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Baby Driver, una canción para inadaptados.
Unas suaves cuerdas intercalan los poderosos obligados con el que Bellbottom y Baby Driver abren. Una secuencia grandiosamente ejecutada en donde la edición se luce y el ritmo se sincroniza perfecto con el tema de The Jon Spencer Blues Explosion. Es una muestra de lo que veremos durante toda la película; como la obertura de un musical. Y es ahí donde encuentro la mayor referencia de Baby Driver.
El género del musical ha sido malentendido. Se le acomoda en la categoría de comedia, más cercano al de “comedia romántica” o simplemente al de “chick flicks” pero habría mucho que discutir sobre eso. En lo personal, siempre lo he encontrado mucho más cercano a la “fantasía” o inclusive a lo surreal —al absurdo, en muchas ocasiones—. En el musical, necesitamos una historia que se nos cuente a partir de canciones y bailes que no ocurren en la realidad sino en la cabeza de cada personaje y que sólo ellos —y nosotros, espectadores— podemos escuchar. Por lo tanto es meramente un ejercicio imaginativo en el que se interpreta la realidad mediante música y coreografías. Cada personaje (o situación, o lugar…) tiene su propio tema musical y con ello se crea una armonía y/o un contrapunto conjuntando a todos los personajes y escenarios (encuentro inspiradora la capacidad que tienen algunos personajes para escuchar y hasta bailar al mismo ritmo).
Edgar Wright entiende muy bien esto, que la música es una manera de interpretar el mundo. Ahí está Baby haciendo cintas con samplers que graba de las conversaciones (¿por ego, acaso?, tal vez por la necesidad de repetirse a sí mismo que es bueno en lo que hace y expiar culpas con ello. Quizá solamente por lo divertido y sinsentido que le resulta toda la realidad). O sacando de quicio a Jamie Fox con una coreografía de manos (¿air piano?) impresionantemente interpretada, al nivel del mismísimo Chaplin en La Quimera de Oro, bailando con los panecillos. (¡Muy bien, Ansel Elgort!).
Pero además de la música creada por el mismo personaje principal, está la música que nos acompaña durante toda la película (también reproducida por él) que nos explica lo excluido que se siente en un mundo donde no hay sino ruido (un zumbido), producto de un pasado tormentoso que lo ha llevado a tomar decisiones que lo alejan más y más de la gente. Por un lado, está su madre quien le heredó desolación y tristeza en los ojos pero también un espíritu de aventura y bellas melodías. Por el otro, el recelo a un padre incomprensivo y violento. Ambas partes, construyendo un presente para Baby en donde no puede detenerse (hasta que encuentre su redención). Canciones que le evocan ese pasado, cassettes que guarda en un cajón y al que lanza miradas de miedo, quizá, para evitar encontrarse con recuerdos más felices pero lastimeros. Y claro, está el hecho de que la película en sí, es una canción; un mash-up entre muchas canciones, entre muchos soundtracks, entre muchos mundos y mentes; entre disparos, rechinidos y motores de autos que se empalman con un ritmo cinematográfico y musical.
Wright cuenta cada vez mejor sus historias y cuenta cada vez mejores historias de inadaptados. En esta ocasión, lo hace a partir de la música (y a mi sentir, del género musical, en específico). Baby busca la canción perfecta siempre para mantenerse en un ritmo, para encajar con él. Habría que preguntarnos en qué tono y en qué ritmo encajamos nosotros —con audífonos y sin ellos—. Como simple ejercicio imaginativo.
El desmoronamiento.
Lo verdaderamente difícil fue perder los ojos. Cuando me diagnosticaron, el panorama parecía insoportable. Un virus, dijeron. Se habían presentado ya casos en Asia, África y muy pocos en Europa. Era tan nueva la enfermedad que ni siquiera recibía un nombre aún —no uno conciliatorio, al menos—. Los síntomas variaban, no estaban seguros de si se trataba de la misma enfermedad. Influía la región, el modo de contagio, la clase social y ese tipo de cosas. Pero ya se oía por ahí el rumor de una rara enfermedad que había surgido en el mundo: “El desmoronamiento”.
La verdad es que fue duro, hubo muchos momentos en que creí que no llegaría a la mañana siguiente pero siempre las exigencias del día a día nos obligan a adaptarnos. Así que cuando perdí la primera pierna, no fue tan terrible. Podía caminar aún, claro que no podía jugar ya baseball —que era mi deporte favorito en el mundo— pero aún podía sentarme en las gradas y recordar épocas mejores.
