Cuando tienes 15 años, no esperas que sea el comienzo de que algo terrible te pase y que se prolongue por más de 4 años.
A esa edad las cosas no están muy claras. Andas en busca de una identidad, no sabes muy bien quién eres, nada es muy claro, crees saberlo todo, pero en términos coloquiales: no sabes para dónde va la micro. Sobre todo, si vienes de una familia media “disfuncional”, eres víctima del pseudo abandono y nadie en el mundo se preocupa por ti.
A los 15 años creí conocer a quien ingenuamente sería “el amor de mi vida”, ese “amor de mi vida” tenía 8 años más que yo.
Esa persona comenzó a sacarme fotos tal Lewis Carroll comenzó a fotografiar a niñitas chicas. Me encegueció totalmente con su lente. Niña, 15 años, baja autoestima, insegura e inquieta por conocer el mundo. Viene esta persona –quien crees es el “amor de tu vida”- y te dice que eres hermosa, que mereces ser tratada con amabilidad, que nadie más en el mundo es capaz de verte como él lo hace. Cuentos y clichés que son muy bien comprados cuando tienes 15.
Comencé una relación amorosa a los 15 con esta persona. Todo iba bien al comienzo (como siempre), me sentía importante, querida, protegida. Comienza a mostrarme cosas que me interesaban pero que nunca tuve cómo acceder a ellas: películas … buenas películas, música… buena música, lugares… bonitos lugares, el mundo, su mundo - ¿y el mío? -.
No dimensioné de que ya no existía más un yo, era un él. Él y yo una extensión de sí mismo. No me di cuenta porque nadie me dijo, porque era lo mejor que podían ofrecerme en ese momento, porque no tenía nada más en el mundo.
A los 2 años de relación me fui a vivir a su casa, con su familia. Creí que era lo mejor para mí, en “mi casa” las cosas no funcionaban, en la casa de mi pololo, pensaba, tenían algo que ofrecerme, protección e importancia, por ejemplo. Y claro estar cerca de él todo el tiempo me pareció una idea fantástica… era “el amor de mi vida” ¿no?
Aquí comenzó lo que sería el inicio de mi caída al vacío. Mi anulación completa como ser humano, y más importante, como mujer. Mi vida era en son de él, todo lo que hacía era para él. Estudiaba y trabajaba para él, para “nuestra relación”, veía lo que él veía, iba donde él iba, escuchaba lo que él escuchaba. Una simple extensión de otro ser humano, un hombre.
Creía ser feliz así, creí que todo marchaba bien, que estaba construyendo algo. Recuerdo no tener si quiera pensamientos en aquella época. Sólo vivía tal cual piloto automático en son de alguien. Pero todo bien ¿no?
Esta persona comenzó a hacer cosas que me di cuenta no me gustaban, como por ejemplo consumir alcohol en exceso. En toda situación, en todo contexto, en todo momento. Yo no tomaba, ni tampoco lo hago ahora, porque no me gusta el alcohol.
En juntas sociales, me exponía a llevarlo a la rastra hasta la casa en condiciones de ebriedad extrema. De providencia hasta puente alto. Recuerdo criticarlo por aquello, y él decirme que qué me importaba a mí -y aunque suene sin mucho sentido- si mis papás no me querían, eran unos “viejos culiaos”, y yo una “pobre cabra”. Llegábamos a la casa y le pedía que por favor vomitara en el baño y no en la cama, en nuestra cama. Sin embargo, no le importaba, supongo era tan grande su ebriedad que ni siquiera era capaz de tirar su vomito por el wc (esto paso muchas veces). Así que vomitaba en la cama, o en el piso, cama y piso que limpiaba yo, porque si no lo hacía me criticaba, no sólo él, sino que también su familia por “no cuidarlo” -hilarante-. Pues tenía que hacerlo, si total el me mantenía ¿cierto?, yo no tenía casa ni lugar en el mundo, era mi forma de gratificarlo, porque me cargaba el pase para ir a la U y porque en su casa me daban comida y agua caliente.
Su “trabajo” era – es- fotografiar a otras mujeres, y nunca me sentí incómoda por aquello, pues lo veía como algo profesional. Lo apoyaba incluso en buscar mujeres que “él aprobara” para fotografiar y así ampliar su portafolio (siempre era con ese fin). Prefería no acompañarlo, porque me decía cosas tontas como que necesitaba conectarse con la modelo, qué se yo.
