Soldier Studies: Cross-Dressing in der Wehrmacht (nov 2018)
Libro que compila fotografías de soldados nazis travestidos, haciendo cross-dressing.
Editor: Martin Dammann
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Soldier Studies: Cross-Dressing in der Wehrmacht (nov 2018)
Libro que compila fotografías de soldados nazis travestidos, haciendo cross-dressing.
Editor: Martin Dammann
#peluquerianazi #peluqueria #cortedecabellonazi #pelonazi #peinadonazi
#matricula #nazi
Los poemas nazis de otros, un cuento de Jorge Luis Borges
Deutsches Requiem (El Aleph, 1949) Jorge Luis Borges
Aunque él me quitare la vida, en él confiaré.
Job 13:15
Mi nombre es Otto Dietrich zur Linde. Uno de mis antepasados, Christoph zur Linde, murió en la carga de caballería que decidió la victoria de Zorndorf. Mi bisabuelo materno, Ulrich Forkel, fue asesinado en la foresta de Marchenoir por francotiradores franceses, en los últimos días de 1870; el capitán Dietrich zur Linde, mi padre, se distinguió en el sitio de Namur, en 1914, y, dos años después, en la travesía del Danubio[1]. En cuanto a mí, seré fusilado por torturador y asesino. El tribunal ha procedido con rectitud; desde el principio, yo me he declarado culpable. Mañana, cuando el reloj de la prisión dé las nueve, yo habré entrado en la muerte; es natural que piense en mis mayores, ya que tan cerca estoy de su sombra, y a que de algún modo soy ellos. Durante el juicio (que afortunadamente duró poco) no hablé; justificarme, entonces, hubiera entorpecido el dictamen y hubiera parecido una cobardía. Ahora las cosas han cambiado; en esta noche que precede a mi ejecución, puedo hablar sin temor. No pretendo ser perdonado, porque no hay culpa en mí, pero quiero ser comprendido. Quienes sepan oírme, comprenderán la historia de Alemania y la futura historia del mundo. Yo sé que casos como el mío, excepcionales y asombrosos ahora, serán muy en breve triviales. Mañana moriré, pero soy un símbolo de las generaciones del porvenir.
Nací en Marienburg, en 1908. Dos pasiones, ahora casi olvidadas, me permitieron afrontar con valor y aun con felicidad muchos años infaustos: la música y la metafísica. No puedo mencionar a todos mis bienhechores, pero hay dos nombres que no me resigno a omitir: el de Brahms y el de Schopenhauer. También frecuenté la poesía; a esos nombres quiero juntar otro vasto nombre germánico, William Shakespeare. Antes, la teología me interesó, pero de esa fantástica disciplina (y de la fe cristiana) me desvió para siempre Schopenhauer, con razones directas; Shakespeare y Brahms, con la infinita variedad de su mundo. Sepa quien se detiene maravillado, trémulo de ternura y de gratitud, ante cualquier lugar de la obra de esos felices, que yo también me detuve ahí, yo el abominable. Hacia 1927 entraron en mi vida Nietzsche y Spengler. Observa un escritor del siglo XVIII que nadie quiere deber nada a sus contemporáneos; yo, para libertarme de una influencia que presentí opresora, escribí un artículo titulado Abrechnung mit Spengler, en el que hacía notar que el monumento más inequívoco de los rasgos que el autor llama fáusticos no es el misceláneo drama de Goethe[2] sino un poema redactado hace veinte siglos, el De rerum natura. Rendí justicia, empero, a la sinceridad del filósofo de la historia, a su espíritu radicalmente alemán (kerndeutsch), militar. En 1929 entré en el Partido. Poco diré de mis años de aprendizaje. Fueron más duros para mí que para muchos otros ya que a pesar de no carecer de valor, me falta toda vocación de violencia. Comprendí, sin embargo, que estábamos al borde de un tiempo nuevo y que ese tiempo, comparable a las épocas iniciales del Islam o del Cristianismo, exigía hombres nuevos. Individualmente, mis camaradas me eran odiosos; en vano procuré razonar que para el alto fin que nos congregaba, no éramos individuos. Aseveran los teólogos que si la atención del Señor se desviara un solo segundo de mi derecha mano que escribe, ésta recaería en la nada, como si la fulminara un fuego sin luz. Nadie puede ser, digo yo, nadie puede probar una copa de auga o partir un trozo de pan, sin justificación. Para cada hombre, esa justificación es distinta; yo esperaba la guerra inexorable que probaría nuestra fe. Me bastaba saber que yo sería un soldado de sus batallas. Alguna vez temí que nos defraudaran la cobardía de Inglaterra y de Rusia. El azar, o el destino, tejió de otra manera mi porvenir: el primero de marzo de 1939, al oscurecer, hubo disturbios en Tilsit que los diarios no registraron; en la calle detrás de la