El Huaso, parte 31: “Flu”
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Llegué a mi casa enfocado a juntar las cosas necesarias para acampar en la playa junto a mi pololo.
—¿Y a esta hora vienes llegando? —me preguntó mi papá con tono de reprobación al verme entrar a la casa.
—Si po, si les dije que me iba a quedar a dormir donde el Huaso —le respondí con naturalidad.
—¿Cómo estuvo el carrete? —me preguntó mi mamá, bajando un poco el tono a la severidad.
—Bueno… —respondí escuetamente—. Más tarde vamos a ir con los niños a acampar a la playa —les dije, como pidiéndoles permiso, pero mas bien estaba avisándoles.
—¿Y a quién le pediste permiso? —me preguntó serio mi papá.
—A ustedes, ahora —puse cara de gato con botas.
Mis papás accedieron a dejarme ir a acampar a la playa con “los niños”. Mi papá, que era el más reticente a dejarme ir, fue el que más me ayudó a reunir las cosas necesarias.
Pasé a buscar al Huaso a su casa, y sacamos las frazadas y almohadas de su cama (a escondidas de la señora Sonia), y partimos rumbo a Hornitos.
Llegamos a la playa, y estaba soleado, aunque corría un viento que daba frío. Eran cerca de las 5 de la tarde y ya habían un par de campistas por ser el inicio de la semana dieciochera. Nos pusimos a montar el campamento de inmediato (armamos la carpa e inflamos el colchón), y luego nos pusimos a pensar en qué hacer.
—Vamos a bañarnos —me decía el Huaso.
—¿Estay loco? Hace mucho frío.
—No hace tanto frío —me rebatía él—. Vamos, aprovechemos que aún hay sol.
—Bueno ya —accedí, de mala gana—. Pero si me da frío me abrazas —lo condicioné.
—Bueno —aceptó, pensándolo un poco.
Nos desvestimos y nos fuimos al agua, y apenas mis pies tocaron la arena húmeda pude sentir que estaba demasiado helada. El Huaso se metió como si nada, pero yo seguía en la orilla.
—¡Ya po, amor! —me gritó, aunque bajó la voz al decir la ultima palabra—, ¡apúrate!
Yo seguía de pie en la orilla de la playa, con el agua llegándome casi hasta las rodillas. El Huaso miró para todos lados, asegurándose que no había nadie mirando. El campamento más cercano estaba a unos cien metros de distancia, así que las probabilidades de que hubiera alguien mirándonos atentamente eran muy pocas.
El Huaso se acercó a mi y me dio un beso. Fue muy rápido, pero lo suficiente como para encender una llama en mí, no de calentura, sino de cariño. Sentir esa muestra de amor de parte de él, me dio la seguridad y valentía para poder aguantar las bajas temperaturas del agua.
Me tomó de la mano y yo caminé junto a él, adentrándonos más y más en el agua. Con cada ola que llegaba el agua me llegaba hasta más arriba, paralizándome casi por completo. Cuando el agua nos llegaba hasta el pecho, el Huaso se paró frente a mí, me tomó de las manos, y se sumergió bajo el agua. Yo me quedé ahí de pie sin saber que hacer, ya que no pensaba sumergirme aún.
Salió del agua, me soltó las manos y se corrió el pelo de la cara con las manos, para no tirarme agua sacudiéndose.
—¿Por qué no te sumergiste conmigo? —me preguntó sorprendido.
—Porque tengo frío —le respondí con la voz entrecortada.
—¿Mucho frio?
—Sí —le respondí, aún tiritando.
El Huaso miró hacia los lados, buscando gente que pudiera estar mirando. Al no encontrar a nadie, se acercó a mí.
—Y ahora, ¿sigues teniendo frío? —me preguntó abrazándome por la cintura.
—S-s-sí —tenía la voz entrecortada, aunque su abrazo me ayudaba a sobrellevarlo.
Mi pololo me tomó las piernas e hizo que las cruzara por detrás de su espalda. Me tenía soportado en sus brazos bajo el agua, y conmigo sujetado a él, comenzó a bajar de nivel, haciendo que el agua llegara más arriba de lo que había alcanzado hasta el momento.
—¿Está bien así? —me preguntó cuando el agua nos llegaba al cuello.
—Sí —le respondí con voz firme, aunque mi cuerpo aún temblaba.
—¿Quieres meter la cabeza? —me preguntó y yo me alejé un poco de él y lo miré a los ojos.
—¿Qué? —dije riéndome, por la mala elección de palabras.
—¡En el agua! —se explicó riendo conmigo—. ¿Quieres meter la cabeza en el agua? —yo seguía riéndome y no pude contestar—. ¿Eso es un si?, entonces tápate la nariz.