Una vez -mala idea-, lo acompañé a una sesión, sesión que yo le conseguí. Conocí a la dueña de una tienda nombrada del barrio bellas artes a través de un concurso de Instagram que gané, ella se interesó en las fotografías de mi ex, así que hice el vínculo para que concretaran este trabajo en el cual estuve presente, pero no en su totalidad, sino que en la segunda parte, así que la modelo, un amigo zorrón de él que llevó, y la dueña de la tienda tuvieron la oportunidad de conocerse más en la primera instancia (junta que terminó en un bar y alcohol por supuesto). Fui a la segunda instancia, como mencioné al comienzo de este párrafo. Me pareció extraña y de extrema confianza la relación entre todos. Sobre todo, entre mi ex y la modelo, pues le habló como si la conociera de toda la vida y le tiraba comentarios raros. Me sentí incomoda y totalmente fuera de lugar. Esta segunda etapa también terminó en un bar de mala muerte y alcohol. Yo no quería ir, pero fui para no quedar de amargada aguafiestas. Me pareció que 2 vasos por persona estaba bien dado el contexto, así que le pedí que nos fuéramos porque vivíamos en la periferia y se nos haría tarde. Se enojó conmigo y me dijo que yo lo había avergonzado frente a todos, que nunca podía compartir nada, que era una amargada y blah blah, y claro, cómo no… herí su honra y ego de macho, según él.
Él misteriosamente, siempre fue muy cuidadoso con su teléfono o computador. No dejaba que yo tocara sus cosas, y en esas cosas me refiero a todas sus cosas: sus películas Blu-ray, su teléfono, su Mac, “porque podía arruinarlo, porque yo arruinaba todo lo que pasaba por mis manos”.
Me percaté de que jamás dejaba sus sesiones abiertas de las redes en su propio computador, ni Facebook, ni mail, ni nada. Nunca le di mucha importancia. Tampoco al hecho de que llevase su teléfono incluso a la ducha. No se me pasaba por la mente que podía engañarme o algo (se me debió haber pasado por la cabeza…). No estaba ni estoy de acuerdo en esto de revisarse las redes, me parece violento. Aun así, pienso que el que nada hace no tiene nada que ocultar, así que algo en el estómago me hacía sentir que ocultaba cosas, pero tenía terror de enterarme o ver algo que no debía ver, pues eso significaba adiós a tener un lugar donde vivir.
Un día estaba tras de él, yo en mi notebook en la cama, y él en su escritorio. Levanté la vista y vi que estaba en Facebook hablando con la modelo de la sesión que mencioné. El trabajo ya había pasado hace un tiempo así que me cuestioné el hecho de que estuviesen conversando, así que con miedo y vergüenza le pregunto “qué hablan” y él cierra la ventana de chat de forma inmediata y dice que nada que a mí me pudiese importar. Reaccioné mal y le pedí que por favor (por primera vez en nuestra relación), que me mostrase, que no podía estar tranquila si no me decía, Tuvimos una larga discusión, una pelea más bien. Finalmente accedió a mostrarme, pero primero tuvo que ir al baño. Cuando volvió me mostró la conversación y estaba completamente vacía. Fue hilarante, ya que en su transcurso de ir al baño la borró. Me sentí como una completa idiota, pues por qué razón él no quería que yo viese aquello. Reaccioné mal y me puse a llorar como loca, le pregunté si acaso me estaba engañando, y mil cosas más cuando estás casi seguro de que así es. Él por su parte tuvo su propia reacción: tiro un cuadro de foto al suelo, por ende, los vidrios saltaron por todas partes y me pega una cachetada. Sí, una bofetada en la cara. Quedé atónita, silenciada, aterrorizada. Su excusa a su golpe fue: “era para que te calmaras”. Después cada vez que levantaba su mano incluso para acariciarme mi reacción era protegerme con mis brazos, pues ese momento no se me borró más.
Desde ese momento en adelante algo cambió en mí. Algo en mi respecto a su persona. Ya no sentía admiración ni deseo por esa persona. No quería tener sexo con él, pero me obligaba a mí misma hacerlo, pues creía que debía hacerlo, vivía en su casa y no tenía lugar donde ir ¿no? Posteriormente comencé a sentir tanto rechazo hacia él, que no quería que llegase la noche para que no tuviese que tocarme. Está vez ya no me obligaba a mí misma, él me obligaba a mí. Evidentemente no quería tener sexo con él, pero accedía sin ganas porque me manipulaba de forma económica y emocional, me decía que yo no quería tener sexo con él porque ya no lo quería, y que tenía que hacerlo porque era mi obligación como su polola, y que si no lo hacía no me compraría los anticonceptivos porque no le daba el uso que corresponde. También porque vivía bajo su techo, comía su comida y dormía donde él dormía. Accedía y después terminaba con mucho dolor tanto físico como emocional. Después del acto lloraba del asco y la desesperación de no poder hacer nada al respecto, en ese momento creía no tener absolutamente nada en mis manos que me permitiese escapar de toda esa situación. Pasaron meses, y día tras día fue así.