sinagoga, dos balas me atravesaron la pierna, que fue necesario amputar[3]. Días después, entraban en Bohemia nuestros ejércitos; cuando las sirenas lo proclamaron, yo estaba en el sedentario hospital, tratando de perderme y de olvidarme en los libros de Schopenhauer. Símolo de mi vano destino, dormía en el reborde de la ventana un gato enorme y fofo. En el primer volumen de Parerga und paralipomena releí que todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio. No hay consuelo más hábil que el pensamiento de que hemos elegido nuestras desdichas; esa teleología individual nos revela un orden secreto y prodigiosamente nos confunde con la divinidad. ¿Qué ignorado propósito (cavilé) me hizo buscar ese atardecer, esas balas y esa mutilación? No el temor de la guerra, yo lo sabía; algo más profundo. Al fin creí entender. Morir por una religión es más simple que vivirla con plenitud; batallar en Éfeso contra las fieras es menos duro (miles de mártires oscuros lo hicieron) que ser Pablo, siervo de Jesucristo; un acto es menos que todas las horas de un hombre. La batalla y la gloria son facilidades, más ardua que la empresa de Napoleón fue la de Raskolnikov. El siete de febrero de 1941 fui nombrado subdirector del campo de concentración de Tarnowitz. El ejercicio de ese cargo no me fue grato; pero no pequé nunca de negligencia. El cobarde se prueba entre las espadas; el misericordioso, el piadoso, busca el examen de las cárceles y del dolor ajeno. El nazismo, intrínsecamente, es un hecho moral, un despojarse del viejo hombre, que está viciado, para vestir el nuevo. En la batalla esa mutación es común, entre el clamor de las capitanes y el vocerío; no así en un torpe calabozo, donde nos tienta con antiguas ternuras la insidiosa piedad. No en vano escribo esa palabra; la piedad por el hombre superior es el último pecado de Zarathustra. Casi lo cometí (lo confieso) cuando nos remitieron de Breslau al insigne poeta David Jerusalem. Era éste un hombre de cincuenta años. Pobre de bienes de este mundo, perseguido, negado, vituperado, había consagrado su genio a cantar la felicidad. Creo recordar que Albert Soergel, en la obra Dichtung der Zeit, lo equipara con Whitman. La comparación no es feliz; Whitman celebra el universo de un modo previo, general, casi indiferente; Jerusalem se alegra de cada cosa, con minucioso amor. No comete jamás enumeraciones, catálogos. Aún puedo repetir muchos hexámetros de aquel hondo poema que se titula Tse Yang, pintor de tigres, que está como rayado de tigres, que está como cargado y atravesado de tigres transversales y silenciosos. Tampoco olvidaré el soliloquio Rosencrantz habla con el Ángel, en el que un prestamista londinense del siglo XVI vanamente trata, al morir, de vindicar sus culpas, sin sospechar que la secreta justificación de su vida es haber inspirado a uno de sus clientes (que lo ha visto una sola vez y a quien no recuerda) el carácter de Shylock. Hombre de memorables ojos, de piel cetrina, de barba casi negra, David Jerusalem era el prototipo del judío sefardí, si bien pertenecía a los depravados y aborrecidos Ashkenazim. Fui severo con él; no permití que me ablandaran ni la compasión ni su gloria. Yo había comprendido hace muchos años que no hay cosa en el mundo que no sea germen de un Infierno posible; un rostro, una palabra, una brújula, un aviso de cigarrillos, podrían enloquecer a una persona, si ésta no lograra olvidarlos. ¿No estaría loco un hombre que continuamente se figurara el mapa de Hungría? Determiné aplicar ese principio al régimen disciplinario de nuestra casa y [4]... A fines de 1942, Jerusalem perdió la razón; el primero de marzo de 1943, logró darse muerte[5]. Ignoro si Jesusalem comprendió que si yo lo destruí, fue para destruir mi piedad. Ante mis ojos, no era un hombre, ni siquiera un judío; se había transformado en el símbolo de una detestada zona de mi alma. Yo agonicé con él, yo morí con él, yo de algún modo me he perdido con él; por eso, fui implacable. Mientras tanto, giraban sobre nosotros los grandes días y las grandes noches de una guerra feliz. Había en el aire que respirábamos un sentimiento parecido al amor. Como si bruscamente el mar estuviera cerca, había un asombro y una exaltación en la sangre. Todo, en aquellos años, era distinto, hasta el sabor del sueño. (Yo, quizá, nunca fui plenamente feliz, pero es sabido que la desventura requiere paraísos perdidos.) No hay hombre que no aspire a la plenitud, es decir a la suma de experiencias de que un hombre es capaz; no hay hombre que no tema ser defraudado de