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@livvvyblackthorn
[ Ty & Livvy ]
Cuando Ty era mucho más pequeño lo dejaba perplejo el modo en que la gente hablaba y cómo exageraban para afirmar algo. Frases como «dar gato por liebre» lo molestaban, y a veces se sentía hasta un poco traicionado, porque le gustaban más los gatos que las liebres.
En algún momento, Julian había comenzado una serie de dibujos divertidos en los que le mostraba el sentido literal de ciertas frases y luego el figurado. Ty se había reído de la ilustración de un gato con orejas muy largas o de la gente quedándose con la boca abierta, y también de los dibujitos de animales y personas dentro de un bocadillo explicando lo que quería decir realmente esa expresión. Después de eso, muchas veces se pasaba las horas en la biblioteca, buscando expresiones y su significado, memorizándolos. A Ty no le importaba que le explicaran las cosas, y nunca olvidaba lo que había aprendido, pero prefería hacerlo por sí mismo.
No obstante, a veces le gustaba que le confirmaran que una exageración era una exageración, incluso si estaba casi seguro de que lo era. Livvy, que conocía mejor que nadie la ansiedad que el lenguaje impreciso podía causarle a su hermano, se puso en pie y fue hacia él. Lo rodeó con los brazos y le apoyó la barbilla en el hombro. Ty reposó la cabeza en la de ella y entrecerró los ojos. Le gustaban las muestras físicas de afecto cuando estaba de humor para ellas, mientras no fueran demasiado intensas… Le gustaba que le alborotaran el pelo y que le rascaran o palmearan la espalda. A veces, a Livvy le recordaba un poco al gato de Emma, Iglesia, cuando este quería que lo acariciaran.
MACKENZIE FOY as CLARA STAHLBAUM.
La imbecilidad mata.
Llegó a la puerta y la abrió. El sol acababa de ponerse. Un taciturno vampiro se hallaba de pie en la entrada con varias cajas apiladas. Parecía un adolescente, con cabello castaño corto y pecas, pero eso no significaba demasiado.
—Vengo a entregar unas pizzas —dijo en un tono que sugería que sus parientes más próximos acababan de morir.
—¿De verdad? —exclamó Emma—. ¿Malcolm no se lo estaba inventando? ¿De verdad repartes pizzas?
Él la miró sin expresión.
—¿Y por qué no iba a repartir pizzas?
Emma buscó en la mesita que estaba al lado de la puerta el dinero que solía haber allí.
—No lo sé. Eres un vampiro. Suponía que tendrías algo mejor que hacer con tu vida. O con tu no vida. Lo que sea.
El vampiro pareció ofenderse.
—¿Sabes lo difícil que es conseguir un empleo cuando tu tarjeta de identidad dice que tienes ciento cincuenta años y solo puedes salir por la noche?
—No —admitió Emma mientras cogía las cajas—. No había pensado en eso.
—Los nefilim nunca piensan.
Se metió un billete de cincuenta en el bolsillo de los vaqueros, y Emma se fijó en que llevaba una camiseta gris en la que ponía LIM por delante.
—¿La Imbecilidad Mata? —preguntó.
El vampiro se animó.
—Los Instrumentos Mortales. Son un grupo de música. De Brooklyn. ¿Los conoces?
Emma sí los conocía. El mejor amigo de Clary, Tristan, había tocado en ese grupo cuando era mundano. Por eso habían acabado utilizando ese nombre, que hacía referencia a los tres objetos más sagrados en el mundo de los cazadores de sombras.
Cuando volvió a la sala del ordenador, Malcolm estaba junto al escritorio.
—Verás, no es en absoluto un círculo de protección… —estaba diciendo, pero se calló al entrar Emma—. ¡Es pizza!
—No puede ser pizza —respondió Ty, mirando perplejo la pantalla. Sus largos dedos casi habían desenredado todos los limpiadores de pipas; cuando acabara, volvería a enredarlos y comenzaría de nuevo.
—Muy bien, ya vale —dijo Jules—. Nos vamos a tomar un descanso de asesinatos y perfiles para cenar. —Con una mirada agradecida, le cogió las cajas a Emma y las dejó sobre la mesita de café—. No me importa de lo que hablen tras que no tenga nada que ver con muerte y sangre. Nada de sangre.
—Pero es una pizza de vampiros —señaló Livvy.
—Irrelevante —repicó Julian—. Al sofá. Ya.
«La venganza es una compañera despiadada».
Al parecer, Ty, Livvy, Dru e incluso Tavvy habían estado muy ocupados. Dru había extendido mapas por todo el suelo. Tavvy estaba junto a una pizarra con un rotulador en la mano, y apuntaba cosas que podrían serles útiles, si lograban descifrar las notas de un niño de siete años.
