Capítulo XXVIII: About War and Dead Men
“En la guerra los acontecimientos importantes son el resultado de causas triviales.”
— Julio César
Observó su herida fijamente. El corte en su mano que iba desde la palma hasta entrada la muñeca.
Los médicos habían dicho que no era nada grave. Que pudo ser mucho peor.
Que pudo morir.
Y sin embargo ella sentía que una parte lo había hecho en Seattle.
Sostuvo el agua oxigenada en sus manos, entre sus dedos ligeramente temblorosos. Colocó la palma abierta sobre el lavabo y vertió el agua.
Su piel se sintió arder a mil grados alrededor del corte.
Apretó los ojos y un alarido se despegó desde su garganta reseca. Alzó su mirada, una mirada teñida por las lágrimas, hacia el techo. Donde un ventilador de aspas giraba de manera perezosa mientras una canción de Bobby Vinton sonaba en su grabadora.
La lluvia cubría sus oídos. Los relámpagos. Una tormenta que sofocaba incluso sus propios gritos de dolor.
Cuando el pequeño bote de agua se terminó fue que bajó la mirada. Observando la sangre combinarse y rebajarse sobre la porcelana del lavabo.
Charlotte Quendi se miró en el espejo. Las líneas oscuras que se habían instalado bajo sus ojos hinchados. Se retiró hacia su cama donde tomó asiento.
Abrió el cajón y tomó una venda que enredó alrededor de la herida. La perforación de bala en su hombro ya había sido sanada.
Desde su escritorio un ojo le mira. Un gran ojo electrónico. Una cámara web ligeramente caída que refleja las imágenes sobre un capturador de video.
Charlotte miró hacia la pantalla. Se puso de pie y se sentó frente a la computadora. Cerró el capturador de video donde había grabado su reporte para ser enviado a los altos mandos.
Comenzó a teclear entonces. El sonido de sus dedos hundiéndose en el teclado se fundió con el constante repiquetear de la lluvia.
Muchos habían perecido en Seattle. De nuevo la ciudad se había convertido en un cementerio, en una oda a la desgracia. Como un magneto que llama a las maldiciones. Pero si iba a redactar los informes decidió comenzar por el nombre más importante.
El cursor parpadeó mientras las letras escapaban de su mente para plasmarse en esa hoja blanca e impersonal.
Conforme avanzaba, Charlotte sentía el peso de su alma volverse insoportable. Como una gran esfera de demolición sobre vidrio. Vidrio delgado que se rompería en cualquier instante. Tuvo que recordarse que ella no hacía eso, que ella no lloraba por soldados caídos. No era eso para lo que había sido entrenada.
Se mordió la comisura inferior y revisó su reporte terminado. Tan ensimismada en las palabras que ella misma había escrito que el teléfono que comenzó a sonar sobre la mesa junto a su cama le provocó un sobresalto. A las tres de la mañana.
Se despegó de la computadora lentamente. Intentando que al caminar no se cayeran los trozos dispersos de su espíritu.
Revisó el número. No le costó reconocerlo. Pocos tenían su número, aún más pocos le marcarían a esa hora. La voz de su mejor amiga del otro lado de la linea. Sonaba ronca, tan reflexiva como ella. Quizá un poco menos rota.
—Lottie…—dijo Allyson.—Hoy he tenido un día pesado… hoy ha sido…
—Allyson…
—Quise ayudar, Lottie. Quise hacer algo por Reed. Quise compensar lo que…
—Ally…
La cazadora del otro lado guardó silencio. Y cuando lo tuvo, cuando Charlotte tuvo ese espacio para decírselo simplemente no pudo hacerlo.
No tenía los nervios. No tenía el corazón.
Y en lugar de decírselo miró a la pantalla en blanco de la computadora. Esa donde el informe era luminiscente en contraste con la oscuridad de la habitación. Como si las palabras plasmadas pudieran susurrarle. Como si pudiesen darle una razón, una guía para romper el corazón de su mejor amiga una vez más…
Las palabras eran claras. Eran frías e impersonales. Un simple informe. Pero Ally necesitaba algo más que eso. Merecía algo más que eso para recordarlo…
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WOODGATE: Investigación por pérdida en cumplimiento de su deber.
Caso: 2543EA
ASUNTO: Paul Dutch
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RISE OF THE IMPERFECTS:
ABOUT GODS AND DEAD MEN
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Seattle, Washington…
3 horas antes…
Y si le hubieran dicho que se encontraría ahí.
Y si alguien hubiese alzado su voz, lo hubiese detenido o incluso le hubiese disparado para que no emprendiera una cruzada suicida.
¿Habría sido distinto?
Paul Dutch no podía dejar de preguntárselo mientras una a una las rojas luces de los apuntadores laser se alzaban hacia Jason O’Mara que parecía levitar, el aire parecía evitarlo, el oxígeno mismo parecía cerrarse en torno a él. Como si expidiera una especie de hedor que iba más allá de la realidad. Distorsionando la cercanía inmediata.
Su piel blanca, parecía agrietarse revelando una roja sustancia que corría por sus venas.
Lo que sea que el chico fuese antes del suceso no estaba, se había ido, absorbido por el poder. A Paul le tomó cinco minutos darse cuenta de eso. Incluso en mitad de la pérdida, incluso en mitad de la aplastante oscuridad que parecía oprimir su pecho.
Se dio cuenta de que el chico había muerto. Y era ahora una carcasa para algo más.
Cinco minutos para entenderlo.
Los diez minutos restantes solamente se quedó en silencio. Solamente miró.
Esperó expectante que aquello fuese otra pesadilla.
Y sin embargo no lo era.
Y sin embargo se encontraba ahí, junto al equipo de Woodgate mirando el nacimiento de una deidad.
Pesadas respiraciones rompiendo el silencio. Nudillos blancos en torno a las armas semiautomáticas.
El equipo Bravo retrocedió de manera instintiva, como presas indefensas ante la presencia de un depredador.
—El Escuadrón de Respuesta e Investigación Inhumana demanda su rendición. También demanda que Erick Woodgate sea entregado sano y salvo. A cambio sus derechos serán respetados y todos tendrán un juicio justo ante una corte—Dijo uno de los soldados. Rompió el silencio con tanta claridad como si lo hubiera trozado con una navaja. Dutch reconoció la voz. Reconoció el porte inescrutable. Cuando el soldado se quitó el caso Alan Hoffman le miró.
La Orden no se movió.
—No lo repetiré otra vez—advirtió.
Advertencia vana. Que se perdió en el clamor de los corazones agitados.
Los soldados tensos mantenían su vista en el chico que flotaba sobre el altar.
—Dije que no lo repetiría…
—Y sin embargo ya lo ha repetido, agente—se burló una escabrosa voz. Una estridente risa. Ronca, renuente. Raziel bajó del altar, con las manos extendidas como un sacerdote frente a su multitud.— Lo sabe ¿no es así? Esta batalla está perdida. Deje sus armas e inclínese ante el nuevo Orden. A cambio la muerte podría ser rápida. Metatrón ha llegado.
Alan Hoffman sonrió.
El único agente capaz de sonreír frente a aquella adversidad.
Dejó la mano en su cinturón, sobre el arma de supresor totalmente cargada.
—Sabemos que eso no sucederá.
Fue un segundo. Un segundo que se sintió eterno. Que se clavó en la memoria del mundo.
El segundo de total silencio, sin un ruido, sin respiraciones, sin cartuchos siendo cortados. Sin comunicaciones ni radios.
Así se sentía, recordaría pensar Paul Dutch hasta sus últimos momentos, ese era el sentir exacto de la calma absoluta antes de una violenta tormenta.
Y entonces esa tormenta estalló.
Con la fuerza de una bomba nuclear. En un ensordecedor coro donde todas las armas dispararon al mismo tiempo. Rojos resplandores mientras los rifles escupían metralla, rayos violetas mientras las balas de supresor acortaban la distancia.
Paul retrocedió. El susto lo traicionó. Sus sentidos inutilizados, entorpecidos por haber presenciado la muerte de su hija. Se cubrió con los brazos, cayó hacia atrás y rodó en el suelo hasta encontrarse a cubierta.
Alan Hoffman también retrocedió. Se colocó el casco y disparó el revolver con supresor hasta que la punta se volvió anaranjada.
Dutch, hundido en confusión, hurgaba detrás de la columna. El polvo comenzó a levantarse.
Y miró la primera represalia. Un metahumano que se envolvió en una niebla fluorescente para reaparecer de manera cegadora frente a un agente.
Paul pudo contar los segundos antes de que el soldado cayera. Fueron cinco.
Se arrastró fuera de la columna y buscó entre el polvo a su objetivo. El cabello negro, la mirada petulante.
No encontró nada.
Algo le jaló del brazo, Paul reaccionó y desenfundó el cuchillo. El filo resplandeció, se quejó al romper el viento.
Los ojos oscuros de la agente Charlotte Quendi le devolvieron la mirada.
—Tenemos que retirarnos.
—¿Retirarnos?
—Hay cuatro equipos de asalto afuera. Tendremos más oportunidades que aquí.
Aquello le sorprendió a Paul. Paul que había asistido a todas las juntas de estrategia, Paul que había defendido lo autonomía de I.R.I.S. y había firmado los planes de respuesta, donde se especificaba que no podía haber más de dos equipos en una sola misión.
La estupefacción le robó segundos de vida.
Un crujido resonó. Paul se paralizó, Quendi no lo hizo. Tomó al agente y lo empujó.
La columna de la iglesia de Seattle se desmoronó.
Cuatro hombres murieron aplastados, eso sería lo primero que Charlotte contaría más adelante en su reporte al hablar de las bajas.