alguna parte de ese patrimonio infinito. Pero todo lo ha tenido mi generación, porque primero le fue deparada la gloria y después la derrota. En octubre o noviembre de 1942, mi hermano Friedrich pereció en la segunda batalla de El Alamein, en los arenales egipcios; un bombardeo aéreo, meses después, destrozó nuestra casa natal, otro, a fines de 1943, mi laboratorio. Acosado por vastos continentes, moría el Tercer Reich; su mano estaba contra todos y las manos de todos contra él. Entonces, algo singular ocurrió, que ahora creo entender. Yo me creía capaz de apurar la copa de la cólera, pero en las heces me detuvo un sabor no esperado, el misterioso y casi terrible sabor de la felicidad. Ensayé diversas explicaciones; no me bastó ninguna. Pensé: Me satisface la derrota, porque secretamente me sé culpable y sólo puede redimirme el castigo. Pensé: Me satisface la derrota, porque es un fin y yo estoy muy cansado. Pensé: Me satisface la derrota, porque ha ocurrido, porque está innumerablemente unida a todos los hechos que son, que fueron, que serán, porque censurar o deplorar un solo hecho real es blasfemar del universo. Esas razones ensayé, hasta dar con la verdadera. Se ha dicho que todos los hombres nacen aristotélicos o platónicos. Ello equivale a declarar que no hay debate de carácter abstracto que no sea un momento de la polémica de Aristóteles y Platón; a través de los siglos y latitudes, cambian los nombres, los dialectos, las caras, pero no los eternos antagonistas. También la historia de los pueblos registra una continuidad secreta. Armiño, cuando degolló en una ciénaga las legiones de Varo, no se sabía precursor de un Imperio Alemán; Lutero, traductor de la Biblia, no sospechaba que su fin era forjar un pueblo que destruyera para siempre la Biblia; Christoph zur Linde, a quien mató una bala moscovita en 1758, preparó de algún modo las victorias de 1914; Hitler creyó luchar por un país, pero luchó por todos, aun por aquellos que agredió y detestó. No importa que su yo lo ignorara; lo sabían su sangre, su voluntad. El mundo se moría de judaísmo y de esa enfermedad del judaísmo, que es la fe de Jesús; nosotros le enseñamos la violencia y la fe de la espada. Esa espada nos mata y somos comparables al hechicero que teje un laberinto y que se ve forzado a errar en él hasta el fin de sus días o a David que juzga a un desconocido y lo condena a muerte y oye después la revelación: Tú eres aquel hombre. Muchas cosas hay que destruir para edificar el nuevo orden; ahora sabemos que Alemania era una de esas cosas. Hemos dado algo más que nuestra vida, hemos dado la suerte de nuestro querido país. Que otros maldigan y otros lloren; a mí me regocija que nuestro don sea orbicular y perfecto. Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima. ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque? Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas. Si la victoria y la injusticia y la felicidad no son para Alemania, que sean para otras naciones. Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno. Miro mi cara en el espejo para saber quién soy, para saber cómo me portaré dentro de unas horas, cuando me enfrente con el fin. Mi carne puede tener miedo; yo, no.
[1] Es significativa la omisión del antepasado más ilustre del narrador, el teólogo y hebraísta Johannes Forkel (1799-1846), que aplicó la dialéctica de Hegel a la cristología y cuya versión literal de algunos de los Libros Apócrifos mereció la censura de Hengstenberg y la aprobación de Thilo y Geseminus. (Nota del editor.) [2] Otras naciones viven con inocencia, en sí y para sí como los minerales o los meteoros; Alemania es el espejo universal que a todas recibe, la conciencia del mundo (das Weltbewusstsein). Goethe es el prototipo de esa comprensión ecuménica. No lo censuro, pero no veo en él al hombre fáustico de la tesis de Spengler. [3] Se murmulla que las consecuencias de esa herida fueron muy graves. (Nota del editor.) [4] Ha sido inevitable, aquí, omitir algunas líneas. (Nota del editor.) [5] Ni en los archivos ni en la obra de Soergel figura el nombre de Jerusalem. Tampoco lo registran las historias de la literatura alemana. No creo, sin embargo, que se trate de un personaje falso. Por orden de Otto Dietrich zur Linde fueron torturados en Tarnowitz muchos intelectuales judíos, entre ellos la pianista Emma Rosenzweig. “David Jerusalem” es tal vez un símbolo de varios indivíduos. Nos dicen que murió al primero de marzo de 1943; el primero de marzo de 1939, el narrador fue herido en Tilsit. (Nota del editor.)
