‘ Bon anniversaire de mariage! Soyez fiers de l’amour que vous vous portez l’un et l’autre. Il est pur et sincère. Puisse-t-il croître toujours plus. ’
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‘ Bon anniversaire de mariage! Soyez fiers de l’amour que vous vous portez l’un et l’autre. Il est pur et sincère. Puisse-t-il croître toujours plus. ’
Al fin había llegado el día. Ése con el que tanto había soñado. — ¿Y bien? ¿Qué te parece? — Preguntó, al mismo tiempo que redirigía la cámara integrada en su dispositivo móvil hacia el conjunto que había escogido para tan significativa ocasión. Hoy, más que nunca, necesitaba la aprobación de su madre. — No sé si se apreciará bien el color. — En aquel momento, desvió suavemente el objetivo hacia el cielo despejado. — Como puedes ver, no queda mucho para que comience a atardecer. El traje es azul marino. — Mencionó, al mismo tiempo que concentraba de nuevo la atención de su mirada en la pantalla del teléfono, y concretamente, sobre rostro femenino. Empezaba a encontrarse inquieto, nervioso e intranquilo: podía reconocerlo en la tenue tiritera de sus dedos y en la incipiente dificultad que estaba experimentando a la hora de respirar. — Creo que a Eleanor le encantará. — Contestó la mujer al cabo de unos segundos, visiblemente emocionada y con una cándida sonrisa adherida a los labios. — Ahora quiero que cierres momentáneamente los ojos. — Aquella petición no tomó ni pilló desprevenido al muchacho que, obediente, ejecutó las instrucciones de su progenitora. — Imagina que estoy allí, contigo. Vamos a controlar esa respiración juntos, ¿de acuerdo…? Muy bien, inspira… (…) espira. Inspira… (…) espira. —Al cabo de unos segundos, el joven pareció encontrarse mejor. Más relajado. — Y ahora, hijo, ve… Ve, sé feliz. No parpadees. No te pierdas ni uno solo de los detalles que compondrán el que será, con toda seguridad, uno de los momentos más importantes y felices de tu vida. Conserva cada imagen en la retina, grábala en tu memoria. Tal vez no pueda ser yo misma quien te entregue a la mujer con la que has decidido pasar el resto de tus días… pero sé que te dejo en buenas manos. En las mejores que hayas podido conocer. Ve, hijo, ve… y recuerda: sé feliz. La videoconferencia finalizó con ambos protagonistas sumidos entre lágrimas, aunque sonrientes. Muy sonrientes. Poco después, coincidiendo con el reconocimiento del cura que oficiaría la ceremonia, el veinteañero se incorporó del banco de madera que había ocupado, asegurándose durante la maniobra de aproximación de retirar con suavidad la humedad que todavía bañaba sus mejillas. — ¿Qué tal, muchacho? ¿Nervioso? — Se interesó en saber el hombre de avanzada edad, a medida que situaba una de sus manos sobre el hombro de Josh. — Un día precioso para casarse, ¿no cree? Faltaban pocos minutos para que el sol comenzase a caer en París. En aquella agradable tarde de verano, la temperatura local rozaba los veintitrés grados y soplaba una ligera brisa. — Sin duda alguna, Pierre… Sin duda alguna… ▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬ [ http://notes.io/1MHN ] (…) Maquillaje a punto. Tonos suaves para sus facciones y ojos. Delicados. A excepción por el tono de labios. Eleanor casi se negó a utilizar la gama de colores rosa. Quería un labial lobo. Más rojo que nunca. No le importaba si sus labios tenían el mismo o más protagonismo que sus verdosos ojos; aquel tono no podía faltar en un día tan especial. Recogido realizado a la perfección. Un moño, trenzado. Y unido sistemáticamente a la pequeña tiara que su madre le dio antes de iniciar el viaje a París ante la posibilidad de que el casamiento realmente se llevara a cabo en la ciudad del amor. Debía de tener como bien citaba la tradición: algo nuevo, algo prestado, algo viejo y algo azul. Y…, en efecto, tenía cada una de esas cosas. ¿Y el vestido? El vestido parecía, en