LEE BYRON – 28 años.
La legalización de residentes asiáticos siempre fue un conflicto muy severo en los Estados Unidos. No lo digo yo, lo dice la historia en general. Pero ¿A quién engañamos? De todos los países, en Norte América ha tenido la calidad de vida más alta en los tiempos. "Sueños americanos". Digamos que mi padre tuvo ese "sueño" cuando emigró de China a Boston, luego Nueva York, Dallas y finalmente, Florida. Sí, mi padre tuvo un rumbo muy amplio por América desde joven. Él vino buscando prosperidad, huyendo de un país en que cada día el trabajo era difícil para un abogado promedio, donde nadie ofrecía oportunidades a la juventud en un sitio tradicional, que no miraba más allá de sus narices.
No tenía mucho a lo qué aferrarse, así que emprendió su viaje a las alegres e iluminadas ciudades de Estados Unidos. También le fue difícil adaptarse a un idioma que apenas conocía, gastó grandes cantidades de dinero (que no tenía) en aprenderlo, trabajó en todos lados, no precisamente como abogado.
Pero como siempre dijo, no hay resultado sin no haber trabajado arduamente antes. Una de las enseñanzas más claras que tengo de él. Mi padre obtuvo sus frutos poco tiempo después de perseverar. De mesero, subió a lo más alto de una colina cuando se asoció en una famosa firma de abogados novatos. Un grupo de recién graduados en el ámbito legal que buscaban los mismos sueños que papá; ser alguien en el mundo. Así que de peldaño en peldaño, él llegó a tener renombre entre los más grandes abogados de Jacksonville, Florida. Para él, todo se trataba de trabajo, cosa que para sus colegas, era... Casi lo mismo, solo que en menos grado de intensidad que él. Entre sus socios salían a cenar, hablaban de relaciones interpersonales. Amigos, familia. Cosa que mi padre no tenía para entonces. Solo colegas. Tiempo después, empezaron a llegar las invitaciones de boda y después, conocer los bebés de esos socios. Entre mayor era su vida laboral, peor era su vida personal. Comía en las calles, fumaba, gastaba dinero en que alguien lavara su ropa. Se enfermaba con facilidad. En su país le habrían obligado a casarse con alguna joven de gran familia, se gustasen o no, estuviesen enamorados o no. Para la cultura tradicional china, la familia está compuesta por dos grandes pilares; esposo y esposa. El esposo está en la obligación de trabajar y proporcionar los bienes a su esposa e hijos, mientras que la mujer está en la responsabilidad de criar a los hijos en casa, cocinar y atender al esposo. Claro que mi padre no lo veía muy práctico. Sin embargo, ¿Qué caso había? Debía encontrarse a una joven. La cosa estaba en que las americanas, desde que obtuvieron voz en la sociedad, eran más osadas, más independientes y no buscaban exactamente casarse. No, no había nada como la crianza de su hogar.
Entonces un día, de la nada, conoció a mi mamá. Una chica coreana recién llegada que buscaba empleo como cocinera. Los primeros años creí que papá se había enamorado de mi madre, porque para haberme tenido a mí, debían haber estado enamorados ¿verdad? Para haberse casado por todos los medios legales, debían haber estado enamorados.
Luego, cuando crecí, me di cuenta de que mi madre era la única que se había enamorado. Bueno, para ser sincero, es un consuelo. No quiero pensar que llegué al mundo por accidente o porque "mi padre necesitaba seguir su linaje". Mis padres fueron felices los primeros años. Incluso se pagaron una luna de miel.
En efecto, mi madre cumplió con los requerimientos de una esposa. Papá comía mejor, e inclusive había dejado de fumar y tener malos vicios. Al año y medio, estarían esperando por mi. Lee Byron. Un varón para sorpresa de muchos, pues esperaban a una radiante niña. Los ecos mintieron al respecto, no era una niña. Estoy completamente seguro de que no fui y no soy una niña. Digo que mis padres fueron felices en algún momento de su matrimonio porque me criaron los primeros dos años con cuidado. Papá trabajaba todo el día, mamá se quedaba conmigo. Era joven aún, así que todavía tenía esa energía brillante, como una niña y su nuevo juguete.
A medida que empecé a crecer, que di mis primeros pasos y mis primeras palabras, todo seguía igual. Mi padre seguía trabajando, mi madre se quedaba conmigo. Sólo que, a los cinco años, llegó mi abuelo (el padre de mi madre) a ayudar a mamá luego del fallecimiento de mi abuela. Él estaba solo en Corea, así que decidió venir a apoyar a su única hija. Aquí es donde todo cambia.
Mi padre y mi abuelo peleaban constantemente. Por supuesto, mi abuelo no iba a permitir que tratasen a mi madre como una sirvienta, por más a la ‘vieja escuela’ que fuesen. Y, por mi lado, papá era severamente estricto con mis estudios y educación. Era responsable de llevarme a la escuela en las mañanas, de buscarme, de ir a las reuniones y velar por mi matrícula. Estudiábamos a diario, hasta yo caer dormido sobre los libros. Por supuesto, a mi abuelo tampoco le gustaba ese trato. Yo apenas tenía siete años y no salía a jugar con los demás niños.
Pienso que, por suerte y porque siempre he sido suficientemente inteligente, no probé en ningún momento la furia de mi padre. Él mandaba, yo obedecía. Y así nos llevamos ... Pues, bien. Así fue como terminé en el equipo regional de fútbol infantil a los ocho años. Lo odiaba, realmente odiaba a ese lugar. Pero siempre que veía a las gradas, con los ojos llenos de lágrimas contenidas, veía a mi padre, sentado. Sentía que era una de las cosas que nos unía de verdad. Prometí mantenerme en el equipo todo lo que fuese necesario para mantener el orgullo de mi padre en su rostro.
