dreamxlvnd:
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Dejar el ejército por causa de un TEPT fue una de las cosas más difíciles con las que tuvo que lidiar, incluso más que casi perder la vida por salvar a sus compañeros, a quienes ya no vería otra vez hasta que decidieran volver a casa y… lo odiaba. Su madre había buscado motivarle y darle apoyo en aquel periodo oscuro, cosa que agradecía infinitivamente aunque hallar un nuevo propósito era complicado, especialmente cuando conociste una sola cosa durante más de una década de tu vida. Al menos, gracias a la recomendación de su consejero de VA, decidió tomar unos cursos extras para poder ser reconocido como guardaespaldas, cosa que si bien no era igual a sus actividades anteriores le mantendría en ese estado de alerta, usando su mente para cuidar a un tercero y no en su ansiedad. Lo que menos necesitaba era mantenerse desocupado cuando aún estaba en proceso de recuperación.
Ahora allí estaba, apenas egresado y estando frente a uno de los rostros más conocidos e importantes del país, en espera de ver si terminaba de aceptar la recomendación del jefe de seguridad de la casa blanca. Dios, podía sentir como su estómago se retorcía ante el estrés—Sé que soy recién egresado señor, pero le aseguro que no se arrepentirá con la elección que ha hecho la agencia —afirmó con su recta postura, portando un traje negro y con ningún cabello fuera de lugar para dar la mejor de las impresiones. Tras aquellas palabras y un nuevo silencio el presidente este terminó por sonreír, mencionando su heroica hazaña y que, sin duda, aquello era justo lo que necesitaba para la protección de su familia… o más bien, específicamente su hijo. Vale, jamás imaginó que el ser un héroe de guerra le ayudaría a convertirse en niñero, pero era mejor que nada. Tenía trabajo y podría volver a ser alguien normal y funcional—. Le prometo que me entregaré en cuerpo y alma para la protección de su hijo y familia —o de quién lo solicitara en general. Para eso estaba allí. Luego de emitir esas palabras un sonido tras sus espaldas le hizo girar, apreciando enseguida que el menor hacía acto de presencia en la sala principal… Si la reputación del muchacho era real, tendría mucho con lo que lidiar
Caótico, eso es lo que era. Una bomba propensa a estallar en cualquier momento, atormentado por años de una educación conservadora y retrógrada, incluso si, puertas afuera, su familia se encargaba de mostrar una cara completamente progresista. Roman tenía sus problemas: crecer rodeado de ojos curiosos, de expectativas superlativas, de exigencias exhorbitantes y de una neglicencia paterna, lo había conducido por el camino de la rebeldía. Las malas juntas, niños malcriados, del mismo nivel socioeconómico que él, con el mundo doblegado a sus pies por ser la progenie de políticos, magnates y empresarios. ¿Qué más podía esperarse? El alcohol, las drogas, el éxtasis de vengarse de sus progenitores al destruirse a sí mismos. Una adolescencia plagada de planes furtivos que culminaban con su hermana mayor recogiéndolo de una sala de emergencias, implorando a su madre y al equipo de prensa que cuidaran de la imagen de su hermanito para evitar que su padre, en aquel momento gobernador de Pensilvania, se enterase y descargase su furia verborrágica sobre el ya lastimado corazón de Roman.
La llegada de su padre a la presidencia de los Estados Unidos no había hecho otra cosa que empujarlo más y más a un abismo del que parecía no haber escapatoria, sin importar cuántas veces intentara la rehabilitación. Su mamá y su hermana eran, al parecer, las únicas dos personas que velaban genuinamente por su salud, pero aún así carecían de poco poder sobre el temperamento explosivo del de ojos claros. Las amaba, obviamente, y estaba dispuesto a hacer todo por ellas... Todo menos estar sobrio, pues la sobriedad no le permitía vivir, y él quería vivir, aunque fuese de esa manera. Era tan voluble, tan errático, tan impredecible que desconcertaba al personal de seguridad encargado de velar por su integridad y de protegerlo de potenciales amenazas; solía esquivar la vigilancia, era un maestro en eso, para escaparse y desaparecer por días, alejándose de ese entorno que lo intoxicaba más que las sustancias que metía en sus venas. Y es por eso que todos renunciaban... Ninguno aguantaba el estrés que un dolor de cabeza como Roman significaba. Había escuchado por ahí que su padre y el jefe del equipo de seguridad habían estado seleccionando candidatos para ponerle un nuevo guardaespaldas. Pff, pura mierda. Apostaba a que no duraría ni un mes. Como un mocoso impertinente, Roman se adentró en la oficina en la que su padre estaba cerrando el trato con el nuevo. “Vaya, veo que ya tengo niñero nuevo” alzó las cejas mientras de forma descuidada tomaba asiento en una de las sillas. Ojeó al hombre y relamió sus labios. Ah, su picante lascividad ya estaba tocando a su puerta. “Y bien, ¿tendré un toque de queda? ¿Me seguirás hasta el baño? ¿Cómo será la cosa?” espetó al guardaespaldas con una sonrisa ladina, que le ganó una mirada reprobatoria por parte de su progenitor. — Pérdonelo — dijo el mandatario dirigiéndose al ex soldado—. Roman, no seas desagradable, no te crié así. ¿Criarlo? El comentario casi hizo que el muchacho se desternillara de la risa, mas se contuvo y simplemente se mordió la lengua al negar con la cabeza. “Lo siento, papi... Bueno, ¿cuál es el nombre de mi nuevo amigo? No pretenderán que lo llame señor guardaespaldas, ¿o sí?”













