Huir de casa, salir de un momento para otro sin saber cuándo volverás o si podrás hacerlo. Todo se vuelve tan incierto, no hay a dónde ir, no existe un hogar. El camino que recorres, dejando atrás los muros que tan bien conoces, parece estar envuelto en una bruma que hace al tiempo ir a un ritmo pausado. Pasan los autos de quienes saben su camino y palmeras que se balancean por un viento suave. Te das cuenta de que el cielo puede ser gris pese a ser un día soleado.
Dentro del carro el ambiente es sofocante.
Y mientras miras por la ventana, perdida, piensas: «pronto esto será sólo una memoria». No hay nada más a parte de eso, cargas contigo unas pocas mudas de ropa, un cuaderno y las acuarelas. Siempre las acuarelas. Y del camino por delante sólo tienes una cosa certera: te tienes a ti y los tienes a ellos, al menos aún por un momento. Con eso es suficiente.
La primera vez que perdí mi hogar viví por un tiempo en un estudio, demasiado pequeño, probablemente capaz de dar cabida a historias, pero no las nuestras. Las casas guardan un poco de alma, las hay de todo tipo, me di cuenta de eso en aquel momento. Donde crecí era una casa silenciosa, sus ecos traían sólo los sonidos de los más pequeños insectos. Mi hogar era un fuerte donde por sus muros corrían trazos, en sus techos se extendían cielos y dentro de sus habitaciones se expandía un bosque.
Durante ese tiempo en el estudio no hubo otra cosa más que paredes claustrofóbicas. Estaba la incertidumbre, insectos que asemejaban hadas en el baño y ruidos de camiones en la madrugada. Era una casa de sueños, sin embargo, eran sueños de una mente ajena.
Mi estadía fue un conjunto de situaciones agobiantes. Cursaba el último semestre de preparatoria. La elección de carrera y el examen pesaban a cada paso de cada día, mis personas cercanas parecían cargar con demasiados problemas como para escuchar los míos y yo me encontraba perdida, las voces en casa eran una jaula que dejaba con sus filos costras en mi reflejo; el futuro yacía así, sinuoso y desconocido.
En esos días ajenos, creé un laberinto de pasillos infinitos, a donde escapaba cada que el golpe de la realidad me asfixiaba. Quería huir lejos, desaparecer del mundo.
Empecé a sentir que incluso mi alma era un errante sin un refugio, que mi cuerpo no era ya el hogar de siempre. Fueron días extraños.
Luego de un tiempo regresamos a casa, volví a encontrar el rincón perfecto para dejar pasar las horas. Durante los dos años siguientes permanecimos allí, quiero creer que como antes, pero lo cierto es que una parte del hogar se desprendió al momento de aquella huida. No sé en dónde quedó.
Y luego, de nuevo, tuvimos que abandonarla, esta vez como definitiva. Para ese momento una parte de nosotros se había despedido de ella, otra parte sin embargo, era renuente a la idea de tener que partir tan pronto. Fue una semana ajetreada. Inesperada. El día de la partida entró en casa un gato negro, olfateó los cuartos, jugó con nuestros pasos fantasmas. Él tuvo más tiempo que nosotros para ver aquellos trazos de memoria que aún pendían a contraluz.
Cuando sales tan de prisa se desgarra un poco de ti en aquellos muros.
Quedamos en un hotel, pero no hay nada que decir. Viví un mes caminando sus pasillos, admirando la ciudad a través de sus grandes ventanales. Sus paredes sólo tenían indiferencia, estaban pintadas de blanco, como si cualquier historia que llegara a sus muros no fuera sino una que durara segundos. Era tedioso; a la larga, agotador.
El único momento en que el hotel cobró vida fue la última noche. Había un verde y un amarillo mostaza en el ambiente, el elevador subía cada tanto, las personas cargando bolsas negras asomaban a través de la mirilla de la suite. En la tele transmitían El club de la pelea, la última escena proyectada en medio de una ciudad que se sentía cada vez más lejana pese a su proximidad. Esa noche había sido caótica. Había temido, habíamos perdido tanto. Esa era la última velada.
Al terminarse las bolsas de ropa se lanzaron los créditos y uno a uno nos refugiamos en sábanas cada vez más ajenas.
¿A dónde ir cuando no queda nada? En ese punto no quedaba más que cortar los pedazos de hogar que aún pendían de nuestras sombras y hacer de ellos una madeja. Juntar de nuevo nuestras cosas y partir, el camino es largo, sin fin preciso.
Es llegar así, en un rumbo desorientado, al último refugio.
La cabaña que nos recibió estaba oculta bajo el paso del tiempo. Maleza, hojas y una trampa mortal de rosas le sepultaban. Los días siguientes, bajo el trabajo de nuestras manos, el hogar empezó a mostrar formas conocidas. La limpieza llevó más de lo esperado, pero los recuerdos que escurrían de sus partes nos alcanzaron más rápido. Pronto el bosque, que en años pasados había proliferado como ente parasitario en nuestra casa, se extendía en todo su explendor bajo nuestros pies. Eran sus vientos los que cobijaban ahora nuestro andar y sus sonidos majestuosos los que nos rodeaban por la noche. Y con ellos, con los cantos de cuervos, los amaneceres pintando la copa de los altos pinos, nacieron de nuevo historias que con el paso del tiempo se habían oxidado.
Había tanto de nosotros en ese suelo, en lo profundo de sus senderos.
Al final tuvimos que perdernos para regresar a casa.