Nunca te enamores en verano
La primera vez que la vi, Amaría estaba de pie frente a un tope en la carretera a Bacalar. Sin asomo de pena o timidez, pidió un aventón. Isa dijo: “Esa rubia está para comérsela” y todas nos asomamos para checarla.
—¿La llevamos?
—Pues sí, ¿qué más da?
Cuando la vi con su cabello verde apuntando arriba y su outfit wanabe turista extranjera, me dio la impresión de que era algo ácida. Y la verdad, me cayó algo mal.
Se subió a la camioneta y se presentó como Yellow. Sus formas ásperas y su tez, delataban su origen regional. Di, con su acostumbrada transparencia, le dijo:
—Ese nombre malinchista, no te lo creo. Seguro te llamas Amarilla.
—¡Amaría!
Mi intencionado acento yucateco provocó las carcajadas. A ella pareció no importarle. Desde entonces, la llamamos Amaría.
No voy a negarlo, su actitud desfachatada de nada-me-afecta, me intrigaba. Me la pasé molestándola todo el camino y ella, en lugar de enojarse, colaboraba conmigo. Para el punto en el que entramos a Bacalar, yo estaba absolutamente cautivada con ella. Aunque quizá debo aclarar: con ella y con la laguna.
Cuando llegamos a las cabañas, acababa de llover y la tarde estaba migrando hacia la noche. Todo lo que la luz tocaba, estaba cubierto de un color azul plumbago, bañado en nostalgia y total calma. Las colinas cubiertas de jardín se extendían hasta llegar a las palmeras, bajando hacia la laguna, donde el muelle se adentraba en el agua quieta, que apenas titilaba con las últimas gotas de lluvia. Y ahí conmigo, en pleno verano, en el lugar más hermoso del mundo, estaba Amaría.
A la mañana siguiente, las palmeras nos acariciaban con su sombra, mientras la laguna nos sorprendía con tonalidades aguamarinas imposibles de describir. Me resultaba muy difícil ocultar mi fascinación por Amaría. “Déjame tomarte fotos, ven a la hamaca conmigo, quiero tomarte un video mientras juegas en el pasto”. Kari rápidamente captó mi sentir y me alentaba a hacer cosas con ella. Amaría estaba feliz, disfrutando de toda la atención que recibía. Di, con su actitud protectora, me habló aparte:
—Honestamente, no entiendo cuál es su gracia.
—No tienes que entenderlo— le dije mientras corría para ir tras Amaría y Kari.
Las tres nos tomamos un montón de fotos haciendo toda clase de gestos. Amaría me complació en cada una de las estupideces que se me ocurrieron. Le entraba a todo, iba a todas partes conmigo.
Su total falta de miedo por la vida, no dejaba de sorprenderme. Mientras yo temblaba por las noches, caminando por el muelle hacia la más densa oscuridad, ella permanecía impasible, tan tranquila, tan segura de su ser.
Ni siquiera puedo explicar cómo empezó el romance entre las dos. Nunca hubo un “te quiero”. Fue algo que pasó sin necesidad de decirlo. Algo al mirarnos, algo en la laguna, creó una conexión profunda entre las dos; una certeza de que lo que sucedía entre nosotras era algo raro y especial.
Me dejé llevar y mientras estábamos sentadas juntas en la orilla del muelle, comencé a hacer planes, a contarle todo lo que quería compartir con ella. Amaría tan linda, tan callada… Y nosotras acurrucadas juntas, rodeadas de un agua turquesa y brillante. En ese lugar tan increíble, yo creía que nuestro amor tropical era posible. Entre el sol y el agua dulce, todo podía pasar.
El último día, hicimos un picnic para desayunar. Amaría estaba especialmente callada, pero su silencio pasaba desapercibido entre la plática habitual. Cuando terminamos de comer, Isa, Di y Kari se levantaron para regresar a la cabaña. Esperé unos segundos y me levanté. Amaría se quedó sentada en su lugar. Miré por encima de mi hombro y con un gesto le pregunté si venía. Como muchas veces, no me respondió. No quise presionarla, suponiendo que a lo mejor ella quería pensar en lo que seguía para nosotras cuando el viaje terminara.
Caminé hacia la cabaña y de vez en vez, volteaba para ver si ella venía detrás. Nunca me alcanzó y yo en mi orgullo, no fui a buscarla.
—¿Y Amaría?
—Ella solita vendrá cuando quiera.
Nos acostamos en las hamacas a platicar y escuchar música y traté de seguir mi día como si no me importara. El orgullo me dolía con cada hora que pasaba sin que ella regresara.
La última vez que la vi, iba con una pareja y estaba rapada; ni siquiera volteó a verme. Sentí que algo se me atravesó en el pecho, descomponiéndome. Su cabello verde se había ido. Y todos sabemos, que cuando una mujer se rapa, es que algo cambió en ella.
Jamás podré olvidarme de Amaría y de lo que sentí esos días de julio en Bacalar. Por eso te digo, que si puedes evitarlo, nunca te enamores en verano. Nunca te enamores de una piña, como yo.












