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“Es posible que la muerte en sí no sea una necesidad biológica. Tal vez morimos porque deseamos morir. Si como el amor o el odio por una persona viven en nuestro pecho al mismo tiempo, así también toda la vida conjuga el deseo de la propia destrucción. Del mismo modo como un pequeño elástico tiende a asumir la forma original, así también toda materia viva, consciente o inconscientemente, busca readquirir la completa, la absoluta inercia de la existencia inorgánica. El impulso de vida o el impulso de muerte habitan lado a lado dentro nuestro. La muerte es la compañera del Amor. Ellos juntos rigen el mundo. Esto es lo que dice mi libro: “Más allá del principio del placer”. En el comienzo del psicoanálisis se suponía que el Amor tenía toda la importancia. Ahora sabemos que la Muerte es igualmente importante. Biológicamente, todo ser vivo, no importa cuán intensamente la vida arda dentro de él, ansía el Nirvana, la cesación de la “fiebre llamada vivir”. El deseo puede ser encubierto por digresiones, no obstante, el objetivo último de la vida es la propia extinción.”
— Sigmund Freud (Entrevista - 1926)
“El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos.”
— Simone De Beauvoir
El dolor psíquico, dolor de amar (Parte 3)
La presencia real del amado en mi inconsciente: una fuerza
El estatuto fantasmatizado del amado toma pues tres formas diferentes que corresponden a las tres dimensiones lacanianas de lo real, lo simbólico y lo imaginario. De las tres, es la presencia real del otro en el inconsciente la que plantea más dificultades conceptuales, porque el calificativo de “real” puede hacer creer que se refiere simplemente a la realidad de la persona del elegido. Ahora bien, “real” no designa a una persona sino a lo que, de esa persona, despierta en mi inconsciente una fuerza que hace que yo sea el que soy y sin la cual no sería consistente. Lo real es lisa y llanamente la vida en el otro, la fuerza de vida que anima y atraviesa su cuerpo. Es muy difícil distinguir nítidamente esta fuerza que emana del cuerpo y del inconsciente del elegido, mientras está vivo y me excita, de esa otra fuerza en mí que arma mi inconsciente. Muy difícil, en la medida en que esas fuerzas no son en verdad sino una sola, e incluso la columna energética, un eje vital e impersonal que no pertenece a ninguno de los dos partenaires. Difícil también porque esa fuerza única no tiene ningún símbolo ni representación que pueda significarla. Ese es el sentido del concepto lacaniano de lo “real”. Lo real es lo irrepresentable, la energía que asegura a la vez la consistencia psíquica de cada uno de los dos partenaires y de su lazo común de amor.
Por último, si tuviéramos que condensar en una palabra qué es el otro real, diríamos que es esa fuerza imperativa y desconocida que da cuerpo a nuestro lazo y a nuestro inconsciente. El otro real no es pues la persona exterior del otro, sino la parte de energía pura, impersonal, que anima su persona. Parte que es también, porque estamos unidos, mi propia parte impersonal, nuestro real común. Sin embargo, para que el otro real exista, para que haya esa fuerza real que no pertenece ni a uno ni al otro, hace falta aún que los cuerpos de ambos estén vivos y estremecidos de deseo.
La presencia simbólica del amado en mi inconsciente: un ritmo
Pero si el estatuto real del elegido es ser una fuerza extraña que enlaza cual un puente de energía a los dos partenaires y arma nuestro inconsciente, el estatuto simbólico del elegido es ser el ritmo de esta fuerza. Sin duda, no hay que imaginarse la irrupción del deseo como un vuelo enceguecido y masivo, sino como un movimiento centrípeto y ritmado por una sucesión más o menos regular de aumentos y de caídas de tensión. Nuestro deseo no es un real puro, sino una fuerza regulada por un ritmo preciso y definido que la hace singular. Ahora bien, ¿qué es el ritmo, sino una estructura simbólica organizada como una serie de tiempos fuertes y tiempos débiles repetidos a intervalos regulares? El ritmo es, en efecto, la expresión simbólica más primitiva del deseo, incluso de la vida, ya que al comienzo la vida no es sino energía palpitante. La fuerza de impulsión deseante es real porque es en sí irrepresentable, pero las variaciones rítmicas de esta fuerza son simbólicas porque son, en cambio, representables. Representables como una alternancia de intensidades fuertes y débiles, de acuerdo con un trazado de picos y caídas.
Ahora bien, formulemos la hipótesis de que la presencia simbólica del otro en nuestro inconsciente es un ritmo, un acorde armonioso entre su poder excitante y mi respuesta, entre su papel de objeto y la insatisfacción que siento. Si considero que el elegido es irreemplazable, es porque mi deseo se ha modelado progresivamente a las sinuosidades del flujo vibrante de su propio deseo. Es considerado como insustituible porque ningún otro podría amoldarse tan finamente al ritmo de mi deseo. Como si el elegido fuera ante todo un cuerpo que paulatinamente se aproximara, se posicionara y se ajustara a los latidos de mi ritmo. Como si las pulsaciones de su sensibilidad danzaran con la misma cadencia que mis propias pulsaciones, y como si nuestros cuerpos se excitaran mutuamente. Así, la cadencia de su deseo se armoniza con mi propia cadencia, y cada una de las variaciones de su tensión responde en eco a cada una de las mías. Algunas veces el encuentro es suave y progresivo; otras, violento e inmediata. Si bien es cierto, empero, que los intercambios erógenos pueden ser armoniosos, las satisfacciones que resultan de ellos no dejan de ser, para cada uno de los partenaires, satisfacciones siempre singulares, parciales y discordantes. Discordantes porque se obtienen en momentos diferentes y con intensidades desiguales. Hay armonía en la excitación y desarmonías en la satisfacción.
Queda claro que mi otro elegido no es sólo la persona que tengo frente a mí, como tampoco una fuerza, un excitante, o incluso un objeto de insatisfacción; es todo eso a la vez, condensado en el ritmo de vida de nuestro lazo amoroso. Ahora bien, cuando ya no está, cuando el resplandor de su ser viviente y deseante ya no está, y cuando mi deseo se ve privado de las excitaciones que él sabía despertar tan bien, pierdo por cierto una infinidad de riquezas, pero pierdo sobre todo el armazón de mi deseo, es decir su escansión y su ritmo.
Por lo tanto, la presencia simbólica del amado en el interior de mi inconsciente se traduce por la cadencia con la cual debe regularse el ritmo de mi deseo. En una palabra, el otro simbólico es un ritmo, o incluso una medida o, mejor aún, el metrónomo psíquico que fija el tempo de mi cadencia deseante.