—Disparen al chico.—fue la orden de Alan Hoffman, que a su vez estaba recibiendo órdenes de altos mandos.— Derriben al chico y resistan lo más que puedan. No emprendan la retirada al menos que sea absolutamente necesario.
Las balas seguían volando. Llenando la estancia del aroma asqueroso de la pólvora.
Los metahumanos se habían movilizado, se distribuían. Encapuchados enfrentaban agentes. Gritos de muerte, gorgoteos de personas ahogándose con su sangre.
Una verdadera masacre se estaba gestando.
Y sin embargo Paul se encontraba perdido. Aturdido.
—¡Señor!—gritó uno de los agentes.—¡No podemos penetrar sus defensas!
Fue hasta ese grito desesperado que Paul pudo verlo. Las balas no llegaban a su objetivo. Se perdían. Se hundían en el aire y desaparecían. Borradas como si fueran códigos informáticos.
Alan hizo una seña. Un grupo de 6 agentes dejaron de disparar. Flanquearon la iglesia y corrieron. Desenfundaron espadas resplandecientes de supresor y martillos de combate. Si podían alcanzar a los que tenían campos de fuerza entonces abrirían una brecha.
Charlotte volvió a jalar el brazo de Dutch.
—Tenemos que retirarnos.
Paul miró incrédulo a la chica.
—…No voy a morir aquí—dijo con total seriedad.—El puesto Foxtrot está al occidente. Llegaremos allá a tiempo para la movilización de las tropas.
Paul asintió. Si los metahumanos ignoraban su retirada entonces podrían prevalecer. El espacio era cerrado y ahí estaban limitados.
Otra columna cayó.
Charlotte extrajo un tubo de su cinturón y lo lanzó a Dutch que lo atrapó con agilidad.
—¿Qué es esto?
—Supresor. Podría salvarte la vida…
Entonces algo se movió. Algo se desplazó en el aire. Como la ficha de ajedrez de un juego infernal, Jason O’mara comenzó a moverse. Paul había visto volar metahumanos antes, sin embargo la quietud de ese le ponía la piel de gallina.
—¡Fuego de cobertura!—gritó Alan. La mitad de los agentes abandonaron sus objetivos para disparar a Jason. Sin embargo las balas estallaban en resplandores de luz. Como luciérnagas siendo asesinadas de manera indiscriminada.
—¿Qué ocurre?—buscó saber Alan.
—Posee un campo de fuerza, señor. Un blindaje. No lo sé. No tengo…
El joven técnico no terminó su frase. Algo apareció detrás de él. Cuando la realidad se plegó. Cuando el espacio se cerró y escupió a la criatura enmascarada. Raziel golpeó con fuerza la espalda del chico.
La armadura se quebró por los dos lados.
Una mano enguantada en metal goteante en sangre sostenía el corazón del muchacho.
Alan saltó hacia atrás y comenzó a disparar.
Paul miró a Charlotte e hizo un gesto de asentimiento. Sus pies se movieron rápido para la retirada.
El aire crujió. Un calor lo golpeó en la nuca cuando Raziel apareció detrás de él.
Paul apenas tuvo tiempo de voltear.
El hombre estaba por replicar su movimiento característico cuando una bala le golpeó en la máscara, chispeando al contacto.
El agente Hydra le acababa de salvar la vida. Paul pensó que le invitaría una cerveza al chico cuando terminara. Fue la última vez que vio a Drazen.
El monstruo desapareció nuevamente, tragado por la nada.
Alan ordenó a los soldados que se dispersaran. Y aunque la palabra retirada bailaba en sus labios, seguir las órdenes de los altos mandos lo mantenía de manos atadas.
Las órdenes habían sido explicitas. Resistir lo más posible. Y eso haría.
Sin embargo Charlotte derribó a uno de los encapuchados. El cuchillo de la chica se manchó de sangre y pronto se abrió paso hasta la puerta.
Paul fue detrás de ella.
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Isla Hy-Brazil…
Yukari Masamune retrocedió tras el tercer golpe en la mejilla.
La blanca y suave piel estaba magullada. Su ojo izquierdo ligeramente hinchado y sin embargo no se detenía. Tomaba aire por la nariz, lo expulsaba por la boca. Se deslizó por el suelo y apuñaló las rodillas de uno de los Jokers rebeldes. Lo golpeó en la cara con la empuñadura de la espada y pasó al siguiente que ya se cernía sobre ella. El sudor resbalaba por su frente.
Un tentáculo chocó contra el metal del filo de su arma.
Se enredó a lo largo de la herramienta y amenazó con arrebatársela.
Yuki fue rápida. Alzó la mano y de ella expulsó una onda Telekinetica. Hizo volar al enemigo unos metros, luego lo obligó a quedarse en el suelo.
Alzó la mirada, volvió su vista hacia el centro del escenario y encontró a Alaric. Que permanecía inalterable, luchando contra un par de humanos que arremetían en su contra con espadas y lanzas. Flechas que caían del cielo pero que rebotaban en un campo de fuerza.
Yukari se esforzó por ignorar aquella batalla mientras elegía a su siguiente objetivo, uno que intentaba herir a Frankie por la espalda.
Hizo girar la espada en el aire y de un movimiento hundió el filo en la piel de los omoplatos. El hombre, un monstruo escamoso, se desplomó en el suelo dolorido. Yukari supo que hubiera sido tan fácil asesinarlo.
Pero esa no era su manera.
La gente estaba muriendo a su alrededor, eso era cierto. Era inevitable. Un par de personas la observaban desde el suelo. Sus miradas veladas por la muerte le causaron escalofríos.
Fue entonces que un resplandor cegó su visión. Un rayo de luz bailó en el viento y como un meteoro se impactó contra el escudo de Alaric cuya expresión ni siquiera se crispó.
Sophie Vendetta atacaba. Lo hacía con ira. Con lágrimas inundando los azules ojos.
Lo mismo hacía Frankie. Su rayo de hielo parecía extender telarañas en el campo de fuerza que eran rápidamente eliminadas por el rastro de energía.
Alaric se mantuvo en el centro. Extendió los brazos y la onda expansiva fue como ver una bomba nuclear estallar.
Yukari clavó la espada en el suelo. Fue la única que no cayó hacia atrás por aquél ataque. Recuperó el equilibrio y comenzó a correr. A cinco metros de Alaric.
A cuatro.
Tres.
Dejó la espada en su mano derecha y la lanzó como si se tratara de un proyectil.
El arma describió una línea recta, el filo se clavó en el campo de fuerza manteniéndose suspendida lo suficiente para que Yukari saltara.
Sintió sus huesos quebrarse. Su cuerpo reajustarse.
La ropa no pudo contener la majestuosidad de su cuerpo. Un tigre rugió y como un trueno partiendo el cielo en dos se dejó caer sobre el campo de fuerza. Clavó las garras en la barrera invisible. El hocico se abrió e intentó romperlo.
Frankie resopló desde el suelo. El olor a selva y almizcle llenaban sus fosas nasales. Las uñas le dolían. Y comprendió una verdad innegable… y era que estaban en desventaja.
Aún sin ser conocedora de las atrocidades a las que Alaric había recurrido para volverse tan fuerte, le era claro que detenerlo se volvía más improbable con el tortuoso pasar de los segundos.
El cansancio empezaba a jugar en contra para algunos de los guerreros. Humanos a los que la fatiga volvía desordenados, dispersos. Humanos que frente a Frankie terminaban muertos por algún Joker que evolutivamente era superior.
La contienda parecía no tener final. Se volvía fría e impersonal con cada momento acontecido. Frankie miró a Corinda y Sophie replegarse al extremo sur de la isla, lanzando rayos a diestra y siniestra. Serena Emmerson había abandonado su labor de contener el caos y ahora rayos rojos escapaban de sus dedos, incandescentes relámpagos como cristal que rasgaban el escudo a partes durante segundos antes de que se regenerara.
Frankie alzó su mano. De nuevo un rayo blanco como una ventisca invernal recorrió el campo hasta el escudo de Alaric que ni siquiera emitía sonido alguno. Se limitaba a alzar la mano y atacar de vez en cuando a los que se acercaban demasiado, incluido un tigre que subió a la copa del campo de fuerza como un gato furioso y al que Alaric no tuvo problema en quitar de encima con un movimiento de su mano.
Ni siquiera Elizabeth Carver, cuyo poder había sido cosechado por años al igual que su rencor, parecía tener oportunidad alguna. Los relámpagos verdes que emitía de sus manos no hacían más que rebotar en el campo de fuerza al tiempo que Alaric recorría el campo de batalla con calma, gritando ordenes a sus soldados cada poco tiempo. Forjando la batalla a su deseo.
La impotencia de Frankie se volvía obvia. La desesperación se traducía en los blancos nudillos, casi transparentes.
La cortada en su mejilla comenzaba a volverse del rojo de los rubís. El cabello rubio se le pegaba al rostro por la transpiración y los ojos azules parecían brillar como joyas preciosas. El rostro de una guerrera a mitad de su inminente derrota. La ventisca se agotó.
También lo hicieron los ánimos de Frankie que dejó ambas manos en el suelo.
Jadeando para recuperar el aire perdido.
Se arrastró, sintió las rocas rozando sus rodillas. Hundió las uñas en la tierra y tomó en ellas un puño. Obligando a su moral destrozada a intentarlo una vez más.
Una última vez, pudo prometer en silencio aunque sabía que se mentía.
Tenía que intentarlo.
Tenía que hacerlo hasta su último aliento.
Recordó entonces fugazmente todo lo que habían pasado para llegar a ese momento y de nuevo impulsó las piernas. Los músculos se acalambraron. Se acercó peligrosamente y miró al tigre saltar de nuevo a su lado.
Lo hicieron juntas esta vez.
En una perfecta coordinación.
Corinda Wlliams recordaba Seattle. Lo recordaba con una claridad estremecedora.
