El cazo
En la cocina de mamá Lucha no había cazo de frijoles que no diera para llenar un plato más. En aquellos tiempos éramos papá, cuatro hermanos, un primo, dos pensionistas y yo. Para todos había. Es que le echa agua al caldo, nos explicaba el sabiondo de mi hermano mayor. Pero no era cierto, los frijoles siempre estaban espesos y cuando alcanzaba para lujos tenían además chorizo, tocino o un trocito de carne de puerco, que nos comíamos con las tortillas de harina que mamá Lucha amasaba todos días a las seis de la mañana. Les daba forma y las cocía en el comal para que las cogiéramos calientitas y recién hechas. Manjar celestial. Ya de adultos, las cuentas siguieron sin cuadrar y nunca hemos podido entender cómo esos cazos de frijoles dieron para tantos. Llegamos a la conclusión de que, al igual que la Divina Providencia a la que mamá Lucha se encomendaba cada noche, ella también sabía hacer verdaderos milagros