términos resumidos, hecho por y para ella. Se enamoró en cuanto lo vio. Y ese amor se supo correspondido cuando, por primera vez, se miró ante el espejo. Jamás olvidaría aquel día en la tienda de vestidos de novia. Uno de los más bonitos de su vida por la compañía y el significado implícito. (…) Ella. Eleanor Henstridge Frost. La que nunca pensó en casarse. La que pensaba que jamás se enamoraría. La que afirmaba ser incapaz de amar… Ahí estaba. En el interior de un coche alquilado, camino de la Torre Eiffel para dar el paso más importante de toda su existencia en su vida personal. El camino hasta allí se hizo eterno. Quizá porque no concebía una mañana sin intercambiar mensajes. Sin verlo. Sin olerlo… Pero, por fin. Ahí estaba. Bajando del interior del vehículo. Repitiendo una y mil veces « merci » por el tan buen trato que había recibido y por sentirse tan satisfecha por el resultado global. Estaba feliz. Radiante. Y así se sintió cuando deslizó el velo hacia delante para cubrir parcialmente su rostro a pesar de las transparencias. El día parecía hecho para ellos. Ni calor. Tampoco frío. Tan sólo unos nervios propios del momento. Y a pesar de que no hubiese música nupcial, y que a la muchacha no le gustara llamar la atención, olvidó el espacio que los rodeaba a excepción de la preciosa vista y el camino dibujado hasta el altar. Una mujer. Vestida de blanco. [ https://bit.ly/2P8YXM9 ] Con el collar nuevo que le regaló su hermana. La pulsera con brillantitos azules que llegó a sus manos a través de su mejor amiga. El anillo de compromiso. Y los pequeños detallitos prestados para el peinado también cosecha de su familia. El vestido, haciendo realidad su ilusión, era de princesa… Y así se sintió mientras avanzaba y vislumbraba a su futuro marido en el altar. Ni siquiera vio al cura. En ese momento. El mundo desapareció para sólo existir ambos. Aquellos nervios… Menguaron. Sobre todo al estirar una de sus manos con una manicura francesa perfectamente esmaltada hasta recaer sobre la masculina. Todo cuánto fue capaz de pronunciar, escondiendo la sonrisa bajo el velo, fue. — Qué hace un chico como tú en un sitio como este. Y qué guapo estaba… Y qué clara tenía la respuesta. Sin duda, a su lado se sentía en casa. Sabía que ahí, entre sus brazos; era dónde deseaba ver la vida pasar. ▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬ Tras departir amena y agradablemente con el cura durante el transcurso de los últimos minutos, la atención del muchacho fue a recaer sobre la deslumbrante esfera del reloj que portaba aquella misma tarde. Tal y como marcaba la tradición, Eleanor llegaba tarde. — Aparecerá cuando menos te lo esperes. — Murmuró el eclesiástico, con una jovial y abierta sonrisa adherida a las comisuras de los labios. Las palabras de aliento transmitidas por aquel buen hombre consiguieron que el americano se acordase momentáneamente de la figura de su padre, convencido de que éste, de encontrarse en aquellos momentos a su lado, le hubiese transmitido el mismo y sabio consejo. — Tiene razón, es solo que… — Con los sentimientos a flor de piel, el veinteañero se forzó a sí mismo a realizar una pequeña pausa. Ni siquiera la había visto aparecer y ya sentía la necesidad, una vez más, de serenarse: de refrenar la segregación de unas nuevas lágrimas. — Tal vez lo haya escuchado en numerosas ocasiones, pero… es mi alma gemela, ¿sabe? Llevo soñando con este momento desde que la conocí. — Algo me dice, amigo mío, que no tendrá que esperar mucho más para poder hacer ese sueño realidad… El paulatino ensanche que a continuación se manifestó sobre la sonrisa del sacerdote, habló por sí solo. Nada más reconocer aquel significativo gesto, el joven trasladó la atención de su mirada hacia el caminito situado inmediatamente tras él, a su espalda. ¿Era ella? Joder… por supuesto que lo era. No pudo permanecer estático. No