DE LO ESPIRITUAL EN EL ARTE
Cualquier creación artÃstica es hija de su tiempo y, la mayorÃa de las veces, madre de nuestros propios sentimientos.
Igualmente, cada periodo cultural produce un arte que le es propio y que no puede repetirse. Pretender revivir principios artÃsticos del pasado puede dar como resultado, en el mejor de los casos, obras de arte que sean como un niño muerto antes de nacer. Por ejemplo, es totalmente imposible sentir y vivir interiormente como lo hacÃan los antiguos griegos. Los intentos por re-actualizar los principios griegos de la escultura, únicamente darán como fruto formas semejantes a las griegas, pero la obra estará muerta eternamente. Una reproducción tal es igual a las imitaciones de un mono.A primera vista, los movimientos del mono son iguales a los del hombre. El mono
puede sentarse sosteniendo un libro frente a sus ojos, dar vuelta a las páginas, ponerse serio, pero el sentido de estos movimientos le es ajeno totalmente.
Hay, a pesar de esto, otra igualdad exterior de las formas artÃsticas que se asienta en una gran necesidad. La igualdad de la aspiración espiritual en todo el medio moral espiritual, la aspiración hacia metas que, perseguidas primero, fueron olvidadas; es decir, la igualdad del sentir interno de todo un periodo puede llevar lógicamente al empleo de formas que en un perÃodo anterior sirvieron positivamente a las mismas aspiraciones.
Asà nació parte de nuestra simpatÃa, nuestra comprensión y nuestro parentesco espiritual con los primitivos.
Como nosotros, esos artistas puros buscaron reflejar en sus obras únicamente lo esencial: la renuncia a lo contingente apareció por sà sola.
* Vassily Kandinsky, De lo espiritual en el arte, México, Premia editora, S.A., 1981