En la ducha a diario me cuestionaba que qué haría con mi vida. No sabía quién era, ni lo que quería, todo lo que conocía de los 15 hasta ese momento era su mundo, que creía que era mi mundo. Me sentía sólo una extensión de su persona. Qué hacia todo lo que él quería. Hasta que en un momento sentí que simplemente no quería hacerlo más. Pero entonces qué. Me sentía basura, un pedazo de mierda, algo inexistente, no había un yo, quién mierda era yo, ¿acaso había un yo?
Comencé a ver su trabajo de otra forma, sentía que utilizaba a las mujeres para llenar su ego y para que los demás le dijesen lo talentoso que era. A todas les decía el cuento de que eran especiales y que las capturaba de forma particular simplemente por ser ellas. Yo veía que lo que quería era cosificar a las mujeres en espacios en los cuales sólo se sentía especial el mismo. Pues en su mundito “cinematográfico” sólo existía él, y las mujeres eran sus adornitos.
La situación se había tornado insoportable. Mi mente ya no podía, cada día me disminuía más y más, me estaba diluyendo. Sentía que el único momento de tranquilidad que tenía era el transcurso diario en el metro.
Llegó el día en que comencé a experimentar algo que nunca había experimentado antes, crisis de pánico y desbaste emocional. La ansiedad y la depresión habían tocado mi puerta producto de una situación insostenible. Yo en el fondo sabía que algo estaba mal, y que era aquello que estaba tan mal, pero no era capaz de reconocerlo.
La cama me comenzó a consumir, el llanto me desbordaba a diario, las crisis de pánico y angustia no se ausentaban. Perdí mi autonomía, no podía salir a la calle, ni bañarme sola. No podía comer ni conciliar el sueño, y lo peor es que yo sólo quería dormir para ausentarme de mi terrible realidad y del monstruo que fingía cuidarme culpando a los demás de mi “inexplicable” caída.
Cuando lloraba me decía que por favor me callara porque los vecinos podían escuchar, que lo estaba volviendo loco con mi llanto, que me sonara mis mocos porque me veía indecente con ellos colgando. Que por qué lloraba si tenía todo para ser feliz, incluyéndose.
Pasó un buen tiempo y yo no mejoraba, consideré la opción de suicidarme como única salida ante mi realidad. Pues pensaba que no tenía nada en el mundo, no tenía hogar, no tenía amor, no me tenía a mí misma porque no existía un “mi” porque yo era nada, porque yo estaba donde no quería estar porque no tenía otra opción, porque yo “debía” tener sexo cuando no quería con alguien porque no me quedaba de otra, porque yo me podía quedar en la calle desolada.
Él, no aguanto mi enfermedad, pues decía que lo estaba estancando, y que estaba perdiendo sus años de juventud y virilidad con alguien como yo, enferma, además. Así que un día a las 4 am -yo estaba llorando para variar- me dijo que no quería estar más conmigo, porque ya no me quería y porque yo le estaba quitando sus mejores años, así que me tenía que ir de su casa (amenazó a su mamá diciéndole que si yo estaba al otro día cuando el llegase, no iba a llegar más a la casa) Sentí algo extraño… una especie de alivio y por otro lado miedo, qué iba a hacer, pues no tenía donde ir.
Llamé a mi mejor amiga y le conté la situación. Me dijo que tomara un taxi y que me fuese a su casa. Me acogió allí por un largo tiempo. Me salvó por primera vez de una de tantas.
Él apareció un mes después para pedirme perdón y pedirme que volviésemos. Por supuesto que no accedí. Pues me bastó un mes para darme cuenta de que este hombre estaba desmoronando lo más valioso que tenía en el mundo: mi persona.
Está bien, no tenía nada en el mundo, y estaba comenzado a descubrirlo, pero a los 15 nada está muy claro, alguien me ofreció amor y cobija y corrí ingenuamente a sus brazos.
Hoy por hoy, lucho aún con mi salud mental, pero descubrí que cuando hay amor propio nadie puede destruir nuestro mundo. Si no te quieres sanamente a ti mismo, cómo esperas que alguien más lo haga.
También descubrí que este hombre me engañaba con la dueña de la tienda nombrada de bellas artes que le presenté (tragicómico ¿no?) mientras yo estaba enferma y que esa fue una de las tantas razones por las cuales me había dejado. Y bueno, que siguió engañando a más niñas menores que él con su redundante, patético y falso discurso feminista y su “posición” de fotógrafo. No quiero protegerlo, este hombre se llama Matías Leiva y será la última vez en mi vida que escriba ese nombre.
Ha pasado un año desde esto, y me costó reunir el valor suficiente para contar mi historia. Pues es esta, a mí también me pasó, como a muchas lamentablemente.
Es importante para mí que las niñas lean esto, y tengan el valor suficiente para dejar relaciones violentas que están tan naturalizadas, para que tengan cuidado con los farsantes que andan por ahí tratando de venderles un cuento para hacerles creer que harán mejor sus vidas. Las únicas que pueden hacer mejor nuestras vidas somos nosotras mismas, nadie más.