Algunos son Valientes y Otros Estudian Derecho
Pocos saben la historia de la razón por la cual estudié Derecho. No la cuento seguido. No la cuento para nada, salvo que estuviera lo suficientemente ebrio. A pocos les gusta hablar de sus derrotas y de lo que aprendieron. Yo nunca fui uno de ellos.
Un dedo de espuma. Miraba las pequeñas burbujas reventar y acomodarse, reventar y acomodarse. La cerveza siempre bajaba ligera, pero me daba ganas de mear luego. Espuma quedaba en el vaso, muy poca para reacomodarse, suficiente para molestar a la morena de al lado. Al pasar el vaso le sonreía, buscando su sonrisa. En ese momento, nada me daba más energía que sus labios en curva y sus dientes de conejo. Podía soportar el fracaso. Podía soportar ser un fracaso frente a las personificaciones del triunfo, aquellos héroes que alcanzaban el éxito bajo sus términos. Con la botella en una mano, incliné mi vaso hasta dejarlo medio vacío. No duró por mucho, ni siquiera por poco. Las respuestas no estaban en el fondo. Tampoco las preguntas en mi mente.
Arruiné dos matrimonios por el teatro. Sin lugar a dudas podría acabar esta relación, dijo el actor. Para sus mujeres fue insoportable su superposición del teatro, pero esa era su esencia. Él actuaba de fotógrafo o vendedor cuando necesitaba cachuelear. También personificaba al tío jodido y divertido, al padre preocupado, al abuelo amoroso… Ahora tenía función los sábados como profesor universitario. Años antes había adquirido el papel de escritor. Vivía entre ensayos y actos, haciendo imposible la distinción entre lo real y lo maravilloso. Su nombre solo servía para diferenciarlo de otros como él. Yo le dije que había venido de Europa para hacer teatro, continuó. Que ella no haya querido escucharme es su problema. Una vez me dijo que yo era egoísta por no querer empezar una familia con ella. Claro que lo soy, soy egocéntrico, egoísta y narcisista. Soy actor.
Si te quiere, va a entender, postuló Sandra. Mariano me esperó toda la maestría en Londres. Y me hubiera esperado más si hubiera conseguido el doctorado. Con voz confiada aseveraba su teoría que conocía tan bien como el vaso nuestras manos. Le pedimos que no lo calentara. Todos, en especial yo, queríamos seguir tomando.
La botella llegó vacía, por lo que me levanté a traer otra. Le hice una seña discreta a la morena para que me siguiera. Mi gesto se perdió en el pasado, mientras, ella contestaba su whatsapp. Avanzando hacia la cocina, saqué mi celular sin quererlo, y como por efecto de un tic, lo desbloqueé. Estaba repleto de ausencia de buenas noticias desde mi última ruptura de corazón.
Les dejé sobre la mesa la botella abierta y me fui a mear. Si bien no tenía ganas, necesitaba un descanso más largo. La sobreexposición al triunfo me había dejado exhausto. Eso tampoco fue suficiente. Aun así, resignado, me senté.
Ella es la egoísta, sentenció la mayor del grupo. Te está pidiendo renunciar a lo que más deseas. Ella era madre de tres, quienes curiosamente, vivían en diferentes continentes. Tal vez, si hubiera tenido una hija más, hubiera estado internada en el Serengueti o en algún punto de la Micronesia. Cada una de sus fuerzas era para mejorar sus habilidades y brindarles mejores oportunidades. Como madre soltera había logrado lo que muchas parejas no podían, criar a excelentes personas.
Nos quedaban solo dos botellas. Santa excusa. Grité que iba a comprar. Bajando le envié a mi ex un texto, no sabes cuánto te extraño decía. Inmediatamente, apague el aparato.
Cerca de la tienda, se encontraban dos de mis amigos de la infancia, de aquellos con los cuales jugaba a las canicas y, normalmente, las perdía. Estaban pitando. Me acerqué amargo. Sin darle tiempo de reaccionar, le arranqué el pucho de la boca. Era burro, del barato, aun así pateaba. En el tercer toque lo devolví. ¿Cómo están?, les pregunté. Bien, contestaron en coro. La falta de confianza inspiraba esa respuesta. Me sentí un extraño en el barrio de Los Olivos en el que me había criado.
