Por la mañana. Lunes, 2 de la mañana: Me despierta un frío repentino cada mañana. Al abrir los ojos siempre me es una sorpresa recordar dónde he empezado y sobre todo donde he terminado. Esta vez lo he hecho en el sillón. Ruedo sobre la tela vieja que aún huele a casa y siento unas manos tomarme por la espalda, me acaricia el pecho queriendo saber en braille lo que mi lengua no ha sabido pronunciar. En sus ojos empañados logré ver los lugares que visitamos y en su sonrisa transparente ver quién se la provocaba. Beso cada línea punteada de su silueta hasta llegar a sus oídos y ahí le susurro con toda la suavidad y delicadeza del mundo -al igual que una madre a su hijo- para así acariciarle donde nadie más lo ha hecho. En la conciencia. Agarro con mis manos cada una de sus partes y trato de beberlo, comerlo, cogérmelo. Todo lo que haga hacerlo y sentirlo mío. Tanto al punto de dudar en que dos cuerpos no pueden habitar un mismo lugar. Jueves, 4 de la mañana: Un frío me despierta diario. Hoy desperté en el suelo. Me pongo de pie y oigo pasos en la sala. Se me congela el alma, y las lágrimas salen corriendo de mi poco cálido cuerpo a acurrucarse en los brazos de los azulejos. Es él. Entra y sale como el viento, haciendo de mi lo que él quiera. A( r )marme o desa( r ) marme. Y caigo otra vez. Tirado en el suelo, haciéndole el amor a su recuerdo.
Aldo Alfaro

