—¡No, no! —grité, tratando de zafarme.
—Ya, ya —me dijo tratando de tranquilizarme, abrazándome más fuerte, y levantándose hasta que el agua nos llegara al pecho nuevamente—, si era broma.
Me soltó y volvió a mirar alrededor, para asegurarse que aún nadie miraba. Me tomó de la mano y me acercó a el para besarme, y luego me soltó y volvió a sumergirse. Yo estaba temblando, con el viento congelando mi piel ya mojada por el agua, así que decidí sumergirme completamente. Mi atrevimiento me duró solo un par de segundos y me volví a levantar rápidamente.
A partir de ahí tomé mas confianza y pude comenzar a disfrutar un poco más del agua (no tanto como el Huaso). Después de un rato jugando en el agua, nos salimos.
Nos secamos y nos pusimos un poleron abrigado, pero yo no pude entrar en calor.
—¿Estay bien? —me preguntó el Huaso, ya de noche mientras comíamos frente a la “fogata”.
—Sí —respondí, tratando de ocultar el hecho de que el cuerpo aún no se me abrigaba—, estoy bien, amor.
Mas tarde nos acostamos frente a frente en nuestro nidito de amor, y el Huaso me acarició el rostro, mirándome con enamoramiento.
—Te amo, ¿lo sabías? —me preguntó.
—Lo suponía… —le respondí haciéndome el tonto—. Yo también te amo.
Se acercó a besarme y bajó su mano desde mi cara, hacia mi hombro, mi brazo, y terminó posándola en mi cadera. Me acercó a él y me besó con más pasión, y yo le respondí sin ganas.
—¿Qué pasa? —me preguntó preocupado.
—Tengo frío. Mucho frío —respondí avergonado.
—¿Todavía? —me miró sorprendido, examinando mi rostro en la oscuridad buscando algún indicio de enfermedad.
—Sí…
—¿Tienes algo para tomar?
—Nada
—Durmamos entonces, quizás mañana amaneces mejor —me dijo, preocupado y me dio un beso de buenas noches—. Dése vuelta —me ordenó con amabilidad y yo le hice caso. Me volteé y él me abrazó, dándome todo su calor corporal. Me quedé dormido casi de inmediato.
A la mañana siguiente desperté sintiéndome peor. La garganta me dolía y tenía la nariz tapada. Eso sumado al calor infernal que había dentro de la carpa producto del sol que incluso a esas tempranas horas ya pegaba con fuerza.
El Huaso me preparó el desayuno, prendió un poco de carbón e hizo hervir la mini tetera que teníamos, mientras calentaba unos panes para ambos. Se sentó frente a mí, él fuera de la carpa y yo en la entrada de esta, sentado aún en el colchón.
—¿Cómo te sientes? —me preguntaba cada cierto rato.
—Masomenos —por dentro solo quería morir, pero tiendo a exagerar cuando me enfermo.
—Tomemos desayuno, esperamos un rato y de ahí nos vamos, ¿oka?
—Bueno —le respondí con una sonrisa, que me costó todas mis fuerzas.
Terminamos de comer y nos acostamos un rato en la carpa, con la “puerta” abierta, para no morir sofocados. Después de un rato nos volvimos a levantar y pusimos manos a la obra para desarmar el campamento. Yo invertí toda mi energía en la tarea de desarme, y por fortuna el Huaso andaba con su licencia, así que él se vino manejando hasta la ciudad. En condiciones normales yo soy muy reacio a pasarle el auto a alguien más para que lo maneje, pero en mi condición de convalescencia estuve mas que dispuesto a pasar la responsabilidad a alguien mas.
Me llevó hasta mi casa, me ayudó a bajar las cosas, y se quedó un rato conversando con mis papás.
—Nos vinimos temprano, porque se sentía mal, así que lo traje. Los demás se quedaron en la playa un rato más —le explicó él a mis padres.
—Gracias por traerlo sano y salvo —le decía mi madre—. Nos alegra saber que el Larry tiene un amigo como tu que se preocupa tanto por él.
—Para eso están los amigos, tia —respondió él con humildad.
—Por supuesto —concordó mi padre—. Nos habría gustado que pudieras ir con nosotros a San Pedro…
—A mi también me habría gustado ir con ustedes —intervino el Huaso, dándome una mirada reprobatoria—, pero no podía ir porque tenía que terminar un trabajo que no había hecho —agregó para no delatar mi mentira.
El Huaso se despidió de mis padres, y luego de mí, con un fuerte abrazo.
—Espero que lo hayas pasado bien, dentro de todo —me dijo al oído mientras me abrazaba.
—Sí —le respondí escuetamente al oído.
