Guardo la sonrisa de aquella primera y última vez que te vi. Guardo esos latidos que sentí cuando estabas nervioso cerca de mí y recuerdo muy bien como aquellos latidos se transformaban en paz mientras te abrazaba. Quiero confesarte que nunca había visto unos ojos tan hermosos y llenos de inocencia hasta el día que te conocí. Cuando me miraste, de inmediato me dije que eras tú a quién elegiría para que me mirara cada día, porque cuando me miraste mi vida se llenó de alegría y paz, y por un instante olvidé que en algún momento tuve problemas y lo único que importaba era tu mirada. Los días que viví contigo fueron maravillosos y quiero que sepas que aquí me tienes contando los días para nuestro próximo encuentro, del cual estoy segura que será mejor que nuestra primera vez.