pudo aguantar ni esperar la llegada femenina hasta aquel improvisado altar. Tampoco se detuvo a pensar en ello, o en si acertaba yendo a buscarla al comienzo del sendero. Simplemente… lo hizo. Caminó y caminó, cada vez más rápido. Cada vez más apresurado. Así hasta que, finalmente… quedó frente a ella. Omitió la mano que le era tendida, con el único fin de llevar a cabo un emotivo y férreo abrazo que, para su sorpresa, suscitaría un prolongado, acompasado y sonoro « oooohhhh… » por parte de unos desconocidos, testigos de primera mano de aquel encuentro. « Qué hace un chico como tú en un sitio como este. » ¿Acaso lo dudaba? — Esperarte. — Replicó, nada más deshacer el abrazo y condensar el interés de su mirada en las facciones femeninas. A pesar de que el velo pudiese interferir ligeramente en la percepción de aquel rostro, la belleza que irradiaba Eleanor… le golpeó el corazón, de lleno. Iban a casarse. Joder, iban a hacerlo… Si aquello era un sueño, por favor, que nadie le despertase. — Ven, hay alguien a quien quiero presentarte… — Murmuró, al mismo tiempo que ofrecía a la morena el apoyo de su brazo más cercano. Una vez en el altar, el muchacho se aseguró de introducir a los allí presentes, a pesar de que el sacerdote supiese de antemano el nombre de la que sería su futura mujer. — Eleanor, este es Pierre. Pierre… esta es Eleanor. ▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬ Los labios femeninos comenzaron a dilatarse en el instante en que vislumbró a su pareja caminar, con evidente urgencia, hasta su posición. Aquello no se veía en todas las ceremonias matrimoniales. Y aquel abrazo… Jo–der… Habló por si solo. No podía sentirse más en casa en ningún otro lugar. Hogar había dejado de ser y/o significar un domicilio, una calle, o un apartamento; para convertirse en una persona. En «la» persona. Mejor dicho: en « su » persona. Si hubiese existido alguna duda al respecto, seguramente se habría disipado en el primer segundo en que el olor característico de su pareja fue captado una vez más por sus fosas nasales. Inhaló… Inhaló inconscientemente su perfume hasta que sintió, nuevamente, florecer aquellos nervios en la boca del estómago. Y lo abrazó con firmeza y evidente emoción. Se fundió en un abrazo lleno de sentimiento y promesas por cumplir. « Esperarte. » Qué malditos nervios… La morena se humedeció la boca tras esconder una sonrisa que sabía, aunque no la pudiese observar con claridad, estaba impresa en la felicidad y particular brillo de sus ojos. Aquel día, le brillaban de un modo mucho más íntimo, especial. Caminó. Asegurándose de que la sujetaba bien, impidiéndola caer. Temía tropezar con sus propios pies, y aquellos preciosos tacones le jugasen una mala pasada. Caminó apegada a su prometido hasta el altar. Ignorando murmullos de alrededor, halagos o comentarios melosos. Sujetó el ramo de rosas con tonos de color blanco y rosa pálido con la mano vacante. No pudo evitar fijarse en los detalles que componían aquel sencillo, pero precioso altar. Ni tampoco le pasó desapercibido aquel aroma a lavanda. Supo, en ese preciso instante, que ese olor lo recordaría de por vida. (…) — Es un grandísimo placer… — Murmuró, casi con timidez. Dejando escapar un pequeño suspiro de entre sus labios. Madre mía… Iba a echarse a llorar. Y no podía. No todavía. No podía permitirse el lujo de que el maquillaje se viese estropeado antes de siquiera de observarla sin aquel velo interponiéndose. La sonrisa de aquel, hasta entonces, desconocido le transmitió una extraña tranquilidad y seguridad a medida que toma su respectiva posición mientras les informaba que la ceremonia iba a comenzar. ▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬ « Es un grandísimo placer… » — El gusto es mío, señorita. — Informó el sacerdote con vivacidad y firmeza en la voz, al mismo tiempo que contemplaba, sonrisa en boca, a la joven