Black & black | En construcción
«Blanco y negro. Todo tiene su lado positivo y
su lado negativo, es así como debe ser.»
«¿Y tú de qué demonios estás hablando? O es de un
modo o es de otro, nunca de los dos.»
«Tsk… ¿Eso crees?»
«No hay tonos grisáceos en esta vida.»
Gravity Seúl, año 2143. Alrededor de las ocho y media de la noche el muchacho pelinegro no era capaz de saber qué ocasionaba más ruido, si el bullicio en torno a él, el sonido producido por los constantes disparos o la sirena de la patrulla que —por pura casualidad— había estado rondando por las afueras de la urbanización. Todo era un caos en el interior y en el exterior de la mansión Kim, el alboroto de los hombres del jefe Seung Hyuk no se comparaba con los gritos desgarradores de una madre que lloraba la muerte de su hija, aquella señorita cuyo cuerpo inerte yacía ensangrentado en los brazos de quien alguna vez se convertiría en su esposo; asimismo, las exigencias de la policía dirigidas al segundo al mando siquiera se asemejaban al insistente y entrecortado llanto de la mujer arrodillada en el suelo, quien era sostenida firmemente por su esposo, aquel que le evitaba caer al frío y manchado suelo.
Gruesas y salinas gotas caían sin cuidado alguno sobre el pálido rostro de la fémina que nunca más vería la luz del día, justo después de bañar la nívea tez de quien, afianzado a su estrecha cintura, contenía unas fuertes ganas por liberar en un alarido todas esas poderosas emociones que le embargaban. Los dedos de sus manos, contraídos hasta casi formar un par de puños, sujetaban con firmeza la suave tela teñida de rojo intenso, el mismo que traspasaba los finos filamentos y le humedecía la superficie interna de diestra y siniestra. Lágrimas cristalinas se acumulaban bajo la parte inferior de sus ojos, amenazando con continuar desbordándose.
Todavía no podía creer lo que sucedía. Luego de haber salido del shock originado por la primera bala que impactó contra el frágil cuerpo de la damisela de largo y sedoso cabello castaño oscuro, cuando su mente se tornó blanca y sus sentidos le desconectaron del mundo una vez que su afilada mirada presenció el cómo la chica caía débil en sus brazos, la realidad le despedazó de golpe; cruel, despiadada, tal y como siempre había sido desde que tenía memoria. Su pecho se comprimía más y más rápido con el pasar de los segundos y una indescriptible, pero extrañamente conocida sensación se empeñaba en punzar su descontrolado corazón.
Si tan solo hubiese sido más veloz y si su cerebro no se hubiese bloqueado en ese preciso instante, petrificándole en el proceso, tal vez Song Min Hee no estaría muerta. Y cada vez que aquel suceso era rememorado de forma inevitable, el rencor nublaba su juicio, enterraba su razón. Pero, aun cuando la tormenta se hallaba en su cúspide, sabía de la existencia de ese «algo» que traería la paz a su torturada alma.
La venganza.
Porque era consciente de lo que debía hacer, y no habría nadie que se interpusiera en sus planes. Porque conocía nombres y rostros, porque ya los tenía en la mira y porque de esa ninguno se salvaría.
«¿Qué es ese sentimiento?»
«¿Acaso te recuerda a algo? ¿Ya lo habías sentido antes?»
«N-no...»
«¿Seguro?»
«¿Podéis dejarme en paz de una maldita vez?»
Los niños, a diferencia de los adultos, son bastante simples: no le dan vueltas al asunto un sinfín de veces y se dejan llevar más rápido por sus instintos; sin embargo, es ese hecho lo que los hace tan complejos al mismo tiempo. Son tan débiles, tan quebradizos, y sus pequeñas mentes pueden ser manejadas con gran sencillez; es por esa razón que es fácil hacerles creer y hacer lo que desees, y no cuesta nada moldearlos a tu imagen y semejanza… o algo similar a eso.
—«Padre, padre» —la vocecita más o menos aguda de cierto chiquillo de cabello azabache se llevó consigo el silencio que gobernaba en la habitación.
Sus pequeños pies le condujeron hacia el escritorio de madera oscura que se encontraba ubicado al final del recinto de paredes de color herrumbre. Habiendo llegado a su objetivo, apoyó su diestra —puesto que su siniestra se encontraba ocupada abrazando a un enorme animal de felpa— en la superficie de la mesa, siendo la misma un poco más baja que su estatura y quedando así su brazo alzado en dirección a la dura superficie llena de papeles.
—«¿Uhm?» —se escuchó apenas de la boca del hombre, quien ni siquiera se tomó un segundo para posar sus pupilas en su hijo.
—«¿Dónde está mami?» —preguntó, fijando sus orbes cafés en su progenitor. La curiosidad estaba tatuada en su rostro y un brillo de tristeza relucía en su mirada.
—«Se ha ido» —contestó Seung Hyuk, todavía muy ocupado para prestar atención al niño.
—«Uh…, ya —succionó su labio inferior, entonces se dispuso a continuar—. ¿Y cuándo regresará?» —insistió en saber. La verdad era que le extrañaba, su cuerpecito necesitaba sentir su calor más que nada en la vida.
Pudo escuchar claramente la ronca risa de su padre segundos más tarde, la cual alertó a sus sentidos.
—«Ella no volverá, Marko —le dijo, clavando su vista en el mencionado, quien quedó atónito ante la noticia. Entre sus manos acomodó unos cuantos documentos, con una media sonrisa dibujaba en sus labios—. Te preguntas por qué, ¿no es así? —recibiendo un leve asentimiento por parte del infante, el mayor prosiguió—: Ha sido todo tu culpa, nos ha dejado porque ya no te quería cerca. Lo entiendes, ¿verdad? —enfatizó aquella última interrogante—. Tu madre te ha odiado desde siempre» —finalizó, volviendo su atención a lo que estaba haciendo con anterioridad.
Crueles palabras para una criatura de menos de seis años de edad, fuertes e insensatas, capaces de dañar hasta a la mente más pura, hasta a la más inocente. Él era pequeño y no lo entendía en su totalidad; sin embargo, su padre se encargaría de que lo comprendiera y lo recordara incluso después de que su último aliento se esfumara.











