"¿un qué—? ¡ah, rayos!" la interrogante y su ceño fruncido se transforman en exclamación cuando sigue con la línea de la mirada ajena. el agujero era lo de menos, el problema era el camino de desechos que se extendía varios metros detrás. "¡y yo creyéndome fuerte porque cada vez me pesaba menos!" menea la cabeza, arrugando la nariz con una mueca algo avergonzada. "no, esta era mi última" responde devolviendo la mirada al contrario. "¿tú no traes una extra contigo?"
Sigue el rastro con la mirada un segundo antes de volver a ella, dejando escapar una sonrisa corta mientras niega despacio con la cabeza. “No te juzgo, era totalmente una posibilidad.” comenta con gracia, esperando que ella no se sintiera tan apenada. “Pero, bueno, cuando algo pesa menos suele ser porque ya no está donde debería.” añade con un tono ligero, mete la mano en el bolsillo de pantalón y saca bolsa doblada, tendiéndosela sin pensarlo. “Sí, tengo una extra. Toma.” dice mientras se inclina para recoger un par de botellas del camino dejado atrás, manteniéndose lejos de la orilla. “No te preocupes, lo limpiamos rápido.”
"¡Por todos los cielos!" No hace falta ni siquiera voltear a ver el desastre, puede determinar con claridad que sucedió. El mismo instante en que decidió mezclar esa maltrecha botella de vidrio con el resto de sus botellitas plásticas, algo se olía mal. "¿Desde dónde está ese rastro? ¡Qué vergüenza! ¿Podrías regalarme una funda extra?"
Deja escapar una sonrisa leve mientras niega con la cabeza y se acerca un poco más, mete la mano en el bolsillo de su pantalón y saca otra bolsa doblada, tendiéndosela. “No pasa nada, de verdad, no hay razón para sentir vergüenza.” dice con tono suave. “A cualquiera le puede pasar, sobre todo cuando llevas rato juntando cosas.” añade mientras señala con un gesto vago la arena, porque por alguna razón este lugar tenía mucha más basura de lo que parecía. “Toma, usa esta. Mejor prevenir que volver a limpiar lo mismo dos veces.”
los rayos de sol veraniego quemaban contra sus pasos lentos, pausados. el cansancio consumía la mayor parte de su sistema nervioso y hasta sus cuerdas vocales habían dejado de vibrar con la melodía y apenas susurraba ciertas notas de la canción que continuaban reproduciéndose en su mente. ‘ mmm ── ¿qué dices? ’ su giro es medido, casi perezoso. ambarinos se posan en la figura a unos metros y son ellos mismos los que descienden a la pila de basura que había dejado a su paso. rostro se ladea levemente y puchero se hace camino en sus pétalos; frustración ardiendo en su fuero interno. ‘ sí─no. la verdad no sé. no quiero tener que caminar de vuelta a buscar más bolsas. ’ mientras caen sus palabras, mano que sostiene bolsa rota sacude el plástico, dejando caer las últimas botellas que había recogido.
Observa cómo las botellas caen de nuevo a la arena y exhala despacio por la nariz, más cansado que otra cosa, de por si, no había estado durmiendo mucho estos días. Saca de su bolsillo una bolsa nueva, manteniéndola abierta para facilitar el acceso. “Tranquila, no hace falta que vuelvas, yo traigo una.” dice con voz baja, buscando con la mirada las botellas que se habían caído. “Sólo levanta esas y ponlas en estas bolsa y queda todo listo.” añade, agachándose de nuevo para recoger una que estaba cerca, metiéndola en la bolsa. “Así avanzamos y no pierdes tiempo dando vueltas.”
' lo sé, voy de camino a buscar otra. ' suspiro cansino abandona labios, aunque tono no se ve especialmente influenciado por frustración que siente. mantiene bolsa alejada de su cuerpo, pretendiendo evitar ensuciar con desechos alguna parte de su atuendo. ' ¿tienes una vacía? ' cuestiona. ' si sigo así, llegará vacía al siguiente puesto de insumos. '
Ladea la cabeza ligeramente al escucharle, observando cómo la bolsa amenaza con seguir soltando residuos, y sin decir nada por un segundo estira la mano para tomarla por la parte más firme, manteniéndola cerrada mientras con la otra rebusca en el bolsillo trasero del pantalón. “Sí, toma.” responde finalmente, sacando una bolsa doblada y tendiéndosela. “Mejor no arriesgarse a que todo vuelva a la arena, ya bastante trabajo tenemos.” añade mientras suelta la bolsa ajena y ajusta los guantes propios. "¿Te ayudo a ponérsela?"
"¿Estás al tanto de que estás dejando un rastro?" cuestiona el surcoreano al notar que aquella persona estaba poniendo todo en una bolsa que parecía tener un hueco, pues habían cosas que se estaban cayendo. "Sería mejor ponerle bolsa doble para que no pase ¿tienes una extra?"
HAN MINJAE: surcoreano, treinta y dos. hermano mayor de nami y minhye. padre de minji de cuatro años. estudió y se graduó como cirujano de trauma, es el actual médico en el hospital local, lleva dos meses en marenfell. biografía. tablero.
