"(…) Si tomas la cultura y le aplicas la lógica de optimización, la mentalidad de la IA, obtienes lo que tenemos ahora: un producto artificial que entiende qué se puede vender sin asumir los compromisos necesarios para construir las condiciones que permitirían ese resultado. La gente quiere revolución, así que vamos a venderles todos los productos que huelen, saben y se ven como revolución, sin ofrecer realmente las condiciones para que ocurra. Ese es otro ángulo. Y hay un tercero: todos están dentro del engaño. Todos forman parte del engaño. Queremos creer que el arte puede ser útil. Esta idea, como dices, de que el arte y la cultura pueden ser simplemente objetos de ocio, algo con lo que interactuar en los ciclos del aburrimiento, resulta profundamente antiestadounidense. Europa tiene una relación distinta con el arte y la cultura. El hecho de cerrar todo casi todo los domingos busca precisamente que salgas a interactuar con algo por aburrimiento, no por productividad, sino por una relación personal con tu tiempo libre. En Estados Unidos eso no existe. Y, de nuevo, todos participan del engaño. Si estudiaste arte y te endeudaste de forma brutal para obtener ese título, necesitas validar esa decisión mediante la ilusión de que tu arte tiene un propósito. ¿Quién se endeudaría con 120 mil, 150 mil o 200 mil dólares si el resultado fuera simplemente crear objetos para que otros los consuman en sus momentos de aburrimiento? Eso se podría hacer sin la deuda. Así que, en cierta medida, todos sostienen este sistema mientras, en el fondo, saben que algo está muy mal. Basta ver las ganancias en taquilla o los fundamentos del ecosistema: el sistema está por colapsar bajo su propio peso. La pregunta entonces es si esto explica por qué seguimos atrapados en esa nostalgia por el ideal de una cultura revolucionaria, ya convertida en algo casi zombi. Existe una exigencia de que el arte sea político. Esa exigencia viene del público, pero también de las instituciones que impulsan la producción artística. Parte de la idea de que, si generamos conciencia, habrá suficiente presión para producir cambios reales. Pero eso responde a una lectura equivocada de los años sesenta. Esa década demostró que ningún nivel de conciencia puede detener una maquinaria de guerra. Ni la incomodidad pública, ni la indignación, ni la protesta logran frenar un sistema que ya decidió actuar. Aun así, seguimos mirando ese periodo por su estética y no por sus resultados. Intentamos replicarlo, obteniendo los mismos resultados, pero ahora ni siquiera producimos buen arte. Antes, al menos, salían cosas valiosas. Hoy, son excepciones. Trabajamos con un modelo que no funciona, producimos arte mediocre y encima no entendemos por qué. Lo mismo pasa con temas como el medio ambiente. Se insiste en “crear conciencia”. Pero ya hay conciencia. Y la conciencia, por sí sola, no produce cambios. Si el sistema político es resistente a la población que dice representar, no hay nivel de conciencia que lo modifique. Lo único que genera es más ansiedad y esa sensación de “¿por qué nadie hace nada?”. Entonces se responde con más arte, o con gestos simbólicos absurdos, como echar jugo de jitomate sobre un Van Gogh, como si eso resolviera algo. Hay algo casi cómico en esa lógica. Si quieres cambiar algo, actúa directamente. No de forma simbólica. Pero a quien sí podemos exigir es a Hollywood: haz que Supergirl parezca una Black Panther, ponle un traje con referencias. Haz que Beyoncé cante en el Super Bowl. Haz que Bad Bunny cante en español. Demandas culturales que no son revolucionarias, pero lo parecen. Y eso basta, porque hemos llegado a un nivel de apatía que no se veía en Estados Unidos desde hace un siglo. En resumen, hay una comprensión lejana de que los productos culturales alguna vez tuvieron influencia real. Pero esa nostalgia ha sido instrumentalizada, no para cambiar sistemas ni orientar el discurso político, sino simplemente para maximizar ganancias".
Fragmento del episodio Nostalgia Revolucionaria, del luminoso podcast The Culture We Deserve, de la genialísima Jessa Crispin y su esposo, Nico Rodríguez, con quienes esta vez coincido un 97.8%.