pareja. Tras la concesión de unos segundos colmados de cómplice silencio, durante los cuales el hombre permitió a los allí presentes contemplarse a los ojos y compartir alguna que otra confidencia, dio comienzo a la tan ansiada ceremonia, ofreciendo una pequeña introducción. — Hermanos, hermanas… — Miró en primer lugar al muchacho, antes de trasladar la atención de su mirada sobre la bella joven que yacía frente a sí. — Nos encontramos aquí reunidos para celebrar la unión de dos almas que estaban destinadas a encontrarse: para festejar la unión entre Josh Wells Bennett y Eleanor Henstridge Frost. En aquel instante se pudo observar al americano, visiblemente emocionado, trasladando el dorso de su mano vacante hasta la altura de una de las mejillas. — Hermanos, hermanas… nos encontramos hoy aquí, reunidos a los pies de una de las construcciones más bellas del mundo, para celebrar el triunfo del amor: el éxito de un sentimiento puro, sincero, incondicional… empático, generoso e inagotable, resistente e inquebrantable a pesar de los obstáculos. Así era su amor… Un amor sempiterno. La mano masculina, que hasta aquel momento se había mantenido próxima a la ajena, comenzó a ejecutar una dulce y tierna presión sobre la de su prometida, antes de entrelazarse sólidamente entre el espacio existente de sus dedos. Allí estaban…juntos, tal y como prometieron, escuchando con una perenne sonrisa y aparente tranquilidad cómo el eclesiástico daba inicio a la lectura del único de los pasajes bíblicos que incluiría la misa. Poco a poco, sin prisa pero sin pausa, se aproximaba el pronunciamiento de los votos nupciales. ▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬ [ http://notes.io/1NcV ] La veinteañera trató de, por activa y por pasiva, controlar su emoción ante esas maravillosas palabras definiendo, en parte, su amor. Impedir a las lágrimas que empañaban su visión el descenso por sus mejillas hasta la posterior precipitación, sin embargo… Fue inevitable. Tal era la emoción que era incapaz de serenarse. Estaba feliz. Estaba radiante. Se sentía la mujer más feliz del mundo y, por supuesto, también la mayor afortunada. Estaba a punto de casarse con el amor de su vida. ¿Qué había de malo en derramar unas gotitas de felicidad? Absolutamente nada. Sentía tanta emoción como orgullo. Orgullo por, finalmente, haber aceptado lo que sentía por él. Por haberse arriesgado. Por haberse olvidado de sus miedos. Por haber luchado por salir adelante ante cada obstáculo que se interponía en su particular camino. Por haberse enamorado irremediablemente de él. Por haber aprendido a amar a su lado. Desconocía si todo aquello podría hacérselo saber tan solo con la unión de sus dedos, pero… No dudó en apretar con firmeza y complicidad. Aquel momento, iba a ser el más mágico de toda su vida. Lo sabía, lo sentía. No tenía duda al respecto. Estaban casándose frente a la Torre Eiffel. Solos ellos dos. De un modo íntimo. Podía ser una locura similar a tatuarse el término « sempiterno » juntos. Pero, joder… Menudo acierto. (…) Pronto el sacerdote les informó que había llegado el momento de los votos nupciales. Eleanor, desconocía cuál sería el orden de comienzo: así que se atrevió a comenzar ella, dejando descansar el ramo en el primer lugar que encontró próximo a su posición. Giró sobre su propio eje para, de ese modo, poder quedar frente al que iba a ser su marido. Respiró hondo. Dio un par de vueltas a aquellas palabras que había memorizado para darle la forma correcta, y… Sin más dilación, se dejó fluir. — Mivi… Eres el amor de mi vida. Mi primer amor. La persona que me ha enseñado a amar con el corazón libre de miedos y lleno de seguridad. A tu lado he aprendido que experimentar el amor no era una fantasía propia de novelas o películas. El amor es real. Siempre que lo vivas con la persona indicada y, por eso, yo me enamoré de ti. Porque tú sí