Tomado de Santa Iglesia Militante El denominado Diario de Ana Frank es el punto más sensible de lo que constituye una auténtica "industria de la lástima", que gira en torno del mito del "holocausto...
Toda una investigación experimental sobre el origen del Diario de Anne Frank y sus posibles interpretaciones que ponen en duda su autenticidad.
Link: https://radiocristiandad.wordpress.com/2009/08/20/el-diario-de-ana-frank-la-falsificacion-literaria-mas-grande-del-siglo-xx/
Frase: “Cuando escucho la palabra cultura saco mi revólver”.
Ni Goebbels ni Goering, sino el dramaturgo expresionista Hanns Johst.
¿Cómo era Adolf Hitler de yonqui?
El escritor alemán Norman Ohler se ha convertido en sensación literaria estos días en su país gracias a la publicación de un libro titulado Der Totale Rausch: Drogen im Dritten Reich -La borrachera total: Las drogas en el III Reich-. Se trata de un volumen de contenido histórico que documenta el uso que se hacía de las drogas en tiempos del nazismo en la sociedad alemana, con Adolf Hitler a la cabeza. Al Führer lo considera Ohler un adicto a un opiáceo, el Eukodal, especialmente en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial. El texto de Ohler ha generado un intenso debate intelectual en la prensa germana sobre si esa supuesta adicción hace menos responsable a Hitler de sus horribles crímenes. En este contexto, el propio autor de La borrachera total ha tenido que salir a la palestra para afirmar alto y claro que la supuesta dependencia del dictador nazi al Eukodal sobre la que versa su libro "no reduce su monstruosa culpa".
Es un hecho histórico probado que Adolf Hitler no era un ario ejemplar. No era alto, ni rubio. Además, nunca gozó de un estado de forma óptimo, algo que se supone era característico de la "superioridad de la raza aria". "Hitler hacía poco ejercicio. Cuando iba a caminar a Los Alpes siempre lo hacía cuesta abajo, asegurándose de que un coche lo iba a recoger al llegar a la falda de la montaña", de modo que "era chocante el contraste de la obsesión de su régimen por criar una raza de arios saludables a través de la gimnasia diaria" cuando "la élite nazi nunca se preocupó por actuar en conformidad con el comportamiento que le pedía a los alemanes", ha contado el historiador británico de la Universidad de Cambridge Richard J. Evans, uno de los grandes expertos del III Reich.
El libro de Ohler va más allá en estas observaciones sobre la élite nazi, que no daba ningún tipo de ejemplo haciendo uso de las drogas. Mucho del trabajo de este escritor versa sobre la aparente necesidad de Hitler de recibir inyecciones de Eukodal de su médico personal, el Doctor Theodor Morell. La tesis del autor de La borrachera total está fundamentada en documentos de la época a los que ha tenido acceso en varios archivos de Alemania y EEUU. Hitler recibió la primera inyección de ese opiáceo en julio de 1943, la víspera de una importante reunión con su aliado italiano, Benito Mussolini.
Según recoge Ohler, el Doctor Morell decidió recurrir al Eukodal por los problemas de salud que acarreaba al Führer su notoria flatulencia, y es que el dictador nazi sufría intensos dolores por la presencia excesiva de gases en su organismo. Antes de esa primera inyección, Morell describía el cuerpo de Hitler como "lleno de gas". Su tez estaba "pálida" y su comportamiento se resumía como "muy nervioso", de acuerdo con los términos de su médico personal.
Siguiendo las cuentas de Ohler, entre 1943 y 1944, Morell recurrió hasta en 24 ocasiones al Eukodal para tratar los males de Hitler, "El Paciente A", según el médico. Pero puede que fueran muchas más veces las que empleó esa sustancia, porque el autor del libro cree que bajo la inscripción "X" que aparece en los apuntes sobre el tratamiento de los dolores que padecía el dictador, se esconde ese opiáceo hermanado con la heroína. Con todo, la medicación a la que estaba sometido el Führer también incluía otras drogas. Por ejemplo, la cocaína o la metanfetamina, dos estimulantes considerados hoy en día "sumamente adictivos" por la comunidad médica. Precisamente la segunda, en la actualidad popularizada bajo el nombre de Crystal Meth, se había convertido en la sustancia dopante por excelencia del III Reich. Se vendía sin necesidad de receta con el nombre de Pervitin, aunque no estaba tan concentrada como el actual Crystal.