¡Marco! ¡Entra! La señora se veía ojerosa y preocupada. Apresurado, mi amigo se despidió, diciendo que su viejita estaba algo jodida y que no nos perdiéramos.
- Al webon, los tombos le han hecho la cagada. – Siempre es más fácil hablar de otros que de uno.
- Hablas webadas, acabamos de pitar.
- Te digo que esta vez le plantaron
- Merfi, esta vez no cargaba. Y si vendiera no tendría esos trapos de mierda, ni viviría aquí pss.
- Bueno, ¿qué tal va su proceso?
- Ahí, anda esperando la citación pero no llega.
- Que se fije bien. Ahora falta que lo metan preso por rebeldía.
- ¿Qué? Justo cuando está tranquilo.
Avanzamos hacia la tienda. Debía tocar varias veces porque la municipalidad había prohibido la venta de trago pasada las diez, justo a la hora que se comienza a tomar. Salió un viejo para atendernos. Tenía la cara demacrada, los ojos hundidos, solo le faltaba el cartel de tomar es dañino para la salud. Media caja helada, pilsen, maestro.
- Bien. – y volvimos con el bien.
- Cagado. – Uno tenía que abrirse o el silencio iba a secuestrarnos.
- En parte. ¿Qué comes que adivinas?
- A tu vieja. Ella me contó. Bonitas sabanas.
- Tamare. La tuya grita, nada más.
- Tus viejos te dan de todo, hasta vas a la cato. ¿Qué más podría ser?
- Es la Fio. Me tiene cojudo.
Regresé a la mesa con seis chelas más, las finales, ya más relajado. Sandra me sirvió un vaso casi al borde para ponerme al día. Todos me miraban. Lo tomé seco y volteado, pero las miradas continuaban. Esperaban que hablara. Al parecer todos ya habían terminado de contar sus cosas y era mi turno. Miraba el vaso vacío en busca de una ruta de escape donde sabía que solo había espuma.
Les conté que terminaba las clases de Derecho a finales de junio aunque debí terminarlo ya hace un año. Y que no tenía idea de que hacer después. Les iba a contar el plan, el mismo que recito cual catequismo cuando me reservo la idea de abrir mi estudio pro lavado de activos en el corazón de Madre de Dios. El Derecho es tan amplio, replicó la madre. Algo te debe llamar la atención, agregó el actor. Ante la presión, huí de la forma más cobarde, les conté la historia. Yo no quería estudiar Derecho, les comenté. Un día mi padre se sentó a hablar conmigo en una taquería en San Borja. Se había enterado de mi cambio a historia. Enfático me dijo que solo me apoyaría si estudio leyes, contabilidad, economía o arquitectura. Bueno, pronto acabaré y de ahí ya veré. Uno debe saberse manejar con lo que tiene.
Había terminado de hablar pero la presión seguía ahí. El actor empezó otro tema para disipar el silencio. Me sentía excluido. No podía quitar la mirada del vaso. Todos ahí habían hecho lo que quisieron, tenían el control de sus vidas. Ante sus ojos, seguro era solo un cobarde. Apagué el cerebro, me trague mi mierda, y me puse como si nada hubiera pasado. Total, todos hemos tenido algún breakdown. Después de fluentes risas, mi semblante había vuelto.
Seguí con la mirada a Fiorella, mientras, ella se dirigía al baño. Tome un trago largo y fui por otra cerveza. Cuando me dirigía a la mesa nos cruzamos, o mejor dicho la detuve.
- Este fin de semana vamos a salir.
- Te informo que saldremos este fin de semana. No te invito, solo te informo.
- Pero igual me tienes que decir a dónde vamos para animarme. – Me decía con sus ojos clavados en su smartphone. Tal vez con un movimiento del índice también podía minimizarme.
- A tomar té burbuja y al festival de teatro de pueblo libre. – Yo no podía ocultar mi entusiasmo.
- Mmmm. Me parece bien. Sabes, esto no se lo he contado a nadie pero al escuchar al actor, me gustaría ser así. Siempre me ha llamado el escenario pero no he buscado la oportunidad. Ahora sí me siento animada.
La morena de la cautivadora sonrisa, ojos hechizantes y labios atrayentes se había convertido en la aprendiz de actriz.