Recordaba a su hermano.
Recordaba a Mathias Dixon y las muertes. Recordaba descender por la colina hacia el edificio e internarse en él como quien se internaba en la boca del lobo sin planes para salir.
Recodaba el miedo que sentía. El temor que helaba sus huesos. Los gritos. Recordaba a Lars y a Emily, la traición. Recordaba cada pequeño fragmento, cada segundo. Sus ojos azules habían llorado a causa de ello tantas noches antes.
Y sin embargo en ese preciso instante Seattle parecía un juego de niños. Una misión de entrenamiento.
Los músculos de Corinda se quejaban. Le dolían los huesos y la piel expuesta ardía mientras arrojaba puñaladas y certeros golpes a los Jokers que retrocedían heridos. Corinda saltaba hacia atrás, dejaba caer su espada y con el puño limpio golpeaba a otro antes de retomar su arma.
Saltaba.
Esquivaba.
Apuñalaba.
Y aún así parecían no acabarse jamás. Venían uno tras otro. Incansables. Soldados fieles a su general. Un general envuelto en protección que miraba con su reptilescas fisonomía a su gente morir sin mostrar una sola pizca de remordimiento.
Para Alaric Bauer, frente a los ojos de Cori, se trataba de alguien sin respeto por la vida. Ni siquiera por la propia. Corinda esquivó un zarpazo y encajó su espada en el pecho de uno de los Jokers. El hombre dejó escapar un grito y cayó hacia atrás, escupiendo a su vez la sangre de un pulmón perforado que manchó el rostro de Cori.
En ese momento algo pasó.
Algo que fue tan fugaz que pareció la ilusión de un explorador agotado.
Y es que cuando Frankie atacó y lo hizo a su vez Yukari… Alaric se había detenido. Apenas un segundo. Pero lo había hecho.
Una idea surgió entonces en la mente de Corinda. O quizá fue Revenge la que murmuró a su oído la resolución al conflicto.
Soltó su espada, extendió sus manos y concentró toda su energía en Alaric.
La telekinesis escapó como un golpe invisible, haciendo ondas transparentes que golpearon junto a Yukari y Frankie el campo de fuerza.
Alaric se detuvo de nuevo.
Bastó una mirada.
Una mirada para llamar al combate. Para terminar eso de una vez por todas. Sophie Vendetta expulsó la luz que fluía entre sus dedos. Y sintió la ira. Su corazón se estrujó al pensar en Elizabeth. Y la luz resplandeció con más fuerza.
A su lado Serena atacó también. Pensando en casa. En su mansión. En la bondad corrompida en aquella isla, en las amistades rotas. La confianza quebrantada en dos.
Wen se unió entonces a la contienda. Y fue Carver la última en bajar. Envuelta en ira. En rencor. Le habían arrancado su vida entera. El hombre envuelto en aquél campo de fuerza lo había hecho.
El mundo resplandeció. El cielo pareció oscurecerse, con la luz absorbida por aquél conjunto de habilidades tan diferentes. Personas distintas que habían encontrado el camino. Los Jokers combatientes y los humanos detuvieron su batalla. Retrocedieron mientras la burbuja que protegía a Alaric se envolvía en llamas. La energía presentaba grietas.
Se quebrantaba la seguridad. Y por primera vez en años Alaric sintió temor. Se encogió en su guarida y se cubrió con las manos, empujando más del escudo sólo para verlo ser desgastado. Roído.
—¿Qué está pasando?—murmuró entonces.
Un azul resplandor lamió la figura de Alaric. Su escudo estaba fallando. Intentó atacarlos, uno por uno. Pero bastaba con que otro interviniera para salvarlos.
Un campo de fuerza.
Una ilusión.
Eran mil ataques simultáneos a la vez. Poderes desarrollándose al mismo tiempo de manera tan pulcra que era imposible repelerlos uno por uno.
Su blanca apariencia fue adornada por el sudor.
Sus ojos se inyectaron en sangre. Su poder entero se concentró ya no en atacar. En defenderse.
Hasta que no pudo hacerlo más. Sintió sus venas arder como electricidad. Su cabeza dio una fuerte palpitación y la sangre se precipitó por su nariz.
El escudo se rompió en mil pedazos como el capullo protegiendo a un insecto ruin.
La tierra tembló.
Y el líder de Olympia se tambaleó cayendo de rodillas. Intentando recuperar el aliento.
Hacerlo antes de que aquellos que habían sido las piezas de su juego hicieran Jaque mate.
♦
Seattle, Washington…
Las calles de Seattle los recibieron.
Con un hedor a muerte y perdición.
Corriendo con el corazón a punto de la taquicardia.
Paul no volvió la mirada hacia atrás, Charlotte si lo hizo. Y encontró la iglesia a punto de caerse. Una estructura que temblaba hasta los cimientos. Y agentes que, como ellos, habían ignorado las órdenes para emprender una retirada.
Miembros de la Orden que abandonaban el nido. Que perseguían a sus presas como leones iracundos.
En ese momento uno apareció frente a ellos. Una mujer sin capucha. El pelo color ceniza se pegaba a su rostro y sus manos estaban envueltas en hielo. Paul se cubrió. El golpe del puño cristalizado hizo su sangre palpitar.
Charlotte se adelantó y bastó un tiro del revolver con supresor para que las extremidades de la chica estallaran. Apenas tiempo suficiente para dejarla desprotegida y volarle el rostro. El hielo se curtió, hundiendo las facciones de la chica en una mueca grotesca, una estatua perdida.
La sangre salpicó a Paul. Expulsada detrás de la piel de carámbano.
Una bruma enrojecida. Flotando en el aire.
Relámpagos corriendo de un lado a otro. Disparos. Los agentes limpiaban el perímetro, barriendo las calles con sus armas. Rojos láseres que como hilos acordonaban el lugar.
Paul se sentía en demencia. En una total locura, sumergido hasta el fondo en el infierno de caminos quebrantados.
Los miembros de la orden comenzaron a manifestarse. Salidos de portales. De la nada. Escupidos a la existencia. Cada portal abriéndose y de cada uno media docena de encapuchados: Ropas oscuras, algunos usando caretas de metal. Otros de rostros descubiertos.
Algunos reconocidos como Jacques Siegel.
Otros desconocidos como un niño de no más de quince años, blandiendo una daga envuelta en fuego. Eran fantasmas, espectros infernales que habían estado esperando en las sombras ese momento.
Lo sucedido en Kansas parecía un juego de niños. Una escenificación insignificante.
—Desplieguen el apoyo aéreo—dijo Alan Hoffman a través del comunicador. Su voz era un cascarón de lo que había sido antes. Sonaba agotado. Casi sin aliento, gritando para oírse entre gritos y disparos. Charlotte se colocó en defensa.—Manténganse en grupos sobre tierra. Están esperando que nos separemos para poder liquidarnos. Cierren las filas. No le den la oportunidad. Y por amor de dios, encuentren a Erick…
Nadie se atrevió a cuestionar esas órdenes. El círculo se cerró como un mecanismo bien engrasado. Revisando cartuchos, otros más requiriendo de habilidades para defenderse.
Rayos de fuego. De hielo.
Luz y sombras.
Aves de metal alzaron el vuelo, zumbando en el aire como criaturas griegas de leyenda. Las torretas se desplegaron y pronto las balas llenaron el aire, impactando contra el pavimento sobre los encapuchados.
Algunos de ellos se teletransportaban, intentando penetrar en las cabinas. Los mecanismos de defensa actuaban, gaseando con supresor.
Paul se sentía bloqueado. Perplejo. Pues nunca había visto un despliegue de fuerza como el que esa tarde tenía lugar. Clavó la vista en el horizonte. Y frente a sus ojos incrédulos uno de los encapuchados abandonó su vestimenta. Se volvió más grande que ella, se levantó como un titán. Un hombre de piel negra, el físico trabajado desnudo. Su altura lo volvía lento, pero como un acorazado de combate letal. Extendió las manos. Abrió los dedos.
A pesar de su lentitud, el avión no fue capaz de esquivarlo y estalló en una esfera de fuego infernal que envolvió a sus dos pasajeros.
Los aviones comenzaron a disparar. Quemando sobre la piel del metahumano que se defendía con habilidad.
En ese momento sus ojos se hundieron. Ardieron. De un color rojo incandescente.
Un rayo de luz emergió de entre sus cuencas. Luz de un color azul que escupía chispas. Paul recordó las noches en su niñez. A su padre con la pistola soldadora.
Tres aviones se desvanecieron esparciendo fragmentos metálicos, cenizas, llamas y partes de cuerpo humano por todo Seattle.
La artillería de Woodgate era inútil. También sus agentes. Eran sobrepasados en número.
Los encapuchados que rodeaban al equipo de tierra no eran menos letales. Se movían con agilidad, incluso aquellos que hasta entonces no manifestaban habilidad sobrehumana alguna.
Cuando se abrió una brecha los agentes avanzaron.
Paul fue en la formación. Corriendo en forma de V.
Entre los edificios abandonados sombras corrían. Por entre las ventanas abiertas.
Como si los fantasmas de sus ocupantes siguieran ahí. Almas en pena atrapadas en la tragedia.
Vidrios reventaron desde la vieja cafetería. Un lobo saltó en posición. El hocico rabioso y los grandes colmillos desbordándose en espuma.
Corrió a los agentes.
Los disparos erraban por unos metros. Y cuando al fin pudieron perforar su cráneo era muy tarde para el agente Freed. Un novato cuya madre Paul conocía, una mujer buena que recibiría una noticia devastadora a la mañana siguiente.