Al empleo generalizado de esta sustancia en las filas del Ejército alemán, Ohler llega a atribuir una importante responsabilidad en el eficaz rendimiento de los ataques del III Reich en el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Así, el autor documenta el uso de la metanfetamina por soldados alemanes en el ataque a Polonia del primer día de septiembre de 1939. En el archivo militar de Friburgo, Ohler ha visto documentos en los que, en abril y mayo de ese año, el Ejército del III Reich buscó hacer acopio de esa sustancia.
Drogado o no, Hitler sigue siendo un genocida
No obstante, otros historiadores se han pronunciado para relativizar la importancia de las drogas en la Blitzkrieg, "la guerra relámpago" con la que el nacionalsocialismo se lanzó a la conquista de Europa. Winfried Süß, historiador del Centro para la Investigación Histórica de Potsdam, ha asegurado que el consumo del Pervitin en el Ejército "no era en modo alguno una decisión relacionada con la guerra", porque "el rendimiento de los soldados", por ejemplo, en el frente francés, "no era un problema".
Aún así, el mayor debate generado por La borrachera total concierne con el grado de responsabilidad de Hitler en sus crímenes, dado que en el libro de Ohler, el Führer aparece caracterizado como un "adicto al opio". Y es que esta condición, según se puede interpretar en el volumen, pudo influir en las decisiones del genocida. De esta lectura no ha tardado en desmarcarse el autor del libro, asegurando que esa aparente adicción "no reduce su monstruosa culpa" en los crímenes del nazismo. Distanciarse así, de una forma tan clara con el sujeto sobre el que versa su libro es algo que no se percibe en las páginas de la novela, según ha reprochado la periodista literaria Julia Encke en su crítica, publicada en el diario conservador Frankfurter Allgemeine Zeitung.
Además, según ella "no queda claro lo que se deriva de la dependencia a las drogas" en Hitler. En cualquier caso, lo que sí recuerda La borrachera total es la farsa racista en la que vivió la nación alemana en tiempos del régimen nazi. Este vendía la idea de la superioridad de su pueblo y de sus líderes muy a pesar de estar necesitados de productos anestesiantes o dopantes, como les ha ocurrido desde siempre al resto de los mortales.
por Salvador Martínez Mas
Vía http://www.eldiario.es/cultura/fenomenos/yonqui-Adolf-Hitler_0_432207055.html
Mi libro sueño: “Der totale Rausch” de Norman Ohler
Der totale Rausch, Drogen im Dritten Reich – »dieses Buch ändert das Gesamtbild« (Hans Mommsen)
Über Drogen im Dritten Reich ist bislang wenig bekannt. Norman Ohler geht den Tätern von damals buchstäblich unter die Haut und schaut direkt in ihre Blutbahnen hinein. Arisch rein ging es darin nicht zu, sondern chemisch deutsch – und ziemlich toxisch. Wo die Ideologie für Fanatismus und »Endsieg« nicht mehr ausreichte, wurde hemmungslos nachgeholfen, während man offiziell eine strikte Politik der »Rauschgiftbekämpfung« betrieb. Als Deutschland 1940 Frankreich überfiel, standen die Soldaten der Wehrmacht unter 35 Millionen Dosierungen Pervitin. Das Präparat – heute als Crystal Meth bekannt – war damals in jeder Apotheke erhältlich, machte den Blitzkrieg erst möglich und wurde zur Volksdroge im NS-Staat. Auch der vermeintliche Abstinenzler Hitler griff gerne zur pharmakologischen Stimulanz: Als er im Winter 1944 seine letzte Offensive befehligte, kannte er längst keine nüchternen Tage mehr. Schier pausenlos erhielt er von seinem Leibarzt Theo Morell verschiedenste Dopingmittel, dubiose Hormonpräparate und auch harte Drogen gespritzt. Nur so konnte der Diktator seinen Wahn bis zum Schluss aufrechterhalten. Ohler hat bislang gesperrte Materialien ausgewertet, mit Zeitzeugen, Militärhistorikern und Medizinern gesprochen. Entstanden ist ein erschütterndes, faktengenaues Buch. Der totale Rausch wurde von dem bedeutenden Historiker Hans Mommsen begleitet, der das Nachwort beisteuert. Sein Fazit: »Dieses Buch ändert das Gesamtbild.«
Con google translate:
Las drogas en el Tercer Reich - "este libro va a cambiar el panorama general" (Hans Mommsen) Acerca de drogas en el Tercer Reich es hasta ahora poco conocidos. Norman Ohler Son los autores del pasado, literalmente, debajo de la piel y se ve directamente en su torrente sanguíneo. Arish entró no lo es, pero químicamente alemán - y muy tóxico. Cuando la ideología del fanatismo y la "victoria final" ya no es suficiente era, era nachgeholfen sin restricciones, mientras que oficialmente seguido una estricta política de "lucha contra las drogas". Cuando Alemania invadió Francia 1940, los soldados de la Wehrmacht eran menores de 35 millones de dosis pervitin. La preparación - ahora conocida como Crystal Meth - Fue entonces disponible en cualquier farmacia, hizo la Blitzkrieg posible y se convirtió en la droga de la gente en el estado nazi. Incluso la supuesta abstemio Hitler atacó feliz de estimulación farmacológica: Cuando él ordenó su última ofensiva en el invierno de 1944, que había sabido por mucho tiempo no hay día más sobrios. Schier incesantemente le inyectaron variedad de su médico personal Theodor Morell agentes, preparados hormonales dudosas y las drogas duras dopaje. Al igual que el dictador fue capaz de mantener su ilusión hasta el final. Ohler ha evaluado materiales hasta ahora bloqueados, habló con testigos presenciales, los historiadores militares y médicos. El resultado es un libro de hechos precisos impactante. El ruido total fue acompañado por el eminente historiador Hans Mommsen, que aporta un epílogo. Su conclusión: "Este libro va a cambiar el panorama general."