Esta manera que tenemos de concebir el estatuto simbólico del elegido es una reinterpretación del concepto freudiano de represión considerada como la barrera que pone dique al desborde de las tendencias deseantes. Es también una reinterpretación del concepto lacaniano del significante del Nombre-del-padre considerado como el límite que encuadra y otorga consistencia al sistema simbólico. Ya se trate de la represión freudiana o del significante lacaniano del Nombre-del-padre, siempre se trata de un elemento canalizador de las fuerzas del deseo y ordenador de un sistema. Pero justamente, el ser elegido, definido como un metrónomo psíquico, cumple esta función simbólica de constreñir el deseo a seguir el ritmo de nuestro lazo. Por consiguiente, diremos que el elegido, dueño de la medida impuesta a mi deseo, me impide enloquecerme al restringir mi goce. Me protege y me vuelve insatisfecho. El elegido simbólico es, en definitiva, una figura de la represión y la figura más ejemplar del significante del Nombre-del-padre.
La presencia imaginaria del amado en mi inconsciente: un espejo interior
La persona del amado en tanto cuerpo viviente no es sólo fuente de excitación de mi deseo; también es —lo hemos señalado— la silueta animada que será proyectada en mi psiquismo bajo la forma de una imagen interna. El cuerpo del otro se duplica así con una imagen interiorizada. Es precisamente esta imagen interna del amado en mí lo que identificarnos como su presencia imaginaria en el inconsciente.
El otro imaginario es por lo tanto simplemente una imagen, pero una imagen que tiene la particularidad de ser en sí misma una superficie pulida en la cual se reflejan permanentemente mis propias imágenes. Capto las imágenes de mí mismo, reflejadas en ese espejo que es la imagen interiorizada del elegido. Así, esta última tiene el poder de ser simultáneamente imagen del otro y espejo de las mías.
La imagen de mi amado, la que tengo en el inconsciente, no brillará con todo su esplendor, no me devolverá mis imágenes y no suscitará afectos sino cuando encuentra apoyo en el cuerpo viviente del amado. Mi amado debe estar vivo para que el espejo que lo duplica en el inconsciente pueda reflejar imágenes lo suficientemente vivaces como para producir sentimientos. Justamente, las imágenes adquieren esta vivacidad gracias al impulso activo y ritmado del deseo directamente vinculado a la vida del cuerpo del amado. Es la fuerza del deseo la que carga las imágenes de energía, las hace ondular como reflejos en la superficie del agua y las hace capaces de crear sentimientos.
Pero, ¿cuáles son las principales imágenes de mí mismo que me devuelve ese espejo interior? Son imágenes que, no bien percibidas, originan inmediatamente un afecto. A veces percibimos una imagen exaltante de nosotros mismos que refuerza nuestro amor narcisista; otras, una imagen decepcionante que alimenta el odio a nosotros mismos; y, a menudo, una imagen de sometimiento y de dependencia del amado que provoca nuestra angustia.
Me interesa hacer aún dos observaciones finales sobre el estatuto imaginario del otro amado. El espejo psíquico que es la imagen del elegido en mi inconsciente no debe ser pensado como la superficie lisa de un espejo, sino como un espejo desmembrado en pequeños fragmentos móviles de vidrio en los que se reflejan, confundidas imágenes del otro e imágenes de mí. Semejante alegoría caleidoscópica tiene la ventaja de mostrarnos que la imagen inconsciente que tenemos del elegido es un espejo fragmentado y que las imágenes que se reflejan en él siempre son parciales y móviles. Pero esta metáfora tiene, con todo, el defecto de sugerirnos que la presencia imaginaria del otro sería totalmente visual, mientras que bien sabemos que una imagen puede ser tanto olfativa, como auditiva, táctil o cinestésica.
La segunda observación se refiere al marco de la imagen inconsciente del amado, es decir la manera como imaginamos al amado, ya no según nuestros afectos sino según nuestros valores. Pienso en los diversos ideales que, sin saber aún, atribuimos a la persona del elegido. Anclamos y desarrollamos nuestro vínculo conservando en el horizonte estos ideales implícitos. Ideales muchas veces exagerados, incluso infantiles, constantemente reajustados por las limitaciones inherentes a las necesidades (cuerpo), a la demanda (neurosis) y al deseo del otro. Ahora bien, ¿cuáles son esos ideales situados en el cruce de lo simbólico y lo imaginario? He aquí los principales:
· Mi elegido debe ser único e irreemplazable.
· Debe permanecer invariable, es decir no cambiar jamás, a menos que lo cambiemos nosotros mismos.
· Debe sobrevivir, inalterado, a la pasión de nuestro amor o de nuestro odio destructor.
· Debe depender de nuestro amor, dejarse poseer y mostrarse siempre disponible para satisfacer nuestros caprichos.
· Pero si también queda sometido, debe poder conservar su autonomía, pese a todo, para evitar estorbarme…
Estos ideales, comparables a los que guían la relación del niño pequeño con su objeto transicional, caracterizan la neurosis del amante y nos dan la medida de sus límites. Expectativas tan excesivas no pueden sino acentuar la distancia entre la satisfacción soñada del deseo y su insatisfacción efectiva.
No hemos podido evitar este largo rodeo para responder a nuestra pregunta sobre la presencia del amado en el inconsciente, y para comprender así lo que verdaderamente perdemos cuando desaparece su persona. El elegido es, ante todo un fantasma que nos habita, regula la intensidad de nuestro deseo (insatisfacción) y nos estructura. No es solamente una persona, sino un fantasma construido con su imagen, espejo de nuestras imágenes (imaginario), atravesado por la fuerza del deseo (real), enmarcado por el ritmo de esa fuerza (simbólico), y apoyado en su cuerpo vivo (real una vez más), fuente de excitación de nuestro deseo y objeto de nuestras proyecciones imaginarias.
Sin embargo, aún hace falta comprender que este fantasma no es sólo la representación de lo que el amado es en nosotros; es también lo que nos sella inextricablemente a su persona viviente. No es sólo una formación intrasubjetiva, sino intersubjetiva. Digámoslo de otro modo: el amado es una parte de nosotros mismos que llamamos “fantasma inconsciente”; pero esa parte no está confinada en el interior de nuestra individualidad, sino que se extiende en el espacio del entre-dos y nos enlaza íntimamente a su ser. Recíprocamente, el amado está él mismo habitado por un fantasma que nos representa en su inconsciente y lo une a nuestro ser. Vemos en qué medida el fantasma es una formación psíquica única y común a los dos partenaires, y cuán inadecuado —aunque necesario— hubiera resultado hablar del fantasma de uno o del fantasma del otro, de “su” inconsciente, o del inconsciente “del otro”. Esto es lo que nos interesaba decir: el fantasma, y de un modo más general el inconsciente que manifiesta, es una construcción psíquica, un edificio complejo que se levanta, invisible, en el espacio del entre-dos y descansa en las bases que son los cuerpos vivos de los partenaires. En consecuencia, cuando nos sucede que perdemos a la persona del elegido, el fantasma se desvanece y se desmorona como un edificio al que se le retiran los pilares. Es entonces cuando aparece el dolor.