El pie izquierdo dolió, porque caminar sobre un muñón no es nada sencillo o placentero. Por momentos seguía creyendo, y podría haber jurado, que mi pie seguía ahí. Era hasta que caía por un mal paso, que recordaba la realidad. Una sensación extraña, casi como si tuviera un pie que podía atravesar el suelo y desaparecía al instante.
Podía notar, conforme avanzaba la enfermedad, la compasión de todos. “Pobrecito… tan joven”, alcanzaba a escuchar los murmullos alrededor. Y aunque muchos habían jurado permanecer a mi lado y apoyarme en todo momento, con el tiempo se acababa su paciencia, su amistad, su cariño, su incondicionalidad. Al final, sólo quedaron mi familia y unos cuántos amigos que quizá la culpa era quien se encargaba de mantener cerca.
Los brazos fue lo más difícil de aceptar. Qué te queda cuando no puedes actuar inmediatamente, por instinto, en el modo “manual” de las cosas. Ahora mis procesos de pensamiento eran mucho más profundos, rápidos, confusos y acompañados de frustración después de darme cuenta que no era tan sencillo ya realizar las tareas.
Las cuerdas vocales fueron descomponiéndose poco a poco. La tristeza fue paulatina. La tristeza de no poder gritar es de las que más rompen a uno. Realmente me estaba desmoronando en partes. Pero cuando los oídos comenzaron a fallar, la tristeza se volvió angustia. Realmente quería escuchar lo mismo todos los demás estaban escuchando y que a mí me era tan imposible. Podía ver en sus caras de enojo y desesperación cómo su amor y comprensión se iban agotando. Con algunos hasta llegué a percibir incredulidad.
Pero mi devastación llegó cuando perdí los ojos. No es que dejara de ver… no sé explicarlo. Se volvió complicado: comencé a ver diferente. Podía percibir cosas que antes no podía. Así, un día, mi familia tampoco soportó verme así. Simplemente comenzaron a ignorarme. Nunca más dirigieron una mirada hacia mí. Ni ellos, ni nadie que visitaba la casa. Era como un bicho, como una hierba que crece en un rincón y no puede moverse, no puede expresarse; sólo está y eso es todo. Estar y sentir.
Ingesta de caramelos.
Se acercó a la máquina de dulces y accionó la palanca. Planetas, asteroides, estrellas y su luz, empezaron a ser devorados por un agujero negro que acababa de formarse.
Propaganda intergaláctica.
Los nomequedo.
I
Tras décadas de trabajo que no nos llevaba a ninguna parte, misiones fallidas, esperanzas falsas, sueños rotos y millones de recursos gastados en ello; el gobierno decidió dar por terminadas las misiones al espacio. En específico, aquellas cuya misión fuera establecer nuevas poblaciones en Marte. La Tierra ya no era considerada un lugar habitable.
Habíamos ciertos sectores que no estábamos de acuerdo, que esperábamos nos dieran una última oportunidad pues, esta vez estábamos preparados para todas las eventualidades; y como científicos, no podíamos considerar ‘quedarnos a morir’ como una solución al problema. A ese grupo de renuentes/revolucionarios se nos conoció como: “Los nomequedo”.
II
Bajo condiciones precarias y con un muy bajo presupuesto, un grupo de científicos han estado trabajando en una estación oculta.
Hoy, a las 09:22 horas, después de que las zonas aledañas reportaran vibraciones en el suelo, y muchos otros habitantes del lugar abandonaran sus hogares por miedo a que comenzara la segunda separación continental; se registró el lanzamiento de una nave que se encontraba subterránea. Hasta ahora, se ha reportado que dicha nave ya ha abandonado el planeta Tierra. Se indaga que es otra misión a Marte de la que no se tenía registro. La NASA se ha deslindado de dichos actos, inclusive se ha acusado y buscado a los responsables pues, se especula que dicha misión ha sido operada por los autores de los múltiples robos a materiales y dinero. Así como a los “ataques terroristas” reportados por instituciones gubernamentales en los últimos seis años. Recordemos que en 2124, después de casi un siglo de resolver el viaje a Marte, comenzaron las muchas misiones al planeta rojo. Ninguna de ellas con éxito. Siendo la misión Dédalo IV la única que logró permanecer quince años en la superficie, para después ir muriendo uno por uno, los tripulantes.
