Lo que recuerdan los espejos
Índice
Prólogo
Capítulo 1 – La llegada
Capítulo 2 – Las habitaciones que recuerdan
Capítulo 3 – La primera grieta
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Lo que recuerdan los espejos
Índice
Prólogo
Capítulo 1 – La llegada
Capítulo 2 – Las habitaciones que recuerdan
Capítulo 3 – La primera grieta
Capítulo 3 – La primera grieta
El baño seguía igual que siempre. Puerta estrecha, baldosas blancas con líneas grises que ya se habían rendido al paso del tiempo. No era un lugar en el que pensara mucho, pero al abrir la puerta, supo que nada había cambiado: la toalla colgada en el mismo gancho, la luz amarillenta que apenas iluminaba, el espejo encima del lavabo con su marco de madera oscura.
Siempre le había dado un poco de reparo ese baño. No por algo concreto. Solo por la sensación de que allí el silencio sonaba distinto.
Encendió la luz. Abrió el grifo. El agua salió con un sonido hueco, oxidado. Se mojó las manos. Se las secó despacio.
Y entonces levantó los ojos.
El reflejo tardó un segundo. Nada más. Un parpadeo de diferencia. Un respiro entre ella y su otro yo.
No tenía por qué significar nada. Los espejos viejos hacen eso. La luz, la humedad, el cansancio.
Pero aun así... Algo no encajaba.
La expresión era la suya, sí. Pero había algo, una sutileza extraña en la mirada. Algo más joven, más risueño, casi soñador. Como si el reflejo recordara una versión de ella que aún no sabía lo que era el mundo. Como si el espejo no se hubiera actualizado.
Parpadeó. El reflejo parpadeó también, esta vez sin retraso. Todo volvía a estar en orden.
Iria apagó la luz. Salió sin mirar atrás.Pero en el otro lado del espejo, su reflejo seguía ahí. No era ella. El espejo aún no la había dejado ir.
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Lo que no se cae
Todo lo que dejo caer desaparece. Menos tú.
Tú te quedas, incluso cuando te suelto.
Eso es lo que más asusta: que algunas presencias pesan menos que un suspiro pero duran más que cualquier decisión.
Respirar por dentro
A veces se me olvida respirar por fuera. Me paso el día respirando por dentro, llenándome de cosas que no digo y vaciándome de cosas que nadie ve.
Dicen que eso pesa, pero a mí me sostiene.
Es el aire secreto con el que me mantengo en pie cuando todo lo demás me empuja al suelo.
El que imita
A veces, frente al espejo, hay un leve retraso. No un fallo del vidrio ni de la luz. Algo más sutil. Como si la imagen dudara un momento antes de moverse. Como si observara.
La mayoría no lo nota. Pero quien lo hace, ya no puede dejar de mirar.
Empieza el juego. Girar la cabeza. Alzar una ceja. Parpadear dos veces.
Y siempre, una sombra de desfase. Demasiado corta para ser confirmada. Demasiado larga para ser ignorada.
Con el tiempo, la duda cambia de forma. Deja de ser: ¿por qué se retrasa? Y se convierte en algo más profundo:
¿y si el reflejo es quien me está probando?
Porque hay días en los que parece más firme. Más decidido. Como si llevara tiempo esperando que su turno llegara.
Y entonces, frente al espejo, en silencio, uno espera.
Y el reflejo también. Pero por un instante, solo uno… parece más real que el cuerpo a este lado.
Y esa posibilidad… es imposible de olvidar.
Capítulo 2 – Las habitaciones que recuerdan
Subió las escaleras con paso lento. La madera crujía de forma distinta, más grave, más honda. O tal vez era ella quien había cambiado el oído.
En la planta superior el aire era denso. La luz entraba a medias por los visillos cargados de miradas, proyectando dibujos invisibles sobre el suelo de madera. Pasó el dedo por la barandilla de la escalera. El polvo era una capa de tiempo mal barrido.
Abrió la puerta del primer cuarto con la suavidad de quien no quiere despertar nada.
La habitación estaba casi igual. La colcha bordada seguía en la cama individual. Una estantería con libros encuadernados en tela, varios ya deformados por la humedad. Sobre la cómoda, una caja de madera con el cierre roto. Dentro, hilos de colores, botones, una carta sin abrir. El sobre amarillento. El nombre de su madre escrito con tinta azul.
Dejó que su mirada recorriera la estancia sin tocar nada más. Ese cuarto había sido suyo un verano, el último que pasó allí. Recordaba el calor de las noches, los sonidos nocturnos colándose por la ventana, y los pasos de alguien corriendo por el pasillo a deshoras.
