¿Quién me hizo pastor?
Mi nombre es Néstor Carrillo y soy pastor de una Iglesia de 7 personas. Desde que comenzamos a reunirnos y desde que comencé a tomar un rol como pastor, en distintas ocasiones me he visto cuestionado (muchas veces indirectamente) acerca de mi identidad como pastor y como seguidor de Jesús. Puedo asumir con certeza que una de las preguntas que viene a la mente de algunas personas es: ¿Quién te hizo pastor?
Soy un hombre de 28 años, soltero y sin experiencia a la vista de muchos quienes han trabajado durante años en ministerios similares; probablemente sea mi juventud, mi inexperiencia o muchas otras deficiencias (que sin duda tengo) aquello que hace que otros se pregunten si en realidad soy un pastor. La verdad es que yo soy el primero en descalificarme, yo soy el primero en cuestionarme y cuestionar a Dios y decirle: ¿Estás seguro que soy un pastor?
Después de algún tiempo de habernos estado reuniendo a orar y estudiar juntos la Biblia, el que antes había sido mi pastor nos visitó en una de nuestras reuniones y él tuvo a bien hacer una especie de nombramiento donde él reconocía el llamado que Dios me había hecho y me daba algunos consejos personales para realizar un ministerio fiel a Dios. Hay quienes cuestionan el hecho de que él me haya “nombrado pastor,” y podría intentar argumentar como no veo nada de malo en eso; pero la verdad es que él no me nombró pastor; fue Dios.
Yo no me convertí en pastor cuando alguien oró por mí y puso su mano sobre mi hombro; Dios me diseñó de esa forma y me preparó durante toda mi vida para este ministerio tan especial. Uno no se convierte en pastor al estudiar teología o ser elegido por una Iglesia; es una decisión que descansa solo en la soberanía de Dios. Me costó años reconocer su voz y su llamado, y me costó otros más el aprender a reconocer su gracia (su regalo inmerecido); que me hacía apto para una labor tan especial. Nunca, en toda mi vida podría hacer los méritos suficientes para ganarme el título de pastor; es solo porque Dios me perdonó, me justificó y me está santificando (haciendo como Jesús).
1 Timoteo 1:12 Doy gracias a Cristo Jesús nuestro Señor, que me ha fortalecido, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio.
Después de comenzar a reunirnos, comencé a dirigir los estudios bíblicos cada semana. Después de algún tiempo, aquellos que se reunían a estudiar me escribieron una carta donde me expresaban de manera unánime su percepción acerca de mí y reconocían el llamado que Dios me había hecho. Estas son las mismas personas con las que había estado sirviendo por más de dos años en nuestra Iglesia anterior. En ese momento ellos solo estaban reconociendo el llamado que Dios me había hecho muchos años antes, y sabiendo que Dios me hizo un pastor; me pidieron que los considerara, desde ese momento en adelante, como ovejas que Dios me encargaba alimentar y cuidar. No podría expresar que tan indigno me sentí aquella tarde y que tan ineficiente me sigo sintiendo hoy, y todos los días desde entonces. Solo me quedó hacer lo que hizo Pablo: Darle gracias a Dios que me ha dado fuerzas y que me tuvo por fiel (no que yo haya sido fiel, sino que por su gracia así me consideró) y me puso en este ministerio tan especial.
¿No sería rebeldía no hacer aquello para lo Dios te llamó? ¿No sería perjudicial para los planes de Dios negar lo que somos, lo que él nos ha hecho? ¿Sería correcto negarnos a tomar un privilegio tan grande solo por considerarnos indignos y olvidar la gracia de Dios que nos ha sido dada en Jesús? La fidelidad a Dios comienza por reconocer y aceptar quiénes somos en él.
Escribo esto para aquellos que se han preguntado de donde obtuve mi llamado, para aquellos que han olvidado que Dios es quien le da la boca al hombre (Ex. 11:4) y lo llama para servirle; escribo esto para aquellos que intentan reconocer mis credenciales y mis méritos los cuales no podrán encontrar porque no los hay (y si los hubiera no serían suficientes, solo me llenarían de orgullo tóxico); pero si buscan la gracia de Dios que me ha sido dada, de ella podrán encontrar bastante. Es solo por gracia.
¿Me considero apto para ser pastor? No, y no sé por qué él me escogió; pero sé que viviría frustrado si decidiera negar lo que soy, y sería rebelde si me negara a cuidar las ovejas que Dios me ha dado. Debo confesar que no me considero un pastor perfecto, le sigo fallando a mi Señor, sigo cometiendo errores; pero las bondades de Dios son nuevas cada amanecer. Él es mi Pastor y él es el Pastor principal de la Iglesia en la que él me puso. Sería terrible si desprecio a sus ovejas y si fuera negligente con la responsabilidad que él me ha brindado. Amo a mis hermanos y deseo poder guiarlos con mi ejemplo a una relación personal con Jesús que pueda cambiar radicalmente nuestras vidas.