Así, a la pregunta: ¿qué perdemos cuando perdemos a la persona del ser al que amamos?, respondemos: Al perder el cuerpo viviente del otro, perdemos una de las fuentes que nutren la fuerza del deseo sin por ello perder esa fuerza que, por el contrario, perdura, indestructible e inagotable, mientras hay vida en nosotros. También perdemos la figura animada que, como un apoyo, sostenía el espejo interior que reflejaba nuestras imágenes. Pero, al perder a la persona del amado, perdemos también el ritmo bajo el cual vibra la fuerza real del deseo. Perder el ritmo es perder al otro simbólico, el límite que vuelve consistente al inconsciente. En suma, al perder a quien amamos, perdemos una fuente nutricia, el objeto de nuestras proyecciones imaginarias y el ritmo de nuestro deseo común. Es decir que perdemos la cohesión y la textura de un fantasma indispensable para nuestra estructura.
El dolor del enloquecimiento pulsional
Retomemos ahora nuestras definiciones del dolor. El dolor corporal se produce, como veremos, por una lesión situada en la periferia de nuestro ser, es decir en el cuerpo. Pero, de la misma manera que se cree, equivocadamente, que la sensación dolorosa debida a una herida del brazo se localiza en el brazo, se cree también, equivocadamente, que el dolor psíquico se debe a la pérdida de la persona del ser amado. Como si lo que doliera fuera su ausencia. Ahora bien, no es la ausencia del otro lo que duele, sino los efectos en mí de dicha ausencia. Yo no sufro por la falta del otro. Sufro porque la fuerza de mi deseo está privada del excitante que significaba la sensibilidad de su cuerpo vivo; porque el ritmo simbólico de esta fuerza está quebrado por la desaparición del tempo que escandían sus excitaciones; y además porque el espejo psíquico que reflejaba mis imágenes se ha desmoronado por falta del sostén viviente en que se había transformado su cuerpo. La lesión que provoca el dolor psíquico no es, por lo tanto, la desaparición física del ser amado, sino la perturbación interna engendrada por la desarticulación del fantasma del amado.
Ahora podemos precisar mejor y proponer que el dolor es una reacción que tiene lugar no ante una pérdida, sea ésta la que fuere, sino ante la fractura del fantasma que nos unía al otro elegido. La verdadera causa del dolor no es, por lo tanto, la pérdida de la persona amada, es decir el retiro de esas bases que soportaban la construcción del fantasma, sino el desmoronamiento de dicha construcción. La pérdida es una causa desencadenante, y el derrumbamiento la única causa efectiva. Si perdemos a la persona del elegido, el fantasma se deshace y el sujeto sigue entonces entregado sin recurso a una tensión última del deseo, un deseo sin fantasma en el que apoyarse, un deseo en estado de errancia y sin ejes. Afirmar, entonces, que el dolor psíquico resulta del derrumbe del fantasma, es localizar su fuente no en el acontecimiento exterior de una pérdida fáctica, sino en el enfrentamiento del sujeto con su propio interior perturbado. El dolor es aquí una angustia que se me impone inexorablemente cuando descubro que mi deseo es un deseo desnudo, loco y sin objeto. Decíamos que el dolor es el afecto que expresa la autopercepción por parte del yo de la conmoción que lo devasta cuando está privado del ser amado. Ahora que reconocemos la fractura del fantasma como el acontecimiento principal, intrasubjetivo, que sucede a la desaparición de la persona amada, podemos afirmar que el dolor expresa el encuentro brutal e inmediato entre el sujeto y su propio deseo enloquecido.
Es en ese instante de intensas agitaciones pulsionales cuando, como último recurso, nuestro yo intenta salvar la unidad de un fantasma que se derrumba concentrando toda la energía de la que dispone en una parcela de la imagen del otro desaparecido; imagen parcial, fragmento de imagen que se sobresaturará de afecto. Es allí donde el dolor, recién originado en un deseo tumultuoso, en lugar de reducirse, se intensifica. Algunos meses más tarde, una vez iniciado el trabajo del duelo, la hipertrofia de ese fragmento de imagen del desaparecido disminuye, y el dolor que se vinculaba con él se atenúa poco a poco.
Bibliografía: El libro del dolor y el amor -Juan David Nasio
El dolor psíquico, dolor de amar (Parte 2)
El amado cuyo duelo debo hacer es aquel que me satisface a medias, hace tolerable mi insatisfacción y resitúa mi dolor
Para saber quién es ese otro elegido, su papel esencial en el interior del inconsciente y el dolor que su desaparición entraña, tenemos que volver por un momento al funcionamiento ordinario del sistema psíquico. Lo abordaremos esta vez desde un punto de vista particular. Sabemos que este sistema está regido por el principio de displacer/ placer que plantea la premisa según la cual el psiquismo está sometido constantemente a una tensión que trata de descargar sin conseguirlo jamás por completo. Mientras que el estado permanente de tensión se denomina “displacer”, la descarga incompleta y parcial de tensión se llama “placer”, “placer parcial”. Pues bien, en su funcionamiento normal el psiquismo sigue estando fuertemente sometido al displacer, es decir a una tensión displacentera, ya que nunca hay descarga completa. Cambiemos ahora nuestra formulación y, en lugar de emplear las palabras “tensión” y “displacer”, utilicemos la de “deseo”.
Pues, ¿qué es el deseo sino esta misma tensión displacentera vista en movimiento, totalmente orientada hacia una meta ideal, la de conseguir un placer absoluto, es decir la descarga total? Por ende, diremos que la situación ordinaria del sistema inconsciente se define por el estado tolerable de insatisfacción de un deseo que no logra jamás realizarse totalmente. Empero, enunciar que la tensión psíquica sigue siempre viva, penosa incluso, que el displacer domina o que nuestros deseos siguen insatisfechos, no expresa en modo alguno una visión pesimista del hombre.
Por el contrario, este enunciado equivale a declarar que, a lo largo de toda nuestra existencia, estaremos, por suerte, en estado de falta. Digo por suerte porque esa falta, hueco siempre futuro que aguijonea al deseo, es sinónimo de vida.
Si tuviéramos que figurarnos espacialmente esta parte de insatisfacción que aspira al deseo, no la imaginaríamos como un tramo de una ruta recta que aún nos queda por recorrer para acceder por fin a la meta mítica de un goce pleno. No, la insatisfacción no es la parte incumplida del trayecto del deseo hacia la satisfacción absoluta. Les propongo imaginarla más bien bajo la forma de un agujero. De un agujero situado en el corazón mismo de nuestro ser alrededor del cual gravitarían nuestros deseos. El hueco futuro no está delante de nosotros sino en nosotros. El trayecto del deseo no describe pues una línea recta tendida hacia el horizonte, sino una espiral giratoria en torno de un vacío central que atrae y anima el movimiento circular del deseo. Por consiguiente, declarar que nuestros deseos están insatisfechos significa, espacialmente hablando, que siguen el movimiento centrípeto de un flujo que circunscribe una falta irreductible.
