15 ; ALLÍ DONDE LOS DIOSES NOS DEJAN SUCUMBIR A AQUELLO QUE JAMÁS SE MENCIONA.
La mansión Carraway, vestida de sombras, abre sus fauces una vez más.
Se dice que en Edimburgo, cuando el viento sopla y los vitrales tiemblan como sí fuesen párpados mal cerrados, las criaturas del Círculo despiertan de su letargo. Esta vez no hubo cartas, no hubo organizaciones estruendosas. Solamente símbolos, susurros de un elixir sacro, una certeza grabada en mármol: ha llegado la noche de la Fiesta de las Fieras.
En los salones de terciopelo marchito aún se escuchan los ecos de otras madrugadas rotas: los gritos de victoria antes de una caída, los gemidos de cuando víctimas fueron ofrecidas al fuego del escarnio. La sangre, en más de un sentido, jamás se limpió del todo. Se volvió, en realidad, parte del decorado.
Laverne Carraway, vestida con una túnica inspirada en los misterios dionisiacos da la bienvenida en el umbral. Sonrisa envenenada, copa de vino granate, no, vino no es, ambrosía más bien. Una promesa de que esta noche, como en los ritos de Tracia, el pudor será desgarrado por las garras de lo sublime. Como las ménades, el Círculo ha aprendido a rendirse ante el vértigo.
Dicen que las paredes se contraen con el inicio de la música, que la mansión respira y los candelabros titilan con una cadencia irregular, como sí alguien caminase por encima del techo, goteando memoria. Los rumores siempre han dicho que en los umbrales de la fiesta de las fieras, siempre encontrarás vestigios de Baco tintineando entre las paredes, en rabillos del ojo.
Baco está entre nosotros. No como dios, sino como impulso. Encarnado en cada una de las miradas dilatadas, en cada carcajada que se encuentra al borde del colapso, en cada danza que ya no hace una distinción entre piel y piel, culpa es, del deseo. Hay máscaras de ciervos, de lobos, mujeres aladas, sátiros: Nadie entra con su rostro y nadie sale con el alma intacta.
Sin embargo, no te confíes pues bajo esa superficie ebria y resplandeciente la vigilancia es constante. Los Caddel han exigido discreción aunque presencia del círculo apenas y se siente: demasiado control puede arruinar la ilusión de libertad. Los rostros de aquellos traidores resignados se mantienen cerca, observando. Líder del círculo de Minerva aparece y desaparece como sí nunca hubiese existido. Y Laverne Carraway, fiel al estilo de una viajera aristócrata de novela gótica, da un discurso breve y helado desde la escalinata central.
«Hay quienes creen que el Círculo está herido. Que los hilos se han cortado. Pero el destino no se detiene porque mueran algunos títeres. Recuerden lo que ocurrió la última vez que dimos rienda suelta a nuestros instintos: lo que empezó como juego terminó como juicio. Buchanan no cayó solo. Y los Melbourne no fueron los únicos devorados.»
No hay aplausos. Solo el sonido de las copas al chocar.
Hay quienes creen que esta noche está diseñada para hacerlos hablar. Que Laverne lo ha preparado todo con precisión quirúrgica: cuando el vino se mezcle con las sustancias, cuando las fieras estén lo suficientemente embriagadas de sí mismas, alguien cometerá el error de hablar más de la cuenta. La jauría necesita una nueva víctima.
Y lo peor no es que eso ocurra. Lo peor es que todos están esperando que así sea.
DATOS DE IMPORTANCIA:
setting: la mansión carraway.
fecha: inicios de octubre.
código de vestimenta: de disfraces, quién decida asistir sin este tendrá la entrada denegada.
INFORMACIÓN OOC.