—Cinco Kilómetros—informó un agente mirando la computadora incrustada en la muñeca de su traje de combate. Los miembros sobrevivientes del equipo siguieron avanzando, entre gritos y muerte. Entre la estática y disparos que pintaban una imagen clara para los que no se encontraban junto a Alan Hoffman.
Estaban perdiendo.
Paul escuchaba los gritos de los soldados. También veía los destellos de aquellos pilotos que morían al enfrentar al gigante de piel morena. Todos estaban muriendo por Erick Woodgate.
Paul se sentía sin fuerzas, sabiendo que en cualquier momento cualquier encapuchado podría elegirlo como blanco. Sintiendo desfuerzados sus dedos, ignorando si sería capaz de defenderse por si sólo si llegaba la necesidad. Uno de los miembros de la Orden aterrizó frente a ellos, tras un vuelo frenético. Disparos se desencadenaron pero rebotando contra las paredes transparentes del campo de fuerza. Otro portal abriéndose, otra media docena de encapuchados.
Paul agarró con fuerza su arma y apuntó. Les disparó metódicamente, sin buscar rostros o habilidades, simplemente eligiendo objetivos de manera autómata. Las llamas lamían a los aviones, otros tantos escapaban.
Paul retrocedió mientras Quendi se encargaba de tres miembros al mismo tiempo. Alzó la vista y miró algo colgando del brazo del gigante.
Al principio pensó que se trataba de algún explosivo. Algo diseñado quizá por Jördis Müller para volarle la extremidad al coloso. Le tomó tres segundos reconocer la forma del torso de una agente. Una chica rubia que había sido partida a la mitad. Dutch deseó haber sabido su nombre.
Paul la observó fijamente, rindiendo sus respetos de manera rápida pero a mitad de la oración el cuerpo de la agente fue borrado por una cegadora explosión.
Había activado una granada más antes de morir. Un destructor canto de cisne.
El brutal sonido de un relámpago barrió el aire.
El brazo del gigante se envolvió en fuego. Dedos gigantescos se desprendieron de la base cayendo de manera asquerosa, manchando de sangre las callejuelas cenizas de Seattle.
Volvió la vista a Quendi, se encontraba asesinando a los encapuchados que podía. Encañonándolos. Más soldados muertos esparcidos por el piso.
La estática se volvió insoportable en su transmisor.
Paul recordó nuevamente, esta vez a Geraldine Grohl. Había asistido a varias juntas estratégicas, no para hablar de combate. La mujer predicaba la paz.
Es un político. Habla de cosas que no entiende, habría dicho alguna vez Allyson, la compañera de Dutch. Pero Geraldine había dicho ese día de septiembre algo que había quedado grabado a fuego en la memoria de Paul: “Tienen que tener en cuenta que la única razón por la que nuestras tropas sobreviven son los números. Pero cuando perdamos esa ventaja nos daremos cuenta de cuan desprotegidos estamos contra una amenaza real. Sólo seguimos adelante porque los Metahumanos rebeldes lo permiten y no hay que perder eso de mente.”
Y como una profecía ahora era claro.
No eran obstáculo o representaban un cambio para la guerra.
Nunca lo habían sido.
♦
Isla Hy-Brazil…
Alaric se quedó en el suelo dos segundos.
Luego se puso de pie. Sus habilidades se sentían agotadas. El hambre del Wendigo había sido saciada. Las habilidades eran suyas. El dominio para aplastarlos a todos. Y sin embargo era su propio cuerpo el que le había fallado.
Su cuerpo maldito.
Y estaba esa habilidad siempre activa. La habilidad que le permitía verse como ellos. Una habilidad que no podía apagar, pues hacía años que había olvidado cómo hacerlo. También estaba la segunda que mantenía activa, la que le ayudaba a olvidar su dolor. Por último estaba su comodín. Esa otra habilidad que no le servía a él tanto como serviría al otro…
Sus dedos temblaron. Su piel se agrietaba. El poder que contenía comenzaba a buscar la manera de salir y su cuerpo era demasiado insignificante.
Alzó la vista y aunque intentó defenderse el golpe ya se encontraba en su rostro. Un puño envuelto en una ráfaga de luz que quemó su piel. Lo lanzó al suelo. El sabor de la sangre llenó su paladar.
Intentó cubrirse. El cielo lo traicionó entonces.
La humedad se condensó en hielo.
Grandes estalactitas descendieron. El filo se clavó en su mano izquierda, acalambrando todo su cuerpo y arrancando de su garganta un grito de dolor desgarrador.
Otra estaca clavó su mano derecha también.
Intentó moverse, la sangre manchó su ropa. Sus ojos estaban totalmente enrojecidos con las pupilas dilatadas.
Miró hacia arriba. Una patada cruzó su mejilla y lo hizo cerrar los ojos.
Alaric se quedó en el suelo.
Sus soldados, o al menos la mayoría de ellos habían dejado de pelear. Observaban la escena petrificados.
Los Jokers temblaban. Algunos decidieron apartarse.
La isla, por primera vez, parecía en total silencio. Las criaturas fantásticas que entre sus árboles corrían también parecían contener el aliento a una conclusión inevitable.
—Se acabó maldito infeliz—jadeó Sophie. El rostro demacrado por su encarcelamiento. Su pulso tembloroso por las largas jornadas sin comer. Se adelantó mas fue detenida por Carver que le tomó el brazo con una ligera negación.
—Aún tiene el poder. Su energía está agotada pero matarlo ahora no significa que no despertaría luego. No puede ser así.
Alaric se quedó en silencio. Y repentinamente comenzó a reír. Su pecho subía y bajaba en mitad de las oscuras carcajadas.
—¿Entonces qué? ¿Vamos a dejarlo vivir?—Frankie pareció indignada ante la idea. Ante el concepto de tener al maldito infeliz que había sido recurrente en sus pesadillas frente a ella y no poder asesinarlo.
—No, vamos a destruirlo completamente. No habrá parte de él que regenerar.—Carver parecía meditabunda. Casi incrédula. Su cabello rojo bailaba como el fuego debido a las ventiscas. Observaba fijamente a Alaric aunque en su última frase su mirada fue hacia Serena.—Vamos a borrarlo.
Serena asintió.
—¿Van a borrarme? ¿De la realidad?—dijo divertido Alaric, sorprendiendo a su audiencia que nunca habían visto en él nada que fuera una fría y hermética indiferencia. Y en ese instante, al borde del abismo, sonreía. Se reía.— Eso va a costarle la vida, Doctora… ¿está dispuesta a pagar ese precio?
—Lo estoy—respondió Serena sin dudar.
—No va a morir. Te lo aseguro, Alaric…
—Así que este es el fin…—concluyó Alaric cerrando los ojos. Con el rostro hacia el cielo.—Ha sido un largo camino ¿no es así?
—¿Por qué?—una voz surgió al fondo. Entre las hierbas. Tambaleándose.
Ava Sophia entró al campo de combate. Sus ojos aún hinchados. Aún de llorar, de sentir que partían su voluntad.
—¿Por qué lo hiciste?—buscó saber. Nadie le silenció.
Alaric era un hombre inteligente. Un hombre de reflexión y pensamiento. Alguien que había dirigido una comunidad metahumana por tanto tiempo, escondidos de Woodgate. Y la verdad a aquél cuestionamiento era intrinseca y compleja, trazada por las circunstancias: Por el hambre, por el temor de perder su comunidad, por el instinto protector hacia su hermana… Y sin embargo su respuesta fue simple, corta, un ataque psicológico a sus víctimas estrella seguido de una carcajada:
—Necesitaba divertirme.
Ava se estremeció como un animal rabioso. Se dejó ir en carrera hacia Alaric y hundió su bota hasta el fondo en el estómago del hombre haciéndolo alzar el cuerpo sofocado. El movimiento hizo temblar las estacas en sus manos.
Alaric aulló de dolor y de nuevo cayó cuando Wen y Corinda apartaron a la chica de él.
—Siempre tuvo problemas de temperamento, señorita Muller. Siempre tan reservada, dejando escapar su sentir a último instante. Es eso lo que le ha puesto en este predicamento para empezar—dijo Alaric recuperando el frío tono.— Todos ustedes son una plaga. Y deben estar agradecidos de que les permití quedarse cuando les pude dejar morir allá afuera…
—¿Morir?—Sophie intervino incrédula.— ¿Morir debido a la amenaza que tú mismo creaste? ¿Debido a las criaturas que tú puedes mantener alejadas? Fuiste la amenaza desde el principio… deja de hablar como si fueras un salvador o un héroe.
—¡Maldita sea, hombre!—exasperó Frankie. El tigre junto a ella rugió.— Muestra un poco de maldito arrepentimiento antes de que te matemos de una buena vez…
Alaric esbozó una sonrisa.
—Mi mundo ha sido exquisito. Lo he forjado a mi manera. He mantenido a salvo a mi gente. No tengo arrepentimientos… ni siquiera cuando decapité a esa perra maldita. Ni siquiera cuando empujé a su líder al abismo y lo obligué a arrancar el corazón del soldado.—la última parte hizo estremecer a varios. A aquellos que no lo sabían, aquellos que no lo habían aceptado.— Todo fue parte del plan… Mi único arrepentimiento es no haber tenido más tiempo para matarlos a todos… No ser yo quien acabe con ustedes.
—Nunca tuviste una oportunidad—murmuró Corinda dando la espalda a Alaric.— Acaba con él Serena. Es hora de ir a casa.
Serena extendió sus manos. La realidad jaló de ella como un magneto. Ella tiró de vuelta.
Un resplandor rojo recorrió el lugar. Como fuego transparente comenzó a consumir a Alaric por la pierna, dejando detrás de si una nada absoluta.
Serena tembló. Carver colocó su mano sobre el hombro de la rubia. Le influyó de la forma aumentada de su propio poder.
