Nos miramos fijamente y sonreímos en silencio. Nos gustamos mutuamente y pretendimos no saber.
La puerta del elevador se había cerrado y nos enfrentamos a dos incómodos pisos que parecían reírse de aquel desafortunado encuentro. Ésa fue la primera vez que la vi.
Poco después nos encontramos nuevamente y nuestras miradas volvieron a cruzarse. Las palabras no salían, se nos había constipado la voz. Me armé de valor y decidí hablarle.
—¿Trabajas aquí?—le pregunté. No se me ocurrió otra cosa. Me sentí como un imbécil, me temblaban las piernas, me sudaban las manos, se me erizaba la piel.
—Sí, en el segundo piso, ¿y tú?
—En el piso cuatro, en el despacho de diseño.
—Nunca lo he visto, es que llevo poquito tiempo por aquí.
—Con razón solo te había visto esa vez.
—¿Cuál vez?
Imbécil. Me había balconeado por completo, tal vez ella ni siquiera me había notado en aquel primer encuentro, y solo había sido yo. No supe bien cómo arreglarlo.
—Creo que subimos al elevador la semana pasada, no estoy muy seguro, es que hay tanta gente—repito, soy un imbécil.
Esa tarde salí temprano del despacho. Empezó fuertemente a llover, pintando el paisaje con un tono grisáceo y melancólico. La esperé durante tres horas en el lobby del edificio, hasta que por fin salió. Fingí que acababa de bajar también, le sonreí, y ella me regresó la sonrisa. De esas sonrisas sinceras que no se comparten con cualquiera.
—Hola, ¿ya saliste?—me preguntó un tanto tímida.
—Sí, justo ahora, esperaba que bajara un poco la lluvia para irme, muero de hambre.
—Ni me digas, yo también, mi día estuvo horrible.
—¿A qué me dijiste que te dedicas?
—No te dije.
—Cierto, no lo hiciste. Tampoco me dijiste tu nombre.
—Me llamo Loria, pero todos me dicen Lori, y trabajo en la galería de arte que está en el segundo piso. Yo me encargo de comprar y vender todas las pinturas.
—Suena interesante. Oye, pensaba ir a comer a un restaurante que está aquí a la vuelta, es pequeño pero tienen el mejor aguachile de todo el condado—nadie dice “condado”, pero me pareció una curiosa exageración que la haría reír—¿quieres ir?
—Había quedado en ver a una amiga, pero no me ha dicho nada, así que… Sí, vamos a comer.
—Por cierto, yo soy Manuel, pero todos me dicen “Qué rico hueles, qué bien bailas, qué chistoso eres"—madres, qué mal chiste había hecho—No te creas, todos me dicen Manu.
Después de lo imbécil que me volví a sentir con mi pésimo chiste, fuimos a comer.
Mentiras no dije, fui muy chistoso toda la comida, o ella fingió muy bien reírse de mis chistes. En momentos la miraba y por dentro pensaba “Podría ver esa sonrisa todos los días de mi vida”. No podía creer que alguien como ella estuviera con un tipo como yo.
Terminamos de comer y la dejé en su coche. Intercambiamos teléfonos y justo antes de despedirnos me invitó a una expo que tenía esa misma noche en la galería. Dije que sí encantado. Todo en ella me había encantado.
Llegué a la galería y la busqué entre la gente, ahí estaba, hermosa, perfecta. Me puse nervioso al verla. Era de esas mujeres que hacen voltear la mirada a todo hombre aquel que se encontrara a su alrededor. Con la sonrisa bonita, con los labios suaves, con los ojos grandes. De esas mujeres que hasta un sándwich preparan bonito.
Salimos de la galería y nos encontró la madrugada. Aún seguíamos hablando. Hablábamos de todo, hablábamos de nada, no importó.
—¿Traes coche?—Le pregunté.
—No, me vine en taxi por si me ganaba el vino tinto.
—Perfecto, entonces yo te llevo.
La llevé a su casa, no sin antes pasar mi momento vergonzoso del día, cuando se dio cuenta de la terrible lista de reproducción musical que tengo. Vaya, creo que mi lista es digna de una señora de 55 años, divorciada, despechada, y posiblemente con cuatro gatos.
Llegamos a la puerta de su casa, bajó la mirada, jugó con sus manos y pronunció.
—Creo que tengo una botella de vino español riquísimo, ¿quieres pasar?
No me lo dijo dos veces. Por dentro mi cuerpo brincaba. Por fuera, fingí estar cansado, digo, para no verme tan emocionado, y le dije que sí, así que entramos a su casa.
Una noche de frío arte en pintura, se había convertido en la cita perfecta. La primera copa de vino nos presentó a la segunda, que venía de la mano de la tercera. Con la última copa bajó el tono de nuestra voz, y subió la intensidad de nuestras miradas. De la nada puse mi mano sobre su mejilla, y metí mis dedos entre su pelo liso. La jalé hacia mí y la plática se detuvo con un intenso pero tierno beso. Abrí los ojos para mirarla así de cerquita y ella aún suspiraba con los ojos cerrados. Algo había hecho bien. Algo estábamos haciendo muy bien.
El corazón se me salía del pecho, latía fuerte como batucada brasileña a mitad del carnaval.
—Tengo que decirte algo—me dijo, mientras alejaba mi beso de su beso.
Sin embargo, mi boca necia por encontrar la suya la calló, y nos volvimos a besar. Esta vez el beso se alargó hasta la siguiente mañana, cuando aún desnudos y abrazados, vimos la luz del sol entrar.
—Me tengo que ir—me dijo con una voz un tanto triste y suavecita.
—Sí, perdón seguro tienes muchas cosas qué hacer. Yo de todas formas ya me iba también.
—No, Manu, me tengo que ir unos meses del país. Es lo que trataba de decirte ayer, pero no me dejaste.
O soy un terrible amante, y me estaba aplicando esas que los hombres aplicamos en la famosa ‘huída’, o tengo la peor suerte del mundo, y ahora se perdía mi oportunidad de lograr con ella algo que valiera la pena.
Nos paramos, me acompañó a la puerta, me miró con esa mirada que te dice que fue real, que los dos sentimos lo mismo. Me sujetó fuerte contra su cuerpo, nos besamos nuevamente y, nos dijimos adiós.
Compartimos una luna que guardó nuestro secreto. Compartimos una noche con promesa de un después.