Siento el peso de las pisadas de la gente sobre las veredas crujientes de huellas infinitas, por los pasajes empedrados bajo las miradas atónitas de los faroles pitucos... Y por ahí, me siento mejor.
En una de esas, un semáforo de la Av. Santa Fe me guiña un ojo, las Mafaldas regordetas de San Telmo me invitan a sentarme a su lado y un vendedor callejero frente al Zoo de Palermo me ofrece un pirulín.
Qué importa quién me haya hecho sentir mal ese día, qué importa quién me haya decepcionado hoy... Si, al fin y al cabo, todos los que caminamos en esta Ciudad de Dios arrastramos el corazón en una carretilla. ¡O entre las espinas de Discépolo, qué sé yo!
Algo que un gringo jamás entendería. Ni vos. Ni vos, que jamás pasaste por acá, ni te importa... ¡Y mucho menos me va a importar a mí!
Sentimental es un síntoma porteño que se cuela por la sangre y pinta fileteados en nuestra piel. Como esos tatuajes que no se pueden quitar sino arrancándolos ... Como arrancamos nosotros un poco de nuestra historia cuando recordamos cuánto nos dolió.