—Ahí se equivoca, señorita Williams…—jadeó Alaric sintiendo un frío dolor al perder su extremidad.—…Morirán aquí. Sólo que no soy la persona que los matará.
El estallido retumbó como Lucifer escapando del infierno. Las ventanas de cada hogar estallaron mientras recorría Olympia.
El polvo se alzó mientras volaba en dirección a ellos y las cenizas del combate se reavivaron cuando aterrizó y movió su mano. Los empujó como la onda de una bomba nuclear. Su nariz goteaba de sangre. Se estaba sobrepasando.
Y sin embargo era un hombre que creía que hacía lo correcto… lo cual lo hacía más peligroso que nadie. Tan peligroso como el monstruo que protegía.
Serena rompió su concentración. Fue lanzada por el aire y aterrizó sobre la hierba.
Frankie sintió que un huracán la arrancaba del suelo.
Y ni siquiera Yukari, transformada en un letal felino, pudo mantenerse en pie.
James Millbrook aterrizó frente a ellos. Con la ropa desgarrada. Con la expresión turbada y cada vena en su frente marcándose.
—No lo asesinen—dijo.
Y esa fue la tercera vez que traicionó a su gente.
Y por vez tercera también pensó que los protegía al hacerlo.
♦
Seattle, Washington…
Los restos de la aguja espacial se vislumbraban en el horizonte. Cubiertos entre polvo y ceniza. La pintura se había caído y las paredes metálicas habían sido derrumbadas. Las varillas sobresalían como huesos de un depredador caído.
Paul Dutch siguió corriendo hasta que sus piernas ardieron. Alzando su rifle para derribar un par de voladores que descendían sobre ellos.
Los soldados apenas representaban una amenaza para los miembros de la Orden y cuando cayó gran parte del escuadrón de ofensiva, apenas unos cuantos encapuchados se habían detenido.
Leslie Silk se unió a la contienda después de unos cuantos metros. Paul ni siquiera la saludó, solamente pudo sonreír cuando miró a su vieja compañera preparando sus armas. Cargaba uno de sus brazos como si fuese un recién nacido. Estaba herida y por su mirada ardiente era obvio que estaba furiosa.
No era la reunión que Paul habría esperado.
—¿A dónde se dirigen…?—reclamó Leslie mirando directamente a Quendi.— Las órdenes de Alan fueron…
—Las ordenes de Alan están matando a todos nuestros agentes. Necesitamos ordenar una retirada ya. Erick no está en esa iglesia.
Cuatro aviones más zumbaron por el cielo desencadenando su fuego sobre la iglesia, visible a la distancia.
—¿Cómo lo sabes?—preguntó Leslie con total determinación.
— Porque si estuviera aquí ya lo sabríamos. No está aquí. Ahora encárgate de que se ordene una retirada o van a tostarnos a todos vivos.
Leslie lo consideró un segundo. Escrutó en el horizonte y aspiró profundamente.
—No puedo. No hasta llegar a la base, las comunicaciones están encriptadas e interferidas.
—¿Por qué lo estarían?
—Tecnokineticos.
Paul no discutió con esa lógica. En lugar de ello caminó junto a las dos mujeres hacia el vehículo en mitad de la carretera. El aire se rompió, el oxígeno se contrajo y entonces un portal escupió a dos encapuchados más.
Leslie desenfundó su magnum tan rápido como pudo. Descerrajó dos tiros que rebotaron en las máscaras de metal pero que sirvieron para desestabilizarlos.
Para entonces Charlotte ya se encontraba en el asiento de conductor. Presionó el pedal y el Jeep salió disparado. Los encapuchados entraron en sus portales y desaparecieron.
Paul se dejó caer en el asiento trasero y rebuscó debajo de los asientos la caja de armas obligatoria.
Arrancó el candado de un tiro y tomó el pesado rifle de asalto. Un gran arrastrote que servía para montar en la torreta pero que Paul no perdería tiempo instalando. Revisó la hilera de balas disponibles y se sintió en casa.
El Jeep pasaba sobre las calles desoladas y de pavimento roto dando tumbos, imparable. Como una bestia de muerte.
En ese instante de nuevo la nada se abrió. Los portales escupieron a los encapuchados que habían dejado detrás.
Eran dos mujeres que cayeron sobre el parabrisas. Una de ellas clavó una daga sobre el vidrio para mantenerse, la otra casi resbaló pero manifestó unas garras animales que la hicieron estabilizarse.
Leslie extrajo de nuevo el arma pero una de las mujeres gritó:
—¡Sueltala!
Leslie obedeció. Influida por un hechizo evolutivo maldito. Paul agradeció que la orden no fuera hacia él y presionó el gatillo. El retroceso del rifle le dislocó el hombro y la punta se encendió al rojo vivo mientras escupía balas de manera errática volando todo el cristal frontal y parte de los asientos de piel que quedaron humeantes cuando el enemigo terminó con perforaciones de bala en todo el cuerpo cayendo hacia el pavimento.
El Jeep se descontroló un segundo. Las ruedas patinaron y Charlotte gritó intentando mantener el control.
Paul miró la sangre en su hombro. Una bala le había rozado. Pero la soldado ni siquiera se quejó, se mantuvo firme tal como les habían enseñado a estar en situaciones de estrés.
A lo lejos hubo un rumor grave, como una avalancha desatándose. Paul volvió la mirada y vio un gran relámpago.
Aunque los tres ocupantes del Jeep no lo sabían entonces, esa fue una explosión orgánica. Una palabra que harían a bien recordar en los eventos por venir.
—Erick no está aquí—dijo Alan Hoffman. Su voz tomó por sorpresa a todos los ocupantes. Sonando agotado. Sonando al punto del quiebre— Necesitamos retirarnos. Los heridos deben ser transportados al punto de extracción…
Paul asintió. Habían tardado demasiado en dar esa orden. Aunque se temió que fuera demasiado tarde para Alan.
Tomó su propio canal de audio y se puso en contacto.
—Kaden. Soldado. ¿Me copias?
Hubo estática. Paul temió lo peor hasta que la petulante voz del muchacho se hizo oir.
—Aquí estoy, agente. ¿Qué necesitas?
—Necesito que te prepares para llevar heridos contigo.
—Pensé que esto era una operación encubierta.
—Nuestra gente está muriendo, soldado. A la mierda el sigilo. Si me van a matar por eso entonces que así sea pero no dejaré a nuestros chicos caer…
—Copiado.
Paul cambió de canal nuevamente. Sintiendo la mirada de Leslie y de Quendi sobre él.
El puesto Foxtrot se presentó unos metros más adelante, después de embestir a una línea más de encapuchados.
Se trataba de un último escuadrón de defensa atrincherado. Apenas una última docena de soldados totalmente sanos. Los más inexpertos.
Paul reconoció un par de rostros. Desembarcó y la quemada en su pierna ardió. Lo hizo esbozar una mueca.
Charlotte bajó detrás de él, presionándose la herida del brazo.
—Alan ordenó retirada. La extracción se dirige para acá, también un helicoptero extra, quiero que concentren toda su artillería en los miembros de la secta que se atrevan a mostrar su cara de espanto por aquí y manda un par de Jeeps llenos de gente para recoger a Alan y los sobrevivientes. Saldremos de este hoyo del diablo juntos y tantos como podamos—instruyó Dutch al que tenía la insignia de coronel. Era un chico que ni siquiera pareció molesto, en lugar de ello asintió honrado y comenzó a gritar órdenes a sus soldados para mantener la base Foxtrot limpia.
Leslie se unió al cuerpo de rescate a pesar de la negativa de Dutch. Partió cinco minutos después.
Paul se tambaleó hasta una de las camionetas médicas de Woodgate. El momento le parecía inmersivo, se sentía ahogado en un cúmulo de voces. Y los latidos de su corazón lo mantenían despierto.
Los disparos a la lejanía, como fuegos artificiales, le recordaban que no debía caer. Mantenían a su mente centrada en otra cosa que no fuese ver a su familia muriendo.
Era un soldado, se dijo, no se podía permitir caer.
Los cuerpos de combate corrían de un lado a otro, un par de técnicos también se encontraban en una base de operaciones improvisada dentro de una tienda de campaña donde su alto mando les gritaba en reproche por haber recopilado información errónea de Erick Woodgate.
La mitad de la ofensiva de Woodgate se encontraba en el lugar, buscando a la cabeza de la corporación de manera desesperada. Apresurándose entre motas de polvo y cenizas que se arremolinaban con el viento.
La extracción se estaba realizando en orden. Y estaban esperando a los rescatados.
Charlotte se acercó a Paul. Llevaba el cabello oscuro hecho un desorden.
—Cometiste una estupidez al venir aquí tú sólo… —dijo Quendi
—Escucha—respondió Dutch cortando el tema.— Cuando salgamos de aquí abandonaré la corporación…
—¿Qué harás qué? ¿Por qué?
—Este lugar ya no me pertenece. Gasté las balas que tenía que gastar. Ya cumplí mi servicio en el infierno y lo único que he conseguido es que mi familia termine muerta. Es todo para mí… Buscaré a un viejo camarada, lo salvaré y me iré…
—Agente Dutch…
—Paul—corrigió el hombretón.
—Paul… ésta es una decisión apresurada y este no es el momento de…
—Y cuando eso suceda, tienes que mantener a raya a Patterson, ¿te parece? Asegúrate de que no haga una estupidez mientras no estoy.
Charlotte no protestó. Supo entonces que era una decisión final. Supo reconocer la máscara de un soldado que ya no tiene nada más que dar. Y simplemente asintió.
Los vehículos de rescate llegaron 15 minutos de después mientras los transportes aéreos descendían para la extracción.
Aún se escuchaban disparos aunque más dispersos. Soldados que no podrían ser rescatados.
Bajas necesarias. Charlotte y Paul esperaron que fueran tan pocas como fuese posible.
