48°51′30″N 2°17′40″E. Campo de Marte. Orilla (sur) del río Sena.
Tour Eiffel.
(…)
Anochecer en París. Podían vislumbrarse, todavía, ciertos tonos rosáceos y anaranjados en el cielo que, en cuestión de pocos minutos y con toda probabilidad, luciría estrellado. Sin embargo, la veinteañera había condensado toda su atención en la gran estructura del monumento. Incluso, en la distancia, su belleza no pasaba desapercibida para nadie.
Salió del hotel, cargada con una pequeña mochila colocada a la espalda y con la convicción de llegar al destino por cualquier otra parte de la ciudad. Quería perderse, si era preciso, por las calles parisinas hasta dar con otro acceso. Otro que no implicase retroceder aproximadamente ocho meses en el tiempo. La idea de caminar sobre un recuerdo (con aquella –brutal e intensa– trascendencia), la lastimaba profundamente. Pisar las huellas de unos pasos que, en esta ocasión, la trasladarían hasta un final completamente diferente. A un destino sin final feliz.
Pero…, cómo era de esperar, algo falló. Algo consiguió traicionarla.
Tal vez fuese su subconsciente masoquista. O quizá, su cuerpo no atendía a razones, ni a las órdenes de su cerebro.
“ And I can’t sleep, cause thoughts devour. Thoughts of you consume. ”
En primer lugar, una de las calles por las que decidió atajar y, por la que estaba a punto de cruzar, la llevó hasta una dirección que sí conocía. Y que, sin atisbo de duda: reconoció enseguida. Haciéndola frenar en seco. Un par de transeúntes emitieron algún tipo de queja, a la que, por supuesto, la morena no atendió; y que, en caso de haberlo hecho, tampoco hubiese entendido. Aquel edificio, aquellos apartamentos… Aquella terraza. Aquella fachada. Testigos directos de la que fue(se) su primera aventura en pareja.
El amor… El amor estuvo en todas partes. Fue real.
Pudo sentirse. Pudo palparse. Fue innegable.
« Esta opresión… Esta asfixiante sensación… es la que tú me haces sentir a mí, cada vez que decides metértela en la boca. »
Qué escalofrío…
« Definitivamente no sé qué se me ha perdido en esta ciudad, cuando lo más bonito de ella está frente a mí. »
Visión borrosa… Un pinchazo. Mano aterrizando sobre la parte izquierda del pecho. Respiración aumentando. Descenso de los párpados. Sentido de la vista perdido, y recuperado para observar el cielo y controlar las lágrimas. O, más bien, para tratar de controlar cualquier reacción.
« Mi instinto dice que… cuando me besas, besas de verdad. Que me miras como nunca antes has mirado a otro hombre. Que cada noche duermes junto a mí, muy, muy próxima a la esquina de la cama, porque temes olvidar a qué huelo cuando regreses a casa. Y…, que eres para mí. Eso es lo que me dice mi instinto: te pertenezco, del mismo modo en que tú me perteneces a mí. »
Un flashback, tras otro. Una imagen, tras otra. Una sensación, tras otra.
“ I can’t help but love you, even though I try not to. I can’t help but want you, I know that I’d die without you. ”
— Basta. — « Basta, Eleanor ». Se repitió interiormente a sí misma. Acto seguido, tiró vehemente de los cascos para hacer desaparecer aquella banda sonora. En realidad, era culpa suya por haber creado una nueva ‘playlist’ con cientoylamadre de canciones deprimentes. Sacó el teléfono del interior del bolsillo izquierdo de la chaqueta y, sin pensarlo mucho más, lo apagó. Pese a tenerlo en modo avión, pese a no utilizar ni datos ni Internet; lo apagó.
(…)
Frente al monumento, apoyada contra el tronco de un gran árbol descansaba, sobre el húmedo césped, la morena. Observaba la torre como hechizaba mientras, quién sabe por qué razón, hacía girar sobre el dedo anular la alianza de matrimonio. Sin cesar. Por alguna extraña razón, a Eleanor todo allí le olía a lavanda y crêpes. Estuvo tentada a salir del hotel con las gafas de sol, pero no lo hizo. (Se haría de noche, por tanto; no tendría sentido alguno llevarlas puestas). Pecaba en exceso de ellas desde que salió del hospital. En parte para tratar de ocultar las magulladuras que presentaba en el rostro y, también, para ocultar la tristeza que allí residía. En su mirada.
La expresión en su rostro parecía… Imperturbable. Tenía la mirada perdida. Miraba pero, no veía (nada) más allá de los recuerdos. Lloraba, sin esfuerzo. Contra su voluntad. Las lágrimas escapaban, deslizándose por sus mejillas hasta aterrizar sobre distintas zonas: prendas de ropa, falanges o en el propio césped.
« (…) Prometo esforzarme y luchar por esta relación, día a día. Prometo amarte incondicionalmente, tal y como siempre mereciste. Prometo estar a tu lado, aun incluso en aquellos días en los que lo último que desees sea verme. Prometo escucharte. Prometo apoyarte. Prometo cuidarte hasta mi último aliento. Prometo ser todo aquello que me pidas y sueñes. Te prometo el mundo entero. Te prometo, ahora y por siempre, amor eterno. Amor infinito. Amor sempiterno. »
Tenía el corazón tan hecho pedazos que, cualquier recuerdo que incluyera un ínfimo atisbo de plenitud y/o felicidad, la dañaba. Cualquier rastro de dicha terminaba siendo sustituida por aquello que tanto la hirió.* Ingenua como ella sola, creyó que la (pen)última ruptura había sido la que más dolor le había causado. De la que supuso no saldría ilesa. Aunque, en esta ocasión, se había quedado corta. Muy corta. Ni siquiera podía compararse un sentimiento y otro, por similitudes que existieran entre sí. La muchacha había experimentado, por primera vez en sus veinticinco primaveras, lo que se sentía cuando a una le rompían el corazón. Estaba experimentado, en carne viva, las duras consecuencias de entregarse plena y conscientemente al amor. De implicarse sin filtros ni miedos a vivir una relación romántica para, un día que no creía que llegaría, acarrear con todo.
¿Cómo podría recuperarse? O, ¿acaso podría hacerlo, a secas?
— Nada es para siempre, amor. — Tal y como citaba una conocida canción. — O quizá sólo lo intangible. — Se dijo. — Quizá algunas emociones nunca lleguen a perderse del todo. Hay sensaciones que te acompañan, te persiguen, no te abandonan.
(*) Y que se le grabó a fuego. ¿Por qué? Porque creyó cada palabra, cada frase.
— ¿Cómo ésto? ¿Así me sentiré de ahora en adelante? ¿Vacía? ¿Perdida? ¿Sin saber hacia dónde ir? ¿Rota? — La inseguridad comenzaba a pasarle factura. Ella, que siempre había huido de los compromisos. Allí estaba. De vuelta en la capital francesa, en busca de respuestas; en busca de alguna solución para el futuro; en busca de alguna señal que seguir. — Quizá deba buscar algún vídeo de auto-ayuda de esos que hay en YouTube… — Sentenció, sorbiendo por la nariz.
¿Qué debía hacer? ¿Escuchar a su maltrecho corazón? ¿Acatar las exigencias que su parte irracional y digna le dictaban? ¿Seguir adelante? ¿Darse un tiempo? Qué opción sería la correcta; qué camino debía seguir. Cuál sería la letra pequeña de aquel sinfín de interrogantes. ¿Y las consecuencias?


