El Huaso se fue y me fui a acostar a mi cama. Mi mamá me dio todo tipo de remedios que se le pudieron ocurrir, pero ninguno funcionó.
Al día siguiente tuve que ir a trabajar, para recuperar los días que no pude ir porque estaba ocupado con la tesis. Llegué a la pega, casi arrastrándome del malestar general que sentía. A medio día apareció el Huaso, con una sonrisa de oreja a oreja para hacerme compañía.
—¡Sorpresa! —me dijo levantando las manos en señal de celebración—. ¿Cómo estas amor?
—Maaaal —respondí con exageración, tirándome al escritorio, sobre un montón de papeles y lápices.
—Amor, mira lo que te traje —me dijo sacando un termo de su mochila—. Ah no, espera, este no —dijo al abrirlo, pero lo volvió a cerrar y sacó otro termo, un poco mas grande—. Este sí. Te traje sopa de pollo. Te hará bien —despejó el escritorio y sacó un bowl de su mochila y virtió el contenido del termo.
—Gracias amor —le agradecí, tomando la cuchara que me estaba ofreciendo.
—La hice yo —agregó con una sonrisa de orgullo en la cara—. El otro termo es para que después a la tarde te tomes un té de algo —me dijo sacando de su mochila una caja con bolsitas de té, de distintos tipos, inseguro de cual me haría mejor para mi enfermedad.
El Huaso me fue a acompañar al trabajo todos los días, y todos los días me llevaba sopa de pollo y té para tomar. Al tercer día ya me sentía mucho mejor, gracias a sus cuidados especiales, ya que me permitía descansar en mi trabajo porque él atendía a los pocos clientes que llegaron.
El 18 de septiembre por fin volví a mi buen estado de salud de siempre, así que fuimos a las ramadas junto al Bryan, la Cata, el Victor y la Claudia. Nos pusimos a comer en una fonda, y la Claudia se motivó apenas escuchó la primera cueca (después de muchos temas de Américo).
—¿Bailemos? —le ofreció ella a mi pololo.
—¿Qué? —preguntó el confundido, mirándome a mí.
—Larry, ¿te lo puedo quitar un rato para una cueca? —me pidió permiso.
—Si, dale —accedí, sonriéndole a la Claudia (igual como le sonreí a la señora Sonia), y dándole una mirada severa a mi pololo para que no se sobrepasara.
—Y tu, ¿bailas conmigo? —me ofreció la Cata. No supe que responderle. Sabia bailar cueca, pero lo hacía mal, aparte todo me daba vergüenza, así que estuve a punto de rechazarla—, vamos —me dijo, tomándome de la mano y llevándome al frente sin que pudiera negarme.
Estuvimos bailando bastante rato. Con la Cata me pude relajar harto y desempolvar mis viejos pasos de cueca que ya hacía más de un lustro no usaba. Al rato aparecieron el Bryan con el Victor, bailando juntos como si no importara que un monton de homofóbicos conservadores vieran a dos hombres bailando juntos el baile patrio. En mi interior deseaba que la pareja de hombres bailando cueca ahí fuéramos el Huaso y yo, pero sabía que su paranoia (y un poco la mía, debo admitirlo) no lo permitiría, y eso me hacía envidiar un poco a mis amigos.
Después de un par de pies de cueca, con la Cata nos sentamos a descansar, mientras mirábamos a nuestros amigos bailando. Mi pololo se movía con tal gracia al ritmo de la música, como si hubiera sido criado bailando cueca (obviamente, así había sido, pero nunca habíamos hablado al respecto). Sus movimientos, tan sensuales y masculinos provocaron en mí sentimientos de admiración y excitación.
—¿Cómo están ustedes, Larry? —me preguntó la Cata.
—¿Nosotros?
—Si, ustedes. Tú y el Huaso —especificó ella.
—Bien, como siempre —le respondí escuetamente, haciéndome el tonto.
—Me alegro por ustedes. De verdad —me dijo ella, mirándome a los ojos y con una sonrisa en su rostro—. Me alegro que hayan podido superar lo de la tesis.
—Ah si —dije entendiendo a qué se refería—. Igual nos costó un poco… tu cachay como es el Huaso po.
—Si, es medio terco —se rió—. Debes tener una paciencia infinita.
—Si supieras… —me reí yo también.
—Lo peor de todo es que se podrían haber evitado todo el drama si no fuera por la Claudia —me dijo mirando hacia el piso.
—Sí, pero ya me dijo que fue un error y que se equivocó —comenté haciéndome el weon.
—Cierto —dijo ella arqueando las cejas, pensando quizás que no la estaba mirando.
—Oye ¿y tu? —le pregunté cambiando de tema después de unos segundos de silencio, aunque aún con ese gesto en la mente—, ¿Qué onda con el Bryan?
