Su cabello negro y desenfrenado, su ropa con estilo propio, su mirada que iba más allá de los límites y su voz que no dejaba callar, son aquellos aspectos que siempre creí le permitirían llegar alcanzar todos aquellos sueños que él anhelara. Sus dedos moviéndose ágilmente por aquel instrumento de voz grave y la pasión que le ponía a cada letra de canción imagino fueron las características esenciales y especiales que utilizó, utiliza y utilizará para hacer de él un medio para llegar a más gente y convertirse entonces en lo que siempre soñó. La poca importancia que le daba a los comentarios de la gente, y muy por el contrario el énfasis por hacer las cosas bien para aquellos que de verdad creían en él y sus sueños.
Son once años de haberlo conocido y puedo darme cuenta cuánto ha crecido como músico, profesional y persona. Siempre me pareció increíble que siendo hijo de un marino mercante haya tenido la suerte de que sus padres introduzcan por sus oídos y en su alma el gusto a ese arte que te permite escapar al menos por minutos u horas de esta Lima que te envuelve con bulla, caos y muchas veces decepciones.
Recuerdo hasta ahora el tino que tenía para expresarse y no callarse, el gusto por la lectura y la tortura que vivía día a día de saber que su padre, aquel hombre casi ausente en su niñez y juventud, quería que sea de su hijo mayor un magnífico abogado, son esas palabras y esas mismas palabras que día a día José Barreto recordaba en sus épocas de colegio. “Yo quiero ser periodista”, me decía, “escribir en un periódico y que todos lean lo que escribo”. Recuerdo su mirada caída cada vez que con angustia traía a su mente la idea errónea de ser abogado. Muy por el contrario, jamás le prohibieron tocar. Ni mamá, ni papá se metían con ese cabello cada vez más largo, con las uñas pintadas de vez en cuando color negro y con las típicas y ya conocidas salida para poder ensayar con la banda del colegio: 606. Aunque ni ellos entendían por que el nombre de la banda, fue una decisión de último momento para poder concursar en los Juegos Florales de TRILCE, y desde entonces emprendieron la búsqueda por ganar más premios y ser conocidos. Eran como una hermandad.
5to de secundaria y José o “pelos” como solíamos llamarlo debía preparase para llenar de orgullo a su padre, mas no a él mismo. La Católica fue la universidad a la que postuló y a la cuál ingreso con un primer intento. Los ciclos pasaban al igual que su descontento por la carrera, pero lo que siempre lo tenía de pie fue la banda, que poco a poco iba creciendo y dándole la oportunidad a nuevos integrantes.
Llegó el tercer ciclo de la carrera pero la lucha por continuar con algo que no le gustaba terminó. Decidió entonces arriesgarse a perder el apoyo de su padre pero el amor a lo que de verdad le gustaba no podía dejarlo pasar. Cualquiera se hubiese imaginado que esa declaración se convertiría en una bomba nuclear, pero no fue así, era como que todo jugaba a favor de José.
De aquí en adelante las cosas fueron mejorando poco a poco. “Pelos” pasó sus cursos invictos y ahora trabaja en PUBLIMETRO, si bien es cierto, todos siempre comenzamos por algo, hay que probar de todo y ganar experiencia. La banda nunca dejó de existir.
Ganaron concursos, unos más importantes que otros como: Lima Rockea 2011, pero ya no bajo el nombre de 606, sino más bien de Los Mushrooms. Aquella banda colegial que contaba con 4 integrantes, se convierte ahora en una con más integrantes y dueña de su primer videoclip.
José ahora no sólo comienza en el periodismo, sino que lo complementa con lo que más ama: la música. Escribiendo en Internacionales aprovecha en desenvolverse opinando sobre las bandas actuales, sobre la música en sí y de ésta manera no deja de disfrutar de ambos.
El diapasón de su baja parece ser la escalera que sube poco a poco, aquella que lo llevará al éxito dependiendo que tan bien sepa aprovechar las oportunidades. Ojala que aquella agilidad con la que maneja sus dedos por aquellos instrumentos pueda verse reflejada también en el progreso de su propia carrera.