Gente teoriza sobre estos grupos. Algunos dicen que se les conocen como los “Nomequedo” (un nombre falto de solemnidad para tiempos faltos de solemnidad). Se dice que son grupos que ha trabajado para seguir con las misiones de repoblar un nuevo planeta. El gobierno condena dichos actos y los cataloga como “grupos fanáticos”. Reitera la nula necesidad de salir del planeta. “Según nuestros científicos, nos quedan al menos otros cien años como pobladores predominantes de la Tierra. Sin embargo, se invita a que comencemos a cuidar mejor nuestro hogar”, dijo un vocero presidencial.
III
Han pasado 280 días desde que dejamos la Tierra. El Capitán ha dado la orden de que nos preparemos para descender hacia Marte a primera hora por la mañana (tiempo de la Tierra). Sinceramente, no creo que logremos mucho. Es cierto que esta vez tenemos a bordo a las mejores mentes del planeta, pero si me preguntan —y les suplico la mayor discreción en esto—, dentro de mí siento como si estuviésemos condenados a nunca lograrlo en Marte. Como si existiera algo mayor a nosotros que nos impidiera emigrar. Casi como si fuera una ley natural quedarnos a morir donde nacimos. No me mal entiendan, creo en la causa. Si he llegado hasta acá, es porque la esperanza me ha guiado. Ningún ser humano debería vivir sin deseos ni esperanza. Hasta ahora, hemos sabido llevar una misión por nuestra cuenta. Sin mantenimiento de la Tierra o comunicación siquiera. No ha sido nada fácil pero supongo que cuando la vida —no sólo de nosotros sino de todos ustedes— está en juego, no hay más que hacer. Creo en tiempos en donde no seamos criminales y los años y logros nos rediman. En donde esta bitácora, sea prueba de nuestras creencias y razones para la desobediencia. Aunque la humanidad nunca nos perdone; espero, ustedes mis hermanos, puedan hacerlo algún día.
P.D. Si veo a papá, le mandaré saludos de su parte, como prometí.
IV
Al llegar a Marte, hubo un factor con el que la tripulación no contaba. Era inesperado y había aparecido de la nada.
En los últimos seis años que no se había tenido contacto con el árido vecino, se había generado una nueva capa que cubría al planeta. Era bastante peculiar y extraña, pues, a diferencia de la atmósfera polvorienta a la que estaban acostumbrados, esta parecía ser más sólida que gaseosa. Nunca pudo la misión enterarse de sus componentes, ni examinarlos, ni dar aviso a la Tierra sobre su existencia, pues la nave se hizo polvo al contacto con ella. Polvo que sirvió como adorno y camuflaje para el peligro que esperaba al próximo que intentara entrar de nuevo ahí.
V
—Al parecer, el cáncer ha seguido intentando esparcirse a otras células pero este nuevo tratamiento ha respondido mejor a su cuerpo. Es como si al fin, las células renuentes, se hayan resignado a morir solas por el bien del sistema.
—Habla como si fueran conscientes, Doctor.
—No tenga cuidado. Hasta donde sabemos, no lo son.
Moon Balloon Canvas Print by Vin Zzep
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El crujir de los años.
En la madrugada era cuando a Hugo más le daba miedo estar solo. No era sólo la obscuridad y el silencio reinante en todo el cuarto y en la casa. Eran, además, las preguntas tan incómodas y angustiantes; los escenarios tan poco prometedores del futuro; el largo camino que había recorrido y el tan poco tiempo que se le acortaba cada día más, cada noche más, cada insomnio más.
Fue una de estas noches que lo supo: su casa estaba viva. No sólo eso, sino que que estaba a punto de ya no estarlo. Le aventajaba años y vivencias pues había estado con su familia por más de tres generaciones. Se preguntaba si sus ancestros también la habían sentido respirar y morir al final de sus vidas. Ese mismo techo había visto su abuela en sus días de enfermedad, ¿o el techo la había visto a ella? La gente siempre usa la expresión “si las paredes hablaran...”, Hugo se preguntaba si más bien, la gente no supiera/quisiera escuchar. El letargo de la noche, o la proximidad de la muerte quizá, le hizo entonces poder entender que las casas también tienen corazón y voz.
