Su respuesta era un rotundo no. Él no era sinónimo de amabilidad, y los actos de bondad prefería dejárselos a los misericordiosos. Las necesidades de los demás no eran de su interés, y las suyas tampoco eran de la incumbencia del resto. En su vida, únicamente regía la regla de la mutua indiferencia. ¿Por qué justamente tenía que pedírselo él? ¿Acaso tenía cara de buenos amigos? No, no era por eso. Por desgracia, seguramente se debía al hecho de que ambos habían sido dejados atrás por la multitud de enérgicos campistas, y eran los únicos que quedaban allí. Estaba aburrido y cansado, y no estaba dispuesto a convertirse en la versión adulta de un niño explorador. Era un criminal cumpliendo una condena, nada más. Y con sólo su mirada firmemente enfocada en el joven, poco pudo deducir. No supo descifrar si se trataba de simple pereza, o si se debía a algo grave en su condición física. Debía hacer la pregunta correcta si quería averiguarlo. “¿Por qué debería hacerlo?” finalmente cuestionó, luego de un largo silencio. Aún sospechaba de él.