Ty estaba sentado en la silla giratoria ante el ordenador y movía los dedos rápidamente sobre el teclado. Livvy estaba sentada en la mesa, como hacía a menudo; Ty trabajaba mejor con ella allí, totalmente consciente de su presencia mientras que al mismo tiempo se centraba en la tarea que estuviera realizando.
—Así que has encontrado algo, ¿no? —preguntó Julian cuando entraron.
—Sí. Un segundo. —Ty alzó la mano de forma imperiosa—. Pueden hablar entre ustedes, si quieren.
Julian sonrió de medio lado.
—Eres muy amable.
Maeve entró corriendo, trenzándose el pelo húmedo. Se había duchado y se había puesto unos vaqueros y una blusa de flores.
—Livvy me ha dicho…
—Shhh. —Emma se llevó el dedo a los labios y señaló a Ty, que miraba fijamente la pantalla azul del ordenador.
La luz del monitor le iluminaba los delicados rasgos. A Emma le encantaban esos momentos en los que Ty jugaba a ser un detective. Se adaptaba muy bien al papel, al sueño de ser Sherlock Holmes, quien siempre tenía todas las respuestas.
Maeve asintió y se sentó en un pequeño sillón tapizado junto a Drusilla.
Malcolm se sentó en un sillón con algunos parches.
—Bueno, si tenemos que esperar… —dijo, y comenzó a escribir en su móvil.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Emma.
—Pedir una pizza a Nightshade —contestó Malcolm—. Tienen una app.
—¿Una qué? —preguntó Dru.
—¿Nightshade? —Livvy se volvió hacia él—. ¿El vampiro?
—Tiene una pizzería. La salsa es divina —aseguró Malcolm, besándose los dedos en un gesto de aprobación.
—¿No te preocupa lo que pueda haber en ella? —preguntó Livvy.
—Los nefilim son tan paranoicos… —exclamó Malcolm, y siguió con su pedido.
Ty carraspeó para aclararse la garganta, y giró la silla para quedar frente a todos los demás. Los otros se habían instalado en sofás o sillas, excepto Tavvy, que estaba sentado en el suelo bajo la pizarra.
—He encontrado algunas cosas —dijo Ty—. Definitivamente hay noticias de cadáveres que concuerdan con la descripción de Emma. Las huellas dactilares borradas, empapados de agua salada, la piel quemada. —Cargó la portada de un periódico en la pantalla—. Los mundanos creen que se trata de la actividad de algún culto satánico, por las marcas de tiza alrededor de los cuerpos.
—Los mundanos siempre creen que todo está relacionado con algún culto satánico —soltó Malcolm—. La mayoría de los cultos están al servicio de demonios del todo diferentes de Satán. Lucifer es muy famoso y muy difícil de localizar. Muy pocas veces hace favores a nadie. Es un demonio al que no compensa mucho adorar.
Ty movió el ratón y aparecieron imágenes en la pantalla. Rostros de diferentes edades, razas y géneros. Todos ellos muertos.
—Solo hay unos pocos asesinatos que encajen con el perfil —informó Ty. Parecía satisfecho de usar la palabra «perfil»—. Uno al mes durante todo el año pasado. Doce contando el que encontró Emma.
—Pero ¿nada antes de eso?
Ty negó con la cabeza.
—Así que hay un lapso de nueve años desde que mataron a mis padres. Quienquiera que fuera, suponiendo que sea la misma persona, hizo un alto y luego volvió a comenzar.
—¿Hay algo que relacione a esas personas? —preguntó Julian—. Joshua dijo que algunos de los muertos son hadas.
—Bueno, esto son noticias mundanas —explicó Livvy—. Seguramente no lo sabrían, ¿no crees? Si fueran hadas de la nobleza pensarían que los cadáveres son humanos. En cuanto a algo que los relacione…, ninguno ha sido identificado.
—Eso es raro —comentó Dru—. ¿Y qué hay de la sangre? En las pelis pueden identificar a la gente usando la sangre y el ETN.
—ADN —la corrigió Ty—. Bueno, según los periódicos, no se ha identificado ninguno de los cuerpos. Podría ser que los hechizos que emplearon con ellos les hubieran alterado la sangre. O quizá se deshicieron enseguida, como pasó con los padres de Emma. Eso limitaría el alcance de las investigaciones.
—Pero hay algo más —avanzó Livvy—. En todos los casos se dice dónde apareció el cadáver, y los hemos colocado en el mapa. Tienen una cosa en común.