Queda claro que la falta no es solamente un vacío que aspira al deseo; es, más aún, un polo organizador del deseo. Sin falta, quiero decir sin ese núcleo de atracción que es la insatisfacción, el vuelo circular del deseo se enloquecería y no habría entonces sino dolor. Digámoslo de otro modo. Si la insatisfacción es vívida pero resulta soportable, el deseo persiste activo y el sistema psíquico sigue estable. Si, en cambio, la satisfacción es demasiado desbordante o la insatisfacción, desmesurada, el deseo pierde su eje y sobreviene el dolor. Volvemos a encontrar aquí la hipótesis que impregna nuestro texto, a saber que el dolor expresa la turbulencia de las pulsiones en el campo del ello.
Por tanto, cierto grado de insatisfacción es vital para conservar nuestra consistencia psíquica. Pero, ¿cómo preservar esta falta esencial? Y más aún, al ser necesaria tal falta, ¿cómo mantenerla en los límites de lo soportable? Es allí justamente donde interviene nuestro partenaire, el ser de nuestro amor, porque es él quien juega el papel de objeto insatisfactorio de mi deseo y, por lo mismo, de polo organizador de tal deseo.
Como si el agujero de la insatisfacción interno estuviera ocupado por el otro elegido desde afuera; como si la falta fuera finalmente un lugar vacante sucesivamente ocupado por los pocos seres o cosas externas que consideramos irreemplazables y cuyo duelo deberíamos hacer si se vieran llevados a la desaparición.
Sin embargo, ¿cómo aceptar que mi partenaire pueda tener esta función castradora de limitar mi satisfacción? Sin duda ese papel restrictivo del ser amado puede desconcertar, porque normalmente atribuimos a nuestro partenaire el poder de satisfacer nuestros deseos y de procurarnos placer. Vivimos en la ilusión, verificada en parte, de que nos da más de lo que nos priva. Pero su función, en el interior de nuestro inconsciente, es muy diferente: nos asegura la consistencia psíquica por medio de la insatisfacción que hace surgir y no por la satisfacción que nos procura. Nuestro partenaire, el ser de nuestro amor nos insatisface al excitar nuestro deseo, no puede —en última instancia, ¿tendría los límites?—no quiere satisfacemos plenamente. Como es humano, n puede y, al ser neurótico, no quiere. Es decir que es a la vez un excitante de mi deseo y el objeto que sólo lo satisface parcialmente. Sabe excitarme, procurarme un goce parcial y, con ello, dejarme insatisfecho. Así crece esta insatisfacción que me es necesaria para vivir y que resitúa mi deseo.
Pero, fuera del partenaire amoroso, ¿hay otros objetos elegidos tales que podrían asegurar esta función de recentramiento de mi deseo? Sí, como por ejemplo ese objeto que es el amor en sí, el amor en sí mismo que me dirige mi partenaire; o incluso el amor que le tengo a mi propia imagen nutrida por el reconocimiento del prójimo, tal como el honor o una posición social. El objeto del deseo puede ser así mi integridad corporal, que debo preservar por encima de todo. Incluso sucede que el objeto sea una cosa material tan personal como nuestro cuerpo, como la tierra natal o la casa de los ancestros. Todos estos son objetos elegidos y, al mismo tiempo, tan internos, tan íntimos, tan intrínsecamente ordenadores del movimiento de nuestro deseo, que vivimos sin percibir la solidez de su anclaje en el inconsciente. Sólo cuando estamos amenazados de perderlos, o después de haberlos perdido, su ausencia revela dolorosamente la profundidad de su arraigamiento. Sólo en esa retroactividad, mucho más tarde, sabemos si el ser, la cosa o el valor desaparecidos eran o no elegidos para nosotros.
En efecto, cuando planea la amenaza de perder a uno de esos objetos considerados irreemplazables, lo que surge es angustia; y surge en el yo. Si, en cambio, uno de esos objetos se ve llevado a desaparear súbitamente, sin amenaza previa, es el dolor lo que se impone; y emana del ello. He de sufrir el dolor en el ello, si pierdo brutalmente a la persona amada (duelo), su amor (abandono), el amor que tengo por la imagen de mí mismo (humillación) o aun la integridad de mi cuerpo (mutilación). El duelo, el abandono, la humillación y la mutilación son las cuatro circunstancias que, de ser súbitas, desencadenan el dolor psíquico o el dolor de amar.
Pero quedémonos en el caso ejemplar en el que el objeto del deseo es la persona amada cuya pérdida suscita el dolor del duelo. Justamente, ¿qué perdemos cuando perdemos al ser a quien amamos? Más simplemente: ¿quién es el otro amado?
El amor es la presencia fantasmatizada del amado en mi inconsciente
En Duelo y melancolía, Freud habla del amor al hablar de la muerte. Observa que la persona en estado de duelo ignora el valor intrínseco del amado desaparecido: la persona en estado de duelo sabe a quién ha perdido, pero no sabe qué es lo que ha perdido al perder a su amado. Gracias a este “lo” impersonal, Freud subraya hasta qué punto el ser a quien más amamos es en primer lugar una instancia psíquica y hasta dónde esta instancia es diferente de la persona concreta. El amado es sin duda una persona, pero es, en primer lugar y por sobre todo, esa parte ignorada e inconsciente de nosotros mismos que se desmoronará si la persona desaparece. Más recientemente, Lacan, confrontado a su vez con el misterio del lazo amoroso, inventa su “objeto a”. Pues es precisamente con la expresión “objeto a” como simboliza el misterio, sin por ello resolverlo. El “a” no es al fin de cuentas sino un nombre para designar lo que ignoramos, es decir esa presencia inasible del otro amado en nosotros cuando la persona elegida desaparece definitivamente de la realidad exterior.
He aquí justamente la cuestión decisiva, una cuestión tanto más irresuelta cuanto que es insoslayable. ¿En qué consiste el “lo” que se pierde cuando perdemos a la persona elegida? ¿Qué es lo que une a dos seres para que uno de ellos sufra tan profundamente con el fin súbito del otro? De modo que, en lo inmediato, nuestro problema ya no es el del dolor, sino el del amor. Es por cierto el amor lo que nos interesa ahora porque, al dilucidar de la mejor manera posible su naturaleza, llegaremos a una nueva definición psicoanalítica del dolor.
¿Quién es pues aquel a quien amo y a quien considero como único e irreemplazable? Es un ser mixto, compuesto a la vez por esta persona viviente y definida que se encuentra ante mí y por su doble modalidad de alojarse en mi interior.
Para comprender mejor cómo tal ser se vuelve mi elegido, descompongamos en dos etapas el proceso del amor por medio del cual transformamos a otro externo en un doble interno.
· Imaginemos a una persona que nos seduce, es decir que despierta y capta la fuerza de nuestro deseo.