¿Puedes verlo? El mar nunca olvida, y Marenfell respira sal y peligro. Entre muelles húmedos, luces que parpadean y calles que nunca duermen, HAN MIJAE recorre el barrio BROOKSIDE con 32 AÑOS, creyendo que nada le observa… pero en este pueblo, todos flotarán tarde o temprano.
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— ¿Nos permites utilizar a tu personaje como PNJ en caso de unfollow?: Sí.
Información de tu personaje
Información básica
— Nombre completo: Han Minjae.
— Pronombres: Masculinos
— Edad: 32 años.
— Fecha de nacimiento: 23 de Abril de 1994.
— Faceclaim: Song Kang.
— Cupo: 6A.
Sobre su identidad
— Profesión: Cirujano de trauma y cuidados intensivos.
— ¿Cuánto tiempo tiene viviendo en el pueblo?: Un mes.
— Barrio: Brookside.
— ¿Qué atormenta a tu personaje? Fobias, miedos y/o traumas:
Información removida por la administración.
— ¡Háblanos de su vida! Apartado totalmente opcional para incluir la historia de tu personaje o datos curiosos. Puedes extenderte tanto como desees, no hay ningún formato que seguir.
Nació en Seúl como el primogénito de una familia cuyo apellido sostiene un conglomerado enorme. Durante sus primeros años, vivió en una casa donde la exigencia convivía con el afecto: recitales de piano, medallas escolares, vacaciones en la playa y esa sensación infantil de que el mundo era seguro y ordenado, pero no le duró demasiado. Tenía diez años cuando el mundo se deshizo, para él al menos.
Durante un viaje familiar a la costa, un accidente en el mar los arrastró a todos. Entre su padre y él lograron sacar a sus hermanas, pero algunos primos murieron por las heridas, otros por la espera, y su madre nunca volvió a abrir los ojos. La ayuda llegó tarde. Esa idea quedó clavada en Min-jae como una culpa que no le pertenecía: alguien debería haber sabido qué hacer.
Después, la casa se llenó de frío. Su padre se volvió distante, luego ausente, y finalmente cruel. Min-jae creció demasiado rápido: se convirtió en hermano mayor, cuidador, equilibrio, adulto antes de tiempo. El conglomerado ya había elegido por él, pero Min-jae eligió otra cosa: medicina, el territorio donde una decisión correcta puede cambiarlo todo. Su padre lo tomó como traición. Las peleas terminaron en una expulsión y supuestamente definitiva: lo desheredó. Min-jae tuvo que irse con miedo, pero al menos, también con libertad.
Gracias a sus calificaciones, méritos y a la ayuda de quienes aún lo apreciaban, consiguió una beca en Harvard. Los años en Estados Unidos fueron austeros y agotadores: bibliotecas, guardias, falta de sueño y una presión constante por no fallar. Se formó, se graduó y consiguió hacer su residencia en un gran hospital de Nueva York. Allí, por primera vez, empezó a creer que tenía una vida propia.
Fue también donde se dio la libertad de ser más humano. Tras una noche de copas y una responsabilidad que por una vez decidió soltar, pasó la noche con una mujer a la que apenas conocía. Se dijeron que no buscaban nada más. No volvió a verla por un buen tiempo. Dos años después, mientras estaba de guardia, apareció en el hospital. Traía a una niña pequeña de ojos oscuros y una expresión asustada. Dijo que era su hija. No explicó mucho, la dejó en manos de las enfermeras, y luego desapareció. Las pruebas confirmaron las palabras de la mujer: la niña era suya. Después de un proceso legal arduo y lento, pudo legalizarlo y quedarse con la custodia, pues la madre no volvió a aparecerse.
Desde ese día, Min-jae reorganizó su vida entera. Aprendió a ser padre, al principio con torpeza, con miedo, con una ternura que nunca se permitía mostrar. Trabajaba más, dormía menos, y hacía todo lo posible para que ella nunca sintiera el abandono que lo había marcado a él. Era complicado, con su residencia a punto de terminar mientras criaba a una niña por su cuenta. El punto positivo era que tenía familiares lejanos y amigos de la familia que todavía lo apoyaban económicamente, a pesar de no vivir en completo lujo como lo hacía antes, se mantenía bastante bien.
Terminó su residencia y su subespecialidad, le ofrecieron un puesto fijo en el prestigioso hospital donde había estado desde hace años, pero el pasado volvió a golpear a su puerta.
Su padre enfermó gravemente. Empezaron las llamadas, los abogados, los mensajes: “vuelve”, “es tu deber”, “te necesitamos”. No había perdón allí, sino el intento de recuperar el control. Si aceptaba, sabía que perdería la medicina… y también la vida que estaba construyendo para su hija. Así que decidió desaparecer.
Eligió Marenfell en cuanto vio en línea que el puesto de médico estaba disponible: un pueblo pequeño, silencioso, donde nadie hace demasiadas preguntas. Alquiló una casa modesta, mantiene bajo perfil.