¿Les suena Heisenberg, sí, el de Breaking Bad? Pues acá empezó el crystal meth:
Foto de acá.
Foto de acá.
El libro en Amazon
(vía Hitler y los Nazis estaban muy metidos en el rollo de las anfetaminas y los opiáceos)
El último libro de Norman Ohler, Der Totale Rausch (La ebriedad total), cuenta la historia detrás de los hábitos de consumo que tenían los nazis al usar drogas para "mejorar el rendimiento". Resulta que muchos de los que hacían parte del partido de Hitler, desde la Wehrmacht hasta los de más alto rango, estaban muy metidos en el consumo de químicos. Ohler logró poner sus manos en los registros del médico personal de Hitler, el Dr. Theo Morell, y fue capaz de determinar que el mismo Führer recibió 800 inyecciones con el paso de los años.
Nos reunimos con el autor para averiguar más sobre qué tipo de cosas les gustaba a los nazis, y por qué hay tan pocos libros de historia sobre el tema.
VICE: Hola, Norman. ¿Así que Hitler y otros en el Partido Nazi estaban muy drogados todo el tiempo?
Norman Ohler: Eso es lo que sugiere mi investigación. Pero hay que diferenciar. Cada uno de ellos tenía sus propias predilecciones y adicciones. No todos consumían de todas las drogas. Algunas más, otras menos. Algunos de ellos consumían metanfetamina, como Ernst Udet, por ejemplo, maestro general de la aviación. A otros les gustaban más los anestésicos fuertes, como a Göring, cuyo apodo de hecho era "Möring", haciendo referencia a la morfina. Y está demostrado que Hitler tomó Eukodal –el nombre de la marca alemana para la [el opiáceo sintético] oxicodona– de forma intravenosa. Yo quería investigar de donde provenía este consumo masivo de drogas en primer lugar y qué relevancia histórica tiene.
Muchos drogadictos tendrían problemas para recordar exactamente qué drogas se metieron la noche del viernes. ¿Cómo puedes probar lo que Hitler se metió hace 70 años?
Todos los aspectos del Tercer Reich fueron observados y escritos con diligencia. El médico personal de Hitler, el Dr. Theo Morell, dejó extensos registros. Tuve la oportunidad de verlos en el Archivo Federal en Koblenz, en el Instituto de Historia Contemporánea de Munich y en el Archivo Nacional de Estados Unidos en Washington. Cada una de las inyecciones individuales que recibía Hitler cada día están anotadas en estos registros en blanco y negro. Es una lectura fascinante.
En tu libro escribiste que el médico personal de Hitler era gordo y desagradable y que comía como un cerdo. Realmente no suena como el sueño ario. ¿Cómo se desarrolló esta estrecha relación entre Morell y Hitler?
Todos los que rodeaban a Hitler se sentían consternados por Morell, Hitler era el único que no lo hacía. Los dos desarrollaron una relación simbiótica debido a las drogas. Morrell supuestamente no pudo ir al funeral de su hermano, porque eso significaba estar lejos de Hitler por dos días. El Führer necesitaba sus inyecciones todos los días. Todo el mundo sabe lo que se siente cuando tu dealer está de vacaciones.
¿Por qué decidiste escribir este libro?
Uno de mis amigos, que es DJ y es residente en el Club der Visionäre [en Berlín], me contó del tema y decidí escribir una novela al respecto. Me di cuenta de que tratar de hacer ficción no iba a funcionar. Lo que era interesante aquí eran los hechos. Así que por eso decidí escribir un libro de no ficción sobre el tema. La ficción es una cosa, el hecho histórico es otra cosa.