Primero pensaba que era alguno de sus primos. Después, ya no lo tuvo tan claro.
Siguió caminando.
El segundo cuarto estaba vacío. Solo quedaban las marcas en el suelo donde antes había muebles: un escritorio, un armario, una lámpara con pantalla de tela.
Cerró sin entrar del todo. No le apetecía.
La última puerta era la del cuarto de su abuela. No lo pensó. Simplemente entró.
El olor era distinto. Lavanda y algo más. Algo viejo, pero no sucio. Algo cálido.
Había fotos sobre la cómoda. Un rosario. Unos pendientes que nunca se ponía, pero siempre estaban ahí.
El tocador seguía junto a la ventana. La silla tapizada en azul. Todo igual. Solo el polvo del espejo, ligeramente empañado, parecía fuera de lugar.
Pero no se miró. Todavía no.
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Capítulo 1 – La llegada
Cuando el coche se detuvo frente al portón, Iria dudó un instante. El conductor no hizo preguntas. Solo la miró de reojo, como si reconociera algo en ella que no supo poner en palabras, y esperó a que bajara.
El camino de entrada estaba medio cubierto de vegetación. Las piedras del muro parecían sostener más musgo que pared, como si la casa llevara tiempo intentando volver a fundirse con la tierra.
Bajó del coche con su mochila al hombro y una maleta pequeña, no estaría mucho tiempo. Pagó sin decir nada, y el coche desapareció entre los árboles, dejándola sola.
Ya no había vuelta atrás.
Las ventanas estaban oscuras, con los postigos entrecerrados. El tejado parecía encorvado. No era real, pero lo sentía así, como si la casa hubiera envejecido también en la espera.
Se detuvo frente a la puerta sin sacar la llave. Respiró hondo, pues cruzar aquel umbral no era sencillo. No era miedo exactamente. Era esa mezcla rara de respeto, melancolía y algo más que no quería nombrar.
La casa la conocía.
La cerradura cedió con un chasquido seco.
Dentro, el aire olía a madera dormida, a humedad antigua, a un perfume que no debería seguir allí.
Había fundas sobre los muebles, pero no en todos. Algunas cosas estaban al descubierto, como si no hubieran querido esconderse: una lámpara, una taza vacía sobre una mesa auxiliar, una chaqueta doblada con un cuidado que no era reciente.
Dejó la maleta junto al recibidor y se quitó los zapatos sin pensar. El suelo estaba frío, pero se sentía familiar.
Anduvo hasta el salón. No encendió las luces. Dejó que la claridad del día entrara, filtrándose por las rendijas, cargada de polvo fino que flotaba en el aire como si nunca se hubiera ido.
La chimenea seguía allí, ahora muda. Parecía guardar los restos de los inviernos pasados: conversaciones junto al fuego, silencios compartidos, manos frías acercándose a las brasas.
Y entonces vinieron los recuerdos. No como una avalancha, sino como pequeños pasos descalzos detrás de ella.
El sonido de risas lejanas. Los veranos corriendo por el pasillo. La voz de la abuela llamando desde la cocina, las carreras descalzas hasta la fuente, las tardes eternas de juegos.
Y alguien más.
Se le erizó la piel sin saber por qué.
Iria parpadeó. Sacudió la cabeza y siguió caminando.
El pazo no hablaba. Pero recordaba.
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Lo que recuerdan los espejos
Prólogo
Nadie sabe cuánto tiempo puede aguantar un espejo antes de romperse por dentro.
En la casa de su infancia, los espejos seguían en su sitio. No parecían diferentes, pero algo había cambiado. Quizás el silencio. O quizás que ahora nadie los usaba para mirarse.
En el baño, el espejo estaba cubierto de una leve capa de humedad seca, como si aún recordara todas las veces que alguien intentó borrar el llanto con agua caliente. Ese espejo no era cruel. Solo era exacto.
El de la entrada tardaba un segundo en devolver la imagen. Como si necesitara decidir si esa persona merecía ser reflejada. A veces parecía devolver sonrisas prestadas. O devolver gestos que ya no se usaban.
Y en el dormitorio de la abuela, sobre el tocador de madera con olor a colonia antigua, el espejo era otro asunto. Allí no había reflejos. Había memoria.
Ese espejo no mostraba lo que eras. Mostraba lo que fuiste. Lo que callaste. Lo que aún estaba allí, esperando ser reconocido.
No todos los espejos están hechos para mirarse. Algunos existen solo para guardar lo que dejamos sin darnos cuenta.
Porque los espejos no olvidan. Solo callan. Y a veces, lo que guardan… vuelve a buscarte.
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