· Progresivamente, respondemos y nos aferramos a esa persona hasta incorporarla y hacer de ella una parte de nosotros mismos. Insensiblemente, la recubrimos como una hiedra recubre un muro. La envolvemos con una multitud de imágenes superpuestas, cada una de ellas cargada de amor, de odio o de angustia, y la fijamos inconscientemente a través de una multitud de representaciones simbólicas, cada una de ellas vinculada a un aspecto de la persona que nos ha marcado. Toda esa hiedra germinada en mi psiquismo, nutrida por la savia en bruto de la irrupción del deseo, todo ese conjunto de imágenes y de significantes que enlaza mi ser con la persona viva del amado hasta transformarlo en doble interno es lo que denominamos “fantasma”, fantasma del elegido. Sé que, comúnmente, esta palabra, fantasma, es equívoca, ya que remite a la idea vaga de ensueño o de libreto conscientemente imaginado. Sin embargo, el concepto psicoanalítico de fantasma que elaboramos aquí para comprender mejor el dolor es extremadamente preciso. El fantasma es el nombre que le adjudicamos a la soldadura inconsciente del sujeto con la persona viviente del elegido. Esta soldadura operada en mi inconsciente es una aleación de imágenes y de significantes verificada por la fuerza real del deseo que el amado suscita en mí, que yo suscito en él, que nos une.
Pero el fantasma del amado, a la par que es llevado por el vuelo pujante del deseo tiene por función doblegar y domeñar esa irrupción. Al contener tal fuerza y a evitar que se dispare, impide al deseo conseguir la satisfacción absoluta. En consecuencia, el fantasma instala la insatisfacción y asegura la homeostasis del sistema inconsciente. Se comprende mejor ahora que la función protectora de la persona del amado es, en verdad, la función protectora del fantasma del amado. El fantasma es protector porque nos preserva del peligro que significaría una turbulencia desmesurada del deseo o su equivalente, el caos pulsional.
En suma, la persona amada ha cesado de ser solamente una instancia exterior para vivir también en el interior de nosotros como un objeto fantasmatizado que resitúa nuestro deseo al hacerlo insatisfecho en el límite de lo tolerable. El ser al que más amamos es, inevitablemente, el ser que más nos insatisface. La insatisfacción del deseo se traduce en la realidad cotidiana de la pareja por el descontento respecto del amado, de un amado a quien consideramos no sólo como el Otro del amor, sino también como el Otro de nuestras quejas, reproches y recriminaciones.
Así, el elegido existe por partida doble: por un lado fuera de nosotros, bajo la especie de un individuo viviente en el mundo, y por el otro, en nosotros, bajo la especie de una presencia fantasmatizada —imaginaria, simbólica y real— que regula el flujo imperativo del deseo y estructura el orden inconsciente. De las dos presencias, la viviente y la fantasmatizada, es la segunda la que predomina, ya que todos nuestros comportamientos, la mayor parte de nuestros juicios y el conjunto de los sentimientos que experimentamos respecto del amado están rigurosamente determinados por el fantasma. No captamos la realidad del elegido sino a través de la lupa deformante del fantasma. Sólo lo miramos, lo escuchamos, lo sentimos o lo tocamos bajo la envoltura del velo tejido por las imágenes nacidas de la fusión compleja entre su imagen y la imagen de nosotros mismos. Velo tejido asimismo por las representaciones simbólicas inconscientes que delimitan estrictamente el marco de nuestro lazo de amor.
La persona del amado
Vamos a abocarnos inmediatamente a afinar los tres modos de presencia real, simbólica e imaginaria del elegido fantasmatizado en nuestro inconsciente. Pero antes, despejemos claramente el sentido de la expresión "persona del amado” que hemos empleado para designar la existencia exterior del elegido. Si bien es cierto que la existencia fantasmatizada del otro es más importante que su existencia exterior, la primera se nutre no obstante de la segunda, y mi fantasma inconsciente no puede expandirse sino cuando el otro está vivo. La persona viviente del elegido, en efecto, me resulta Indispensable como un pedestal dotado de vida propia, en el que se basa y se expande el objeto fantasmatizado. Sin ese pedestal, sustrato de vida, nuestro fantasma se derrumbaría y el sistema inconsciente perdería su centro de gravedad. Entonces se produciría un inmenso desorden pulsional, que acarrearía angustia y dolor.
Pero, ¿por qué es necesario que la persona del elegido esté viva para que haya fantasma? Por dos razones. En primer término, porque es un cuerpo activo y deseante de donde provienen las excitaciones que estimulan mi propio deseo, el cual carga, a su vez, el fantasma. Excitaciones que son los impactos en mí de las irradiaciones de su deseo. Y además, porque dicha persona es un cuerpo en movimiento, cuyo paso singular será proyectado en el interior de mi psiquismo como una imagen interiorizada que me remite a mis propias imágenes. Así, la persona del elegido me resulta absolutamente necesaria porque es una constelación radiante de fuentes de excitación que mantiene mi deseo y, más allá, el fantasma, y también porque es la silueta viva a partir de la cual se imprime en mi inconsciente la silueta del otro elegido.
Ahora bien, si el cuerpo del elegido es para mi fantasma un archipiélago de focos de excitación de mi deseo y el soporte viviente de mis imágenes, ¿qué soy yo, yo y mi cuerpo, para su fantasma? Justamente la metáfora de la hiedra es muy ilustrativa, dado que la hiedra es una planta viviente que no sólo se arrastra y trepa, sino que se aferra con sus zarcillos a lugares muy particulares de la piedra, en sus grietas y rajaduras. Análogamente, mi apego al otro elegido, transformado en mi objeto fantasmatizado, es una soldadura que no prende en cualquier lugar, sino muy exactamente en los orificios erógenos del cuerpo, allí donde él mismo irradia su deseo y me excita sin por ello conseguir satisfacerme. Y, recíprocamente, es en mi cuerpo, en los puntos de emisión de mi propio deseo, donde se fijará su fantasma. Admitirán ustedes pues que mi propio fantasma anudará un lazo tanto más poderoso si, a mi vez, yo soy la persona viviente en la que se ha construido su fantasma, si tan luego yo me he vuelto el regulador de su insatisfacción. En otros términos, mi fantasma será un nudo tanto más estrecho cuanto que yo soy para el otro lo que él es para mí: el elegido fantasmatizado.
Por consiguiente, hay que saber que cuando amamos, amamos siempre a un ser híbrido, constituido a la vez por la persona exterior que tratamos por fuera, y por su presencia fantasmatizada e inconsciente en nosotros. Y, recíprocamente, nosotros somos para él el mismo ser mixto hecho de carne y de inconsciente. He aquí por qué les hablo del fantasma. Es para comprender mejor que sólo sufriré el dolor de la desaparición del que ha sido para mí lo que yo he sido para él: el elegido fantasmatizado.