Las tuberías comenzaron a llamarlo a través de las paredes:
—¡Hugggo!, ¡Hugggo! —con un tono casi monstruoso. Como el de una criatura que le cuesta articular palabras porque está aprendiendo a hablar.
Aterrado, se cubrió la cara con las cobijas, pero no sintió que un hombre con canas y bigote grueso sobre la boca, debiera comportarse así. Carraspeó e intento cerrar los ojos, como si eso bastara para conciliar el sueño.
De pronto, el suelo crujió y casi inmediatamente el buró junto a su cama también, haciendo que un brinco involuntario lo hiciera ponerse nervioso y a su corazón acelerarse. Era como si alguien se arrastrara intentando acercarse. Intentó convencerse de que era ridícula la idea de que un mueble quisiera comunicarse con él pero ahora eran golpes en la pared los que le rogaban ser escuchados. Un grito ahogado, como el de un anciano cansado, de pronto comenzó a sonar intermitentemente; era el boiler que se unía a la orquestación. Llegaba el turno a las ventanas: comenzaron a aullar y a retumbar violentamente. Ya no podía más, no quería morir así, no quería morir de miedo, pero esa fue la vida que había escogido. Nunca quiso nada más. Nunca quiso un trabajo que lo matase eventualmente, como a muchos de sus amigos. No quiso una vida acompañada de seres amados que terminarían dejándolo solo de una u otra manera; tampoco quería morir de soledad. Pensándolo bien, morir de miedo no era tan malo, hay formas mucho más crueles de morir y de irse extinguiendo.
Su estómago crujió por la colitis nerviosa que le atacaba y entonces soltó una risa.
—¡Ja! No somos malos, tan sólo estamos muy viejos ya, ¿no?
Los ruidos cesaron, o al menos, dejó de percibirlos. Tan sólo escuchaba su respiración resonar en el cuarto. Se envolvió en las cobijas de nuevo y se dio la vuelta al otro lado de la cama.
—Bueno, si es que quieres que nos vayamos juntos, estoy listo. Ya sabes dónde duermo. —Volviendo a reírse ya con los ojos cerrados.
De pronto, el teléfono sonó.
Extrañado, volteó del lado del buró con el teléfono. Con un poco de temor de nuevo, levantó la bocina y escucho tan sólo su respiración al otro lado de la línea.
Un amigo espacial.
Me hubiera gustado ser más alto, más carismático, más agraciado. Me hubiera gustado no resentir tanto las cosas. Dejar que el tiempo se llevase todo sin dejar marca en los días: olores en un recuerdo, sonidos atados a la memoria de días mejores, de nostalgias sinsentido. Me gustaría no ir dejando pedazos de mí por la ciudad; desprendimientos de mi cuerpo debido a la fricción, a la resistencia de ir creciendo.
Pero sobre todos estos arrepentimientos, me hubiera gustado más, poder ir al espacio. Asombrarme ante lo sublime de las estrellas, viajar entre los planetas y poder conquistar alguno de ellos tan sólo con mi huella marcada en su nunca-antes-pisada superficie.
Qué cruel fue la vida, que me hizo tan no-apto para ser un astronauta. Me imagino haciendo la prueba de la centrífuga: expulsando todos y cada uno de mis órganos por el mareo. O fallando en cada prueba psicológica, perdiendo la razón ante el encierro y el aislamiento. U olvidando sellar la nave, el traje de mis compañeros o mi propio traje por la poca concentración. Extrañando a todos las personas que amo en este planeta y sintiendo una ansiedad terrible de estar lejos. Sin contar el miedo a las alturas, la poca coordinación, las alergias a cualquier material sintético, la nula paciencia ante los retos, mis treinta y seis años sin experiencia y el que en mi país no haya programa espacial.
Guardo la esperanza de que algún día, alguna persona cercana a mí, se convierta en astronauta. Que sea un gran físico, que tenga habilidades mayores a cualquier ciudadano estadounidense y lo inviten a un lanzamiento espacial. Que fuese tan grandioso y necesario en la tripulación, que pudiese pedir cualquier cosa sin serle negado nada. Así, él me invitaría —a mí, a su amigo entrañable, compañero de toda la vida—, a su primer viaje estelar. No soy exigente, no pido ni siquiera que sea tan lejos. Si es a la Luna, me doy por bien servido.