—El Bryan… —repitió con una sonrisa en la cara—. Es un niño el Bryan.
—¿Si? Yo lo veo bien grande —le comenté intentando que se explayara.
—¿Y el Huaso sabe que andas viendo “bien grande” al Bryan? —me preguntó ella en doble sentido, riéndose.
—¡No me refería a eso! —dije riéndome—. ¡No pongas tus pensamientos pecaminosos en mis palabras!
—¡Ay! Me los imaginé —dijo tapándose los ojos y sonrojándose.
—Ya, suficiente —le advertí, aun riéndome—. Ya, en serio, dime ¿estas saliendo con alguien?
—Quizas… —respondió misteriosa ella.
—¿Pero no es el Bryan? —inquirí.
—No —dijo por fin poniéndose seria—. Con el Bryan nos dimos cuenta que era mejor seguir como amigos. Yo a él lo veo como un hermano, y estoy segura que él también me ve de la misma manera.
Nos quedamos un rato en silencio mirando como el resto bailaba. El Huaso seguía acaparando miradas por su talento en el baile, mientras el Bryan y el Victor las acaparaban por su falta de coordinación que compensaban con esfuerzo y humor. Al rato ellos volvieron a sentarse junto a nosotros, y más tarde, el Huaso con la Claudia se nos unieron.
Terminamos de tomarnos los terremotos y salimos a recorrer las ramadas. Nos subimos al zamba del “divertilandia”, y el Victor con la Claudia quedaron sentados en el medio del juego por no afirmarse bien.
Ya al terminar la noche nos dirigimos a tomar la locomoción. Embarcamos a la Cata y al Victor que debían tomar transporte, y el resto nos fuimos caminando. Me fui con el Huaso a su casa, y al llegar nos encontramos con la señora Sonia.
—Parece que voy a tener que cobrarle mensualidad a usted también —comentó con su habitual sonrisa.
—No se preocupe si casi ni duermo acá —le respondí haciéndome el amable también.
—¿Ah no? ¿Y qué viene a hacer siempre acá en las noches entonces? —me preguntó con rostro triunfal, como si acabra de obtener la respuesta que llevaba años buscando.
—No lo pesque señora Sonia, está un poco curado —intervino el Huaso, intentando ocultar su nerviosismo.
—Bueno usted sabrá que no puedo permitir que traiga borrachos a mi casa —se puso seria.
—No estoy borracho —dije ofendido. Ni siquiera se me trababa la lengua.
—Larry ándate a la pieza —me dijo mi pololo, serio—. Lo que pasa es que lo traje para darle un vaso con agua porque se sentía mal —continuó dirigiéndose a su hospedera—. Comió muchas cosas ahí en las ramadas, usted sabe…
No pude terminar de escuchar la conversación, ya que ingresé a la pieza del Huaso y cerré la puerta. Al rato el Huaso entró a la pieza con una mano en la frente.
—¿Cómo se te ocurre decirle esa wea? —me preguntó enojado, apenas cerró la puerta tras él.
—Perdona, no fue mi intención —me sentía mal por dejarlo expuesto.
—¿No vei que la vieja ya sospecha de nosotros? Ahora con lo que le dijiste prácticamente lo confirmaste —se paseaba a lo largo de la habitación, tapándose la cara con las manos.
—Ya, ¿pero qué tiene? —le pregunté sin entender tanto alboroto.
—¡Que me puede echar po! —me dijo enojado—. ¡Y le puede contar a mis viejos!
—¿Cómo le va a contar a tus viejos? —le pregunté incrédulo.
—¡Porque tiene su número en caso de emergencias po!
—¿No crees que estas exagerando? —le pregunté un poco molesto por su sobre reacción—. Y en caso de que te eche, ¿cual es el problema? ¿te complica tanto dejar de vivir en la casa de una vieja homofóbica?
—Tu no entiendes nada… —me dijo, respirando profundo.
—¡Explícame entonces! —le pedí.
El Huaso se acercó a la puerta de la pieza y la abrió de par en par.
—¡Qué bueno que ya te sientes mejor, Larry! —dijo en un volumen mas fuerte del necesario— ¡Nos vemos, cuídate!
Tuve una mezcla de emociones dentro de mí peleando por salir. Entre la pena y la rabia, mantuve mi orgullo, me acerqué al Huaso y le dije mirándolo a los ojos:
—Ni siquiera me diste un vaso de agua, aweonao —y salí de su habitación.
Salí de la casa y cerré la reja de la calle, y recién ahí, cuando comencé a caminar por las calles sin rumbo, dejé que las lágrimas cayeran como ríos por mis mejillas.