Ahora, nos interesa separar los tres modos de presencia fantasmatizada del elegido para discernir lo mejor posible ese “lo” desconocido que perdemos cuando desaparece su persona.
Bibliografía: El libro del dolor y el amor -Juan David Nasio
“Creo que todos tenemos un poco de esa bella locura que nos mantiene andando cuando todo alrededor es tan insanamente cuerdo.”
— Julio Cortázar
Representación de Trastornos y Síndromes Mentales en Ilustraciones.
En octubre del año pasado es cuando los artistas de todo el mundo dan rienda suelta a su imaginación y creatividad por medio de Inktober; se basa en realizar ilustraciones diferentes por cada día del mismo mes de Octubre.
Sin embargo, el artista americano, Shawn Coss eligió un tema algo impactante para muchas personas: representar los trastornos y síndromes mentales por medio de ilustraciones.
DÍA 1 — TRASTORNO LÍMITE DE LA PERSONALIDAD.
DÍA 2 — INSOMNIO.
DÍA 3 — TRASTORNO DE RELACIÓN SOCIAL DESINHIBIDA.
DÍA 4 — TRASTORNO OBSESIVO COMPULSIVO.
DÍA 5 — SÍNDROME DE COTARD.
DÍA 6 — TRASTORNO BIPOLAR.
DÍA 7 — TRASTORNO DE LA PERSONALIDAD POR DEPENDENCIA.
DÍA 8 — TRASTORNO DEPRESIVO MAYOR.
DÍA 9 — TRASTORNO DE ANSIEDAD SOCIAL.
DÍA 10 — ESQUIZOFRENIA.
DÍA 11 — TRASTORNO DE ESTRÉS POST-TRAUMÁTICO.
DÍA 12 — ANOREXIA NERVIOSA.
DÍA 13 — AUTISMO.
DÍA 14 — TRASTORNO POR DESPERSONALIZACIÓN.
DÍA 15 — TRASTORNO DE DISOCIATIVO DE LA PERSONALIDAD.
DÍA 16 — SÍNDROME DE CAPGRAS.
DÍA 17 — AGORAFOBIA.
DÍA 18 — ESQUIZOFRENIA PARANOIDE.
DÍA 19 — TRASTORNO POR DÉFICIT DE ATENCIÓN.
DÍA 20 — ADICCIÓN A SUSTANCIAS.
DÍA 21 — TRICOTILOMANÍA.
DÍA 22 — SÍNDROME DE MÜNCHAUSEN APLICADO A OTRO.
DÍA 23 — TRASTORNO DE PÁNICO.
DÍA 24 — BULIMIA NERVIOSA.
DÍA 25 — TRASTORNO DE LA PERSONALIDAD NARCISISTA.
DÍA 26 — SÍNDROME DE ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS.
DÍA 27 — DESORDEN DE LA IDENTIDAD DE LA INTEGRIDAD CORPORAL.
DÍA 28 — TRASTORNO DE CONDUCTA.
DÍA 29 — MISOFONÍA.
DÍA 30 — DEPRESIÓN POST-PARTO.
DÍA 31 — TRASTORNO DE ANSIEDAD GENERALIZADA.
BONUS — TRASTORNO DE LA PERSONALIDAD POR EVITACIÓN.
El dolor psíquico, dolor de amar (Parte 1)
El dolor psíquico es una lesión del vínculo íntimo con el otro, una disociación brutal de aquello que naturalmente está llamado a vivir unido.
A diferencia del dolor corporal causado por una herida, el dolor psíquico sobreviene sin daño tisular. El motivo que lo desencadena ya no se localiza en la carne sino en el vínculo entre aquel que ama y su objeto amado. Cuando la causa se localiza en ese envoltorio de protección del yo que es el cuerpo, calificamos el dolor de corporal; cuando la causa se sitúa más allá del cuerpo, en el espacio inmaterial de un poderoso lazo de amor, el dolor se denomina psíquico. Así, podemos de ahora en más presentar la primera definición del dolor psíquico o dolor de amar como el afecto que resulta de la ruptura brutal del lazo que nos vincula con el ser o la cosa amados. Esta ruptura, violenta y súbita, suscita inmediatamente un sufrimiento interior vivido como un arrancamiento del alma, como un grito mudo que emana de las entrañas.
El dolor siempre está vinculado con el carácter súbito de una ruptura, con el franqueamiento súbito de un límite más allá del cual el sistema psíquico está subvertido sin estar desestructurado.
En realidad, la ruptura de un vínculo amoroso provoca un estado de shock semejante al inducido por una violenta agresión física: la homeostasis del sistema psíquico queda rota, y el principio de placer abolido. Conmocionado, el yo consigue, pese a todo —como para el dolor corporal— autopercibir su propio trastorno, es decir detectar en su seno el enloquecimiento de sus tensiones pulsionales desencadenadas por la ruptura. La percepción de ese caos se traduce inmediatamente en la conciencia por el vivo sentimiento de un atroz dolor interior. Propongamos entonces una segunda definición del dolor psíquico considerado esta vez desde el punto de vista metapsicológico, y digamos que el dolor es el afecto que expresa en la conciencia la percepción por parte del yo —percepción hacia adentro— del estado de shock, del estado de conmoción pulsional (trauma) provocado por la ruptura, no de la barrera periférica del yo, como en el caso del dolor corporal, sino por la ruptura súbita del lazo que nos vincula con el otro elegido. El dolor es aquí dolor del trauma.
Cuanto más se ama, más se sufre
Pero, ¿qué es lo que quiebra el lazo amoroso, hace tanto daño y sumerge al yo en la desesperación? Freud responde sin vacilar: es la pérdida del ser amado o de su amor. Agregamos: la pérdida brutal e irremediable del ser amado. Es lo que sucede cuando la muerte azota súbitamente a alguno de nuestros allegados, padre o cónyuge, hermano o hermana, hijo o amigo querido. La expresión “pérdida del ser amado”, que se le ocurrió a Freud en los últimos años de su vida, aparecía esencialmente en dos escritos principales que son Inhibición, síntoma y angustia y El malestar en la cultura. Me gustaría citar un extracto de este último texto: “Desde tres lados nos amenaza el sufrimiento; desde el cuerpo propio, destinado a la ruina y a la disolución, […]; desde el mundo exterior, que puede abatir sus furias sobre nosotros con fuerzas hiperpotentes, despiadadas, destructoras”. La tercera amenaza, la que nos interesa aquí, proviene, "por fin, desde los vínculos con otros seres humanos”. Y precisa Freud: “Al padecer que proviene de esta fuente lo sentirnos tal vez más doloroso que a cualquier otro […]”. Examina entonces con mucha circunspección, uno tras otro, los diferentes medios de evitar los sufrimientos corporales y las agresiones exteriores. Pero cuando aborda el medio de protegerse contra el sufrimiento que surge de la relación con el prójimo, ¿qué remedio encuentra? Un remedio aparentemente muy simple, el del amor al prójimo. En efecto, para preservarse de la desdicha, algunos predican una concepción de la vida que toma como centro el amor y en la que se considera que toda alegría procede del hecho de amar y de ser amado. Es cierto —confirma Freud— que “…una actitud psíquica de esta índole está al alcance de todos nosotros”. ¿Qué puede haber entonces de más natural que amar para evitar el conflicto con el otro? Amemos, seamos amados y nos alejaremos del mal. Y, sin embargo, es lo opuesto lo que tiene lugar. He aquí lo que Freud, como clínico, comprueba: “Nunca estamos menos protegidos contra las cuitas que cuando amamos; nunca más desdichados y desvalidos que cuando hemos perdido el objeto amado o a su amor.” Me interesa especialmente poner el énfasis en estas frases porque señalan claramente la paradoja insuperable del amor: pese a ser una condición constitutiva de la naturaleza humana, el amor sigue siendo la premisa insoslayable de nuestros sufrimientos. Cuanto más se ama, más se sufre.
