Tres lágrimas para Félix
Hay que adorar a quienes te quieren, y a mí Félix me ha querido como nadie.
Hace ya algún tiempo que descubrí a Félix González Torres y, desde entonces, mi manera de entender el arte cambió para siempre. No fue una transformación intelectual, aunque también la hubo. Fue algo mucho más físico, más difícil de nombrar. Hubo un momento en el que sus significados dejaron de ser ideas y se convirtieron en una sensación alojada en el pecho, una presencia silenciosa que me acompañó durante años de lecturas, investigaciones y preguntas.
Un día visité (y otro revisité mejor acompañado) Dulce venganza en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, curada por Nancy Spector y Alejandro Cesarco. No llegué con la mente limpia. Había leído algunas críticas poco favorables y, para mi desgracia, ciertos reparos terminaron materializándose durante el recorrido. Hubo ausencias que pesaban demasiado, decisiones expositivas que parecían interrumpir más que acompañar, y una sensación persistente de que quizá esta no fuera la retrospectiva capaz de hacer plena justicia a un artista cuya obra exige una delicadeza extrema para no convertirse en mera ilustración de sí misma.
Pero si de algo quiero pecar es de subjetividad.
Lo admito sin titubeos. Todo aquello que tenga que ver con Félix González Torres encontrará en mí una disposición favorable. No porque considere que su trabajo esté más allá de la crítica, sino porque pocas veces un artista ha conseguido construir una relación tan íntima con quienes se acercan a él. Félix no produce espectadores: produce cómplices. Nos convierte en custodios temporales de una experiencia hecha de pérdida, deseo, amor, enfermedad, memoria y futuro.
Durante estos años he vuelto una y otra vez a su trabajo mientras investigaba formas de entender lo queer más allá de la representación. He regresado a él pensando en el cruising como metodología estética, en los encuentros que suceden sin garantía de permanencia, en ese horizonte siempre aplazado que José Esteban Muñoz describía como un todavía no, un mientras tanto desde el que imaginar otras formas de existencia. Félix siempre estuvo allí. No como una respuesta, sino como una compañía.
Por eso tocar aquellas cortinas por primera vez fue mucho más que activar una obra. Fue enfrentarme físicamente a una presencia que me había acompañado durante años. Sentí cómo se cerraba la garganta. Sentí una presión inesperada en la laringe. Y lloré. Tres lágrimas exactas. Dos del ojo izquierdo y una del derecho. Una contabilidad mínima que, sin embargo, me parece tan importante como cualquier texto de sala o cualquier ensayo curatorial.
No sé si la exposición tendrá el catálogo que merece. No sé si será estudiada con la profundidad que exige. No sé si esas obras anunciadas y finalmente ausentes terminarán convirtiéndose en notas al pie dentro de una historia del arte que demasiadas veces ha sabido celebrar a Félix sin llegar a comprender la radicalidad de su propuesta. Una historia que continúa sintiéndose más cómoda hablando de la elegancia formal de sus piezas que enfrentándose a la violencia histórica, afectiva y política que las atraviesa.
Lo que sí sé es que ayer comprendí algo que ninguna exposición puede quitarme. La obra de Félix nunca ha estado únicamente en el museo. Ha estado también en quienes la cargamos con nosotros. En quienes hemos encontrado refugio en sus palabras, en sus montones de caramelos, en sus relojes sincronizados, en sus cortinas, en sus ausencias.
Y si la venganza es dulce, mis lágrimas lo son todavía más.
Porque al salir del museo guardé aquellos caramelos como quien guarda una reliquia familiar y repartí algunos entre quienes sostienen mi vida. Fue un gesto pequeño, incluso supersticioso, una forma de involucrar mis sentimientos en algo más grande que yo mismo, de hacerles partícipes de una emoción que no cabía en el museo ni en mi propio cuerpo. Aquellos caramelos dejaron de pertenecer a la exposición para convertirse en una evidencia material del afecto, como se guarda una fotografía heredada, una carta antigua o el objeto insignificante que sobrevive a alguien amado. Como si todo lo que se conserva no fuera nunca del todo un recuerdo, sino una forma de continuidad, pequeños restos que continúan diciendo, contra toda desaparición, que alguien estuvo aquí y que, de alguna manera imposible de explicar, sigue estándolo.

