He soñado tanto con ese día, que es lo único que me mantiene con esperanza de que aún no llegan los mejores años. Siento tanto vértigo y cosquilleo cada que pienso en ello, que me he estado preparando secretamente para ese día. Nunca fui bueno con la física, las matemáticas, ni nada que me pudiese ayudar a sobrevivir allá, pero ya me sé todas las letras del Ziggy Stardust.
Nacido para perder.
Arregló la máquina del tiempo, aplastó una mariposa y no cambió absolutamente nada la vida de nadie en ningún lugar del mundo.
Falta de oxígeno.
Así estaba la situación: quedaban, aproximadamente, quince minutos de oxígeno en mi traje; tenía que idear la manera de pasar de una estación a otra antes de que los sistemas terminaran por freírse. Podía intentar usar la cápsula, pero me arriesgaba a entrar a la órbita del planeta y quedar atrapado por décadas en ella. Ningún propulsor funcionaba, necesitaba arreglármelas con mis conocimientos físicos. Necesitaba hacer los cálculos exactos para poder desplazar la estación unos cuántos metros y en cuestión de segundos, activar la cápsula aprovechando la trayectoria que crearía el impacto que tendría la estación cuando fuese golpeada por el satélite que estaba a dos minutos de colisionar contra nosotros. La misma trayectoria del impacto —si mis cálculos seguían siendo tan exactos como en la academia— me llevaría a apenas 4.45 metros de la otra estación; sería un tramo considerable para avanzar solo con ayuda del SAFER de mi difunto compañero, Werner. Y no lo pienso más, sólo me aviento, con la teoría en mi mente, intentando hacer todo lo más preciso posible para no errar en nada que esté en mis manos. La nave se impacta, veo el cuerpo de Werner volar en mil pedazos. Intento no hacerlo pero parpadeo más de lo debido, casi al punto de cerrar los ojos. Me repongo, me muevo lo más rápido posible. Todo pasa muy rápido y en silencio, como si se tratase de una película muda. Entro a la cápsula, programo el desenlace y… ¡Fuiiish!
—Oye, oye, amigo. ¿Se puede saber qué pasa?
…
—Bueno, pues… aquí me bajo. —¿Cómo?, ¿me vas a dejar así...?, ¿...en medio de esto? —Calma, calma. Prometo que en cuanto llegue a casa lo terminaré. —¡Ja! Ya he escuchado eso, ¿recuerdas el capítulo III? Te dormiste a menos de la mitad y lo terminaste hasta dos noches después. No sé tú, pero yo no podría dormir sin saber si estoy vivo o muerto. —Pero quedan más de trescientas páginas; eres el personaje principal… estoy seguro que vivirás. —¡Ese no es el maldito punto! No importa si vivo o muero, es que no puedes simplemente abandonar la historia cada que te plazca. —Sí que puedo, soy el lector, puedo hacer lo que me venga en gana. —Claro, ustedes siempre tienen el derecho a reinventarnos, a abandonarnos a interpretarnos... ¿sabes qué? Cierra ya el maldito libro. Ni siquiera sé por qué me esfuerzo.
Cuando bajó del metro, notó que seguía escuchando al astronauta refunfuñar entre las páginas, entre los libros, entre su mochila.
—Ya se le acabará el oxígeno —pensó.
“TO IVAN & KRISTYN, FOR YOUR 5TH” Anniversary gift. Pen and ink, Copic marker. 11x14
Cuando las soledades se tocan.
