Me corté mientras cruzábamos el alambre de púa roto que separa la calle del campo del golf. Ninguno de nuestros teléfonos tenía batería para iluminar y tuvimos que hacerlo muy despacio, tanteando en la oscuridad. Ya nos había pasado antes. Volvimos a recordar las linternas que teníamos en la habitación, arriba de la pila de folletos de comida rápida. Eso que leí en algunas novelas de terror de que la sangre brilla a la luz de la luna es mentira. En mi caso tuve que tocarme el brazo y sentir la humedad para decidir si me había cortado o no. De todas maneras di por hecho que si hubiera sido una herida grave me hubiera dolido mucho más así que seguí camino y te lo comenté como quien no quiere la cosa. Frenaste y me tocaste en la oscuridad para mirar mi piel de cerca y asegurarte de que estuviera bien.
Yo venía masticando ese sentimiento que tiene uno cuando descubre que está pensando de más en vez de disfrutar. Es una sensación que te lleva directamente al momento del futuro en el que te arrepentís de no haber disfrutado. Es como un círculo, un bache en el tiempo. No vivís el presente por estar pensando en que te vas a arrepentir de no haberlo vivido.
Me es más fácil llegar a esas conclusiones que actuar. Eso de dejar la mente en blanco y permitir que los sentidos te gobiernen por completo me parece casi imposible, y eso me hace sentir un discapacitado emocional. Una computadora llena de polvo que analiza datos inútiles y crea información redundante para pasar el tiempo.
A la vuelta de la playa, cruzábamos el campo de golf en parte porque el camino a casa se volvía mucho más corto, pero estoy seguro de que un poco también lo hacíamos para caminar un rato en la oscuridad, dejando que la noche decantara las experiencias del día y las filtrara para crear todos esos recuerdos que tenemos ahora.
En la enormidad del golf, dividido en varias partes por porciones de bosque, siempre llegábamos a la misma bifurcada, y siempre querías ir para el lado incorrecto. Es raro porque, desde que nos conocemos, la mayoría de las veces que nos enfrentamos a dos rutas diferentes la que tiene razón al final sos vos. Quizás querías dejarme ganar.
Antes de cruzar el hueco en el alambrado y pasar frente al garaje de la casa del vecino paramos a darnos un beso. Pero no puedo acordarme bien de lo que pasó, lo que sentí, o lo que dije desde que paramos a ver el corte en mi brazo hasta ese momento. Ahora desde el futuro pienso que ese vacío, ese hueco en el historial, fue una pequeña victoria sobre mi cabeza. Un par de minutos en los que pudo haber pasado algo trascendental o algo irrelevante pero yo estaba mas ahí que acá. Vos también.
Al otro día ya me había olvidado del corte. Los dos miramos las linternas antes de salir al calor del mediodía, pero cerramos la puerta con llave dejándolas ahí.