En un universo regido por el caos y el inevitable declive hacia la nada, hoy solo vengo a dejar constancia de una extraña anomalía: soy el hombre más afortunado del mundo.
Tengo el privilegio de estar casado con la persona más hermosa y brillante que el azar pudo concebir. A veces me detengo a observar esta realidad y no me queda más que darle las gracias a la entropía por ese maravilloso tropiezo suyo; por su incomprensible mal gusto y por la sublime ironía de haberme elegido a mí, justo a mí, en un mundo repleto de seres humanos que, sin duda alguna, valen muchísimo más la pena.
En fin, nada. Sé que en el inmenso vacío a nadie le interesa leer esto, pero el absurdo de mi propia vida necesitaba decirlo en voz alta.






