Pasó de repente. Era un día como cualquier otro. La vida apestaba un poquito más que mañana y un poquito menos que ayer. Yo estaba dándole las gracias a Las Divinidades por otra oportunidad para respirar y mover el esqueleto cuando sucedió.
Para esto tengo que contar que mis agradecimientos a La Vida por la vida se dan en una secuencia por las mañanas temprano antes de que el sol haya salido, por lo general. Lo primero que hago al despertarme es escribir en mi diario de sueños. Luego voy a la cocina, cojo un pomelo, lo pico a la mitad y exprimo con las manos el jugo en un vaso corto. Salgo con mi jugo de pomelo al jardín, piso la grama descalzo y miro el horizonte que a esas horas ya anuncia la pronta salida del sol.
Al terminar el jugo vuelvo a entrar a la casa. Me dirijo al estudio para meditar. Las meditaciones dependen del día. Puedo meditar para sanar algún malestar, para trabajar algún tema personal o generacional; o también puedo estar haciendo una meditación guiada de alguien como Deepak Chopra o Sadhguru.
Luego de meditar apunto algunas cosas en mi diario personal, donde anoto lo que surja de la meditación, ya sean avistamientos de conocimiento personal o espiritual, o ideas para textos; lo que sea.
Por último, cierro haciendo un recorrido de mis páginas favoritas. No es que me meto en las páginas sino que veo lo que me lanza el feed de Facebook, de Twitter y de Instagram. Como borré a casi toda la gente que no me importa de mi mundo virtual no tengo las páginas principales llenas de cuestiones que no me interesan, lo que me ayuda a utilizar esas redes como un periódico personal lleno de noticias y artículos o pequeñas ideas relacionadas con desarrollo espiritual, las distintas artes, y alguna que otra noticia del mundo, ya sea de mi gente conocida o cuestiones más misceláneas.
De tanto en tanto le doy click al botón de recuerdos. Fue ese día cualquiera en que vi una foto donde salgo con mi padre y mi madre. Apenas vi la foto empecé a llorar. Al principio no entendía por qué lloraba, hasta que vino a mí. Pude reconocer a mi padre y a mi madre en esa foto. Tenía años sin verles esa mirada. Era él, era ella. Me entraron unas ganas exasperantes de poder saludarles, de preguntarles cómo han estado y dónde se han metido todo este tiempo. Sobre todo quería saber: si han estado ahí todo este tiempo, ¿quiénes son el hombre y la mujer que tienen sus mismos cuerpos y sus mismas voces y unas vidas que podrían pensarse idénticas a las suyas, o al menos el devenir consecuente de sus propias vidas, y que han estado tratándome como su hijo?
No recuerdo cuándo fue la última vez que lloré de esa manera. Las lágrimas brincaban de mis ojos e iban a dar a mis ropas, al cojín que tenía apretujado entre los brazos, a la pantalla y al teclado de la laptop, y no paraban de salir. De mi garganta salía un sonido denso y carrasposo, era como el quejido de un burro enfermo o un camión que tiene el tubo de escape lleno de barro.
Poco a poco fui recuperando la calma. Seguí uno de los ejercicios de respiración que utilizo para calmar a mis pacientes en terapia. Cuando conté hasta diez pude secarme los ojos. Con el cojín limpié las lágrimas de la pantalla y del teclado y pude volver a ver la foto. Logré ver el rostro de mi padre y de mi madre sin llorar, pero aún sentía la desesperación de ver que ahí estaba él, atrapado, y ella también, ahí, encerrada, como si sus almas hubieran quedado presas en esa foto, pero no en la cámara que capturó el momento sino que parecían estar dentro del momento, en ese lugar, en una especie de parálisis deseada por todas las cosas que aguardaban a ser eternizadas en ese momento. Vi el deseo de la inmortalidad en sus miradas. Esas ganas de no tener que afrontar el futuro. Como si supieran de antemano de las deudas, de las enfermedades, de los problemas que les iban a dar sus corporalidades en el día a día, ya como algo común, como parte del paso del tiempo.
Todo estaba ahí, junto con sus miradas, junto con él y con ella. Fue tanto el impacto que no me había dado el chance de detallarme a mí en esa foto, yo que estaba entre sus dos figuras, en el centro, como buen hijo único. Ya era de mañana. El sol entraba por la ventana. Intenté mirar mi figura a los ojos con detenimiento pero uno de los rayos del sol se reflejo sobre la pantalla y tachó mis ojos. Me di la vuelta para poner la computadora a contra luz, y cuando estaba por fijar la mirada otro rayo de luz, o el mismo, no lo sé con exactitud, me dio en los ojos tan duro que me hizo doler un poco la cabeza. Tuve que frotarme los párpados durante un rato antes de volver a tomar la laptop.
Cuando me vi todo fue tan claro. El que se quedó en la foto fui yo, no él ni ella. Y acá estoy, actuando esta postura interminable, mirando de reojo a un señor y a una señora que no paran de llorar, y que se preguntan todos los días, frente a la foto, ¿qué pasó con su hijo, cuándo fue que lo perdieron, y cómo es que pueden hacer para volverlo a encontrar?