En el otro escrito, Inhibición, síntoma y angustia, es la misma fórmula, la de “pérdida del objeto amado”, la que acude a la pluma de Freud cuando debe distinguir el dolor psíquico de la angustia. ¿Cómo diferencia cada uno de estos afectos? Propone el siguiente paralelismo: mientras que el dolor es la reacción a la pérdida efectiva de la persona amada, la angustia es la reacción ante la amenaza de una eventual pérdida. Retomando nuestro desarrollo, podemos afinar estas definiciones freudianas y precisar: el dolor es la reacción a la conmoción pulsional efectivamente provocada por una pérdida, mientras que la angustia es la reacción ante la amenaza de una eventual conmoción. Pero, ¿cómo explicar lo que parece tan evidente, que la pérdida súbita del amado o de su amor nos sea tan dolorosa? ¿Quién es ese otro tan amado cuya desaparición inesperada provoca conmoción y dolor? ¿De qué anudamiento está entretejido el lazo amoroso para que su ruptura sea experimentada como una pérdida? ¿Qué es una pérdida? ¿Qué es el dolor de amar?
Perder al ser quien amamos
Consideremos ahora la manera como el yo reacciona ante la conmoción desencadenada por la pérdida del ser amado. Habíamos definido el dolor psíquico como el afecto que traduce en la conciencia la autopercepción de parte del yo de la conmoción que padece. Lo habíamos llamado dolor del trauma. Ahora, completemos la idea diciendo que es el dolor producido cuando el yo se defiende contra el trauma. Más precisamente, el dolor psíquico es el afecto que traduce en la conciencia la reacción defensiva del yo cuando, al ser conmocionado, lucha por reencontrarse. El dolor es, por lo tanto, una reacción.
Pero, ¿cuál es esta reacción? Frente al trastorno pulsional introducido por la pérdida del objeto amado, el yo se levanta: apela a todas sus fuerzas vivas —a riesgo de quedarse agotado— y las concentra en un solo punto, el de la representación psíquica del amado perdido. En consecuencia, el yo está totalmente ocupado en mantener viva la imagen mental del desaparecido. Como si se empeñara especialmente en querer compensar la ausencia real del otro perdido magnificando su imagen. El yo se confunde entonces casi totalmente con esta imagen soberana, y sólo vive amando y, a veces, odiando la efigie de otro desaparecido. Efigie que atrae hacia sí toda la energía del yo y le hace padecer una aspiración medular violenta que lo deja exangüe e incapaz de interesarse por el mundo exterior. Como ven, describimos una vez más la misma crispación defensiva del yo que nos permitió explicar la última etapa de la génesis del dolor corporal (dolor de reaccionar) cuando toda la energía psíquica atiende la representación de la herida. Ahora, la misma energía afluye y se condensa en la representación del ser amado y desaparecido. El dolor de perder a un ser querido se debe pues a In distancia que existe entre un yo exangüe y la imagen demasiado viva del desaparecido.
La reacción del yo contra la conmoción desencadenada por la pérdida se descompone pues en dos movimientos: una aspiración súbita de la energía que lo vacía —movimiento de desinvestidura—, y la polarización de toda esta energía en una sola imagen psíquica: movimiento de sobreinvestidura. El dolor mental resulta así de un doble proceso defensivo: el yo desinviste súbitamente la cuasitotalidad de sus representaciones para sobreinvestir puntualmente la única representación del amado que ya no está. El vaciamiento súbito del yo es un fenómeno tan doloroso como la contracción en un punto. Los dos movimientos de defensa contra el trauma generan dolor. Pero si el dolor de la desinvestidura toma la forma clínica de una inhibición paralizante, el de la sobreinvestidura es un dolor lancinante que oprime. Propongamos entonces una nueva definición del dolor psíquico como el afecto que expresa el agotamiento de un yo muy ocupado en querer desesperadamente la imagen del amado perdido. La languidez y el amor se funden en dolor puro.
Destaquemos aquí que la representación del ser desaparecido está tan fuertemente cargada de afecto, tan sobreestimada, que termina no sólo por devorar una parte del yo, sino también por volverse ajena al resto del yo, es decir inconciliable con las otras representaciones que han sido desinvestidas. Si pensamos ahora en el duelo que seguirá a la muerte del amado, veremos que el proceso del duelo sigue un movimiento inverso al de la reacción defensiva del yo. Mientras que esta reacción consiste en una sobreinvestidura de dicha representación, el trabajo del duelo es su desinvestidura progresiva. Hacer un duelo significa, en efecto, desinvestir poco a poco la representación saturada del amado perdido para volverla nuevamente conciliable con el conjunto de la red de las representaciones yoicas. El duelo no es otra cosa que una muy lenta redistribución de la energía psíquica hasta entonces concentrada en una sola representación que era dominante y ajena al yo.
Por consiguiente, se comprende que si este trabajo de desinvestidura que debe seguir a la muerte del otro no se cumple, y si el yo permanece entonces cristalizado en una representación coagulada, el duelo se eterniza en un estado crónico que paraliza la vida de la persona en estado de duelo durante varios años, incluso durante toda su existencia. Pienso en ese analizante que, habiendo perdido muy joven a su madre y padeciendo de un duelo inconcluso, me confiaba: “Una parte de ella está desesperadamente viva en mí, y una parte de mí está para siempre muerta con ella”. Estas palabras de una cruel lucidez revelan a un ser desdoblado y desarraigado por un dolor antiguo y solapado.