eras para mí. Marcaste la diferencia. Marcaste el inicio de la mejor etapa de mi vida. No sé fue casualidad, fortuna o destino; lo que sí sé es que la vida nos hizo coincidir porque tú y yo, estábamos predestinados. Nuestra relación estaba destinada a pasar. Estábamos destinados a ser. Y somos. Seremos siempre. Porque como bien nos marca y dicta la piel: este sentimiento no tiene fin. — Tomó aire, con la voz rasgada de emoción y dificultad por la respiración; no tardó en proseguir. — Tú eres mi mayor aventura. Lo mejor que me ha pasado nunca. La persona con la que quiero compartir el resto de mi vida. A quien cuidaré y apoyaré en días malos. A quien regañaré cuando la situación lo requiera; quién me sacará de quicio y calmará en los mismos diez minutos. A quién amaré, incondicionalmente. Deseo continuar sumando experiencias y multiplicando la felicidad. Amar es mucho más que sentir, amar también es plenitud. Libertad. Amistad. Complicidad. Confianza. Ser, sin miedo a. Por eso sé que nuestro amor es infinito. Por eso sé que a pesar de, podremos superar cualquier cosa. Somos irrompibles. — Alargó sus manos hasta agarrar las de su prometido. — Contigo he pasado las mejores horas de mi vida. Y ésto que nos une, es un vínculo que no podrá desaparecer. Pase lo que pase. Tú y yo, Josh. Ahora, y siempre. Porque, recuérdalo: contigo sí confío, contigo sí creo. Incluso siempre se me queda corto cuando se trata de compartir vida contigo, mi compañero. Mi futuro tiene tu nombre, y mis hijos, tus apellidos. « Te quiero. Te todo. Te más. Te amo. » ▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬ En silencio, el muchacho acompañó los etéreos y delicados movimientos ejecutados por su prometida con la mirada. « Respira… » Se recordó a sí mismo, a medida que ladeaba tenuemente el rostro y condensaba su plena atención en las facciones femeninas. Por el amor de Dios… cómo y de qué manera la quería. « Mivi… Eres el amor de mi vida. Mi primer amor. La persona que me ha enseñado a amar con el corazón libre de miedos y lleno de seguridad. (…) » Coincidiendo con la inauguración de los votos nupciales, los ojos del americano poco (o nada) tardaron en enturbiarse: en colmarse de unas reveladoras lágrimas, nacidas del sentimiento de felicidad más puro que pudiese existir sobre la faz de la Tierra. « (…) No sé si fue casualidad, fortuna o destino; lo que sí sé es que la vida nos hizo coincidir porque tú y yo, estábamos predestinados. Nuestra relación estaba destinada a pasar. Estábamos destinados a ser. Y somos. Seremos siempre. Porque como bien nos marca y dicta la piel: este sentimiento no tiene fin. » Desahogarse frente a ella nunca antes había supuesto un obstáculo, una barrera o un inconveniente. Tampoco se sentía como un signo o un síntoma de debilidad, más bien… de confianza: de seguridad. A su lado podía ser él mismo, en todo su esplendor. En todas sus facetas. Nunca antes había sentido la necesidad de reprimir sus sentimientos delante de ella, y aquella tarde no sería diferente. Por tanto, lloró. Lloró en silencio. Lloró con tranquilidad. Pero…, sobre todo, lloró con una sonrisa adherida a los labios. Con una expresión de absoluta felicidad implantada en el rostro. ¿Y su mirada? Su mirada, a pesar de encontrarse empañada la mayor parte del tiempo, hablaba por sí sola, transmitiéndole todo. Absolutamente todo, sin necesidad de materializar aquellos pensamientos, íntimos y esperanzadores, de manera oral. « (…) Y ésto que nos une, es un vínculo que no podrá desaparecer. Pase lo que pase. Tú y yo, Josh. Ahora, y siempre. Porque, recuérdalo: contigo sí confío, contigo sí creo. (…) » Qué razón tenía… « Ahora y siempre ». La emoción del discurso femenino aún perduraba en el veinteañero cuando se decidió a tomar la palabra. — ¿Qué puedo decir en estos momentos que no sepas ya, Eleanor…? — Comenzó diciendo, a medida que buscaba las