Fue un segundo de tranquilidad que Charlotte recordaría siempre. El cierre de un círculo. De una misión más que les costaría un par de días para sanar con nuevos activos y una nueva estrategia.
Tan fácil como eso.…
De repente, la tierra tembló. Las calles se sacudieron con tal fuerza que el equipo médico cayó de las estanterías. Algunos soldados cayeron al suelo. Entre ellos Paul cuyo gran cuerpo se estrelló al pavimento nuevamente.
Se escaparon un par de tiros. Unos cuantos gritos apagados.
Y cuando el terremoto se detuvo, Charlotte Quendi observó hacia el sur. Justo a espaldas del puesto Foxtrot.
Los transportes aéreos se ladearon. Uno de ellos cayó hacia la derecha estrellando su ala en el suelo.
—¿Qué carajo?—blasfemó Paul Dutch intentando levantarse. Los soldados también comenzaron a alzarse.
El primer pensamiento de Charlotte fue otro gigante. Aunque supo que estaba equivocada cuando siguió la mirada de los soldados. Ojos totalmente abiertos en terror.
Cinco figuras encapuchadas se encontraban en los límites de la ciudad, cuatro de ellas vestían de blanco y al frente había una vestida de rojo. Avanzando hacia ellos como si fuesen caballeros medievales preparados para el duelo.
Pero no eran las cinco figuras las que causaban terror. No todavía.
Era la que flotaba. La figura de ojos rojos y piel agrietada.
—Es el chico —musitó Charlotte.
—No—respondió Dutch, su voz era casi un reproche. —Es Metatrón. Él…
♦
Isla Hy-Brazil…
—…Está aquí.
—Tienen que detenerse—pidió James Millbrook.— Éste no es Alaric…
—Tú…— jadeó Frankie. El odio ardía en sus ojos. Transparentando la fragmentación de su alma, su lealtad.
—¡Escúchenme! Alaric está enfermo… no podemos matarlo…
—Ya tuve suficiente de esta porquería…—Sophie contuvo el aliento. Y sin esperar un segundo más se precipitó hacia James.
Dejando detrás el polvo ocasionó un estallido de luz. Chispas volaron mientras llegaba hasta su antiguo amigo. Un puño descendió furioso, James lo esquivó y con el codo golpeó de lleno el rostro de la rubia.
Los ojos azules parecieron heridos. Ofendidos por aquél movimiento.
James retrocedió. Alzando las manos intentó detener la serie de sucesos que estaban desencadenándose.
—No me hagan detenerlos. Sé lo que sienten. Pero ésta no es la manera. Llegamos juntos. Nos iremos juntos…
—Sólo que ya no lo haremos… Porque tu novio mató a nuestros amigos—dijo Frankie dando unos pasos hasta él. Lágrimas ardientes resbalaban por su mejilla. Una sonrisa se extendió por su rostro.—Tuve razón todo el tiempo… No eres más que la perra de Alaric…
Fue como un estallido en el silencio.
El inicio de la batalla final se presentó con el quiebre de voluntades y confianzas. Con una chica de hielo describiendo una vuelta en el aire mientras desplegaba esquirlas de hielo. Con un paramédico repeliéndolas a último segundo y una mujer que controlaba la luz perdiendo los estribos. Disparando a diestra y siniestra contra aquél en el que había confiado.
Alaric observaba desde el suelo. Sentía el poder regresar a sus venas.
Las estacas abandonaron sus manos. Las heridas sanaron.
Carver observó perpleja la balanza caer de forma drástica en su contra nuevamente cuando el líder de Olympia se colocó a gatas. Extendiendo las manos hasta que un relámpago fracturado emergió de la punta de sus dedos.
La doctora Emmerson salió disparada hacia atrás. La electricidad recorriendo su cuerpo. El tigre sacó sus garras y esquivó los impactos mientras que la chica que se hacía llamar Revenge se preparaba para un segundo combate.
Esta vez no había escudos.
No había contención.
Amigos contra amigos. Todo se reducía a eso. Los guerreros que habían acompañado la contienda hasta ese momento se habían detenido para observar. Para retroceder. Comprendiendo quizá que el origen de la pelea no era propio.
Cuando la telekinesis de James y el hielo de Frankie chocaron fue algo más significativa para el universo que dos metahumanos luchando. Era la traducción de dos ideas distintas aunque quizá ninguna era errónea.
Quizá las dos lo eran.
Un conflicto fundamental extendiendo sus garras a aquellos que alguna vez habían sido sólo victimas y ahora eran soldados.
Y cuando Carver convocó un escudo de energía roja que impactó contra el pecho de Alaric no era simplemente venganza. Eran el bien y el mal luchando por el control de toda la isla una última vez.
Una isla oculta. Un mito andante que ahora era un campo de batalla.
Sophie encendió sus puños que como dos luceros arremetían contra James que estaba gastando sus energías para contener a las dos rubias.
No hizo lo suficiente.
Un puño convertido en hielo le impactó en el costado. Sus costillas crujieron.
Corinda ya se encontraba atacando a Alaric, que a pesar de haber perdido una extremidad que no podía recuperar, se movía como un monstruo. Arrastrándose en el suelo con total agilidad en un embiste que Wen Nichols apenas pudo esquivar.
Corinda tomó un arco del suelo. Disparó una flecha hacia Alaric que se clavó en su hombro. El inglés exhaló con dificultad y sus ojos se encendieron como si estuviesen fabricados de lava.
James tomó el puño de Frankie. La superficie dura e irregular le causó cortes pero se las arregló para doblarlo. La doblegó un instante usando su fuerza natural contra ella y la jaló ocasionando que uno de los golpes de Sophie impactara en su espalda.
No se sintió satisfecho con su obra. Pero salvó su batalla. La prolongó unos segundos más.
Los poderes del grupo de rebeldes se habían convertido en proyectiles. En arietes. En catapultas y cañones que eran disparados haciendo estremecer el terreno completo pero poco a sus guerreros centrales.
Yukari se transformó de nuevo. En un cuervo de negras alas que extendió su vuelo al cielo.
Alaric dejó de buscarla intentando combatir de frente a Carver. Corinda disparó de nuevo aunque esta vez fue hacia James que en un movimiento desvió el proyectil reflectándolo de regreso hacia la chica. Penetrando los músculos de la rodilla.
Fue un buen movimiento aunque quizá la flecha no hubiese dolido tanto como el ardiente impacto de luz que le quemó parte del rostro. Cegándolo lo suficiente para que Frankie Harleen Grohl lo derribara con un golpe.
El paramédico se quedó en el suelo tres segundos sintiendo la piel chamuscada de su mejilla. Y aún ciego por el resplandor se puso de pie. Empujó la telekinesia y la volvió un golpe sofocante hacia Frankie.
La telekinesis se manifestó. Pensamientos ardientes y de traición se gestaban en la cabeza de Sophie Vendetta como gusanos en un cuerpo putrefacto. Se encontraba iracunda, primitiva, deseando asesinarlo. Fue esa la primera revelación que percibió James y al recuperar la visión la confrontó sin temor.
Los rayos de luz rebotando contra los escudos telekineticos formaban estallidos como de soldadura y sonidos ahogados como balas que se disparan bajo el agua.
Aunque Jim hacía lo posible por herir poco a Sophie, ésta no seguía ese principio lo que convertía aquél combate en una cuestión más difícil para James, especialmente cuando Frankie se unió a la pelea nuevamente.
No podría contenerlas mucho, comprendió, no sin pelear realmente.
Alaric se encontraba rodando en el suelo como una criatura de pesadilla. Extendiendo látigos de planta hacia sus contrincantes que a último momento podían esquivarlo.
Carver tomó uno de los tentáculos y lo jaló, arrancándolo con un tirón que pareció herir a Bauer.
Corinda se arrancó la flecha de la rodilla y la quebró entre sus manos. Dejó el arco de lado y se unió al lado físico de la batalla contra Alaric impactándolo con la bota en el pecho, lanzándolo al centro del campo entre los cadáveres de los caídos y ahí continuó la pelea.
Alaric se recuperó. Intentó ponerse en pie echando en falta la pierna que le había sido arrebatada antes de que su comodín llegase a rescatarlo. Las raíces de un arbol se extendieron y enredándose a la extremidad incompleta sirvieron de soporte permitiéndole levantarse para dar batalla completa.
Mientras tanto James esquivaba los poderes, las patadas y puñetazos que le eran propinados. Luchaba contra sus compañeras, mujeres que conocía tanto como se conocía a él mismo. Las conocía mejor que amigas, hermanas o amantes… habían sido parte de él. Parte de su equipo. De su familia. Y las amaba pero no tuvo que leer sus mentes para saber que el sentimiento no era mutuo por lo que al minuto tres de la pelea dejó de defenderse y empezó a atacar. Usó su vuelo y embistió a Frankie por la cintura estrellándola contra un tronco. Dejándola inconsciente lo suficiente.
Su telekinesia le sirvió como precognición cuando Sophie intentó atacarlo por la espalda, leyó sus pensamientos y extendió la mano liberando un estallido en su contra que le dio en las piernas haciéndola impactar contra el suelo de tal manera que las luces en sus manos se evaporaron en niebla resplandeciente.
—Ya basta… tenemos que detenernos antes de que sea tarde—imploró Jim. Sophie no escuchaba, pues Sophie ya no estaba ahí.
Era un alma perdida. Que había abandonado el cuerpo de la compañera y guerrera.
—¿Como fue tarde para Elizabeth y Henry…?—respondió con una voz pronfunda y herida.
Aquél fue uno de los golpes más profundos de la batalla. Un golpe a la consciencia y a la moral.
