criado, conocen y respetan.
El señor Herbert está ausente, viajando por asuntos que nunca terminan de explicarse claramente, y su esposa encarga a un joven dibujante llamado Neville que realice doce dibujos de la propiedad. Lo interesante aquí es cómo el propio contrato que firman refleja las relaciones de poder de la época. Neville cree que está negociando de igual a igual porque es un hombre hábil y seguro de sí mismo, pero en realidad está entrando en un terreno que no controla. La aristocracia juega con otras reglas, y él, por mucho talento que tenga, sigue siendo un hombre sin título que trabaja por encargo. Esa tensión entre el talento y el nacimiento, entre el mérito y la cuna, recorre toda la película y nos habla de una sociedad donde lo que realmente importaba no era lo que supieras hacer, sino de qué familia vinieras.
La arquitectura y los jardines son mucho más que un escenario bonito. La mansión, con sus grandes ventanales simétricos y sus fachadas ordenadas, representa el orden que esa sociedad quería imponer sobre el mundo. Y los jardines, esos setos recortados geométricamente, esas estatuas colocadas con precisión matemática, son la naturaleza domada, controlada, puesta al servicio de la vista y el orgullo de los propietarios. Cuando Neville dibuja la propiedad, está aplicando también ese mismo orden sobre el papel, con su cuadrícula y sus puntos de fuga. Pero lo fascinante es que, mientras él cree que está capturando la realidad objetiva de la finca, en realidad está documentando sin saberlo una serie de eventos que luego se volverán contra él. Los dibujos, que deberían ser representaciones neutrales, acaban siendo pruebas de algo que él no alcanza a comprender porque no pertenece a ese mundo.
Los criados, que aparecen siempre en segundo plano, son fundamentales para entender cómo funcionaba realmente aquella sociedad. Ellos lo ven todo, escuchan conversaciones, conocen los secretos, pero nunca hablan. Y no hablan porque saben que su posición depende de mantenerse invisibles y de no meterse en los asuntos de los señores. Esa jerarquía tan marcada, donde cada persona ocupa un lugar del que no puede salirse, me parece uno de los retratos sociales más precisos de la película. Los criados son como los setos del jardín: están ahí, forman parte del paisaje, pero su función es sostener el orden sin interferir en él.
Las mujeres, por su parte, ocupan una posición ambigua. La señora Herbert parece tener poder porque es la dueña de la casa, pero en realidad está atrapada en un matrimonio convenido, en unas normas sociales que la obligan a mantener las apariencias aunque por dentro todo se esté desmoronando. Su hija tampoco tiene mucho más margen de maniobra. En una sociedad donde las propiedades y los títulos pasaban de padres a hijos, las mujeres eran piezas en un tablero, utilizadas para sellar alianzas o perpetuar linajes. La película muestra muy bien esa cárcel dorada en la que vivían, con todas las comodidades materiales pero sin verdadera libertad para decidir su destino.
A medida que avanza la historia, los dibujos de Neville van revelando detalles que no deberían estar ahí: una prenda de ropa olvidada en un seto, una escalera apoyada en una ventana, objetos fuera de lugar. El espectador empieza a sospechar que algo oscuro está ocurriendo, pero nadie habla claro. Porque en esa sociedad, las cosas no se dicen directamente, se insinúan, se ocultan, se negocian en susurros. Y cuando finalmente aparece el señor Herbert muerto en el foso, todo encaja: Neville ha sido utilizado sin saberlo, sus dibujos han servido para documentar algo que él no entendía, y ahora que ya no es útil, la aristocracia se deshace de él sin contemplaciones.
El final es brutal precisamente por lo frío que resulta. No hay un ajusticiamiento del culpable, no hay justicia poética. Simplemente, un hombre de clase media que se creía inteligente y moderno es aplastado por unas reglas sociales que ni siquiera alcanzaba a ver. Y los verdaderos poderosos, los que mueven los hilos desde sus mansiones y sus jardines geométricos, continúan con sus vidas como si nada hubiera pasado.
Para mí, lo más valioso de esta película es cómo logra hablar de todo esto sin necesidad de explicarlo directamente. La arquitectura, los jardines, la luz, los diálogos tan medidos, todo contribuye a crear una atmósfera donde se respira esa rigidez social, ese orden aparente que esconde podredumbre por dentro. Y aunque la historia está ambientada en el siglo XVII, no puedo evitar pensar que ciertas dinámicas de poder, ciertas formas de ocultar la verdad bajo una capa de corrección, siguen estando muy presentes en nuestra sociedad actual.