Pétalos
He sido en su vida un amor de lejos. Un amor que sólo se limita a observar al otro sin querer ser descubierto. Como un admirador que se esconde silencioso detrás de los arbustos, porque desea apreciar la belleza de las flores sin que ellas se sientan incomodas por tanta atención.
Y yo, sin saber nada al respecto, me convertí en una de aquellas flores que robó gran parte de su atención por mi extraña combinación de colores vibrantes y sombríos. A pesar de estar rodeada por ramilletes pintorescos, su mirada se posó sobre mí. Y allí, deseaba desde el fondo del corazón, que los pétalos de mi amor florecieran en las cuatro estaciones del año, para así evitar marchitarse en invierno, y ser siempre primavera, a su lado.
Sin embargo, las estaciones no respetaron el anhelado deseo, pues en ese par de manos no estaba la posibilidad de conseguir el floreo eternamente. Entonces marché en cada estación sin permanecer mucho tiempo en el mismo lugar, ya que la oportunidad de otros pétalos más bellos, y coloridos, debían presenciarse también.
Una noche de verano, la luna me susurró a través del viento que cada mañana al jardín alguien visitaba, con la esperanza de encontrar un indicio que devolviera a la vida su adorada flor. Y se retiraba vencido al percatarse que aún no estaba de vuelta la que tanto quería. Esa noche la luna me marchitó todavía más como la luz ardiente del sol.
Aquel no debía padecer la decepción de cada mañana al no encontrarme. Ni sufrir por no verme. Aquel merecía saber que mis pétalos florecían para alguien en particular, aunque tristemente, ese alguien nunca llegó siquiera a mirar. Merecía ser feliz. Así que los pétalos de mi flor no debían ser egoístas con mi querido admirador.
Me quería para siempre primavera, aunque otras veces fuese otoño o invierno. Adoraba cada uno de mis pétalos, y a pesar de ello, no fui capaz de tomarlo como un motivo suficiente para mantener las hojas verdes del tallo, aún sabiendo, que a lo lejos, un par de ojos esperaban ansiosamente por mí.
Pero una mañana eso cambió. Le pedí al viento que esa dulce mirada se fijase en un rumbo distinto. Y así, al inicio de primavera le encontré acariciando con sus manos suavemente los pétalos de una flor. En ese mismo instante comprendí que su atención se había posado en un nuevo color, aroma y forma.
El sol asomó sus rayos de luz en señal, que aquel admirador al final, encontró la felicidad que nunca pude darle.
Ahora irradia alegría gracias a ella, de nombre: violeta.

