manos de su chica con las suyas propias. — Tal vez… que si la vida me diese una nueva oportunidad para comenzar de cero, intentaría encontrarte mucho antes. ¿Quieres saber por qué? Porque siento, desde lo más profundo del corazón, que mi vida no empezó hasta el día en que te conocí. Seis de abril de dos mil diecisiete. Mi número de la suerte. A tu lado he vuelto a abrazar la vida. A tu lado he comprendido realmente qué es soñar despierto. Nunca antes había anhelado y luchado tanto por un plural: por un « nosotros ». Tenías que ser tú. Tenías que ser tú quien me enseñase que no sabía nada del amor hasta que te conocí a ti. Llamaste a la puerta de mi vida sin saber qué encontrarías detrás de aquel umbral, y yo te abrí sin ser consciente de que a partir de ese preciso instante no querría que salieses nunca de ella. Eres mi razón de ser. La respuesta cuando todo a mi alrededor se desmorona. Eleanor… siempre serás la respuesta. Mi respuesta. Tan sólo apartó la mirada de la ajena cuando el sacerdote amagó con aproximarle uno de los anillos. — Gracias… — Murmuró con dificultad a Pierre, antes de hacerse delicadamente con el dedo de su chica, situando la alianza alrededor de la yema. — Prometo esforzarme y luchar por esta relación, día a día. Prometo amarte incondicionalmente, tal y como siempre mereciste. Prometo estar a tu lado, aun incluso en aquellos días en los que lo último que desees sea verme. Prometo escucharte. Prometo apoyarte. Prometo cuidarte hasta mi último aliento. Prometo ser todo aquello que me pidas y sueñes. Te prometo el mundo entero. Te prometo, ahora y por siempre, amor eterno. Amor infinito. Amor sempiterno. — Finalizó aquel emotivo discurso, al mismo tiempo que hacía descansar el anillo sobre la base de la última falange femenina. ▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬ En cuanto atisbó a observar, tras el velo, la emoción en los ojos del amor de su vida durante y después de sus votos, supo que jamás podría sentirse más o tan dichosa como aquel día. Era demasiado especial. Nunca antes se había sentido más enamorada de él. Desconocía sinceramente si aquello era a causa del día señalado, de la situación actual; pero nunca un sentimiento había latido con tantísima fuerza e intensidad en su interior. Nunca había experimentado nada parecido y, supo entonces, que aquel amor solamente se vivía una vez y, ella… Había tenido la suerte de compartirlo junto a Josh Wells Bennett. Lo miró a los ojos en cuanto comenzó a pronunciar, palabra a palabra, las frases que sabía que recordaría toda la vida. « (…)Tal vez… si la vida me diese una nueva oportunidad para comenzar de cero, intentaría encontrarte mucho antes. ¿Quieres saber por qué? » No quería llorar… No por vergüenza. Más bien por el temor a que el maquillaje se estropeara, incluso sabiendo que no lo haría. Que estaría igual de preciosa cuando alzase el velo. Pero, una vez más, fue inevitable. Ni siquiera podía controlarlo. Las lágrimas iban derramándose, sin permiso, una a una, por sus mejillas. Qué sentimiento tan hermoso. Qué bonito experimentar el amor de un modo tan sano e incondicional. Qué felicidad la que inundó su cuerpo según las palabras del americano la calaban tan hondo. Qué suerte, qué bendita lotería le tocó el día que lo conoció; y qué Gordo más grande cuando le pidió ser su pareja. De repente… Todo eran recuerdos. Pequeños flashbacks y fragmentos aleatorios desde el inicio de su real y hasta el momento presente. Y no lo quedó ninguna duda. Aquel hombre, era el de su vida. Su destino. Su hogar. Su vida « (…) Te prometo, ahora y por siempre, amor eterno. Amor infinito. Amor sempiterno. » Se mordió el labio inferior al observar al cura acercarle el anillo. De nuevo, los nervios causando estragos… Aunque, en cuanto sintió como éste iba deslizándose hasta la base de la falange, desaparecieron para, en sus labios, dibujarse una