Del día no-tengo-idea de mi primera pandemia
27 de julio de 2020, día no-sé de mi primera pandemia mundial. Aprovecho para decir que por el amor del Gran Arquitecto del Universo, espero que sea la única que me toque.
Y digo que no sé a propósito, porque desde el inicio de todo esto decidí que iba a afrontar mi primera pandemia global con varios límites personales que me han hecho muy bien en estos meses de nueva vida.
Me acuerdo perfecto del inicio, un fin de semana de marzo en el que celebraríamos los 86 años de la abuela. En dos días pasamos de “nos vemos el sábado para la comida” a un intenso debate familiar (con stickers y todo) sobre si deberíamos ir o no. Afortunadamente el voto popular e ignorante de lo que nos esperaba hizo que nos reuniéramos, abrazo-free, para festejar a doña Volga que entre vino tinto y pastel de zanahoria gozó como se merece. A partir de eso vino el home office repentino, mi cumpleaños en el encierro, la cancelación de un viaje muy esperado a Perú, fiestas en zoom, aprender a cocinar y a limpiar mi casa, un padecimiento sorpresa, baby showers virtuales, ser la agencia número 1 del país, Lola a un ligamento de cirugía y mil otras cosas que nunca imaginé que vería en mi agenda emocional del 2020.
Constantemente me pregunto cómo me siento, cómo estoy, qué necesito y qué me hace falta. Y la respuesta a esa última pregunta siempre es “nada”. Estoy viviendo uno de los momentos más duros, crueles, estresantes, difíciles y desesperantes de la historia y no me hace falta nada.
Sé que hay cientos (millones, de hecho) de personas que no corren con la misma suerte, y su dolor me duele mucho. Pero en esa misma bolsita de emociones hay paz, amor propio, admiración, agradecimiento y una serie de conexiones humanas que no cambio por nada en este mundo.
Así que, mis queridos virus, bacterias e invasiones aliens del futuro: ojalá no lleguen, pero si lo hacen, por lo menos enséñenme tanto como el COVID.
Nos leemos a la siguiente, si Lola y Cleo quieren. Mar.










