La convivencia interna
Sé que esta imagen es una representación de mi sombra fragmentada. Y, en palabras de mi psicóloga, no debería subdividirla ni partirla en pedazos, sino integrarla. Volverla un todo. Un yo. Un Nahum.
Pero, querido lector, ¿cómo le explico a mi psicóloga que, si integro cada parte de mi sombra en una sola cosa, lo que aparece no es simple ni cómodo?
Por un lado está Yolanda: la coqueta, la divertida, el centro de atención. Una queen bee. No se deja pisotear, va por lo que quiere y casi siempre lo consigue. A veces es desalmada. A veces no le importa llevarse a alguien por el medio con tal de lograr su objetivo. El medio pasa a segundo plano cuando el fin ya está decidido.
Después está Fabrizio. Socialmente más “correcto”, si es que esa palabra aplica. Frío, calculador, puro cerebro con los sentimientos en pausa. Ve la vida como un tablero de ajedrez: analiza cada movimiento, cada gesto, cada silencio. Nada se le escapa. Siempre alerta. Siempre observando.
Y, por último, el menos favorito de la audiencia: Humberto. El triste. El que se autoflagela. El del síndrome del impostor elevado a la enésima potencia. Para él, nada es suficiente. Nada está bien. Nada alcanza. Todo es mediocre. Nunca está conforme y no se calla, aunque se lo pida. Me juzga por descansar, por tener tiempo libre, por ver series, por no estar “aprovechando la vida”. Es el llorón. El que arrastra esa fascinación oscura con el club de los 27, esa idea romántica y absurda de que algo tiene que romperse para que todo tenga sentido, justo ahora que esa edad nos alcanzó.
Todos me conforman. Y a veces me vuelven loco.
Sé que soy yo. Pero, a veces, no siento que sean yo.
En fin. Dejo esto acá, por si a alguien le interesa. Y también por si algún día quiero explicárselo a mi psicóloga sin tener que volver a decir todo esto… y simplemente le paso el link de este vlog.
Nos vemos en otra ocasión, querido lector. O no.