Ty había sacado del bolsillo uno de sus juguetes relajantes, un manojo de limpiadores de pipas entrelazados que plegaba y desplegaba sin parar. Ty tenía una de las mentes más veloces que Emma había conocido, y lo calmaba tener algo que hacer con las manos para librarse de parte de esa rapidez e intensidad.
—Todos los cuerpos han sido arrojados sobre líneas ley. Todos —explicó, y Emma le notó la excitación en la voz.
—¿Líneas ley? —Dru arrugó la frente.
—Hay una red de antiguos caminos mágicos que rodea el mundo —explicó Malcolm—. Amplifican la magia, así que durante siglos los subterráneos las han empleado para crear entradas en el reino de los seres mágicos y ese tipo de cosas. Alacante está construida en un punto de convergencia de líneas ley. Son invisibles, pero algunos se entrenan para ser capaces de sentirlas. —Frunció el cejo mirando la pantalla, donde aparecía una de las imágenes que Maeve había tomado del cadáver de Sepulcro—. ¿Puedes hacer esa cosa? —preguntó—. Ya sabes, eso que hace que la foto sea mayor.
—¿Te refieres a ampliarla con el zoom? —quiso saber Ty.
Antes de que Malcolm pudiera responder, sonó el timbre de la puerta principal. No era un timbre común, con la estridencia habitual, sino que resonaba como un gong por todo el Centro, haciendo vibrar el vidrio, la puerta y el yeso.
Emma se puso en pie al instante.
—Ya voy yo —dijo, y corrió abajo mientras Julian se levantaba a medias de su asiento para seguirla.
Pero Emma quería estar sola, aunque fuera durante un segundo. Quería reflexionar sobre el hecho de que ninguno de esos asesinatos era anterior al año de la muerte de sus padres. Habían comenzado con ellos. Su padre y su madre habían sido los primeros.
Esos asesinatos estaban relacionados. Podía imaginarse las diferentes partes encajando, formando un conjunto que solo comenzaba a vislumbrar pero que sabía que era real. Alguien había hecho eso. Alguien había torturado y matado a sus padres, les había grabado unas marcas malignas en la piel y los había tirado al océano para que se pudrieran. Alguien le había robado la infancia a Emma, había arrancado el techo y las paredes de la casa de su vida, dejándola expuesta a la fría intemperie.
Ese alguien lo pagaría. «La venganza es una compañera despiadada», le había dicho Joshua, pero Emma no lo creía. La venganza les devolvería el aire a los pulmones. La venganza le permitiría pensar en sus padres sin que se le formara un frío nudo en el estómago. Podría soñar sin ver sus rostros convulsos y oír sus voces pidiendo ayuda.
20 de Junio, 2020.
—¡Pizza vampiro! —exclamó Malcolm.
—¿Qué? —preguntó Emma.
—Nightshade ha abierto un italiano en Cross Creek Road —informó Malcolm—. La mejor pizza en kilómetros, y las llevan a casa.
—¿No te preocupa qué pueda haber en la salsa? —preguntó Emma, que se había olvidado del asunto de Arthur—. ¡Ah! —Se tapó la boca con la mano—. Eso me recuerda… Malcolm, me preguntaba si podrías echar un vistazo a una cosa.
—¿Es una verruga? —preguntó Malcolm—. Te la puedo curar, pero te cobraré.
—¿Por qué todo el mundo piensa siempre que se trata de una verruga? —Emma sacó su móvil y unos segundos después le estaba enseñando las fotos del cadáver que había encontrado en el bar Sepulcro—. Había estas marcas blancas, aquí y aquí —explicó señalando con el dedo—. Parecen grafitis, pero no con pintura, sino con tiza o algo así…
—Primero: ¡qué asco! —exclamó Malcolm—. Por favor, no me enseñes fotos de cadáveres sin avisar. —Observó con mayor atención—. Segundo: parecen los restos de un círculo ceremonial. Alguien dibujó un círculo protector en el suelo. Quizá para protegerse a sí mismo mientras estaban realizando el asqueroso conjuro que mató a este tipo.
—Lo quemaron —explicó Emma—. Y lo ahogaron, me parece. Al menos tenía la ropa mojada y olía a agua de mar.
Había fruncido el cejo y se le habían oscurecido los ojos. Podría haber sido el recuerdo del cadáver, o solo el pensar en el océano. Era el mismo que tenía al lado de casa, junto al que corría todos los días, pero sabía lo mucho que la aterraba. —Envíame las fotos —estaba diciendo Malcolm—. Las miraré con más calma y ya te diré algo.
—¡Ey! —Livvy apareció en lo alto de la escalera. Se había cambiado de ropa—. Ty ha encontrado algo. Sobre los asesinatos.
