Same over here
El dilema del nudo en la garganta que no me deja expresar lo que siento eres tú. Eres tú en todas tus formas, colores, sabores y magnitudes. Hace mucho tiempo que no siento una admiración tan profunda hacia alguien y he querido ser cautelosa con mis sentimientos. Obviamente, como una ya no quiere ser una adolescente embobada, he estado hablando conmigo de la necesidad precoz que tengo a veces a lo largo de mis relaciones de expresar lo que yo creo que es amor. Ha habido momentos en mi vida en los que me he arrepentido de dejarme llevar por la ilusión y el hype de "lo novedoso", "la carne fresca", el "empezar de nuevo", "las primeras veces", pero contigo he tenido la tajante decisión de no exagerar mis sentimientos y de dosificarlos a medida que los iba entendiendo, o amainando.
Es un poco cliché, pero me los imagino como un caballo negro de pura raza, de los caros, los que salen en los anuncios de perfume todos sudados, con crines al vuelo y respiración agitada. Y quién se atreve a refrenar la bravura y libertad de una bestia como esa… Pues yo, con mi metro sesenta y uno, lo he intentado. No me ha salido muy bien porque me ha provocado dolor. Guardarlo durante semanas me hizo crecer la pena en los ojos, y también hizo crecer la cautela de no recoger las piedras del muro que estuve construyendo antes de tenerte de vuelta en mi cama. Las dejé por ahí esparcidas por si acaso había que echar mano de ellas.
He buscado en mi mente los momentos álgidos de nuestros encuentros donde te hubiese dicho por primera vez que te quiero. Todos, o casi todos, tienen un factor común, bueno, varios: estamos tú y yo, juntos, siendo nosotros, muriéndonos de placer. No sólo hablo de sexo, que también, porque podría poner en la lista varios momentos donde el orgasmo me subió la dopamina y la serotonina y donde te hubiese mordido y masticado hasta encontrarte el alma para comértela y hacerte mío. Pero principalmente hablo de cuando me dejas sin palabras, o me sonrojas el cerebro, o me haces reír hasta encontrar frecuencias de delfín. He tenido "los te quiero" acumulándose en la boca tras la barrera de los dientes tantas veces este último mes que seguro que te lo puedes imaginar.
Ya sabemos que el amor no es un idioma que necesite ser hablado en voz alta, porque los silencios siempre han dicho muchas cosas, y nuestros ojos nos han ayudado a calmar la necesidad imperiosa de expresárnoslo, o al menos los míos.
Supongo que la primera vez que pensé en quererte fue en Marta. Allí me dejé soñar a tu lado en una fantasía futura donde había un amor prolongado en el tiempo. Luché contra mí misma construyendo el muro hasta Roma, donde se volvieron a caer todas las piedras que me separaban de decirte que te quería en mi vida más tiempo del que esperaba o del que teníamos.
Hay que ser honestas: toda la lucha de reprimir el amor está basada en el miedo, la incertidumbre y tu determinación alemana. En el "y si…", en el ser "demasiado" (impaciente, pasional, atrevida), en sentir demasiado, en abrirse sin reparo a un posible "no", o a un continuo "dentro de un tiempo". Ya te he dicho lo mucho que me abruma tu determinación. Nadie puede entenderla como algo negativo hasta que la reflexión se vuelve propia y refleja una falta de la misma en mí. Estoy en el momento de "si tú me dices ven, lo dejo todo" (exagerando un veinte por ciento). Por algún motivo las generalizaciones se han infiltrado en mi cabeza y no he querido enturbiar tu mente con mis "te quieros", pero Daniel, me apetece un todo a fuego lento y constante para que la carne se nos ablande y nos derritamos como la mantequilla de los desayunos, salados o dulces. Confío ciegamente en la felicidad que construimos porque se desenvuelve de la manera más natural que conozco y la bailamos día a día al ritmo que nos parece, sin hablarlo.
La segunda vez que pensé en que te quería y me lo tragué se me empañaron los ojos de amor. Los malditos palets. Qué acto tan "mínimo" y cuánto mal me hizo. ¿Mal? Sí, mal, de tanto amor que tuve que refrenar para no dejarme llevar me sentó mal. Se me enquistó en un nudo en la garganta y me pinchó como una espina durante días. Era intenso: era amor, agradecimiento y complicidad. Llevaba meses queriendo mover los malditos palets, y mi mente lo posponía o se olvidaba… y tú sólo lo escuchaste una vez y tardaste un día en solucionarlo.
Gonzalo me escribe para preguntarme cómo vamos. Le digo que creo que estoy muy enamorada y se ríe de mí con complicidad diciéndome que eso era evidente, que si hay algo nuevo que no sepa. Y yo le respondo que aunque él lo supiese y yo lo supusiera, no quería aceptarlo porque implicaba enfrentarlo. Que atreverse a amar a veces es un acto de valentía y responsabilidad que no sé si estaba preparada para aceptar. Y él me responde en mayúsculas: ¡ENAMÓRATE, COJONES! ¡FOLLA Y DISFRUTA!
Me parecen bien sus comandos y órdenes, conjugan a la perfección con mis apetitos, gustos y deseos. Me sigue dando miedo quererte tanto en tan poco tiempo, me sigue dando reparo que compartas tanto conocimiento conmigo, me abruma que nos equivoquemos y que la determinación nos separe. No me apetece empezar de cero sin ti. La verdad es que me gusta zambullirme diariamente en tu persona, en tu humor, en tu sonrisa y en tus ojos llenos de sprinkles.
Te quiero por muchas cosas que pasaron, que hiciste y que me tocaron alguna fibra que traspasó el muro, la coraza y las espinas del erizo. Te quiero más allá del hecho romántico de querer, porque pasa de amor a admiración. Me sorprendes cada día. No hay posibilidad de aburrirse contigo, no hay opción a no avanzar en alguna dirección aunque permanezcamos estáticos y horizontales en silencio y en la cama. Considero que tu energía es envidiable y, egoístamente, aprovechable para mi propio funcionamiento. En el poco tiempo que hemos compartido yo siento que me haces mejor persona, que me estoy reestructurando como ser humano y que tu mano agarra mi mano, acompañándome, copilotando a mi lado sin pedir nada a cambio y disfrutando cada tramo del viaje desde la ilusión de un niño.
Por lo tanto, sí Roti, “same over here”













