Me recibe una ciudad con las carreteras bloqueadas. "Llevan protestando desde las siete de la mañana. Es impresionante." Durante uno de los muchos altos obligados, el conductor del taxi saca su celular, abre su Whatsapp y me muestra una imagen. Es un mapa de Barcelona, hay líneas rojas cubriéndolo todo, representan las calles bloqueadas. Serpientes rojizas ondulantes. "Entonces la situación sigue difícil..." Digo yo, queriendo estrenar mi papel de periodista. "Sí, muy difícil." No expande más y yo no le pregunto más. Durante el resto del camino oímos la radio, no pone las noticias. Sale la canción de "Linger" de The Cranberries. Él silva la sintonía. Supongo que hay canciones que todos conocemos.
Las calles se sienten colmadas de algo, pero no logro describir qué es. Todos caminan, yendo a lugares, hallando sus rutas y destinos. Sin embargo, algo ocurre, algo se siente extraño. Empiezo a notarlo poco a poco, de maneras casi imperceptibles. En los balcones hay banderas, algunas de Cataluña y otras de España, pero la mayoría son de Cataluña. En tres ocasiones vi balcones con ambas banderas. También, por todos lados hay insignias que dicen "Sí", una afirmación sencilla, pero colmada de significado. Me topó con graffiti en unas cuantas calles: "Llibertat Presos Polítics".
Más tarde me encuentro en la azotea de La Pedrera. Escucho con atención el audio-guía: "Cuando Gaudí recibió su título, sus profesores afirmaron no saber si se lo estaban dando a un genio o a un loco". Parada sobre la estructura que fue engendrada por la locura, miro a mi alrededor. Las chimeneas escultóricas me parecen como un par de ojos que, así como yo, lo observan todo. Hay helicópteros sobrevolando el cielo, filmando las marchas y manifestaciones. Abajo de mí se desenvuelve una ciudad en transición, en búsqueda de una identidad que haga sentido.
Camino por las calles y oigo exclamaciones a la distancia. Veo en dos ocasiones a un grupo de personas con banderas y carteles. El primer grupo está conformado por quince o veinte personas, el segundo, mucho más grande, está conformado por estudiantes. Ambos grupos están calmados, si, protestando, pero calmados. Los estudiantes cantan y entonan himnos en catalán. Mientras los observo, dos jóvenes (supongo que también estudiantes) pasan detrás de mí y uno de ellos dice: "estos hijos de puta". Me ataca el sentido de la responsabilidad, estoy en medio de una enorme confluencia de opiniones distintas, ¿cómo las voy a proyectar de manera objetiva y realista sin tomar una posición política?
Entro a una librería, en uno de los mostradores tienen fotografías viejas. Una de ellas es un grupo de personas en una plaza con banderas de Cataluña. Extrañamente familiar. La historia se repite una y otra vez, ¿hay escape? ¿Hay manera de trascenderla?
Oigo fragmentos de conversaciones, afirmaciones: "En este país no existe la división política", “yo no creo en la democracia, es una utopía”, me pregunto si los hombres que hacen esas afirmaciones, las hacen debido a la ocasión. Es difícil determinar qué pertenece al cotidiano y qué no cuando te encuentras visitando una ciudad por primera vez en un momento histórico. En frente del ayuntamiento de Barcelona me encuentro una imagen que puedo afirmar, no es cotidiana. Un hombre, sentado, con la boca vendada y el rostro colmado de rojo. No habla y apenas se mueve. Me pregunto cuánto tiempo lleva ahí. Al levantar mi cámara para fotografiarlo, me mira directamente a los ojos. Me siento intimidada, sin embargo, tomo la foto. Quiero pensar que, al hacerlo, de algún modo, estoy comprendiendo. Pero seré honesta, no comprendo, no aún...