Malcolm pareció perplejo.
—En el ordenador —amplió la información Livvy—. El que se supone que no deberíamos tener. Ah, hola, Malcolm. —Agitó la mano vigorosamente—. Deberían subir a verlo.
—¿Te quedas, Malcolm? —preguntó Emma mientras se ponía en pie—. Nos vendría bien tu ayuda.
—Eso depende —contestó Malcolm—.
Emma es una maestra en las artes del empalamiento.
—¡Hola! —Un saludo resonó en la sala.
Era Livvy, en ropa de entrenamiento y avanzando hacia ellas. Se detuvo para acariciar su sable, que colgaba de la pared cerca de la puerta con las otras espadas de esgrima. Livvy había elegido esa arma cuando tenía unos doce años y desde entonces había practicado tenazmente con ella. Podía hablar sobre diferentes tipos de sables, de empuñaduras de madera frente a las de caucho o cuero, de virolas y pomos, y era mejor que no empezara con las culatas de las pistolas.
Emma admiraba su lealtad. Ella nunca se había visto obligada a elegir un arma: siempre había tenido a Cortana. Pero le gustaba tener un conocimiento básico de todas, así que más de una vez había entrenado con Livvy.
—Te he echado de menos —susurró Livvy al sable—. Te quiero tanto…
—Qué tierno —comentó Emma—. Si me hubieras dicho algo así cuando volviste, me habría echado a llorar.
Livvy dejó el sable y fue hacia ellas. Cogió una colchoneta y comenzó a estirar los músculos. Se podía doblar sin problemas hasta poner las manos bajo los pies.
—A ti también te he echado de menos —dijo con la voz amortiguada—. En Inglaterra me aburría, y no había chicos guapos.
—Julian dice que no había humanos en kilómetros a la redonda —comentó Emma—. Bueno, tampoco es que se hayan perdido nada aquí.
—Aparte de los asesinatos en serie —replicó Livvy, y cruzó la sala para coger dos cuchillos arrojadizos. Emma y Maeve se apartaron cuando ella se colocó ante la diana—.
Maeve cogió el arma y se colocó en lugar de Livvy.
—¿Quién es Diego el Perfecto? —preguntó esta.
Maeve había estado apuntando ceñuda, pero se volvió hacia Livvy y la miró boquiabierta.
—Las he oído —explicó ella alegremente—. Antes de entrar. ¿Quién es? ¿Por qué es tan perfecto? ¿Cómo es que hay un chico perfecto en el mundo y nadie me lo ha dicho?
—Diego es el chico con el que la madre de Maeve quiere casarla —contestó Emma. Maeve se sintió traicionada—. No es un matrimonio de conveniencia, eso sería muy desagradable; pero su madre lo adora.
—¿Es pariente tuyo? —le preguntó Livvy—. ¿Y no hay problema? Quiero decir, ya sé que la de Clary Fairchild y Jace Herondale es una historia de amor famosa, pero al final no era cierto que fueran hermanos. De otro modo, creo que probablemente habría habido…
—Una historia de amor menos famosa —concluyó Emma con una sonrisita burlona.
Maeve lanzó el cuchillo. Se clavó cerca del centro de la diana.
—Se llama Diego Rocio Rosales. Rocio es el apellido de su padre y Rosales el de su madre, igual que el de mi madre. Pero eso no significa que seamos primos. Los Rosales son una familia de cazadores de sombras muy extensa. Mi madre piensa que es perfecto, muy atractivo y listo; el cazador de sombras perfecto, perfecto, perfecto…
—Y ya sabes de dónde le viene el nombre —añadió Emma mientras iba a buscar los puñales a la pared.
—¿Es perfecto? —preguntó Livvy.
—No —contestó Maeve.
Cuando estaba molesta, no se enfadaba; solo dejaba de hablar. Lo estaba haciendo en ese momento: miraba fijamente la diana pintada en la pared. Emma volteó en las manos los cuchillos que había recuperado.
—Te protegeremos de Diego el Perfecto —aseguró Emma—. Si viene aquí, lo empalaré. —Se dirigió hacia la línea de tiro.
—Emma es una maestra en las artes del empalamiento —apostilló Livvy.
—Sería mejor que empalases a mi madre —masculló Maeve—. Muy bien, flaquita, impresióname. A ver cómo tiras dos a la vez.
