Caminó por mucho tiempo, antes de darse cuenta que ya no sentía sus dedos hundirse en la nieve. Se detuvo y cerró los ojos; no estaba cansado, de hecho no podía sentir el frío. Abrió los ojos y examinó sus zarpas, no sentía nada. Por primera vez miró alrededor, solo nieve y niebla, nada más. Trató de entender que ocurría, pero no podía. Lentamente dio un giro de trescientos sesenta grados, agudizando sus amarillos ojos, en busca de alguna pista para saber que dirección tomar, pero nada podía penetrar aquel paisaje blanco. Escogió una dirección y se encaminó hacia ella, decidido a no detenerse hasta encontrar la salida de aquel sitio. Caminó, caminó y caminó, pero nada aparecía en el horizonte. Nuevamente se detuvo, la idea, que en un principio había parecido un plan infalible, estaba resultando inútil. Sin embargo, cómo salir de este sitio sin avanzar. La desesperación comenzó a invadir sus pensamientos. Arrancó a correr y nuevamente corrió y corrió, sin llegar a ningún sitio. Este páramo invernal no tenía fin, ni más nada que niebla y nieve. En su mente una tormenta de ideas y confusión tenían lugar. De pronto se dio cuenta que no estaba cansado, había corrido mucho y no tenía ni pizca de cansancio. Un sueño, pensó.
—Estoy soñando. —Y el sonido de su voz lo sorprendió, como si de pronto hubiera olvidado que era capaz de hablar.
Si esto era un sueño debía despertar, pero ¿Cómo? Todo esto se sentía muy real. Tal vez si intentaba dormir, pensó. Así que decidió echarse y dormir.
Abrió los ojos, nieve, solo nieve, de nada había servido dormir. Aunque, no sabía si de verdad había dormido. Miró y buscó otra vez en todas direcciones, sin obtener mejores resultados que antes. Nuevamente tenía que avanzar, buscó sus huellas para saber de qué dirección venía y así poder seguir hacía adelante, pero no las encontró. Sus huellas desaparecieron.
Giró la vista y de pronto vio una pequeña mancha gris, apenas perceptible. No alcanzaba a distinguir que era, pero definitivamente era algo. Apresuró sus pasos temeroso de que fuera a encontrar peligro. No había donde ocultarse, era una mancha roja en un lienzo blanco.
Cuando por fin estuvo lo suficientemente cerca, pudo notar que eran pinos, un pequeño bosque en medio de la nada. Tal vez haya alguien ahí que me pueda ayudar, pensó y se dirigió entre los árboles.
El bosque era oscuro y sus árboles fuertes, pero un silencio mortal lo cubría todo, de pronto pudo sentirlo, alguien lo miraba. No podía saber desde donde, así que siguió avanzando pretendiendo no haber advertido a su vigilante. Conforme se adentraba en el bosque, se hacía más oscuro y la hierbas más altas. Este bosque estaba lleno de un aire de peligro, pero un bosque es un bosque pensaba él. Siguió sin mostrar duda en sus pasos, hasta llegar a un pequeño claro que dejaba entrar luz por la copa de los árboles formando una especie de círculo de luz. Se detuvo justo en el borde, algo le decía que no entrara, sus instintos de zorro, le sugerían permanecer bajo el cobijo de la oscuridad.
—Ahí está tu salida —dijo una voz, —¿No querías irte?
Alcanzó a disimular su sorpresa, mientras trataba de encontrar de dónde provenía la voz.
—Solamente entra al círculo de luz y saldrás.
La voz parecía salir de todos lados, como si el bosque entero estuviese hablando. Giro la cabeza buscando a quien fuera que les estuviese hablando.
—¿Dónde estoy? —preguntó el zorro.
—Digamos que este es mi bosque.
—¿Vas a dejarte ver o seguirás ocultando tú rostro? —preguntó el zorro con hostilidad y dejando ver que no tenía intenciones de jugar a los acertijos.
En ese momento una mujer apareció frente a él. Bañada por la luz que se colaba desde los árboles.
—¿Quién eres? —preguntó el zorro.
—Soy la bruja verde, guardiana del bosque.
—Sigues haciendo esa pregunta, me parece que es la pregunta correcta. Estás muerto, deberías estar en el otro mundo, pero yo te traje aquí.
—Muerto… es cierto, me dispararon. ¿Por qué me trajiste aquí?
—Mi tiempo aquí está por terminar. Una vez que la luz se extinga en mis ojos, no habrá quien vigile el equilibrio en el bosque. Sin embargo puedo pasar esa responsabilidad a alguien antes de que mi hora llegue.
—¿Estás insinuando que yo…?
—No, no es una insinuación, es un hecho. Por el poder que sostengo puedo darte la vida nuevamente, pero no puedo hacerte guardián del bosque contra tu voluntad. Para esto debes aceptar por voluntad propia.
—¿Entonces aún no estoy del todo muerto?
—No, ya estás muerto, es mi poder el que te mantiene aquí. Sólo te devolveré a la vida si aceptas ser el guardián del bosque.
—Ya veo, nada es gratis, ni siquiera en la muerte. ¿Por qué yo?
—¿Por qué no? ¿No es lo que has estado haciendo todo esté tiempo, protegiendo el bosque? Esta vez tendrás más… habilidades.
—Es una gran responsabilidad ¿Qué pasa si no puedo?
—¿Cómo podré saber lo que hago?
—Solo sigue tus propios instintos, yo te guiaré mientras aún esté aquí. ¿Aceptas?