Una noche... Él llegó borracho. Mamá estaba sorprendida. Mi padre había pasado once años sobrio, mi edad para entonces, sin una sola gota de alcohol en su organismo. Él nos confesó que había estado celebrando su ascenso en el trabajo, lo invitaron unos tragos y no pudo negarse. Estaba feliz, al parecer. La verdad es que era muy difícil identificar alguna emoción en mi padre. Para él, las emociones significaban debilidad y distracción. De un momento a otro, intentó besar a mi madre, pero ella se negó. Le dijo que apestaba a alcohol y que debía darse una ducha fría. La felicidad se esfumó como el humo y el habitual rostro severo, de facciones rígidas, apareció en él. Le gritó, le dijo que no tenía por qué actuar de esa manera si era su esposa. Era su deber. Mamá le insistió que no era momento de discusiones, yo estaba despierto y escuchaba todo. Que por mi bien, era mejor que se acostara a dormir.
Fue la única vez que mi madre realmente contrapuso una orden de mi padre y le costó una cachetada.
Después de eso, mi relación con mi padre no fue la misma. Por supuesto, yo no permití ese trato. Con once años lo enfrenté y lo empujé. Le dije que se largara, así que yo también recibí la primera bofetada en mi vida. Después, fue mi abuelo el que intervino y lo corrió de casa.
El siguiente episodio en mi vida, fue el divorcio y algunos cargos por violencia doméstica de mi abuelo hacia mi padre. Nos mudamos los tres a mi antiguo vecindario y allí terminé de vivir mi adolescencia. Era conocido como Byron, el chico amargado y rudo. No tenía muchos amigos. En realidad, no tenía ninguno. Ni siquiera mis compañeros de equipo, el cual no dejé. Me costó considerar la idea de que, si ya no vivía con mi padre, entonces ya no tendría por qué seguir jugando. Con el tiempo entendí que realmente me gustaba y quería continuar. Años después, el año en que cumplí doce años, me gané el puesto de capitán de la división sub-15. Era el más joven y el primero en obtener el brazalete de capitán.
Pertenecer al equipo de fútbol aún me mantenía unido a mi padre y siempre consideré que sería lo único en común que tendríamos. Era, en parte, la razón por la que quería quedarme. No quise hacerme la idea de que, si me iba, me quedaría en definitiva sin padre. Aunque sabía que no era así como funcionaba. Él seguiría siendo mi papá, pasara lo que pasara.
Mi abuelo odiaba tanto el fútbol como odiaba a mi padre. Y aún así, conmigo tuvo la excepción de adorarme tanto como yo lo adoro a él. Es, en teoría, mi segundo padre. Me enseñó a reír de sus chistes, a que la rigidez de mi cuerpo solo era la armadura de alguien más. Y me pedía constantemente que dejara de jugar. Me hacía daño, físicamente, quiero decir. Es decir, el fútbol no es precisamente un deporte que se usen almohadillas. Vivía con moretones, rasguños, rodillas raspadas, codos cicatrizados. Todos símbolos de mi gran trabajo jugando. Era uno de los mejores, con records y victorias. Me sentía yo en el campo, con un balón deslizándose por el césped. Lo que no entendían, era que yo me sentía libre corriendo. A veces, sentía que huía, que podía huir de todo lo que me perseguía. Miedos, expectativas, creencias sobre mí. Yo era Byron en el campo de juego.
Mi historia continúa unos años más, cuando recluté mi primer equipo. Un equipo de inútiles, como solía llamarlos. Por primera vez permitían crear la división asiática de fútbol juvenil. Se realizaría una clase de competencia regional, con los mismos vacíos objetivos; inspirar el trabajo en equipo y el compañerismo entre los participantes. Particularmente, yo nunca creí en ello. Solo creí en el trabajo de un equipo y ya. Si todos ponían de su parte, ganaríamos. Y si todos me obedecían, entonces mucho mejor. Así que, un día, ese grupo de inútiles estaba frente a mi. Unos pretendiendo saber todo sobre todo e incluso más que yo, y otros, más bien, queriendo morir en ese momento.
Solo un mes después, mi padre falleció. No recuerdo muy bien qué fue lo que sentí. Estaba triste, estaba confundido, estaba preguntándome qué cosas salieron mal para que él, de la nada, ya no estuviese conmigo. Solo recuerdo que no lloré. No lloré porque él me habría dicho que no lo hiciera, que no debía rendirle tan bochornoso respeto, porque odiaba que llorara. En realidad, nunca he llorado... No que recuerde. El único familiar que mi padre tenía en el mundo había sido yo. Su único hijo. El único que veló por él en su funeral, que lo visitó el tiempo suficiente cuando vivía en américa. Ese último mes de vida que tuvo, recuerdo haberlo visto en nuestro primer juego como equipo. Yo solo estaba dirigiendo las jugadas cuando miré hacia las gradas y él estaba allí sentado. Recuerdo que se veía más viejo de lo que era. No nos veíamos seguido, no desde el divorcio. Él supo sobre todo mi esfuerzo. Fue el equipo más fuerte que he tenido en años.
Es decir, es el único equipo que yo organicé, recluté y fiché por mis propios méritos, por supuesto que es el más fuerte, más capacitado y lleno de completos idiotas. Y todos ellos, se convirtieron, más tarde, en mis mejores amigos.
Todos, pero por sobre algunos, que resaltaron lo suficiente como para considerar como sub-capitán, entre ellos se encontraría la persona con la que nunca imaginé desear pasar el resto de mi vida y, no muy lejos, mi futura esposa.












