—Tienes que cerrar los ojos— condiciono y alzando una de sus manos volvió a buscar la masculina hasta llevarlo al pie de la cama en donde lo dejo a espalda de esta —y tienes prohíbo hacer trampa—inclino el rostro empujándolo suavemente para hacerlo caer sentado sobre la cama —especialmente porque debo trepar a la silla, mi falda no es tan larga y enserio intento ser una dama aquí— su risa termino por devorar sus palabras así como su sonrisa y el color rojizo le habían devorado las mejillas.
Al privarse de la vista, el resto de sus sentidos entró en vigor. Escuchó la silla arrastrarse, y la intensidad del sonido le permitió ubicarla frente a él. Escuchó la respiración de Malls, el pulso de sus latidos; el sonido de la silla al recibir su peso, el suave movimiento de su vestido en el aire.
Contuvo la respiración. Sus párpados temblaron.
Riley abrió los ojos y observó los tobillos de la castaña, ascendió cuidadosamente siguiendo sus piernas hasta las rodillas. Subió, y desvió la mirada — cortés, pero a regañadientes.
Escuchó el sonido de las puertas superiores abrirse, y el esfuerzo de Malls notorio en su respiración al buscar un objeto frente a ella.
Riley alzó de nuevo la vista, y algo llamó su atención. Mirando con más cuidado, discernió los contornos y las formas reveladas bajo la falda que, a esa altura, no conseguía ocultar nada. La visión le asombró al punto de quedar enmudecido.
Comenzó a observar la acción de la joven con más diligencia porque, el esfuerzo que realizaba por extraer aquel objeto, le estremecía parte del cuerpo, agitaba los bordes de la falda, que también reveló esto y aquello.
Un quejido que parecía provenir de la nada; de algún sitio sobre su cabeza más allá de los contornos y la generosidad de sus muslos que tanto lo absorbían, lo instó a reaccionar.
Cerró de nuevo los ojos, exhaló a través de sus fosas nasales la respiración contenida de una forma prolongada pero natural, y escuchó a Malls bajar de nuevo de la silla, sin duda con mayor cuidado del que había tenido al comienzo.
Percibía su cuerpo tenso bajo las prendas nuevas que había sido forzado a vestir, mientras el aura de Malls se acercaba con el distintivo toque floral de su perfume, cada vez más cerca. Finalmente sus piernas se colaron entre las suyas, y nuevamente el rubio contuvo la respiración, sin emitir una palabra, o una sola respiración.
Se concentró en algo más. Algo detrás de ella que parecía emanar diversas esencias que no lograba reconocer, como si estuviera enclaustrado y sólo un vago recuerdo pudiera palpar en el aire.
El peso del objeto recayó en su regazo, por lo que sospechó era momento de abrir los ojos. Eso hizo. Frente a él una caja de madera con un tallado excelente en los bordes; los colores utilizados para rellenar los grabados que con tanta pulcritud habían sido tratados a pesar de los años que, por la mención de Malls, habían versado sobre ella.
Acarició la superficie, los contornos de la caja reconociendo la pulcritud y suave textura de la caoba cubana bajo sus yemas conocedoras, y sonrió.
Malls removió la tapa, descubriendo ante él un conjunto de chocolates rellenos de alcohol que ampliaron la sonrisa, antes sutil, en una fina línea curva que le templó los labios. Así que lo había recordado.
—Se llama cortador —Respondió el cazador embelesado con el obsequio sobre sus piernas, permitiendo recorrer con las yemas de los dedos los artículos en su interior y acariciar bajo el dedo índice la línea de los habanos, de la cabeza a su pie— Nunca fumé uno, pero creo que es hora que comience. No me atrevería a que esta parte de tu obsequio haya sido en vano —Musitó. Existía una palpable gratitud en su voz, diferente al tono férreo y susurrado que solía utilizar en su vida diaria.
Morrigan colocó la caja a un costado y se levantó, relegando una vez más a la castaña una cabeza y media por debajo de él; proyectando una sombra sobre su rostro.
La mano derecha del cazador fungió como soporte bajo su mentón para alzar su rostro, apoyando el dedo pulgar sobre su mentón.
—Es el mejor obsequio que he recibido. Te lo agradezco de corazón —Depositó un beso sobre su frente, extendido como las alas de una mariposa y rodeó su cintura entre sus largos brazos, estrechándola en el más sincero de los abrazos que recordaba haber dado alguna vez. Si es que alguna vez realmente lo hizo—. No tengo palabras para decirte lo valioso que ha sido esto para mí.
Fue en extremo atenta al observarlo examinar su regalo, por momentos perdiendo la respiración, buscando en sus expresiones reacción alguna que fuera salvavidas de las dudas que aun buscaban hundirla desde que había terminado de armar aquello.
Se sabía una mujer de detalles, aun cuando gran parte de aquella costumbre demostrativa de afecto había sido sepultada a dos años atrás, como la mayoría de las cosas que, sin darse cuenta, el cazador había desenterrado creándole un miedo con el que Callahan aun peleaba en cada conversación o cuando venía a su mente en algún momento.
Saberse o reconocerse como la misma chiquilla de antes, no sería sino una invitación abierta a que algo volviera a golpearla, destrozando los pocos trozos intacto, al menos de pie en la castaña quien la ilusión le iluminaba el rostro.
Fue más por suerte que por habilidad el no haberse atragantado con su propia saliva al verlo de pie, no porque le pareciera imponente en ese momento, sino porque en realidad no lo esperaba, sus pies se anclaron al suelo y su respiración se interrumpió ante el tacto que rompió toda su intención por no buscar cercanía, por no demostrarla tan pequeña y frágil como por algún motivo Riley tenía la facilidad de hacerle en ese momento, la pequeña sonrisa en sus labios fue la respuesta a su agradecimiento y sus parpados bajaron ante la unión de los labios masculinos contra su frente.
Recordar que debía respirar contrario a lo esperado fue una reacción suave, soltando el aire que tras acampar en sus pulmones escapo, entonces llevo ambas manos para apoyar contra el pecho del rubio, no como un límite creando distancia, sino más bien como un suporte cuando dejo su cabeza recargado contra la boca de Morrigan por el tiempo que este lo permitiera.
No, no se trataba de olvidar que permitir la intimidad al tacto afectivo, para cualquiera además de James, era algo prohibido, sin embargo, de condenarse al menos lo haría a su modo, además, era su cumpleaños después de todo, al menos su festejo.
—Te dije que tendría tu obsequio — inspiro el aroma contrario, insegura de memorizarlo pero al menos si descubriéndolo agradable a sus sentidos —y cuando hablaste de ellos te dije que serían tu obsequio — le recordó al echar la cabeza hacia atrás sin retroceder un solo paso, buscando su mirada desde esa cercanía.
—Por si no lo he dicho lo suficiente — relamió sus labios antes de sonreír — feliz cumpleaños, espero este fuera el mejor —susurro y alzando las manos dejo que la punta de sus dedos le delinearan la línea de la mandíbula en una caricia que termino por volver sus palmas cunas del rostro del cazador que aun observaba a los ojos.
Fue con un pequeño gesto de malicia que con extrema lentitud tiro con suavidad del el, bajando los parpados al aproximar sus labios en la búsqueda de los contrarios, alcanzo a rozar su nariz con la contraria y declarándose descubridora del agradable aliento contrario.
No obstante y antes de conseguir fundir sus labios, fueron los pulgares de Mallory quienes entorpecieron el contacto para dejar un breve beso contra sus propios dedos, retrocediendo lentamente algunos centímetros volviendo a buscar sus reacciones hasta encontrar de nuevo su libertad.