“…Al mismo tiempo me he convertido en observadora, mucho más de lo que ya era.
Antes era una observadora romántica que lograba crear poemas y escritos muy bonitos en pocos minutos; extraño esa sensación de sentir tan fuerte a los 16 años que lo único que quedaba era escribirlo para seguir adelante y luego venía otra situación, con otras emociones, que me hacía escribir nuevamente.
Ahora soy una observadora secundaria: esa que te mira y te incomoda, esa que se queda callada escuchando lo que los demás hablan mientras esperan a que diga algo. Sinceramente nunca tengo nada que decir, mi vida es plana. No tengo emoción por lo que pase mañana, a no ser que me pillen volando bajo y vomite en palabras.
Te puedo decir cosas como: “¿Conoces la manera correcta de saber la vida de otra persona, sin necesidad de preguntar constantemente?” pero de quedarían callados a pesar de que ya les hice la pregunta.
Pocas personas me dan respuesta que me deje reflexionando. La vida no es simple, se busca que lo sea para no quedarnos pensando por la noche una respuesta que nos llene aunque sea por esa vez. Y me molesta cuando se inculca simplicidad, ¿Qué sentido tiene más seguir en la rutina? No lo digo como espectadora, lo digo como alguien que se atascó en eso, añorando el revoltijo de emociones de la adolescencia.
Puede que no sea lunática, simplemente no me siento acompañada. Ni siquiera por mí misma.”