El paramédico dudó, la rubia no lo hizo al levantarse de un salto y soltar otro resplandor de luz en su contra. Cegándolo nuevamente. Esta vez Sophie no dejó a la suerte los segundos siguientes. Tomó a Jim de los hombros y lo hizo estrellar contra el suelo, el castaño se arqueó soltando un rugido.
Jim se empujó con las piernas y sobrevoló a baja altura. Se puso de pie cargando el peso de su cuerpo del lado derecho.
—Sophie… no…—pidió Jim mirando de frente a su oponente.—…Hay otra forma…
Ella no respondió. Giró las muñecas y permitió que la luz escapara de sus manos sin límites. Dos rayos directos que partieron la isla entera, escapando como faros de luz para los barcos perdidos. Pasando incluso la barrera invisible que protegía Hy-Brazil.
En cámaras satélites ese suceso se registró como una manifestación divina. No podrían estar más lejos de la realidad.
Ambas luces impactaron el pecho de Jim. La piel comenzó a quemarse y las venas de los pectorales se convirtieron en lava. Una gran quemadura se instaló como una telaraña en la piel del pecho.
Alaric se permitió distraerse por las dos lineas rectas de luz que emergieron de las manos de Sophie. Poder desencadenado. Sin límites.
Bajó el cuerpo y esquivó otro golpe de Carver. Luego uno de Corinda.
Tan concentrado estaba por sus dos contrincantes más cercanas que no advirtió el misil que bajó del cielo, extendiendo las garras.
Yukari colocó las alas para que el aire le aminorara el vuelo. Puso las garras en posición y aterrizó de lleno en el rostro de Alaric.
Las uñas del ave se presionaron en los globos oculares, los tomaron como esferas y presionaron, provocando un grito de dolor absoluto de Alaric mientras la sangre bajaba por sus mejillas y un graznido de Yukari mientras se alejaba, llevando entre las uñas de su pata derecha parte del ojo de su enemigo.
Jim se retorció en dolor mientras el calor de la luz escarbaba entre la protección orgánica de su piel.
Alaric cayó de rodillas.
Y ambos se encontraron en desesperación.
Frankie recuperó la consciencia, también Serena. Jill salió de su escondite.
Y el final fue abrupto y repentino.
♦
Seattle, Washington…
El momento se congeló en una fotografía.
Con las cenizas volando, Dutch miró fijamente al hombre que flotaba y este le regresó la mirada. Una mirada enrojecida.
Un instante que se prolongó de manera eterna. En lo que se sintieron horas de tensión, de corazones latiendo con enloquecida velocidad. Hombres que se despidieron de sus familias sabiendo a antemano que no volverían a verlas.
El sonido de las ambulancias sintiéndose lejano. Perdido.
—No dejes ni un sobreviviente—alzó la voz Raziel.
El chico parecía influido. Perdido. Los trozos de su piel cayéndose como si fuese una víctima de lepra. Y aún así fue más veloz de lo que Paul hubiese previsto.
Sus manos se adelantaron como armas en un duelo Western. Sus dedos se extendieron y relámpagos surgieron de sus dedos. Brillantes resplandores iluminaron el espacio como granadas cegadoras.
Un cañonazo que aturdió a las tropas enteras.
Paul retrocedió, cubriéndose los ojos. Su corazón latió con fuerza y su instinto de guerrero le llamó, tirando de su cuerpo para reaccionar. Se lanzó contra Quendi y la apartó a puro instinto.
Cuando las blancas siluetas tomaron forma supo que había hecho lo correcto, comprendió que acababa de salvarla de un impacto letal que partió el suelo en dos e hizo estallar uno de los transportes carbonizando a un par de soldados. Sin embargo Charlotte había sido golpeada de manera indirecta, su cuerpo había sido cubierto por algo parecido al diamante. Algo que la había protegido como un capullo a último segundo aunque no lo suficiente para mantenerla despierta después del golpe.
Dutch ahogó un quejido y luchando contra sus sentidos afectados corrió hacia los maletines en la tienda. Buscó en el interior con desesperación mientras escuchaba los primeros tiros de defensa lejanos. Ahogados en eco.
Alan Hoffman se arrastró de la camilla médica. Llevaba un brazo en vendas y parte del rostro magullado. Tomó un par de pistolas y las colocó en su cinturón, acto seguido sostuvo una escopeta entre sus manos y revisó las municiones.
Un segundo relámpago estremeció el suelo.
Dutch y Hoffman abandonaron el escondite y alzaron sus armas, lanzando pólvora contra las figuras encapuchadas. Leslie se unió al ataque unos instantes después, cuando emergió de entre los restos del vehículo en llamas. Dutch podía escucharla respirar profundamente mientras cargaba su siempre confiable rifle de corredera. El primer disparo fue casi aturdidor y sin embargo certero.
Uno de los encapuchados cayó al suelo. Los otros se dispersaron a los lados, moviéndose con agilidad para ocultarse detrás de las ruinas más alejadas de la ciudad: Los carteles de tránsito caídos y las vigas metálicas dispersas.
Sin embargo Raziel permaneció firme en el centro del campo. Con el pecho inflado de orgullo por su creación que ingrávida comenzó a desplazarse hacia los soldados.
Dutch miró a Quendi que recobraba la lucidez. Arrastrando su cuerpo delgado fuera del radio de fuego hasta ser escoltada tropas médicas. Las tropas enteras habían conseguido colocarse en posición y varias líneas de fuego se extendían frente a Dutch.
Los encapuchados volvieron al ataque tan pronto como los disparos se los permitieron. Alan gritó al equipo que mantuvieran un flujo de fuego constante para entorpecerlos y se mantuvieran a cobertura de los relámpagos del chico que flotaba. Dutch siguió disparando, sin detenerse a verificar si Charlotte se había puesto a cubierto, pues estaba consciente de que bajo ataque la chica no podía ser su prioridad.
Los encapuchados se defendieron. Aunque no fue sorpresa para nadie que no lo hicieran con armas ni bombas. Pues el arma se encontraba dentro de ellos.
Uno hizo emerger sombras, embravecidos lobos que escaparon de entre sus ropajes ahuyando, clavando las garras en el suelo y arremetiendo. Las balas lo traspasaban de lleno y se movía con la agilidad de un lupino real. También era tan letal como uno.
Alguien lanzó una bomba cegadora aunque Paul no pudo ver con exactitud quién, pero la estrategia funcionó y la luz fracturó la estructura del lobo que soltó un gruñido herido.
Dutch preparó una segunda tanda de balas y esta vez disparó hacia la figura encapuchada del centro. Las balas abandonaron el cañón con un escándalo metálico aunque al llegar a su objetivo rebotaron como si se trataran de guijarros de río, rebotados a los lados. Impactando en las ambulancias.
—¿Campo de fuerza, hijo de puta? —jadeó Dutch manteniendo a raya sus disparos para los encapuchados que seguían dando batalla. Uno de ellos ya lanzaba bolas de fuego en su dirección aunque Leslie parecía contenerlo.
Los encapuchados detuvieron su avance. Se congelaron en su lugar sin dejar de defenderse, Azrael comenzó a andar hacia ellos dando pasos cortos y pausados. Bastó un movimiento de mano y el aire se rasgó como si fuera papel tapiz. Un hueco se abrió de la nada y la figura de la capa introdujo su mano.
Dutch escuchó detrás de él un quejido de dolor y al igual que la mayor parte del escuadrón volvió su mirada para observar como una mano emergida de un portal traspasaba el pecho de uno de los soldados.
—¡Tenemos que defendernos! —gritó Leslie.
—No, tenemos que defendernos. Si nos retiramos ahora quedaremos expuestos—explicó Alan. Con más temple del que Dutch hubiese podido mostrar en ese momento.
Azrael siguió avanzando mientras su creación flotaba un par de metros detrás de él, liberando descargas de energía que hacían arder las tiendas médicas y los transportes.
Los soldados que podían volver a ponerse en pie se habían unido a la defensa aunque de manera inútil, pues seguían muriendo y del enemigo sólo habían derrotado a uno de los encapuchados.
Hoffman dirigió su arma hacia Azrael. Sostuvo el cañón con su mano libre y descargó con firmeza aunque el disparo de nuevo se perdió sólo a un movimiento de brazo.
Las cuatro figuras encapuchadas gozaban de un aire familiar para Paul. Aunque no podía centrar su mente en ese instante y en especial cuando un rayo carmesí apareció entre el polvo y las cenizas que volaban en el campo de batalla. Un fragor nacido en las manos de Azrael. Al principio era una fina línea que unos segundos después se extendió en una especie de disco resplandeciente creado de energía.
El campo de fuerza cayó como la carpa de un circo al final de la noche y Dutch supo que no significaba que los hombres lo hubiesen tirado; Simplemente que Azrael estaba por entrar en combate activo.
Las figuras habían avanzado casi quince metros hacia ellos desde su posición inicial. Los estaban acorralando en la base Foxtrot.
Los disparos de Leslie se interrumpieron de repente. Se había quedado sin municiones por lo que lanzó el arma al suelo con desesperación y sacó la 9mm de su cintura. Un movimiento desesperado.
Paul vio la ceniza acariciar la brillante armadura de Azrael. Se relamió los labios y retrocedió un metro arremetiendo de nuevo contra él.
—Señor, tenemos que retirarnos ahora—suplicó Leslie a cubierto detrás de una farola partida a la mitad.
—Si lo hacemos morirá más de la mitad en el rescate.
—¿No vale más eso a que mueran todos?
Hoffman pareció considerarlo. Y cerró los ojos, saliendo de su lugar para dejar otro par de disparos que se hundieron en el disco giratorio de Azrael sin causar mayor estrago.
—Es cierto hermano. Tienen que salir de aquí—apoyó Dutch haciéndose oír sobre el sonido constante de los disparos.
