Una sonrisa peculiarmente altiva se hizo entre sus comisuras, una respuesta que le pareció cómica y a la vez inteligente. Humedeció sus labios con discreción, permitiéndose observar el vestuario femenino de pies a cabeza una vez más, un traje ceñido a la figura, un imán para cualquier hombre— Yo me tardé haciendo esto con mi cabello. —bromeó, pues claramente se trataba de una peluca, cabello sintético— Aunque está bien, tu disfraz es… Tiene lo suyo, digamos. —gesticuló con sus manos, indicando finalmente el cuerpo contrario; había tenido que tratar con disfraces similares, pero cada uno tenía algo en especial, no iba a ponerse a juzgar trayendo uno de los clásicos en fiestas de Halloween— ¿Yo? Soy una leyenda en los siete mares… —se presentó, ladeando una sonrisa que peca de traviesa. Se arrimó a la desconocida, dándose la licencia de posar una de sus manos en la pequeña cintura— También lo soy entre las mujeres… —prosiguió, empleando un timbre más bajo en su voz, lo cierto era que la distancia entre ambos no necesitaba hablar con su tono natural— Puedo hacer maravillas con ellas, puedo… —conforme relataba, su rostro se acercaba al maquillado, deteniéndose sólo cuando su nariz rozó su igual—, puedo hacer cosas que ni siquiera te imaginas. Ninguna, absolutamente ninguna se olvida del Capitán Jack Sparrow. —otorgó caricias suaves en el costado izquierdo que sostenía con su palma, buscando una cercanía más pulcra, sin corrientes de aire de por medio— No creo que seas la excepción, ¿o sí?
Observó con detenimiento el cabello del contrario. Claramente sintético. Sería una locura haber hecho todos aquellos arreglos en el pelo, que lo único que conseguirían era dejarlo enmarañado. Rió ante la respuesta del pirata. Claramente todos sabían quién era el capitán Jack Sparrow (o puede que no todos). Según ella, sabía que se caracterizaba por ser todo un galán según había oído, y un hombre completamente entregado a la aventura y a los riesgos que podían poner en peligro su vida con facilidad. Sintió el contacto de la mano del contrario en su cintura. Al principio se estremeció por la sorpresa, pero después se relajó al comprobar que aquel contacto no la inquietaba, si no más bien la relajaba y le transmitía una especie de euforia (que seguramente la droga del ambiente también ayudaba). Alzó ambas dejas con diversión por la respuesta del capitán. —¿Qué puede hacer, capitán? — preguntó, empleando el mismo tono de voz que él había utilizado, quedando casi en un susurro para que solo él pudiera oírlo. Su nariz chocó con la del pirata, haciendo que entreabriera un poco sus labios por la repentina cercanía entre los dos. Sonrío, con sus rostros a escasos centímetros, y posó sus manos sobre el pecho del contrario, buscando un poco más la cercanía. En un movimiento, sus labios casi podían rozarse y tocarse al tiempo que sentía la respiración de los dos. —Me temo que no.