El libro ha sido muy polarizante hasta ahora. Por un lado Spiegel te criticó por no ser un historiador, y por el otro lado Süddeutsche Zeitung lo recibió de una manera bastante positiva. ¿Qué crees que pasa con el tema que ha provocado estas respuestas variadas?
El tema se centra en el significado de un capítulo de la historia del mundo que no es para nada insignificante, así que, por supuesto, hay personas que no quieren aceptar nuevas perspectivas. Esto tiene mucho que ver con el miedo, y también con la soberanía interpretativa. Hay torres de vigilancia académicas: ¿quién está autorizado a decir qué sobre un determinado tema? Muchas personas tienen miedo de que, por ejemplo, mi libro relativice la culpa de los nazis. Esa es la cuestión principal, por supuesto. Y es necesario que haya una respuesta a la misma.
Hablando de culpa, ¿hay alguna manera imaginable en la que el consumo de drogas de los nazis pudiera cambiar su culpabilidad penal?
Ciertamente no. El principio jurídico fundamental "actio libera in causa" se aplica en este caso. Esto significa que si te intoxicas con el fin de llevar a cabo una ofensiva que ya habías planeado, el consumo no disminuye tu culpabilidad. Los planes criminales del régimen nazi ya habían sido presentados en el provocador texto de Hitler Mein Kampf, y comenzaron ha ser implementados en la década de 1930, antes de que las drogas se hubieran apoderado.
El nacionalsocialismo es un capítulo oscuro de la historia alemana. Tú no sólo describes el consumo del liderazgo en tu libro, también hablas de los experimentos con drogas que tuvieron lugar en los campos de concentración. ¿Qué ocurrió allí exactamente? ¿Qué tipo de experimentos humanos había allí?
En Sachsenhausen los prisioneros eran obligados a hacer la llamada "patrulla de la píldora". Se les obligaba a ingerir una nueva "droga milagrosa" que contenía altas dosis de cocaína, metanfetamina y Eukodal, y luego tenían que correr en círculos con una maleta al hombro durante toda la noche. La Armada realizó estas pruebas junto a las SS. Los prisioneros en Dachau eran atiborrados de mescalina sin saberlo. Ellos estaban tratando de desarrollar nuevos métodos de interrogatorio. Los estadounidenses también encontraron los resultados de este experimento cuando liberaron el campo. Las agencias de inteligencia estadounidenses más tarde utilizaron este material para su "Proyecto Artichoke", que tenía como objetivo desenmascarar supuestos espías soviéticos.
La drogada Wehrmacht invadió Polonia y Francia a tal velocidad que la gente lo llamó la Blitzkrieg. ¿Realmente estaban todos los soldados drogados?
Se proporcionaron 35 millones de dosis de Pervitin para la campaña en Francia. El ingrediente activo en el Pervitin es la metanfetamina, lo que actualmente llamamos crystal meth. Las unidades de tanques estaban especialmente drogados. Los pilotos de la Luftwaffe también consumían metanfetamina. Se podría decir que la Blitzkrieg fue un Meth-krieg.
¿Los militares consumieron metanfetamina después de 1945?
Los nazis fueron los precursores en exacerbar la guerras con drogas, pero los aliados siguieron su ejemplo inmediatamente. Consumían speed [anfetamina]. Y los estadounidenses, por ejemplo, nunca han renunciado a eso: les administraron grandes cantidades de speed a sus pilotos en la Guerra de Corea.
¿Y en cuanto a las fuerzas armadas alemanas?
Han usado modafinilo, un agente que promueve la vigilia, en Afganistán. El modafinilio te mantiene despierto y motivado y supuestamente no tiene efectos secundarios. La junta militar de asesoramiento medicinal actualmente está deliberando si deberían seguir siendo distribuidas en grandes cantidades estas sustancias que mejoran el rendimiento.
¿Por qué este tema de los nazis y las drogas ha sido descuidado hasta ahora? ¿Es porque es tabú?
Es por el concepto propio de "lucha contra los narcóticos" de los nacionalsocialistas, que estableció el control estatal sobre las sustancias e hicieron de las drogas un tabú en general. Esto causó que el tema fuera descartado por las ciencias sobrias, los estudios integrales se siguen evitando en las universidades de hoy.
¿Cómo se compara tu biografía personal de drogas con la de Hitler?
No he probado todas las drogas de las que hablo en Der Total Rausch. Sobre todo porque si intentaba acercarme a los niveles de consumo de Hitler, no habría sido capaz de escribir un libro. Realmente, nadie podría tomar esa cantidad.
