NAM GA RU – 24 años.
No todo siempre fue una historia de amor verdadero en mi familia. De hecho, muy pocas historias que escucho provenir de mi abuela o mi madre son de amor. Mi abuela se casó por conveniencia con mi abuelo, un muchacho rico y con gran renombre para su época, que poco tiempo después, gastó su herencia en juegos y bebida. Mi abuela, fiel a su matrimonio, soportó cada infidelidad, borrachera y maltrato. Ella dice que lo único lindo que pudo tener no fue una enorme casa, ropa de marca y un gran apellido, eso no se comparaba con el haber cuidado a mi madre y a mi tía hasta verlas crecer.
Mi abuela me contó que eran solo ellas cuando mi abuelo salía de fiesta y llegaba en la madrugada intoxicado de alcohol. Mientras mi abuela y mi madre (por ser la mayor) intentaban acostarlo, mi tía lloraba en un rincón, angustiada por ver a su padre en esas condiciones, asustada. Mamá suele decirme que no recuerda nada, pero sé que lo hacía, lo veía en sus ojos. La decepción, el enojo, la impotencia de haber tenido que cuidar a alguien solo por sus irresponsabilidades. Pero tanto ella como mi tía crecieron con la idea de que esa era su deber toda la vida.
Aunque adoro a mi abuela, siempre me preguntaré cómo es que logró perdonar a mi abuelo de tanto. Sí, tienen una historia complicada. Luego de perder todo el dinero y acabar viviendo prácticamente bajo un puente con dos niñas de seis y cuatro años, de haberles hecho conocer lo que era el hambre solo por tener que pagar sus deudas con lo que lograba ganar, mi abuela decidió dejarlo y llevarse a sus hijas a un mejor lugar. Llegó a una casa hogar en donde recibieron a mi madre y a mi tía por un tiempo, mientras mi abuela conseguía un trabajo y se hacía de alguna habitación para vivir ellas tres. Trabajó durante días y noches, como mesonera, cocinera, cuidaba niños, lavaba platos y baños, atendía personas desagradables como otras más agradables. Todo por darle lo mejor a sus hijas.
Después de un tiempo, mi abuelo regresó pidiendo perdón y mi abuela, con solo haberlo pensado una noche, lo dejó regresar.
¿Por qué cuento todo esto si no tiene que ver, en parte, conmigo? Pues, las historias se repiten. Y cada día estoy más consciente de que es así.
Mis abuelos volvieron, nunca más pelearon, mi abuelo dejó la bebida y ambos trabajaron mucho para educar tanto a mi madre como a mi tía, no querían que, por ser pequeñas, creyesen que la vida era injusta.
Mi madre estudió educación en la Universidad Nacional de Seúl, se graduó con honores y trabajó durante años en un preescolar como maestra. Era una de las más queridas, una de las mejores y a quien muchos chicos, luego de años, llegaban a agradecerle por todo lo que ella les enseñó. Pues mi madre no solo fue mi madre, sino de todas las promociones de niños que pasaron por su salón. Era dulce, amable, atenta y sabía cómo recapacitar a los niños que se portaban mal. Era joven, muy hermosa y muchos chicos querían salir con esa adorable maestra. Llevaban pretendientes hasta la escuela con rosas, margaritas, diferentes flores para proponerles salidas, cenas, regalos. Cosas que ella siempre rechazó con una hermosa sonrisa tierna, como también agradecida. Ella no quería pensar en tener novio. Hasta que conoció a mi papá.
Fue el profesor de música nuevo, un chico recién graduado, con expectativas altas sobre la profesión y con muchas ganas de enseñarle a todos los niños sobre lo hermoso de la música. Mi madre se enamoró de su pasión, de su disposición para enseñar y cómo él transmitía su amor por el arte a los niños que entraban a su aula de música. Sí, no podía negar que era guapo, que su sonrisa iluminaba el patio del receso y que las mariposas se le revolvían en el estómago. Yo heredé eso de ella.
Salieron, se conocieron, se besaron. Se enamoraron.