Con un cuchillo en cada mano, Emma dio un paso atrás desde la línea de tiro. Había aprendido a lanzar dos cuchillos a la vez durante ese año, practicando una y otra vez; el sonido de las hojas penetrando en la madera era un bálsamo para sus destrozados nervios. Era zurda, así que normalmente habría dado un paso atrás y hacia la derecha, pero se había obligado a ser casi ambidiestra. Su paso era perpendicular al objetivo, no en diagonal. Echó los brazos hacia atrás y luego hacia delante; abrió las manos y los cuchillos volaron como halcones con las pihuelas cortadas. Rasgaron el aire hacia la diana y se clavaron, uno tras otro, en el centro.
Maeve soltó un silbido de admiración.
—Ya entiendo por qué las personas te aceptan incluso con tu mal humor. Les da miedo no hacerlo. —Fue a buscar los cuchillos—. Voy a intentarlo de nuevo. Ya veo que estoy muy atrasada.
Emma se rió.
—No, te he engañado. Hace años que practico esa tirada.
—Aun así —insistió Maeve—, si alguna vez cambias de opinión y decides que no te caigo bien, prefiero saber defenderme.
—Buen tiro —susurró Livvy, que se acercó a Emma por detrás mientras Maeve buscaba una buena posición en la línea de tiro.
—Gracias —le contestó Emma también en susurros. Se apoyó contra el colgador de guantes y ropa de protección y miró al alegre rostro de Livvy—. ¿Has llegado a algo con Ty? Me refiero a lo de parabatai —preguntó, casi temiendo la respuesta.
A Livvy se le ensombreció el rostro.
—Sigue diciendo que no. Es en lo único en lo que no estamos de acuerdo, como siempre.
—Lo siento.
Emma sabía lo mucho que Livvy quería formar el vínculo de parabatai con su mellizo. No era frecuente que dos hermanos se convirtiesen en parabatai, pero tampoco raro. La rotunda negativa de Ty resultaba sorprendente. Muy pocas veces le decía que no a Livvy en ningún asunto, pero en eso era obstinado.
El cuchillo de Maeve dio en la diana, justo en el borde del círculo interior. Emma la vitoreó.
—Me gusta —siguió susurrando Livvy.
[Throwback O2.]
—Maeve y yo íbamos a entrenar, pero podemos… —dijo Emma.
—¡No! ¡No lo canceles! —Livvy se puso en pie—. ¡Necesito entrenarme! Con otra chica. Que no esté leyendo —añadió, y lanzó una mirada enfadada a Dru— o viendo una peli de terror. —Miró a su mellizo—. Ayudaré a Ty media hora. Luego iré a entrenar.
Ty asintió y se puso los auriculares mientras se dirigía hacia la puerta. Livvy fue con él, charlando de cuánto había echado de menos el entrenamiento y su sable, y cómo lo que su tía abuela consideraba una sala de entrenamiento era su pajar lleno de arañas.
"You ship people as romantic couples, I ship people as parabatai couples. We’re not the same.
sad Livvy hours :’(
[ Throwback ]
—La tía abuela Marjorie nos hacía entrenar fuera todo el día —explicó Livvy—. Bueno, menos a Tavvy. A él lo dejaba quedarse dentro y lo atiborraba de mermelada de moras.
—Tiberius se escondía —añadió Drusilla—. En el pajar.
—No me escondía —replicó Ty—. Era una retirada estratégica.
—Era esconderse —insistió Dru mientras se le iba marcando el ceño en el rostro ovalado. Las trenzas le salían disparadas una por cada lado de la cabeza como a Pippi Calzaslargas. Emma le dio un tirón a una de ellas con cariño.
—No discutas con tu hermano —dijo Julian, y se volvió hacia Ty—. No discutas con tu hermana. Los dos estan cansados.
—¿Y qué tiene que ver el estar cansado con el no discutir? —preguntó Ty.
—Julian quiere decir que deberíais estar todos durmiendo —. Dijo Jesse.
—Solo son las ocho —protestó Emma—. ¡Si acaban de llegar!
Jesse señaló a Tavvy, que estaba acurrucado en el suelo durmiendo bajo el inclinado haz de luz de una lámpara, como un gato.
—En Inglaterra es mucho más tarde.
Livvy cogió a Tavvy en brazos con suavidad. La cabeza del pequeño le cayó sobre el cuello.
—Lo meteré en la cama.
Julian y Jesse intercambiaron una rápida mirada.
—Gracias, Livvy —dijo él—. Iré a decirle al tío Arthur que hemos llegado bien. —Miró a su alrededor y suspiró—. Ya nos encargaremos del equipaje por la mañana. Ahora todo el mundo a dormir.
Mackenzie Foy
Mackenzie Foy as Clara in The Nutcracker and the Four Realms
MACKENZIE FOY as CLARA STAHLBAUM.
MACKENZIE FOY as CLARA STAHLBAUM.
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