Gracias, Norman.
LINK: http://www.vice.com/es_co/read/total-intoxication-nazi-use-of-meth-876
VICE ALEMANIA: http://www.vice.com/de/read/der-totale-rauschvon-crystal-bis-kokain-hat-das-dritte-reich-nichts-ausgelassen
Entre 1933 y 1945 la humanidad enfrentó uno de sus momentos más obscuros gracias al encumbramiento del nacionalsocialismo, mejor conocido como nazismo, ideología política que Adolf Hitler implantó en Alemania en dicha época y que desencadenó en la Segunda Guerra Mundial. Aunque actualmente el nazismo es repudiado (e incluso considerado como crimen en varios países), en aquel entonces muchas marcas sumamente reconocidas cooperaron abierta y constantemente con los nazis. A continuación te presentamos 3 marcas que tuvieron una estrecha relación con ellos.
Hugo Boss: Hoy en día la firma alemana es reconocida como una de las casas de moda más importantes sobre el planeta, grandeza que debe en buena medida al partido nazi, organización a la que se unió en 1931 como patrocinador de la SS, siendo el encargado de proveer de toda la indumentaria a todos y cada uno de sus miembros.
Otras marcas que también tuvieron íntima relación con el partido nazi fueron Bayer, Kodak, Siemens o IBM, entre muchas otras.
¡Los poemas nazis cumple 3 años hoy!
Neolonazis: Los amigos de la batalla de Monterrey, es un grupo de cosplay que representa batallas históricas de la Segunda Guerra Mundial en territorio del norte de México. ¡Una maravilla del kitsch y de lo políticamente incorrecto!
Los poemas nazis de otros: APÓCRIFO DE SYLVIA PLATH INCLUIDO EN UNA EDICIÓN PIRATA DE "ARIEL" de Rafael Courtoisie
APÓCRIFO DE SYLVIA PLATH INCLUIDO EN UNA EDICIÓN PIRATA DE "ARIEL" (London, 1965, sin mención editorial. El poema no aparece en la edición original. Versión traducida del inglés el 21 de septiembre 2014)
Hermoso, hermoso como un hombre de pie, observas lo que soy, mi desnudez para ti: erguido como un nazi frente a un cadáver sobre otros al borde de la fosa sonríes.
Te gusta mi delgadez (tetas marchitas a los flancos del esternón)
la jaula de mis costillas
cuando respiro.
Rafael Courtoisie
Meme nazis
Una de las catadoras oficiales de la comida de Adolf Hitler, Margot Wölk, decidió contarle al mundo a sus 96 años su historia.
Adolfo Hitler era vegetariano aseguró una de sus catadoras de comida oficiales, Margot Wölk, quien se encargaba de probar sus alimentos para evitar que lo envenenaran.
"La comida siempre era vegetariana. Había constantes rumores de que los británicos querían envenenar a Hitler. Nunca comimos carne. Nos daban arroz, fideos, pimientos, guisantes y coliflor", explicó Wölk en una entrevista a la televisora alemana RBB.
Wölk era una de las 15 jóvenes que trabajaban en el cuartel militar de Hitler de la Guarida del Lobo –que se encontraba en el bosque de lo que antes era Prusia Oriental y hoy en día es Polonia– durante la Segunda Guerra Mundial, relata 'The Independent'.
"Teníamos que terminar la comida. Después, nos tocaba esperar una hora, y siempre teníamos miedo de ponernos enfermas. Llorábamos por la alegría de haber sobrevivido", recuerda Margot quien asegura que cada platillo que probaban ella y sus compañeras podía ser el último.
Ella no era nazi, y se hizo catadora de comida por casualidad. En 1941, cuando su marido estaba en la guerra, tuvo que abandonar su hogar en Berlín por culpa de los bombardeos y se marchó a vivir con su suegra a Partsch –actualmente Parcz, Polonia–, una ciudad situada a 400 kilómetros de Berlín. El alcalde de la ciudad, un nazi fervoroso, la obligó a trabajar de catadora de comida en el cuartel de la Guarida del Lobo.
"Las medidas de seguridad eran tan estrictas que nunca vi a Hitler en persona, solo a su pastor alemán, Blondi", relató.
A finales de 1944, cuando el Ejército Rojo iba avanzando, un oficial de las SS ayudó a Margot a escapar, y esto le salvó la vida. Wölk fue la única catadora de comida que sobrevivió; todas sus compañeras fueron fusiladas en enero de 1945.
Memes de la tienda Zara por su saco con estrella de David que recuerda al uniforme de los judíos en los Campos de concentración.
Info: http://www.sinembargo.mx/28-08-2014/1100804
Earl Norem