de las sonrisas más sentidas de su vida. Apenas tardó, en hacer lo propio. Le encantó que, a pesar de ser ella la primera en pronunciar sus votos, fuese la última en poner el punto y aparte del compromismo. El punto final… Lo harían entre los dos. Lo pondrían en cuanto sus labios sellasen aquella promesa ya no de futuro, sino de vida. Redirigió su mano hasta el anillo que sostenía el sacerdote, que en cuestión de segundos, fue deslizándose, con suma lentitud, sobre el anular masculino del que estaba a puntísimo de ser su marido. Ahí estaba. Ahí estaban. A punto de cumplir en sueño en común, a punto de hacerlo realidad. Y así lo sintió, en cuanto diferenció el sonido de la voz de quien los acompañaba en su paseo a una vida conjunta. (…) – Eleanor Henstridge Frost, ¿aceptas a Josh Wells Bennett como esposo y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, amarlo y respetarlo todos los días de tu vida? – Interrogó, el anciano a la fémina, con una perceptible sonrisa asomando de entre los labios. Eleanor, por su parte, estaba segura y decidida. Por lo que contestó con total sinceridad. — Sí, quiero. — Y una sonrisa. Una enorme sonrisa junto con un cómplice apretón sobre las falanges contrarias. Segundos después, le tocó turno a la parte opuesta. Al muchacho… – Y tú, Josh Wells Bennet, ¿aceptas a Eleanor Henstridge Frost como esposa y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, amarla y respetarla todos los días de tu vida? ▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬ En un gesto cargado de complicidad y entendimiento, el muchacho aproximó la mano correspondiente hacia su chica. ¿Le temblaría tanto el pulso como anecdóticamente le había sucedido a él, durante los minutos previos? En apenas cuestión de unos segundos, saldrían de dudas. El anillo entró como hubiera cabido esperar: con sus dos protagonistas mirándose tiernamente a los ojos, mientras la alianza era deslizada lenta aunque correctamente a través de las falanges. Con ambos luciendo ya sortija, la pregunta del sacerdote fue inevitable y no se hizo esperar. « Eleanor Henstridge Frost, ¿aceptas a Josh Wells Bennett como esposo y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, amarlo y respetarlo todos los días de tu vida? » Coincidiendo con la constitución de aquella legendaria y utópica frase, la sonrisa muda del veinteañero se amplificó, a la par que intensificó. No tenía ninguna duda al respecto: le bastó con observar el rostro ajeno para vaticinar su futura respuesta. « Sí, quiero. » Por supuesto que quería, al igual que él. De hecho…, ¿por qué Pierre estaba demorándose tanto en formularle dicha cuestión? « Y tú, Josh Wells Bennet, ¿aceptas a Eleanor Henstridge Frost como esposa y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, amarla y respetarla todos los días de tu vida? » – Sí, quiero. – Espetó con decisión, al mismo tiempo que sus manos acudían hasta el bajo del velo. Nadie podría hacerse una ligera idea de lo mucho que soñado con aquel momento. Ni siquiera ella. – Me alegra haceros saber que, desde este momento, yo os declaro marido y mujer. Adelante, joven, puede usted besar a la novia. – Concluyó el sacerdote con una manifiesta expresión de cercanía. Poco a poco la vaporosa y refinada tela fue siendo encumbrada sobre el rostro ajeno, hasta conseguir que éste fuese revelado. – Muchacho… puedes besarla. – Agregó el buen hombre, algo dubitativo, ante la falta de reacción por parte del recién casado. Aunque pudiese parecer lo contrario, el americano le había escuchado. Perfectamente, de hecho. Sin embargo… esa belleza, aquélla que yacía frente a sus ojos, había vuelto a inutilizarlo. A atontarlo. Eleanor lucía, una vez más, un labial que no sólo le favorecía, sino que además a él le encantaba. Estaba tan guapa… Cuando el joven reaccionó, dio la sensación de que necesitaba recuperar el tiempo perdido, aunque no