Y caigo en el sobreanálisis tormentoso de pensar una y otra vez cómo poner en palabras lo que no suelo decir. Lo que digo como verdad universal, desvistiendo de nombres y formas a la contención de una imagen, de un ensueño persistente con sabor a píldoras para mi sanidad. Una a una me desconectan de mi entorno que dícese ser real, mas, al mirar al techo de una habitación para el extraño que soy encuentro otra realidad que lleva los pasos de tu aroma. Aún lo recuerdo, quizá no del todo, pero sí puedo reconstruir su núcleo. Puedo decir su color y él cómo me miraba
Tantos pétalos guardo en mi consciencia y pretendo que no existen. Como si aquello me hiciera más fuerte.
Quién soy, qué hice, qué hare. Respuesta no hallo si no las busco a través de tí, las busqué de niño y ahora sigo buscándolas como si continuara siendo un niño con sueños en el corazón. ¿O pasa que nunca crecí en mi afecto irresoluto?
Matarte no es suficiente para alimentar mi ego ni las variantes de mi deseo, comerte tal vez, asimilar heridas y confluir tu sangre con la mía. Dime, trino, qué quieres de mí pues yo quiero oprimir en mis palmas lo que cabe de un universo, lo que cabe de tu cabeza desorientada.