Sigo caminando por las calles, en busca de respuestas. ¿Las hay? Me siento intimidada, presiento que la historia se desenvuelve ante mis ojos y tengo el privilegio de verla asentarse en hechos. No quiero lanzarme a la especulación y al sensacionalismo, quiero ser honesta. Hoy en día, la urgencia común lleva a la falta de consciencia por parte de los periodistas. Apenas estoy entrando a este mundo, pero quiero entrar con un sentido de responsabilidad. Quiero narrar la verdad y como nadie sabe lo que eso realmente significa, lo único que me queda por hacer es narrar mi verdad.
Entro a una tienda y compro unos lápices de colores. La señora que me atiende me habla en catalán, yo no comprendo y le pregunto, “¿perdón?” Noto un esbozo de enojo, ¿o es mi mente buscando patrones? Quiero explicarle que soy mexicana, que no tengo nada que ver con todo esto. No digo nada, pues, ¿en verdad no tengo nada que ver? ¿Que no todos tenemos algo que ver? Las divisiones, las fronteras, las barreras; la afición común y actual de separarse, de acudir a la exclusión, al racismo y a la denigración son cosas que no surgieron por si solas. Claro, la opción fácil es hacerse el desentendido y asumir que, por no compartir el idioma o la nacionalidad, no tenemos nada que ver. Pero eso, el cruzarse de brazos y dejarle el problema a los demás, es lo que nos hace tan indiferentes al cambio y es lo que nos causa esa impotencia de la que luego nos quejamos.
En la noche salgo a cenar, veo las manifestaciones en la tele del restaurante, grupos de jóvenes sentados en las vías del metro, cantando, tocando instrumentos. Me los imagino en unos años, contándoles a sus propios hijos lo que sintieron esa noche. ¿Cómo se proyectará el pasado en unos años, cuando se alcance una conclusión respecto al referéndum? Independientemente del resultado final de este movimiento, una cosa es cierta, el impacto personal que tuvo en cada persona ya quedó hecho.
Más tarde, la noche se inunda de ruido. Cacerolas y cubiertos metálicos chocando. Me explican que, a símbolo de protesta, esto ocurre todas las noches desde el referéndum. Una tradición que surgió en Chile, durante la dictadura de Augusto Pinochet, es retomada aquí, a muchos kilómetros de distancia. Imitamos, comprendemos, retomamos y retornamos a la historia, y a pesar de ello, seguimos construyendo murallas y barreras.
Día después me encamino a La Sagrada Familia. Estamos acostumbrados a visitar monumentos finalizados, con cada detalle cuidadosamente terminado. Me parece sumamente indicado visitar un monumento en construcción durante esta época. Hoy más que nunca es necesario recordar que la mayoría de los lugares e ideas que conocemos y damos por sentado, fueron producto de un proceso, de una transición que implicó tiempo y paciencia. Nuestra cultura acelerada, sobre todo en mi generación, nos hace impacientes, queremos todas las respuestas, resueltas y sin fallas. No es así, la vida no es un manual de instrucciones claro y conciso. La belleza y responsabilidad de ella yace en la incertidumbre que nos rodea constantemente, en la libertad que tenemos de formar y evaluar nuestras propias respuestas.
En mi última noche en Barcelona, mientras camino por las calles de regreso, me topo con la batucada. Inevitablemente me encuentro inmersa en un ambiente de caos organizado. El grupo está compuesto por más de veinte jóvenes, hombres y mujeres que tocan sus instrumentos con una coordinación impresionante y una alegría contagiosa. Sus movimientos, colmados de vitalidad, reflejan que la comprensión mutua entre cada individuo es necesaria para lograr aquel sonido común tan penetrante. El esfuerzo que implica cargar y tocar simultáneamente los enormes tambores es formidable, sin embargo, nadie se ve agotado y en seguida comprendo que el compromiso con los demás es lo que los motiva a seguir tocando a pesar del cansancio.
Me fui de Barcelona con muchas imágenes presentes, pero, sobre todo, me fui con la imagen de la batucada, con aquella idea de que aún existe un lenguaje común; un lenguaje que no se transmite a través de banderas o barreras, un lenguaje que se transmite en acciones comunes y que, del mismo modo que la batucada se abre paso entre las calles, es capaz de sanar las arterias de nuestras ciudades.