—Todos saldremos de aquí…
—No lo haremos. Toma los transportes que aún funcionen. Llévate a los hombres que puedas un kilómetro al norte y convoca ahí a los helicópteros. Intentaré contener a estos hijos de perra tanto como me sea posible.
—No vas a quedarte aquí, Dutch—jadeó Leslie Silk. —Van a matarte.
—Esa es una idiotez, mujer— respondió Dutch Paul hacia su vieja compañera, esbozando a su vez una blanca sonrisa. Una sonrisa de diversión ante el peligro, ante los retos. Una sonrisa que Leslie vio por última vez en ese momento— Yo no puedo morir…— el soldado se volvió a Hoffman. Y extendió una de sus grandes manos para tomar su hombro. — Déjame un par de juguetes y váyanse. Estaré bien, hermano.
Alan sabía que eso era una mentira.
Sabía que era un sacrificio. Un sacrificio de uno de los mejores hombres que la compañía tenía. Sangre que quedaría en sus manos. Y sin embargo tomó la decisión que cualquier general hubiese tomado ante aquella situación.
Y ordenó la retirada.
Los soldados dejaron de disparar. Las armas cayeron al suelo mientras se replegaban hacia sus vehículos en un movimiento que a Azrael le pareció divertido.
Como ratas. Como cucarachas asustadas. La energía seguía fluyendo entre sus dedos. Giró la cadera y la lanzó impactando a dos soldados en el vuelo que cayeron sin poder alcanzar sus respectivas coberturas.
—Es como jugar Duckhunt, ¿no es así? —se burló uno de sus seguidores. Un hombre que no había aprendido a mantener la boca cerrada.
Azrael no contestó, en lugar de ello se preparó para acabar con todos. Alzó la mano para contener a sus combatientes, incluido Jason O’Mara.
—Espera a que suban a los Jeeps… y vaporízalos a todos—se jactó el enmascarado. Una vida entera dedicado a la Orden. Escurriéndose en las sombras y finalmente veía el objetivo de su vida realizado. Finalmente podía devolver el fuego. Y disfrutaba de ello cada segundo.
En ese instante hubo un grito. Y no se trataba de otra victima, no era un hombre muriendo. Era otra cosa. Azrael buscó con la mirada el origen, mas sólo encontró el cilindro cromado que volaba en su dirección como una lata de aerosol.
Se burló.
Se rió de manera estridente por la desesperación y en una traición de su propio ego decidió atraparla entre sus manos. Sus ojos ensombrecidos leyeron la inscripción:
GRANADA DE FRAGMENTACIÓN WOODGATE.
El artefacto estalló entre sus manos. Azrael contuvo la explosión para sí, extendió un campo de fuerza y minimizó el impacto, sin embargo las esquirlas se dispararon a los lados hiriendo a dos de sus hombres.
Fue una mancha a su historial.
Una falta que no podría soportar. Que no relataría pues era un tropiezo que no se repetiría.
¿Quién era?, se preguntó, ¿Quién de aquellas criaturas se creería lo suficiente para enfrentarlo sólo mientras sus tropas se marchaban?
La respuesta emergió frente a sus ojos. El guerrero de anchos hombros. Con el hombro dislocado y quemaduras. Un hombre que lo había perdido todo, comprendió Azrael. Que no tenía ya, nada que perder.
Hizo un movimiento. Sus hombres fueron al ataque. El militar respondió como solo una bestia podía hacerlo, enarbolando sus armas de destrucción y disparándolas.
El resplandor del fuego se abrió paso hacia ellos. Disparado desde un revolver que giraba con ritmo enloquecido.
Marceline abandonó la formación primer o. Y de nuevo obligó a sus sombras a atacar. Las bestias de pesadilla se desplegaron. Aullaron mientras saltaban, aterrizando en un solo movimiento frente al guerrero que soltó su gran herramienta para extarer de su espalda un pequeño tubo que siseó en el aire al extraer un filo azulado de plasma. La espada vibró en el aire mientras el soldado partía a los lobos de Marceline a la mitad, ignorando las mordidas y rasguños. Jason, flotando sobre ellos, solamente admiraba con la curiosidad de un recién nacido la escena.
—Puedo…—se ofreció el chico. Con la voz ronca. Sobrepuesta. Como la víctima de una posesión satánica.
—No aún, muchacho… —respondió Azrael con diversión.
Paul sintió la cálida caricia de la sangre en el área del hombro izquierdo y la nuca cuando la última sombra se evaporó.
Se mantuvo de pie aunque toda su anatomía le ordenaba que se rindiera. El resto del mundo era oscuridad y ruido blanco, una televisión encendida sin señal.
Estaba sangrando. Realmente estaba sangrando. Eran heridas graves.
Y las figuras frente a él parecían tan frescas como verduras. Sin muestra alguna de agotamiento.
Pero estaban ahí. Seguían ahí lo que significaba que estaba haciendo bien su trabajo. Y sólo tenía que darles unos minutos más.
—Ven por mí, maldito infeliz—susurró Paul.
Azrael sonrió debajo de la máscara. Y por primera vez, quiso sentir lo que causaba asesinar a un hombre con sus propias manos.
♦
Isla Hy-Brazil…
Hubo relámpagos. Fogonazos de luz y un par de gritos.
James Millbrook sintió que la vida se le iba. Que su energía era drenada al tiempo que en la desesperación empujaba su habilidad intentando defenderse. Los pensamientos de Sophie eran como bestias furiosas.
Una jauría de perros rabiosos corriendo en todas direcciones. Pensamientos que gritaban y recriminaban. Reclamaban.
Imágenes introducidas en su mente tan profundamente que eran heridas en su psique. Heridas sangrantes e infectadas.
Esos pensamientos estaban enloquecidos. Rasgaban las paredes de su mente vociferando.
Hasta que de repente no lo hicieron más.
James sintió su carne descansar de la presión del relámpago. Su piel estaba chamuscada y podía ver su ropa reducida a cenizas. Sus músculos al rojo vivo como lava le dolían al respirar.
Cayó de rodillas y luego miró de frente a Sophie. Lo que le había hecho.
Sus ojos estaban inundados en sangre que resbalaba por sus mejillas y escapaba de su nariz. Los recuerdos aunque borrosos volvieron a él. Lo atormentarían por siempre.
La manera en que empujó su habilidad. En que la guió por medio de la telekinesia como un hilo conductor. Una mecha de dinamita.
Hasta que hizo estallar sus pensamientos.
Hasta que reventó el cerebro dentro del cráneo de la mujer que una vez consideró una hermana.
James retrocedió horrorizado. Y miró alrededor hasta que miró a Alaric. Cegado, los ojos arrancados intentando regenerarse. Y el gran tentáculo que se extendía desde su mano. Una vara de hueso que traspasaba a alguien que había decidido aprovechar, alguien que no había considerado las consecuencias de atacar a un monstruo a ciegas...
Corinda estaba suspendida en el aire.
Sus pies no tocaban el suelo. Se retorcían en dolor mientras la vara de hueso se introducía más profundo en sus entrañas. Los grandes ojos azules resplandecían, brillaban derramando una lágrima.
Y en el umbral de la vida miró a Jessica. En los últimos segundos también lo recordó todo. Recordó a Andrew.
Lo vivido. Lo que jamás llegaría. Futuros posibles erradicados…
James tembló e intentó alcanzar su mente, pero fue interrumpido. Por la niña que salió de entre los árboles, con los ojos rojos.
Su pequeño cuerpo se sacudía como una pieza de madera en el viento.
James no alcanzó la mente de Corinda. Pero si pudo tocar la de Jill… una herida profunda se abría en su mente, en sus pensamientos y sobre todo en su alma.
Hasta que el poder estalló. Y lo hizo con un grito.
Cortó la habilidad de Jim como si fuese con una navaja. Apagó las voces.
No fue algo silencioso, fue una onda expansiva que alcanzó a todos.
E hizo algo que hubiese sorprendido a la naturaleza misma… los apagó.
Arrancó poderes. Arrancó mejoras. Los volvió algo que muchos de ellos —En especial Alaric— no habían sido en años. En décadas. En toda una vida…
Los volvió humanos. Humanos que podían morir.
Humanos que podían sangrar.
Los convirtió en hombres y mujeres que sólo tendrían sus manos para terminar lo que había empezado hace 3 años…
La batalla más grande de sus vidas.
♦
El helicóptero se alejó de Seattle como un pájaro herido. Estremeciéndose al dejar atrás el escenario de pesadilla que acababa de presentar.
Ella despertó en mitad de la oscuridad. Con el aroma a tela, plástico y carne quemada impregnando sus sentidos. Su cabeza entera dolía. Un par de médicos se encargaban de sus heridas.
Los únicos dos médicos sobrevivientes de entre los seis miembros de la corporación que habían logrado escapar de Seattle.
—…Fue un golpe de suerte. Una victoria considerando todo…—decía una voz femenina. Sedosa. Silk.
—Manténganlo sedado. Con supresor veinticinco de las veinticuatro horas… los altos mandos querrán respuestas… al menos las pocas que podamos obtener de este sujeto…
Las voces se apagaron de nuevo. Y de nuevo la inconsciencia la recibió durante un par de minutos hasta que una nueva turbulencia la regresó al mundo de los vivos.
Charlotte Quendi observó a su alrededor.
Las miradas caídas. Los ánimos rotos.
Su propio cuerpo dolía al igual que sus ojos tras recibir el impacto.
—Paul…—dijo con voz seca y débil. Sus primeras palabras al despertar.
Alan negó con lentitud y Charlotte cerró los ojos evitando que las lágrimas le traicionaran.
Sabiendo que tendría que escribir su reporte al llegar a casa…
Otro relato de guerra y hombres muertos.