tanto por la celeridad de sus movimientos, sino más bien por la profundidad y sentimiento que dispuso en ellos. Su primer beso como marido y mujer fue lento. Tal y como si sus bocas, sobre el papel, resultasen ser unas desconocidas la una para la otra. Todo comenzó con una caricia superficial, arrastrándose de arriba abajo. Remolcándose, piel con piel, mientras la miraba a los ojos fija e intensamente. Acto seguido, trasladó una de sus manos sobre el cuello femenino: concretamente sobre el lateral. La extremidad contraria ocupó su lugar correspondiente en el lado vacante. Una vez se hubo asegurado de tenerla inmovilizada entre sus dedos, el muchacho comenzó a mojar y a capturar el labio superior opuesto. Una opresión… Dos opresiones. Calcó la misma acción sobre el área central del labio inferior para, segundos más tarde, ladear el rostro y sumergir con auténtico sentimiento, ya con los párpados descendidos, el característico calor de su lengua en la cavidad bucal femenina. ▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬▬ « Yo os declaro marido y mujer. Adelante, joven, puede usted besar a la novia. » El momento que tanto ansiaba la fémina desde que se habían encontrado a medio camino del altar. Fundirse en un sentido beso que pudiese transmitirle mucho más que las palabras pronunciadas con anterioridad. Cuando observó hacia donde se redirigían las manos masculinas, Eleanor, de un modo inconsciente e instintivo; se humedeció los labios con ayuda de la sinhueso. Por fin… Sus ojos volverían a encontrarse sin el impedimento del velo por en medio. La sonrisa que entonces se había dibujado como por arte de magia en sus carnosos y maquillados labios, se ensanchó por la no–reacción aparente del varón. Ella, como no podía ser de otro modo, se carcajeó ante la repetición que verbalizó el anciano. Cómo lo conocía… Maldita sea. « Muchacho… puedes besarla. » Pronto, el calor de las manos masculinas anclándose a los laterales de su cuello: ocasionaron el efímero descenso de sus párpados y la propia exhalación de un pequeño suspiro. Aquello bastó para hacerla temblar. Para devolverla a la realidad. No era necesario un pellizco. No estaba viviendo un sueño cualquiera; estaba viviendo el suyo y aquello denotaba veracidad. Era real. Ahí estaban, los dos. Despiertos y felices. Ya eran marido y mujer. Sus almas, como ellos supieron reconocer desde que se conocieron, ahora eran oficialmente una sola. Los iris femeninos volvieron a encontrarse con los de su marido, cuando la temperatura de sus labios y su sabor la acariciaron. Qué momento, y qué ganas por sellarlo cómo ambos se merecían. Con la pureza y la intensidad de un verdadero beso de (puro y sano) amor. Correspondió cada pequeño beso. Humedeciéndole el inferior cuando el hacia lo propio con el superior y viceversa. No iba a contenerse por la cercanía de alguien más. Ni hablar. Aquellos labios, ya era suyos. Iba hacérselo saber en cuanto se recreasen en demostrarse lo que sentían sin exteriorizarlo con palabras. Y así fue cuando ladeó el rostro hacia el lado contrario, privándose voluntariamente del sentido de la vista mientras sus manos se colaban entre sus cuerpos para ascender hasta formar un firme anillo con las extremidades superiores en torno a su cuello… Entreabrió los labios dispuesta a recibir a la sinhueso opuesta, y apenas tardó en dirigir la suya hasta ella. Amoldó, una vez más, su boca a la ajena para sentir cada pequeño detalle y movimiento. Para sentirle hasta en lo más hondo de ser. Jugó. Saboreó. Se recreó. Pero, al mismo tiempo, necesitó hacer retroceder uno de sus brazos para que, la palma de su mano, entrase en contacto con la mejilla del americano. Con estima, devoción y mucho sentimiento lo acarició, mientras presionaba sus labios contra los opuestos antes de separarse con un último y sonoro beso. — Te amo tanto… Te quiero. Muchísimo. De verdad…