Cuatro de la madrugada. Plop, plop, plop. Nadie alrededor más que yo, oyendo caer la lluvia, esperando el elevador. Plop, plop, plop. Fue un día difícil. “Éstas no son horas de trabajo”, me repito. Sólo pienso en subir a casa, preparar un tazón de cereal e ir a la cama. La cama donde nadie me espera, donde no he tenido el tiempo de cultivar una relación. Plop, plop, plop. No sé por qué no le dan mantenimiento a estos elevadores. Cada vez tardan más en bajar los quince pisos. “Si alguien exigiera mi presencia en casa a buenas horas, no soportaría más esto”, me excuso. No sé por qué no le he dado mantenimiento a mi vida. Plop, plop, plop. La puerta principal suena. Alguien más que llega a estas horas. De repente no me siento tan solo. —Buenas —alcanzo a escuchar. —Buenas —contesto, mientras le echo un vistazo. Plop, plop, plop. Nunca lo había visto antes en el edificio y llevo viviendo trece años en el mismo departamento. Es un tipo de unos cuarenta años, pero no tiene la pinta de venir de visita. Parece estar sintiendo lo mismo que yo: sólo el anhelo de llegar a casa de una vez por todas. Me pregunto si alguien lo espera. Lo envidio. Plop, plop, plop. Al fin llega el elevador. Se me adelanta para detener la puerta y dejarme pasar. —Gracias, ¿a qué piso va? —Al tres, por favor. Al mismo que yo. Es del departamento de en frente, seguramente. Donde vive la vecina del trescientos seis. Ya decía yo que una señora tan guapa, a su edad, no podía estar sola. No ha pasado mucho desde que vinieron a vivir aquí. Si fuera una hora adecuada, le preguntaría. Son el tipo de conversaciones que se tienen en un elevador. Pero ninguno de los dos tenemos cara de estar dispuestos a tal rito. Se abre la puerta del elevador. Plop, plop, plop. —Permiso. —Propio. Salgo primero, saco la llave lentamente para corroborar que vive con la del trescientos seis pero no pasa nada. Echo otra mirada de reojo y lo noto detrás de mí. Siento nervios. Entiendo que quizá sea mejor ya entrar a casa y confirmar su domicilio por la mañana. Me apresuro a meter la llave pero mi mano choca con algo. Lentamente y con más nervios bajo la mirada. Ahí está también su mano, con la misma llave. Nuestros rostros se encuentran, con la misma expresión de terror. Plop, plop, plop.
Clon.
La vio por primera vez a unas cuadras de su casa. Justo después de besar a su esposa después del desayuno para ir a trabajar.
Teorías dicen que todos tenemos al menos un doble exacto en alguna parte del mundo. Bueno, él era muy afortunado por haber conocido al doble de su esposa a unas cuántas calles. No podía confundirla, tenía la misma sonrisa, los mismos ojos, el mismo meneo de caderas al caminar y no era algo físico solamente, incluso sentía esa presencia, sensación que no-se-sabe-explicar cuando se tiene a ese “alguien” cerca. Sabía que se hallaba ante algún fenómeno —error— cósmico que había puesto a la persona que amaba en un mismo mundo dos veces. Su mundo.
Con el pasar de los días, se fue haciendo a la idea de que era sólo una ilusión, producto del tanto estrés que cargaba en sus casi cuarenta años de ardua vida, repartidos en ocho de matrimonio, catorce de empleos poco estables y diez de deudas monetarias. Nadie parecía verla. Esperó a que el vecindario comentara algo al respecto.
—¿Ya viste a la nueva vecina? ¡Pero si es el clon de tu mujer!
Nada.
La presión aumentó cuando ella también pareció notarlo a él. Lo saludaba, le hacía plática, le pedía ayuda para cargar las bolsas del súper. Claro que él la evadía, se inventaba dolores de espalda o resfriados para no saludarla de beso. Se preguntaba si sería engañar a su esposa con su misma esposa. Se preguntaba si eran reales, siquiera, aquellas visiones que tenía. Para salir de la duda —y más que nada, porque le quemaba por dentro el deseo de acercársele— se dirigió una tarde a su puerta. Esa tarde pasó hasta su sala, se sentó, aceptó un vaso de agua, platicaron, se rieron; pero nunca se atrevió a preguntarle por qué estaba ahí, mucho menos si estaba hecha de carne y hueso. Lo que más le atemorizó fue que ella era una versión joven de su esposa. Estaba justo en la edad en que él se enamoró de ella, en que todo era divertido, en que existía una descarga eléctrica que le hacía sentir bien siempre que iba de vuelta a casa.
Como era obvio se enamoró y cada vez pasaba más tiempo con ella que con su esposa real. Así fue como decidió quedarse con el clon, que era más joven, pero aún así tenía la misma sonrisa, los mismos ojos, el mismo meneo de caderas al caminar y no era algo físico solamente, incluso sentía esa presencia, sensación que no-se-sabe-explicar cuando se tiene a ese “alguien” cerca. Sabía que se hallaba ante algún fenómeno —error— cósmico que había puesto a la persona que amaba en un mismo mundo dos veces, pero con diferente nombre.
Lo que hay antes de que haya algo (uno de terror) por Liniers.
"Se acercó y me pidió un cigarrillo. Se lo di, y de propina 4 años de mi vida, y un agujero irreparable en el fondo de mi alma."