Aquello que hace daño no es la pérdida del ser amado, sino el hecho de seguir amándolo más intensamente que antes cuando lo sabemos irremediablemente perdido
Por lo tanto, tenemos un yo disociado entre dos estados: por un lado concentrado y contraído en un punto, el de la imagen del otro desaparecido con la cual se identifica casi totalmente, y por el otro empobrecido y exangüe. Sin embargo, hay otra disociación, más dolorosa aún, otra razón para el dolor de amar. El yo está despedazado entre su amor desmesurado por la efigie del objeto perdido, y la comprobación lúcida de la ausencia real de dicho objeto. El desgarramiento no se sitúa ya entre contracción y vaciamiento, sino entre contracción —es decir amor excesivo por una imagen— y reconocimiento agudo del carácter irremediable de la pérdida. El yo ama al objeto que sigue viviendo en su psiquismo, y lo ama como nunca antes lo había amado, y, al mismo tiempo, sabe que ese objeto ya no volverá. Lo que hace daño no es el hecho de perder a quien amamos, sino el hecho de seguir amándolo más intensamente aún que nunca antes, cuando lo sabemos irremediablemente perdido. Amor y saber entran en disyunción. El yo queda despedazado entre un amor que hace revivir al ser desaparecido, y el saber de una ausencia indiscutible. Esta hiancia entre la presencia viviente del otro en mí y su ausencia real es un clivaje tan insoportable que tendemos a menudo a reducirlo, no moderando el amor, sino negando su ausencia, rebelándonos contra la realidad de la falta y rechazando aceptar la desaparición definitiva del amado.
Semejante rebelión contra la suerte, tal negación de la pérdida es a veces tan tenaz que la persona en estado de duelo roza la locura. El rechazo del carácter irremediable de la pérdida o, lo que es lo mismo, el carácter indiscutible de la ausencia en la realidad, confina a la locura pero atempera el dolor. Una vez aplacados esos momentos de rebelión, el dolor reaparece tan vivo como antes. Frente a la muerte súbita de un ser querido, sucede frecuentemente que la persona que atraviesa un duelo se lance en búsqueda de los signos y lugares asociados al difunto y, a veces, contra toda razón, imagine poder hacerlo revivir y reencontrarlo. Pienso en esa paciente que oía los pasos de su marido muerto subiendo la escalera. O incluso en esa madre que veía con extrema agudeza a su hijo recién desaparecido sentado a su mesa de trabajo. Durante tales alucinaciones, el doliente vive con una certidumbre inquebrantable el retorno del difunto y transforma su pena en convicción delirante. Se comprende así que la supremacía del amor sobre el saber conduzca a crear una nueva realidad, una realidad alucinada donde el amado desaparecido vuelve bajo la forma de un fantasma.
El fantasma del amado desaparecido
Inspirándonos en el fenómeno del miembro fantasma, tan conocido por los neurólogos, llamamos a esta alucinación de la persona en estado de duelo “fenómeno del amado fantasma”. Pero, ¿por qué este calificativo de “fantasma”? Recordemos que la alucinación del miembro fantasma es una perturbación que afecta a una persona amputada de un brazo o de una pierna. Siente de manera tan vívida sensaciones procedentes del miembro desaparecido que, a su entender, éste aún existe. Análogamente, la persona en estado de duelo puede percibir, con todos sus sentidos y con una absoluta convicción, la presencia viva del difunto. Para comprender esta asombrosa similitud de reacciones alucinatorias frente a dos pérdidas de naturaleza tan diferente —la de un brazo y la de un ser amado— proponemos la hipótesis siguiente. Precisemos en primer lugar que el yo funciona como un espejo psíquico compuesto de una miríada de imágenes, cada una de ellas reflectora de tal parte de nuestro cuerpo o de tal aspecto de los seres o de las cosas a las que estamos afectivamente unidos. Cuando perdemos un brazo, por ejemplo, o un ser querido, la imagen psíquica (o representación) de este objeto perdido está fuertemente sobreinvestida por compensación. Ahora bien, hemos visto que tal sobreinvestidura afectiva de la imagen genera dolor. Pero el grado superior de esta sobreinvestidura provocará otra cosa que dolor: entrañará la alucinación de la cosa perdida cuya imagen es el reflejo. En efecto, la alucinación de las sensaciones fantasmas procedentes del brazo amputado, o la alucinación de la presencia fantasma de un marido desaparecido se explicarían ambas por una sobreinvestidura tan desproporcionada de la imagen de esos objetos perdidos que ésta termina por ser eyectada fuera del yo. Y es allí, fuera del yo, en lo real, donde la representación reaparecerá bajo la forma de un fantasma. Diremos entonces que la representación ha sido forcluida, es decir sobrecargada, expulsada y alucinada. El fenómeno del miembro fantasma o del amado fantasma no se explica pues ya por medio de una simple negación de la pérdida del objeto amado —brazo amputado o ser desaparecido—, sino por medio de la forclusión de la representación mental de dicho objeto.
Pero la sorprendente afinidad entre estas dos alucinaciones fantasmáticas muestra también hasta qué punto la persona amada es, en rigor de verdad, un órgano interno del yo tan esencial como pueden serlo una pierna o un brazo. No puedo más que alucinar esa cosa esencial cuya privación perturba el funcionamiento normal de mi psiquismo.
Justamente, es hora de retomar nuestras interrogaciones sobre las particularidades del otro amado cuyo duelo tenemos que hacer. En efecto, entre todos aquellos que amamos, ¿cuáles son los pocos seres a los que consideramos irreemplazables y cuya pérdida súbita provocaría dolor? ¿Quién es ese otro elegido que hace que yo sea lo que soy y sin el cual ya no sería más el mismo? ¿Qué lugar ocupa en el seno de mi psiquismo que me resulte tan esencial? ¿Cómo nombrar ese lazo que me une a él?
Con todos estos interrogantes, querríamos finalmente elucidar ese vínculo misterioso, el del amor, que nos une al otro elegido. Las respuestas a estar interrogaciones van a conducirnos a una nueva definición del dolor.
Bibliografía: El libro del dolor y el amor -Juan David Nasio
“Dios ha muerto. Parece que lo mataron los hombres.”
— Nietzsche
“Tenemos arte para no morir de la verdad.”
— Nietzsche.
“Muchas veces el amor es mezquino, hace que seas tan infeliz como feliz, sin embargo la libertad siempre es felicidad (…)”
— Facundo Cabral
Estos días, resumidos en una sola imagen.
El trauma es lo real como inasimilable. Es una excitación sin palabras, sin saber. Es un hecho sin dicho.
(via belle-indifference)
Para Lacan, el psicoanálisis no es en principio una teoría y una técnica de tratamiento de perturbaciones psíquicas, sino una teoría y una práctica que confronta a los individuos con la dimensión más radical de la existencia humana.
Slavoj Zizek (via belle-indifference)
Conozco esas lágrimas que no caen y se consumen en los ojos, conozco ese dolor feliz, esa especie de felicidad dolorosa, ese ser y no ser, ese tener y no tener, ese querer y no poder.
José Saramago (via belle-indifference)
Hay una historia detrás de cada persona. Hay una razón por la que son lo que son. No es tan solo porque ellos lo quieren. Algo en el pasado los ha hecho así, y algunas veces es imposible cambiarlos.
Sigmund Freud (via belle-indifference)
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