Pero mamá solo vio lo hermoso de su historia, solo vio la sonrisa, escuchó las palabras, pero no vio más allá de sus ojos brillantes. La primera salida la recuerda con cariño, e incluso solía sonreír con ella. La segunda, tercera y hasta la cuarta fueron encantadoras, pero los gestos disminuían, ya no habían abrazos, ni besos, ni le tomaba la mano. Mamá pensaba que le había aburrido, que ella era una inexperta en el tema de los novios. Pero algo que nunca llegó a entender fue que papá le demostró amor. Una clase extraña de amor, de hecho. Yo lo atribuyo al hecho de que mamá siempre fue romántica y se enamoraba (se reenamoraba) con facilidad, y papá sabía cómo hacerlo. Solo era necesario ilusionarla, hacerle anhelar una vida hermosa para tenerla esperando por siempre.
Papá nos abandonó luego de que yo cumpliese diez años. Así que imaginen todo el tiempo que él la retuvo con solo pintarle flores y hermosos corazones. Y, aun así, ella jamás dejó de amarlo. A mí me enseñó sobre amor, no me enseñó sobre sentir rencor, ni odio. Me contó sobre su vida cuando tuve consciencia y siempre me preguntaré cómo es que ella era capaz de mantenerse tan apacible con una historia tan trágica.
No fue después que entendí que la enfermedad de mamá se relacionó con todo lo que se guardó durante tantos años. Ella fue feliz en algún punto de su vida con papá, los primeros años de su matrimonio lo fue. Lo sé. No quiero pensar que yo nací en vano, porque sé que papá me ama. Aún lo hace. Sin embargo, no sé cómo puede hacerlo si deja que mi madre muera cada día, cada minuto, cada segundo que pasa. Los médicos dicen que no hay manera de salvarla, pero sí de mantenerla viva por algunos años más. No aseguran que viva tanto tiempo, solo pueden sostener su vida por al menos un poco más, pues de todas maneras morirá sin nosotros notarlo. Yo tenía quince cuando descubrimos que mamá no estaba bien.
Nací en unas vacaciones en Busan, me adelanté unas pocas semanas y, por supuesto, ellos no me esperaban justamente la semana que planearon celebrar sus últimas semanas como pareja sin hijos. Es por eso que digo que yo pertenezco a Busan, me vieron nacer. Adoro el mar, aunque nunca lo haya visto en persona. Adoro el olor a salitre, a arena, la sensación de suavidad en mis pies. El sol en lo más alto del cielo azul es mi más grande sueño.
Me pusieron Ga Ru por mi abuela, quien se llama igual y quien llegó hasta Busan para también recibirme. Ella me crio luego de que mamá enfermara. Viví con ella durante mi adolescencia, me llevó a la escuela, recibió mis notas, habló con mis profesores y me inscribió en la Universidad para graduarme como educadora, como mi mamá.
Heredé los dotes de mi padre para la música, y aunque no me guste decirlo, fue lo único bueno que me dio. Agradezco que haya cuidado de mí y mi madre esos diez años, aunque sabía que, de no haber sido por mí, habría dejado a mi mamá mucho antes. Me gusta creer que me quiso, que me añoró y que disfrutó de mi niñez, jugó conmigo y me enseñó, porque sí lo hizo. Él me enseñó a cantar. Nunca entendí cómo es que alguien que no amaba de verdad, podía impartir algo con tanta pasión tan sencillamente. Tal vez, eso era lo único que mi papá de verdad quiso desde lo más profundo de su corazón.
También atribuyo mucho mi personalidad a lo que mi abuela me ha enseñado durante mi vida. Jamás habla mal de mi abuelo, ni de mi padre, aunque sé que no le agradó. Ella siempre dijo que las caras bonitas son quienes más peligroso son. “Pero tú, mi Ga Ru, eres la excepción a toda la regla”. Aunque no me enseñaron sobre odio, no volveré a repetir la historia de mi abuela y mi madre.
Amo, sueño, anhelo, deseo. Está en mí el pensar en que las cosas buenas existen y que a todos nos hacen felices de maneras diferentes. A mí me hace feliz el mar, el sonreír y cantar.
Soy la excepción a la regla porque quiero romper la tradición de malas experiencias que desde mi abuela hemos arrastrado. No quiero sufrir y enfermar, quiero amar y vivir para siempre. Y sé que lo lograré.















