CRECER EN UNA PERSONA QUE ESCRIBE
A los cinco años, aburrirme de los dibujitos que pasaba el canal 12 y que Madre me sentaba a mirar mientras preparaba la merienda a la vuelta de la escuela.
A los seis, descubrir que mi vida era parecida a los dibujos del canal 12.
Aprovechar los momentos de soledad en casa para revisar todos los cajones, buscando algún papel que confirmara mi sospecha de ser adoptada. No encontrar más que penitencias y castigos por mi curiosidad.
El consuelo de ser la única niña en una familia de adultos que trabajaban de seis a seis, siendo así desgraciada sin testigos.
A los ocho años, recibir mi primer libro de ‘Elige tu propia Aventura’. Maravillarme al comprender que una historia puede tener varios desenlaces y cada uno de ellos ser verdad en su propia línea. Yo quería eso para mi.
Llevar un diario íntimo en el cual contar todas las aventuras que no me sucedían en la realidad. Diario íntimo que era ultrajado semanalmente por Madre, la cual se angustiaba al no saber si su hija era peligrosamente creativa o patológicamente mentirosa, o peor aún: ambas . Fuera cual fuera, ‘¡¿por qué no podés ser normal?!’, gritaba.
Gracias Madre: sin tí jamás hubiese sabido que no lo era.
En la escuela, cumplir con la tarea de escribir un cuento y presentar la historia de la muerte de mi padre. ¿No te parece mejor escribir una fábula? No, maestra: en Sayago no hay animales que hablen, sólo padres que mueren.
La escuela insistiendo en la importancia de participar en las actividades como Coro y yo olvidándome de la letra cada vez que empezaban a sonar las canciones.
Para la fiesta final de sexto año volver a intentar y ofrecer uno de mis relatos para adaptarlo teatralmente. Conseguir compañeros y compañeras que quieran actuarlo, captar el interés de toda la clase y que la maestra al final arruinara todo queriendo insertar la canción de ese verano con una coreografía para las niñas. Subir al escenario, con la cabeza baja y decir que el autor es anónimo. Ese mismo día regresar a casa y quemar la túnica repleta de mensajes en la que me pedían “nunca cambies”.
En la adolescencia, escribir los primeros poemas y que la profesora de Idioma Español los leyera y me reconociera que tenía talento para las décimas y las rimas asonantes.
En Literatura, tener como tarea la presentación de un final alternativo para un cuento de Quiroga, y que el profesor al darme la devolución me dejara un folleto de un concurso para narrativa adolescente.
Imprimir en un cyber mi primer cuento en arial 12 interlineado 1,5 para presentarlo en el concurso. Mostrárselo a mi novio y que su devolución fuera “no entendí mucho pero es muy bonito”. Desistir y tirar el sobre manila en el contenedor de basura. Adoptar la eliminación como método favorito de difusión.
La confesión de Madre de que el accidente de Padre no había sido tal, sino que había sido un suicidio.
Entender que es posible crear realidad al mentir y jamás confesarlo. Abrazar a Madre: no importa el cómo, lo esencial es que sin importar la historia, Padre siempre muere al final y nos deja solas; la verdad está sobrevalorada en estos tiempos.
Ser más sociable con el fin de poder narrar mi historia a otros liceales, alterando algunos detalles. Confirmación: el público no sospecha, si lo modificado son detalles que no trastocan el final de los acontecimientos. Entender que nos es posible variar recuerdos compartidos, por lo que arrastrar amistades de otras épocas es un estorbo.
Entrar a Internet y no querer salir nunca más. Nacer y renacer con tan solo un nombre de usuario. Escribirme y que otros me lean. Escribirme y que a otros les guste. ¿Puedo quedarme aquí y ser un planeta verde en tu chat?
Enamorarme. Volver a la poesía. Regalarle a nuevos amores poemas viejos. No importa el amante, todos en un punto quieren saber la verdad, acusándome de no ser esa que narro. Conocer el amor gracias a ellos, quedarme con el sentimiento y dejarlos.
Embarazarme. Fascinarme con el poder de transformar la realidad de un ser incapaz de vivir fuera de mi cuerpo. Periodo de latencia hasta el fin de la lactancia. Volver a casa de Madre, optar por la vida tranquila, por el trabajo que asfixia lentamente y por el andar cansado.
Él llamándome escritora y yo aceptándolo. Él deseando leerme y yo escribiéndolo todo: mi pasado, nuestro presente y los posibles futuros que podríamos tener. Escribirlo todo por si algo saliera mal, por si nos olvidamos de algo, porque cuando la vida resulta familiar se vuelven imperceptibles los cambios y la historia; como una sombra que muta conforme giramos alrededor del sol, aunque parezcamos quietos.
Para él: re escribir la historia, hacerla digna, relatar cómo todos los caminos me llevaron a nuestro encuentro, construir la sensación de destino. Para él también escribir sobre la ropa que me cubre y sobre el privilegio de la ausencia de hambre, del pan diario sobre la mesa.
Escribirnos para el futuro, como quien deja constancia en un papelito sobre quién es, en qué cree, y lo guarda en una caja de zapatos, enterrada en el patio del fondo, para ser desenterrado más adelante cuando haga falta recordarlo, en los tiempos que vendrán.
Escribir con la certeza de su lectura. Desde mi infancia es que le escribo historias que otros leían por error: Padre, Madre, Maestra. Él era mi lector. A él iban dirigidas mis ocurrencias, porque no es la verdad en ellas lo que él celebra sino la poesía que retrato.
Hoy escribo con la ilusión de convertirlo en un personaje más de mi universo, universo en el que creo y destruyo con solo palabras. Intentar capturar en mi textos a este que ahora es hombre, pero que una vez fue joven, niño y óvulo con la esperanza de que al lograrlo sea posible aún después de su muerte, él perdure en mis relatos y nunca me deje.